¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me alejé de vosotros para empezar mi vida, y ahora…

¿No te gusta que quiera tener mi propia familia? Me fui de vuestra casa, empecé a construir mi vida, ¡y ahora venís y volvéis a lo mismo de siempre!
¡Carmen, tranquila, mujer! Entiendo que, viniendo de la ciudad, la vida en el pueblo puede costarte. Pero te ayudaré intentaba convencerla Alberto. Yo sé lo que hago. Puedo con todo, sólo necesito que estés a mi lado.

Carmen estaba hecha un lío.
¡Quién le mandaría enamorarse de un chico de pueblo! Y cómo se había enamorado, hasta el tuétano.

Con veintiocho años y una carrera profesional en ascenso, mientras Alberto, que ya rondaba los treinta, tenía a toda la familia instalada en un caserón a las afueras de Segovia.

Se conocieron, por mera casualidad, en el Parque de Atracciones de Madrid. Alberto había acabado ahí mientras su madre hacía compras y Carmen había ido porque sus amigas la arrastraron.

Se presentaron, intercambiaron números y a partir de ahí no dejaron de hablar. Alberto hacía todo lo posible por conquistar a Carmen: la visitaba en la ciudad, siempre atento y pendiente. Carmen, poco a poco, se fue derritiendo.
Y es que, comparado con otros chicos que conocía, Alberto era sincero y generoso.

Después, Alberto le pidió matrimonio y Carmen aceptó.

Bueno, hija, prueba aceptó su madre. Alberto es de pueblo, trabajador, buena gente. Si no funciona, te vuelves a casa, a Madrid.

Carmen no tenía mucho que perder. Además, podía seguir teletrabajando, ya que en su empresa cada vez lo veían con mejores ojos. No era una cría de dieciocho años, y encima le decían que en el pueblo el aire es más puro. Solo había una cosa

Alberto, ¿y yo qué papel tengo allí? preguntó Carmen.

De prometida. Y en un año celebramos la boda y nos vamos de viaje. Para entonces, ya tendré ahorrado, así que no nos preocuparemos por el dinero respondió Alberto, algo cohibido.
Sé que estás acostumbrada a otro nivel, lo entiendo.

Todo parecía perfecto, pero algo inquietaba a Carmen. Turbada y sin saber exactamente por qué, decidió dar el salto.

Así, con una semana de vacaciones y una maleta bien repleta, cerró su pisito de dos habitaciones, conseguido a base de mucho esfuerzo, y se fue en su coche hasta el pueblo, donde Alberto la esperaba impaciente.

La primera noche en el pueblo le encantó.
Era pleno verano; trabajaron juntos en el huerto, prepararon la cena y todo salió rodado.

Cariño, vienen mis padres dijo Alberto un viernes, llegando antes de lo habitual del trabajo.

¿Para qué? preguntó Carmen, algo desconcertada.

Quieren conocerte, echarnos una mano… Además, viene mi hermano con su mujer Alberto caminaba nervioso por la casa.

¿Y se quedarán mucho? preguntó Carmen, preocupada.

Espero que no contestó Alberto, mirándola fijamente. Pero no te preocupes, podemos con todo.

Carmen se inquietó más aún.

Tranquila, hija, es otra prueba. Si te cansan, te vuelves. Lo bueno es que siempre puedes marcharte si quieres le recordó su madre al móvil, con cierta sorna. Haz lo que creas conveniente. Al final, tendrán que adaptarse ellos, o no. Eso ya es cosa de Alberto.

¿Pero de qué me preocupo?, pensó Carmen. ¡Si aún ni siquiera soy su esposa! ¿Qué iban a hacerle?

Justo acababa de poner la mesa cuando escuchó el coche aparcando frente a la casa.

¡Ya están aquí! anunció Alberto.

Salieron a recibirlos.

¡Hola, nuera! exclamó Rosario, una mujer robusta, vestida con su mejor vestido veraniego, pelo corto negro y unas larguísimas pestañas, abrazando efusivamente a su hijo y mirando a Carmen de arriba abajo.

