Querido diario,
Mi esposo fue mi pilar hasta que mi hijo pequeño cumplió los tres años. Entonces se marchó sin decir adiós.
Me casé a los dieciocho, él tenía veinte años más que yo y esa diferencia me atraía; me parecía un hombre hecho y derecho. En el año siguiente nació nuestra hija, Lucía, y después llegó Alejandro. José Martínez me apoyó en todo: con él volví a estudiar y terminé la carrera. Pero cuando Alejandro tenía tres años, empacó sus cosas y desapareció de nuestra vida para siempre.
Lloré mucho, sin imaginar cómo sobreviviría sola con dos niños. No tenía a quién dejarlos, así que no podía buscar trabajo.
La pensión alimenticia era escasa, apenas unos ciento cincuenta euros al mes. ¿Cómo iba a subsistir con eso? Me las arreglé como pude, y cuando Alejandro consiguió plaza en el guardería, yo empecé a trabajar. Fue entonces cuando José volvió a aparecer, pidiendo perdón y queriendo regresar a la familia. Yo le respondí:
Hemos aprendido a vivir sin ti. Nunca pensaste en los niños. ¿Y ahora te disculpas? Lárgate y no vuelvas a nuestro hogar.
Un mes después, José me denunció en el juzgado con la esperanza de recuperar a los hijos. Como era de esperarse, jugó al abogado y los menores siguieron bajo mi cuidado.
Seis meses más tarde descubrí la verdadera razón de su intento de reconciliación: su padre había redactado un testamento en favor de nuestros hijos. Lamentablemente, el abuelo falleció y el legado quedó vacío. Ahora todo eso pertenece al pasado, pero sigo recordando aquellos días en los que compartíamos un trozo de pan y pasábamos semanas con el estómago vacío para que mis niños tuvieran algo que comer.
La vida me ha enseñado que la fuerza de una madre puede mover montañas, y sigo adelante con la frente en alto, agradecida por cada pequeño logro de Lucía y Alejandro.







