Mientras yo esté…
Lucía fue siempre una niña obediente. Sacaba buenas notas y no causaba problemas a su madre ni a su abuela. Pero en el último curso del instituto se enamoró, y todo cambió. Empezó a faltar a clase, a contestar mal, a maquillarse de forma llamativa. Un día, María, su madre, encontró por casualidad unos caros cosméticos en el cajón de su escritorio.
—Me los regalaron —contestó Lucía sin levantar la vista.
—¿Y quién es tan generoso? —preguntó María, intentando mantener la calma.
—Diego.
—¿Ah, sí? ¿Y de dónde saca él el dinero? —María pensó que Diego sería algún compañero de clase.
—Pues… ya trabaja.
Así supo María que su hija no solo tenía novio, sino un hombre adulto, con carrera terminada y trabajo estable.
—¿Tú sabes lo pequeña que eres para andar con un hombre mayor? —empezó María, conteniendo la ira.
—No soy pequeña. A ti te dejaron, ¿y a mí no?
María parpadeó, desconcertada.
—Yo no salía con… Espera, ¿estás embarazada?
—Sí, mamá —gritó Lucía, desesperada—. Tú también me tuviste a los dieciocho. De tal palo, tal astilla, como dicen. Siempre dices que me parezco a ti —añadió en voz baja.
María la miró con horror.
—Bueno, me voy. Lucía pasó junto a su madre hacia la puerta.
—¿Adónde vas? ¡No hemos terminado! —María corrió tras ella—. ¿Y los deberes? Los exámenes están cerca —dijo, mientras observaba cómo su hija se ataba los cordones de las deportivas.
Lucía se irguió de golpe, apartó el pelo de la cara y la desafió con la mirada.
—Los deberes… ¿En serio, mamá? ¿Y tú con quién te entretienes por las noches? ¿Crees que no me he enterado?
María siempre pensó que era discreta, que su hija solo pensaba en sí misma y no sospechaba nada. Pero Lucía le lanzó una mirada triunfal antes de salir.
—¡Lucía! —gritó María, impotente.
Regresó despacio al salón y se dejó caer en el sofá. Su hija había crecido, y con ella, los problemas. ¿Embarazada? ¡Dios, no podía ser! Debía haber hablado antes con ella, pero siempre creyó que era una niña. Pero aún no era tarde, tenía que hacer algo. ¿Y con quién podía hablar y pedir consejo? Con su madre, claro.
—Mamá, ¿qué hago? Lucía sale con un hombre mayor. Está embarazada… —María soltó la noticia al teléfono, angustiada.
—¿No estarás exagerando?
—No. Lo ha admitido. No sé cómo hablar con ella…
—Es igual que tú. Tampoco a mí me hacías mucho caso. Deberías haberte casado con aquel… ¿Cómo se llamaba?
—Si no lo quería. Esto no es sobre mí.
—Claro que lo es. Si te hubieras casado a tiempo, Lucía tendría padre y no iría buscándolo fuera.
María supo que su madre tenía razón.
—Mamá, ¿por qué no me dejaste abortar? —preguntó en voz baja.
—¿Y te arrepientes de haber tenido a Lucía?
—No, claro que no, pero…
—Ahí tienes la respuesta. Imagina tu vida sin ella. Pero no la regañes ni la presiones, solo empeorarás las cosas.
Hablaron largo rato. María no se acostó, esperando a su hija. Cuando Lucía volvió, entró en su habitación. La joven se quitaba una sudadera por la cabeza, y María vio su vientre desnudo. Siempre había sido delgada, pero ahora le pareció que su vientre estaba más redondo. Era verdad. Sintió un calor repentino.
—¿Cuánto llevas? ¿Tres o cuatro meses? —preguntó con voz apagada.
Lucía se estremeció y cubrió su vientre con la sudadera.
—Hija mía… —María se acercó y la abrazó—. No voy a regañarte. Quiero saberlo todo para ayudarte.
Lucía levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas.
—Él me prometió que no pasaría —susurró.
—¿Lo sabe?
Asintió.
—¿Y qué harán?
—Perdóname, mamá.
—No llores. ¿Cómo os conocisteis? ¿Dónde trabaja?
—En una empresa… Es bueno, mamá. Nos casaremos después de los exámenes. Tiene un piso cerca.
—¿O sea, no es de aquí?
—No. El año pasado terminó la carrera.
—¿Vas a tenerlo? ¿Y los estudios? ¿No vas a la universidad?
—No… Pero iré más tarde —dijo, evitando su mirada.
—Bueno. Es tarde. Acuéstate. Al día siguiente las cosas se verán mejor.
María salió y no pudo dormir. ¿Quién lo haría con semejante noticia? Revivió su propia historia.
En el instituto le gustaba un compañero, pero nunca salieron. Todo pasó una noche en su casa, cuando sus padres se fueron. Bebieron, bailaron… Ella se sintió mal. Él la llevó a su habitacióEsa misma noche, bajo la luz tenue de la luna, María comprendió que la vida, como las estaciones, siempre da vueltas, pero al final, si se tiene amor y valor, todo acaba encontrando su lugar.