El padre de Alberto, Manuel, igual de grande, barrigón y bonachón, saludó con un cabeceo.

El hermano de Alberto, Luis, alto y desenvuelto, se presentó a broma, mientras que su esposa, una rubia de mejillas sonrosadas llamada Marta, dedicó a Carmen una mirada fría y enseguida tiró de su marido para descargar las maletas.

Carmen esperó que la cena ayudase a quitar tensión.

¡Vaya, qué maravilla! Os habéis lucido aprobó Rosario.
Manuel hizo un gruñido de aprobación.

¿Esto qué es? ¿Pollo? ¿Quién guisa así? se quejó Marta, pinchando el plato. Hay cada receta que de verdad

Pues está de lujo defendió Luis en tono indignado.

Tú sólo quieres llenarte la tripa, da igual con qué bufó Marta.

Alberto miró a Carmen, que tenía cara de fastidio.

Marta, un poquito de respeto. Carmen se ha molestado en cocinar, la defendió Alberto.

¿Y ese nombre? ¡Si hasta nuestra ternera se llama Carmen! saltó Marta, con malicia.
Carmen soltó una risa contenida.

¿Y esa risa? preguntó Alberto, en voz baja.

Es que una amiga tiene un cobaya que se llama Marta susurró ella. Pero los demás lo oyeron.

Rosario miró mal a Carmen. Los hombres reprimieron risas por educación, mientras Marta se encendía.

¿¡Cómo te atreves!? le gritó a Carmen.

Bueno, eres tú la que bromea con los nombres… Pensé que reconocerías el tono respondió Carmen, encogiendo los hombros.

Luis se deshizo en carcajadas, encantado.

¡Yo soy la esposa de Luis! ¡Tú eres sólo la prometida! Marta se levantó soberbia de la mesa. Rosario asintió con severidad.

Al menos yo sé comportarme y no hago desplantes en casa ajena replicó Carmen sin perder la calma.

¡Yo no he venido por ti! dijo Marta, con una sonrisa de victoria.

Y yo no te invité… añadió Alberto, incapaz de soportar el ambiente. ¿Cuánto pensáis quedaros?

La mesa quedó helada.

¡Cuando enseñemos a tu chica cómo se vive aquí, nos iremos! intervino Rosario.

No hace falta, mamá. Nos apañamos solos, como siempre añadió Alberto, cansado de la situación.

¡Ya veremos lo que aguantas con esa urbanita! ironizó Marta.

Si aquí hay holgazanas, no es Carmen zanjó Alberto. Y ahora, queridos invitados, gracias por la cena. Podéis descansar cuando queráis.

Alberto le tendió la mano a Carmen y juntos, bajo las miradas contrariadas, empezaron a recoger la mesa.

Carmen pensó que tener un plan B es reconfortante y que allí no dejaría que la pisotearan. Y si se cansaba, siempre podía regresar a Madrid.

El sábado por la mañana empezó regular.

¡Pero bueno! ¿No pensamos levantarnos? Aquí no se duerme hasta las tantas entró Rosario en tromba. ¡Y hay que preparar desayuno!

Carmen, con cara de incredulidad, miró el móvil.
¡Eran las ocho!

Rosario, tienes de todo en la nevera para el desayuno dijo Carmen, sin quitarse la manta. ¿Puedo vestirme al menos?

¡Miradla! ¡Qué señorita! resopló Rosario. Lo de la nevera hay que cocinarlo, guapa. ¡Arriba!

Carmen se terminó de vestir y fue a la cocina.

¡Amor, ya has bajado! sonrió Alberto, cocinando.

Sí, si no la despierto yo, no se levanta protestó Rosario.

Carmen reprimió el enfado.

Mamá, ¿por qué entras en nuestro cuarto? ¿No te lo pedí? saltó Alberto.

Vaya, también es perezosa, no sólo urbanita soltó Marta.

Nadie te ha pedido opinión replicó Carmen seria.

