Ramón guardaba secreto remordimiento ¿en qué momento creyó que divorciarse era buena idea? Los hombres listos convierten a sus amantes en un acontecimiento, y él bueno, él las transforma en esposas y la fiesta se acaba.
Su buen humor desaparecía justo al aparcar su SEAT y subir al portal. En casa lo esperaba una escena previsible como un episodio repetido: zapatillas listas para entrar, el aroma inconfundible de la cena, limpieza más allá de lo razonable, flores en un jarrón improvisado.
Ni se inmutaba ya: que la esposa estuviera en casa, ¿qué más iba a hacer una mujer madura todo el día? Pues hornear empanadas y tejer calcetines. Lo de los calcetines era una exageración, claro, pero la esencia no cambiaba.
María salió como de costumbre a recibirle, sonrisa en los labios:
¿Cansado? Te he hecho empanadas, con setas y con manzana, como te gustan
Y calló ante la mirada plomiza de Ramón. Ahí estaba, con su conjunto de andar por casa, pantalón de tela cómodo, cabello recogido bajo un pañuelo, que nunca se quitaba para cocinar.
El hábito profesional de quienes han sido cocineras toda una vida: pelo bien lejos del guiso. Ojos perfilados con lápiz, brillo en los labios. El costumbre, claro, pero ahora a Ramón le parecía que eso de pintarse en la madurez era casi obsceno. ¡A quién se le ocurre colorear la vejez!
Quizá fue brusco, pero soltó:
¡El maquillaje a tu edad es ridículo, que no te pega!
Los labios de María titilaron, no dijo nada, pero tampoco se apresuró a ponerle la mesa. Mejor así. Las empanadas bajo la servilleta, el té ya preparado se servía solo.
Tras la ducha y la cena, la amabilidad regresaba a Ramón junto a los recuerdos de su jornada. En su albornoz favorito, se acomodaba en SU sillón, fingiendo leer el periódico. Recordó lo que le soltó la última incorporación de la oficina:
Es usted un hombre muy interesante, y bastante atractivo.
A sus 56 años, Ramón era jefe del departamento legal en una empresa bastante renombrada de Madrid. Mandaba sobre un becario recién salido de la universidad y tres señoras con cuarenta y algo bien puestos. Otra empleada acababa de irse por maternidad, así que para sustituirla llegó Alba.
Por casualidad, Ramón viajaba por trabajo el día que la contrataron, y sólo hoy la veía en persona por vez primera.
La invitó al despacho para la toma de contacto. Con ella entró un aroma a perfume delicadísimo y ese aire fresco propio de quien aún no ha perdido el asombro. Su cara ovalada, rodeada de ondas rubias, miraba segura con ojos azulísimos. Labios jugosos, lunar en la mejilla ¿De verdad tenía 30 años? Le hubiera dado 25 como mucho.
Divorciada, madre de un niño de ocho años. A saber por qué, Ramón pensó: “Mejor para mí”.
Charlar con la novata le hacía tontear sutilmente; le dijo que tenía de jefe a un veterano, y Alba, pestañeando larguísimo, replicó aquello que ahora revolvía la memoria de Ramón.
María, ya menos dolida, apareció junto al sillón con el infalible té de manzanilla. Ramón torció el gesto: “Siempre cuando menos me apetece”.
Bueno, en realidad lo tomó con placer. De repente, se preguntó qué estaría haciendo a esas horas la joven y guapa Alba: su corazón, oxidado pero funcional, recibió un pinchazo de celos olvidados.
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Alba, tras salir del despacho, se pasó por el Mercadona. Queso, pan de barra, cenó con un vaso de kefir. Al llegar a casa, no mostraba sonrisa ni tampoco malhumor. De forma casi robotizada abrazó a su hijo, Iván, que salió corriendo a recibirla.
El abuelo trasteaba en la terraza, donde tenía montada su taller. La madre preparaba la cena. Alba dejó la compra y avisó de que le dolía la cabeza y prefería que la dejaran tranquila. La verdad, estaba mustia.
