**Mi Ángel**
Lucía seguía colgando el teléfono con obstinación, pero Nicolás insistía llamar una y otra vez.
—Lucía, contesta. ¿Hasta cuándo? —Marina asomó la cabeza en la habitación—. O desactívalo del todo si no quieres hablar —dijo antes de cerrar la puerta de golpe.
Lucía apagó el móvil y lo lanzó al otro extremo del sofá. Lo habría hecho antes, pero esperaba la llamada de Andrés. Él había prometido llamar, pero llevaban dos días de silencio. En cambio, con Nicolás ya no quería hablar, mucho menos verlo. Por él había salido de su caparazón, ese refugio en el que se encerró tras la muerte de sus padres. Y él la traicionó con tanta frialdad…
***
Era una noche de helada negra. Sus padres volvían de casa de la abuela. De repente, un todoterreno salió de una callejuela. El conductor, borracho, perdió el control en la carretera resbaladiza. El coche derrapó y embistió el vehículo de sus padres. Su madre murió en el acto; su padre, horas después en el hospital.
Había pasado justo un año. Antes, Lucía amaba la Navidad, la esperaba con ilusión. Ahora, solo le evocaba escalofríos. Se había convertido en un recordatorio de la muerte, en un eco de pérdida y dolor que no cesaba.
No recordaba cómo logró terminar el primer año de la universidad, ni cómo sobrevivió a aquel vacío. Su tía Marina, la hermana de su padre, se mudó con ella. Se había divorciado porque no podía tener hijos—un aborto mal realizado en su juventud le había arrebatado esa posibilidad.
—Llámame por mi nombre, nada más. Que si no, me siento una vieja —le pidió a Lucía desde el primer día.
Pero Marina no pudo reemplazar a sus padres. Tampoco se convirtieron en amigas. Marina buscaba reiniciar su vida, salir con hombres, ir a citas.
Lucía no planeaba celebrar Nochevieja. Simplemente se dormiría y se ahorraría las fiestas. Sin embargo, Nicolás la convenció de ir al cumpleaños de un amigo suyo dos días antes.
—Tengo novia, pero nunca salgo con ella. ¿Qué hago yo solo ahí? Todos irán en pareja. No es Navidad, solo un cumpleaños. Vamos, por favor. Hay que volver a vivir. Tu madre no querría verte en casa —argumentó.
Esa última razón quebró su resistencia. Lucía aceptó. Se puso el vestido que compró con su madre para la última Navidad, uno que nunca llegó a estrenar.
—Serás la más guapa —le había dicho su madre.
Y, en efecto, le quedaba perfecto.
Marina la examinó con mirada crítica.
—Mientras vivamos juntas, no me casaré. ¿Quién me mirará a mí si estás tú al frente? —suspiró—. ¿No está demasiado escotado? Espera… —Salió y regresó con un chal delgado, un tono más oscuro que el vestido, que lo completaba sin desentonar.
*A la madre le habría gustado*, pensó Lucía.
—Así mejor —aseguró Marina—. Te lo puedes poner sobre los hombros si hace frío.
El viaje en taxi fue largo. Al llegar, la fiesta ya había comenzado. El cumpleañero silbó al verla.
—Ahora entiendo por qué la escondías. Aunque seas mi amigo, te la quito —bromeó, señalando a Nicolás.
Lucía no conocía a nadie más. Mientras él estuvo cerca, se sintió tranquila. Pero entonces empezaron los bailes. Un chico la sacó a la pista. Cuando la música cesó, Nicolás había desaparecido.
Se sintió fuera de lugar entre extraños. Buscó a su amigo por las habitaciones. Al pasar por la entrada, notó que la puerta estaba entreabierta. Al salir, lo vio en el rellano de la escalera, besándose con una chica como si fueran amantes reunidos tras años de separación. Tan ensimismados estaban que no notaron su presencia.
El corazón le dio un vuelco. No podía quedarse. Volvió al piso, se puso las botas y el abrigo, y salió de nuevo.
El espectáculo era insoportable. No podía pasar junto a ellos. Subió un piso más, esperando que pronto terminaran o alguien los llamara. Pero hasta ahí llegaban susurros y murmullos.
Decidió subir otra planta. En el último rellano, una terraza abierta conectaba las escaleras. Lucía se detuvo y miró al vacío, sintiendo el aire frío en su rostro. Los coches abajo parecían montículos de nieve.
*¿Dolerá si salto?* La idea pasó fugaz por su mente. *¡Ni lo pienses!* No supo si fue ella misma quien se regañó, pero retrocedió enseguida. Aun así, volvió a asomarse.
—¡Ni se te ocurra! ¡Aléjate del borde! —una voz firme la sobresaltó. Unos brazos fuertes la apartaron bruscamente.
El chal se enganchó en algo, se deslizó de su cuello y, llevado por la corriente, ondeó en el aire. Lucía gritó y alargó la mano, pero el viento lo arrancó y lo hizo volar hacia abajo.
—¡Suéltame! —gritó, molesta—. ¡Es el chal! Marina me mata —exclamó desesperada.
—Perdona, pensé que ibas a saltar —dijo el chico, avergonzado.
—¿De dónde sacaste eso? Solo miraba. No iba a lanzarme —su irritación crecía.
—Bajemos a buscarlo. —La tomó del brazo. En la entrada, Nicolás y la chica ya no estaban. Un pinchazo de dolor le recordó que ni siquiera la había buscado.
El chal había quedado atrapado en la rama de un árbol. El chico saltó para alcanzarlo, pero la rama crujió peligrosamente. Justo antes de caer, logró agarrar un extremo. Un desgarro sonó, y un trozo quedó en el árbol.
—Lo siento, no fue mi intención —entregó el resto del chal—. ¿Te regañarán? ¿Era valioso?
—No. Solo me lo prestó Marina. ¿Qué hago ahora? —Lo guardó en el bolsillo del abrigo.
—¿Te vas de la fiesta? —preguntó él.
—¿A ti qué te importa? —replicó, huraña.
—Vamos, te acompaño.
—Yo sola —cortó ella.
—Está oscuro. Este barrio es solitario. Vamos.
Y Lucía lo siguió. En la calle, él detuvo un taxi y se sentó a su lado.
—Podría haber ido sola —murmuró.
—¿Adónde vamos, jóvenes? —preguntó el taxista con animación.
Lucía dio su dirección.
El silencio duró varios minutos. Al final, él rompió el hielo:
—¿En serio no pensabas saltar?
—¿Y si sí? ¿Quién eres tú?
—Andrés.
—¿Qué? ¿Ángel?
—Puedes llamarme así —sonrió—. Andrés. Mi madre me puso así por un grupo de folk-rock de los ochenta, *Andrés y Elisa*.
Lucía lo observó con atención.
—Yo soy Lucía.
—Genial. Mi madre siempre decía que encontraría a mi Elisa. ¿No será esto el destino?
Pensó que se burlaba, pero él hablaba en serio.
—¿Hablas de tu madre en pasado? ¿Ya no está? —preguntó con empatía.
—¿Eh? No, vive bien. Se casó de nuevo y está en el extranjero. Yo me quedé aquí con mi padre. A él le encantaba esa banda.
En medio de la charlaY cuando el taxi se detuvo frente a su casa, Lucía sintió por primera vez, desde aquella helada noche de hace un año, que la vida podía ser cálida otra vez.







