Al salir del hospital, Elena chocó en la puerta con un hombre.
—Perdón—dijo él, deteniendo su mirada en ella un instante. Al momento siguiente, sus ojos se volvieron fríos y despectivos. El hombre apartó la vista y, al parecer, la olvidó al instante.
Cuántas miradas así había recibido Elena. A las chicas delgadas y esbeltas las miraban de otra manera. Los ojos de los hombres se iluminaban con deseo ante ellas. A Elena le dolía esa injusticia. ¿Acaso era culpa suya haber nacido con esa complexión?
De pequeña, todos admiraban sus mejillas rollizas y sus piernas regordetas. En la escuela, durante las clases de educación física, siempre era la primera de la fila. La llamaban “gorda”, “ballena” o “cerdita Peppa”. Aún así, eso era lo menos doloroso. Lo peor prefería no recordarlo. Los niños pueden ser crueles, y los profesores, aunque lo veían, no hacían nada.
Elena probó mil dietas, pero el hambre siempre la vencía. Los kilos perdidos volvían enseguida. Tenía un rostro bonito, pero su cuerpo arruinaba todo.
Soñaba con ser maestra, pero abandonó la idea por miedo a las burlas de los alumnos. Al terminar el bachillerato, estudió enfermería. A la gente enferma no le importa cómo se ve quien la cuida, solo que le quite el dolor.
En clase no había chicos, y sus compañeras solo hablaban de novios y bodas. Elena siempre estaba sola. Las demás le pedían que se sentara delante para esconderse tras su espalda y evitar al profesor.
Pasaba frente a las tiendas de ropa, admirando vestidos que jamás usaría. Ella vestía blusas holgadas y faldas anchas para ocultar su figura. Era buena en su trabajo, hacía las inyecciones con maestría. Por eso los pacientes mayores la adoraban.
Una vez fue a patinar con unas amigas. Unos adolescentes se rieron de ella. «Mira, parece una ballena en la pista», decían. Elena contuvo las lágrimas.
Su madre intentó presentarle a hijos de amigas. Fue a un par de citas. El primero, al verla, fingió no esperar a nadie. El segundo, sin mediar palabra, intentó tocarla. Ella lo empujó, y el chico cayó en un charco. «¿Qué te crees? Con esa figura, deberías agradecerme la atención», le gritó. Elena juró no volver a salir con nadie.
En redes sociales puso de foto de perfil a Fiona, de *Shrek*. Un chico le preguntó en comentarios cómo era en realidad. «Así, pero sin ser verde», respondió. Él se rió: «Seguro estás harta de pretendientes y por eso pones esa foto». Le propuso quedar, pero Elena cortó el contacto.
Un día, en el hospital, un niño de unos seis años chocó con ella en el pasillo.
—¿Adónde vas tan rápido? Aquí hay enfermos—le dijo, sujetándolo suavemente.
—Quería deslizarme por el linóleo—confesó el niño.
—¿Vienes con alguien?
—Con mi padre, a visitar a mi abuela. ¿Dónde está el baño?
Elena lo acompañó y esperó fuera. El pequeño salió con aire de suficiencia, como si no necesitara ayuda. Ella sonrió.
—Vamos, muéstrame la habitación de tu abuela—dijo.
El niño señaló una puerta.
—¿Seguro? Esa es una habitación de hombres.
El niño rio y señaló la correcta. Al abrirse la puerta, apareció un hombre alto y atractivo: su padre.
—Iker, ¿qué haces?—preguntó con severidad. Luego vio a Elena; su mirada evaluó su figura y perdió interés al instante.
—No se portó mal—dijo ella, molesta, y se fue.
Al día siguiente, Iker y su padre volvieron. Él ni siquiera la miró. Elena les hizo un gesto burlón. El niño se rio y le devolvió un pulgar arriba.
Cuando entró a la habitación de la abuela, doña Carmen, esta le mostró un dibujo: Iker entre su padre y una mujer corpulenta.
—Dice que es usted—susurró la anciana.
—No, debe ser su madre—respondió Elena, aunque notó que la figura femenina era más grande que la del padre.
«Hasta un niño ve lo grande que soy. Un hombre como ese jamás me miraría», pensó con amargura.
Una semana después, Iker la invitó a su cumpleaños. Elena aceptó, nerviosa. Compró un regalo y se vistió con cuidado, aunque el espejo le devolvió la misma imagen de siempre.
En la fiesta, una rubia esbelta la miró con desdén. Doña Carmen, sin disimular su preferencia, sirvió a Elena con cariño. Sin querer, volcó un vaso de vino sobre la rubia. Esta se marchó furiosa. Elena quiso irse también, pero Álvaro, el padre de Iker, insistió en acompañarla.
En el coche, él intentó besarla. Ella lo rechazó, herida.
—¿Ahora les gustan las gorditas? ¿Solo por variedad?—gritó, humillada.
—Perdón, no quise ofenderla—murmuró él, pero ya era tarde.
Tres semanas después, Álvaro fue a su casa: Iker estaba enfermo. Elena corrió a ayudarlos. El niño se alegró al verla. Mientras le ponía una inyección, notó la mirada cálida de Álvaro.
Al llevarla de vuelta, él habló por fin:
—¿Saldría conmigo a tomar algo?
—¿Lo hace por Iker? No me ilusione si no es sincero.
—Iker tiene buen gusto. Y a mí me gusta usted—dijo él, sonriendo—. No es gorda. Es cálida, suave… y hermosa.
Elena asintió, con el corazón agitado.
**Moraleja:** El amor verdadero no ve kilos ni imperfectos. Ve el alma, y cuando la encuentra, ya nada más importa. Solo hay que dejar que nos sorprenda.