Desde que se separó del padre de Iván, Alba seguía empeñada, aunque sin suerte, en volverse la protagonista principal de alguna vida más interesante que la suya.
Los que parecían merecer la pena resultaban siempre felizmente casados y sólo querían algo fácil.
El último, compañero de trabajo, parecía muy enamorado. Fueron dos años intensos y hasta le alquiló piso (más cómodo para él). Cuando lo complicado apareció, declaró que además de cortar, Alba debía despedirse del trabajo.
Incluso le buscó otro puesto. Y ahora estaba Alba otra vez con padres y niño a cuestas. Su madre la mimaba, el padre insistía que el niño necesitaba crecer al menos con su madre cerca, no sólo con los abuelos.
María, la esposa de Ramón, intuía hace tiempo la crisis de edad de su marido. Lo tenía todo, pero siempre su cara estaba como si le faltara una tapa de jamón en la barra de un bar. Temía contemplar qué se volvería lo principal para Ramón. Intentaba suavizar el vendaval: cocinaba sus platos favoritos, se cuidaba con esmero, no se metía en charlas intensas, aunque las echaba en falta.
Trataba de distraerse con el nieto, el huerto. Pero Ramón parecía más aburrido que una tarde de domingo en la tele de los abuelos.
Tal vez porque los dos ansiaban giros en su rutina, el affaire de Ramón y Alba se disparó enseguida. Dos semanas después de que ella entrara en la empresa, un almuerzo juntos terminó en viaje compartido a casa.
Al rozarle la mano, Alba lo miró con un rubor encantador.
No quiero que se acabe. ¿Vamos a mi chalet? musitó Ramón. Alba asintió, y el coche salió zumbando.
Ramón solía acabar los viernes antes, pero hasta las nueve de la noche María recibió su SMS lacónico: “Mañana hablamos”.
Ramón ni imaginaba el acierto de resumir así una charla futura que, en verdad, no era ya necesaria. María sabía que después de 32 años juntos, ya no ardía la hoguera como antes.
Pero el marido era tan suyo, que perderlo era perderse a sí misma. Aunque gruñera, refunfuñara o pensara en castañuelas, seguía estando en su sillón, cenando, respirando cerca de ella.
María, buscando palabras que detuvieran el descalabro (realmente solo suyo), pasó la noche en vela.
Quizá por desesperación, rescató el álbum de boda, donde ambos eran jóvenes y todo por vivir. ¡Menuda guapa era! Muchos soñaron con casarla. El marido tenía que acordarse. Si apareciera ahora, viera (aunque a regañadientes) trozos de aquel amor, entendería que no todo merece ir a la basura.
Pero él volvió sólo el domingo, y María lo supo fin de juego. El Ramón que tenía delante era otro: adrenalina a tope, cero vergüenza.
A diferencia de su mujer, que temía todo cambio, Ramón lo anhelaba y lo aceptaba como quien pide caña y tapa. Hasta lo tenía ya pensado. Hablaba con tono de jefe de Estados.
María ahora podía considerarse libre. Él mismo pediría el divorcio al día siguiente. Y proponía que el hijo y su familia se mudaran con María, todo bien legal. De hecho, el piso de dos habitaciones donde vivía el hijo estaba a nombre de Ramón herencia familiar.
Mudarse al de tres habitaciones con la madre no era extraño para la joven familia, y a María le venía bien alguien a quien mirar por las mañanas. El coche, claro, para él. La casa de campo sería su refugio particular.
María se sabía lamentable y nada atractiva, pero no pudo evitar llorar. Las lágrimas le enredaban las palabras. Le pedía que parara, que recordara, que pensara en la salud, aunque fuera la suya Eso lo hizo enfurecer.
Se acercó, susurró como si gritara:
No me arrastres a tu vejez.
