¡Mamá, no molestes a papá cada noche!
Mamá, tengo que hablar contigo como mujer con mujer dijo la niña de seis años, Alba, con la mirada fija y seria. La madre, María, solo pudo asentir y contestar: Vale, ¿de qué vamos a charlar?
¿De qué? preguntó Alba, sorprendida. De los hombres.
Entonces hablemos de quiénes la reprendió María. Los hombres son seres humanos.
¿Por qué lo dices? no la comprendía. Pues si vas a hablar de gente, habla de los que importan.
Brrr refunfuñó la niña. Ni siquiera he dicho nada y ya me confundes
Perdona. Cuéntame, ¿qué te preocupa? pidió María.
Eso no es lo que me inquieta, ¡esto sí! corrigió Alba a su madre. Tengo miedo por nuestro padre.
¿Qué le ha ocurrido? indagó María.
Me parece que anoche lo has tomado demasiado en serio. dijo la pequeña.
¿No lo captas? la madre se quedó pálida, sudando frío. Cariño, ¿no duermes en la noche?
Claro que duermo respondió Alba con sinceridad.
Pero sigo oyendo que lo fastidias con tus preguntas: Ya basta, es tarde, es hora de ir a la cama, apaga el portátil. exclamó María. Mamá, él está trabajando en su portátil y gana dinero para ti y para mí, para mis juguetes y para tus compras.
¿Por qué lo molestas? insistió Alba.
Es verdad, lo fastidia. En ese caso tienes razón. Prometo portarme mejor. ¿Son todas tus preguntas? ¿Terminamos ya?
Sí, eso es todo asintió Alba.
Iré a calentar la cena. Papá vuelve pronto del trabajo dijo, corriendo hacia la ventana para observar a su padre, José, que aún le saludaba con la mano.
Al final, la familia comprendió que el respeto y la comunicación sincera son la base para vivir en armonía; escuchar al otro sin juzgar es la clave para que el amor perdure.