Esto es el pueblo. Aquí se madruga. Si tuvierais vaca, habría que ordeñarla a las seis dijo Marta con sorna.

No vamos a comprar vaca interrumpió Alberto.

Normal. Carmen no sabría ordeñar. Ni madrugar. No está hecha para esto Marta se rió.

Tampoco tú sabes bromeó Alberto.

Desde que está Carmen aquí, te has vuelto brusco intentó terciar Rosario.

Alberto, yo me vuelvo a Madrid. Cuando se vayan estos, me llamas, si te atreves decidió Carmen firmemente.

¡¿Ves?! ¡Desde que apareció, mi hijo ya no es el mismo! ¡Ni ayuda ni viene a visitarnos! ¡Sólo le interesan los euros! Rosario explotó. ¡Sólo le sacas el dinero y lo tienes atado!

¡Ya basta! Alberto alzó la voz, y todos callaron.

¿No os gusta que quiera formar mi familia? ¡Me fui porque quiero construir algo por mi cuenta y volvéis a aparecer para manejarlo todo!

Hijo, has perdido la cabeza. Tiempo y dinero gastado en esa… ¡Sólo quiere tu dinero! protestaba Rosario.

Mamá, Carmen trabaja, y yo ahorro para la boda. Si queréis que seamos felices, volved a casa. Aquí venís sólo si yo os invito. Y tú, Marta, menos aún.

Mientras la familia digería el golpe, Alberto acompañó a Carmen a la habitación. Él regresó donde Rosario y Marta recogían a toda prisa.

O ella o yo, escoge espetó Rosario.

Pero bien que aceptasteis a Marta dijo Alberto, dolido.

¡No compares! replicó Marta.

Padre y hermano seguían el asunto con sorpresa y cierto humor.

Bueno, ¿qué? apresuró Rosario.

Elijo la felicidad resolvió Alberto, mirándolas de frente.

Entonces ya no tengo hijo y Rosario se marchó, dejando las maletas a Manuel, a quien imitó Marta.

Cuenta con nosotros le sonrió el padre, comprendiendo al hijo por fin. Yo me encargo de tu madre.

Luis abrazó a Alberto.
¡Cuida lo que tienes! Nosotros tenemos cosas que cambiar aquí.

Así se marcharon todos.

A Carmen le resultó incómodo, pero también sintió que Alberto hablaba en serio.

De nuevo juntos, trabajaban la huerta, se apoyaban mutuamente y no volvían a temer a las sorpresas.

Mientras, en casa de Luis…

Mamá, Marta, ¡os hemos comprado una vaca! anunció divertido Luis.

¿Qué dices, hijo? dudó Rosario.

Por las mañanas, Marta la ordeñará y la llevará al prado Luis hablaba en serio.

Luis, no es gracioso protestó Marta.

Como le dabais tanta lección a Carmen, pensamos que os faltaba experiencia intervino Manuel. A las siete, desayuno caliente, nada de tostadas. ¡En el pueblo se madruga!

Y así empezó su aprendizaje.

Todo lo que le dijeron a Carmen, se lo recordaban ahora.
Rosario entendió que se había pasado con su nuera, especialmente cuando se les exigió que ganasen lo mismo que Carmen. Pero ninguna estaba preparada: ni por estudios, ni por ganas.

No les daba la vida.

Rosario se reconcilió con Alberto, aunque tardó en atreverse a volver a su casa. Por si acaso, Carmen sabía aún más de lo que parecía…

Alberto, por fin, le propuso matrimonio a Carmen, que aceptó encantada.
¡En la boda festejaron todos!

No puede decirse que Rosario y Marta se hicieran fan de la nuera, pero aprendieron a callarse. No les convenía tentar a la suerte.

Y Carmen era feliz. Seguirían haciendo todo juntos, apoyándose en todo y, por fin, viviendo sin miedo a visitas inesperadas.

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MagistrUm
¿No os gusta que quiera formar mi propia familia? Me alejé de vosotros para empezar mi vida, y ahora…