Sería absurdo pretender que Alba amaba a Ramón, y por eso aceptó casarse con él la primera noche en la casa de campo.
La idea de casada le atraía, y el tener una respuesta para ese ex-amante que la dejó calentaba el ego.
Estaba harta de convivir bajo el mando de papá y sus normas. Quería estabilidad. Todo eso parecía que Ramón podía dar era una opción bastante decente.
A pesar de estar rondando los sesenta, de abuelo nada: ágil, jovial, jefe de departamento, listo y buen conversador. Hasta en la cama, nada vulgar ni egoísta. Gustaba que con él no habría piso alquilado, ni bolsas vacías, ni desfalcos. ¿Todo ventajas? Bueno, la edad le escamaba algo.
Un año después, Alba empezó a notar la decepción crecer. Se sentía una chica aún, con ganas de experiencias y emociones más seguidas que los eclipses de sol. Le gustaban los conciertos, irse a parques acuáticos, tumbarse en bikini atrevido, quedar con amigas.
Por temperamento y juventud, lo compaginaba todo con la casa y la familia. Ni el hijo, que ya vivía con ella, le frenaba el ritmo.
Ramón, sin embargo, parecía entrar en la recta final. Como jefe, solucionaba mil cosas; en casa, era simplemente un hombre cansado que buscaba silencio y respeto a sus costumbres. Aceptaba visitas, teatro y hasta playa, pero con cuentagotas.
No ponía pegas al sexo, pero después directamente al sobre, aunque fuese a las nueve de la noche.
Y había que vigilar el estómago flojo de Ramón, que no aguantaba fritos, chorizo ni los precocinados del supermercado. Su exmujer lo había malacostumbrado.
De vez en cuando echaba de menos sus platos al vapor. Alba cocinaba pensando en Iván, sin entender cómo podía dolerle el costado por unas albóndigas.
Ella no memorizaba las píldoras diarias; para eso, un señor hecho y derecho puede ocuparse solo. Así fue, poco a poco, que su vida pasó a transcurrir bastante aparte de él.
Empezó a compartir ratos y viajes con el niño y amigas, mirando más por los intereses de Iván. Paradoja: la edad de Ramón impulsaba a Alba a vivir más de prisa.
Ya no trabajaban en la misma empresa los directivos veían poco ético la situación, y Alba se fue a una notaría. Respiró aliviada: no tenía que pasar el día bajo la mirada de un marido que se le asemejaba demasiado a su padre.
Lo que sentía por Ramón era, sobre todo, respeto. ¿Es suficiente para ser felices?
Llegaba el sexagésimo cumpleaños de Ramón y Alba planeaba una fiesta épica. Pero el marido reservó mesa en un restaurante sencillo, donde ya había cenado mil veces. Se notaba aburrido, pero a esa edad tampoco era raro. A Alba le daba igual.
Los que felicitaban al cumpleañero eran colegas. Las parejas amigas de otros tiempos, cuando aún estaba con María, era mejor no invitar. La familia lejos, y desde que se casó con Alba, ni comprensión ni contactos.
Su hijo, en realidad, se había alejado. Pero, ¿no tiene derecho un padre a vivir como quiere? Al casarse, pensaba que ese como quiere iba a ser otra cosa.
El primer año con Alba fue de luna de miel. Le gustaba presumir de esposa joven, aprobar sus gastos razonables, las amigas, el fitness.
Aguantaba conciertos y películas ruidosas. Hasta les hizo dueños oficiales del piso, y poco después, Alba le convenció para donar también su parte de la casa de campo.
Por detrás de Ramón, Alba acabó pidiendo a María que cediera su mitad también. Amenazó con vender la suya a algún personaje dudoso.
Pagó por la parte usando el dinero de Ramón, por supuesto, y puso la propiedad a su nombre. Lo justificó: allí hay río y bosque, eso es bueno para el niño. Así que todo el verano estaban allí los padres de Alba y el nieto. Y en realidad, mejor: Ramón no soportaba demasiado al hijo ruidoso de Alba él se había casado por amor, no por criar ajenos.
La familia anterior se sintió herida. Al recibir el dinero vendieron su piso y se repartieron. El hijo encontró un apartamento de dos habitaciones, María una minúscula vivienda tipo loft. Ramón no preguntó cómo les iba.
Y así llega el gran día. Gente deseándole salud, felicidad y amor, pero Ramón, nada de adrenalina. Sólo una insatisfacción, cada año más familiar.
A la joven esposa la quería, sin duda. Pero no la alcanzaba; someterla era imposible. Sonreía y vivía a su modo. No hacía nada indebido, eso lo notaba, pero le crispaba igual.
¡Ay si pudiera trasvasar el alma de su exmujer a Alba! Que viniera al sillón con infusión de manzanilla, que le tapara si se dormía, que paseara despacito por el Retiro con él. Charlas largas en la cocina, confidencias nocturnas… pero Alba no aguantaba tanto rollo, y parecía hasta aburrirse en la cama. Ramón se ponía nervioso y no ayudaba.
A menudo, Ramón lamentaba haber apresurado el divorcio. Los hombres sensatos convierten a sus amantes en sábados, él las transformaba en martes laborables.
Alba, con su carácter, será divertida diez años más. Pero cuando cruce los cuarenta, seguirá siendo jovencísima. Un abismo, que irá creciendo. Si tiene suerte, se irá rápido. Y si no
Estos pensamientos poco festivos le apretaban la sien y el corazón. Buscó a Alba estaba bailando, más guapa y risueña que nunca. Lo mejor en la vida es despertarse a su lado, en eso no mentía.
Aprovechando un momento, salió del restaurante, buscando aire ante los invitados que le atosigaban. Sin saber qué hacer con ese malestar in crescendo, se subió al primer taxi que llevara rápido y ya decidiría dónde.
Sólo quería ir a un lugar donde él fuera importante, donde le esperaran con ganas, donde el tiempo contigo se valore, sin miedo a parecer débil… o peor, mayor.
Llamó a su hijo y, casi suplicando, pidió la dirección de su exmujer. Escuchó merecido reproche, pero insistió, repitiendo que era cuestión de vida o muer te.
Murmuró que era, después de todo, su cumpleaños. El hijo se enterneció y avisó que María podría tener compañía. Nada de pareja; sólo un amigo.
Mamá dice que estudiaron juntos. Apellido, una cosa rara… creo que Roscón.
Rosquete corrigió Ramón, sintiendo celos. Sí, él estuvo enamorado de María. Gustaba a muchos. Guapa, atrevida.
Iba a casarse con ese Rosquete, pero él, Ramón, la conquistó. Fue hace tanto, pero se siente de ayer; más real que su nueva vida con Alba.
El hijo preguntó:
¿Por qué quieres verla, papá?
Ramón se estremeció ante la palabra papá, y comprendió cuánto echaba de menos a todos. Respondió sinceramente:
No lo sé, hijo.
Le dictó la dirección. El taxista paró, Ramón bajó y ni pensó en el ridículo. Miró el reloj casi las nueve. Pero si María era una noctámbula, para él, todavía más.
Marcó el portero.
Respondió una voz masculina. Dijo que María estaba ocupada.
¿Está bien? ¿Le pasa algo? se preocupó Ramón. Voz le pidió identificarse.
¡Que soy su marido, mire usted! Tú debes ser ese Rosquete clamó Ramón.
El tal caballero le corrigió, que marido, sí, pero antiguo. Ahora no tenía derecho a molestar a María. Explicar que la amiga se estaba bañando no lo veía necesario.
¿Es que el viejo amor nunca se oxida? preguntó Ramón, con sarcasmo celoso. Pero Rosquete respondió tajante:
No, se vuelve plateado.
La puerta nunca se abrió.







