NUERA
Ana María Suárez colocó en la mesa, cuidadosamente decorada, una gran fuente con pato asado y soltó un suspiro. Sus hijos, junto a sus nueras, iban a llegar en cualquier momento.
El menor se había casado hace poco, en una boda modesta. Ahora muchos jóvenes optan por celebraciones sencillas, aunque, para ser sincero, a mí siempre me gustaron las fiestas grandes. Nosotros, con mi difunto marido, simplemente fuimos al registro civil. Ni siquiera pudimos comprar los anillos hasta el año siguiente: dos alianzas finas de oro. Me habría encantado darles una boda como Dios manda, pero bueno, lo hicieron a su manera.
La muchacha tiene solo un defecto: quizás se cuida demasiado, admití en una ocasión. Pero ya tenía decidido que hablaría con ella.
Mi nuera, Alba, en realidad es una mujer agradable, y ha sido una influencia muy positiva para mi hijo Goyo. Incluso fue quien le ayudó a encontrar un buen empleo y sigue animándole para que avance en su carrera. Hasta los treinta Goyo vivió un poco a la deriva, sin mucha ambición, y ya me estaba preocupando. Menos mal que todo se ha encauzado.
Lo único que le encuentro a Alba, como dije, es que se cuida en exceso: va mucho a los salones de belleza, siempre con el pelo arreglado, se hace manicuras y masajes, gasta un dineral en su cuidado personal. No es lo que yo creo que debe hacer una mujer casada, que tendría que pensar primero en su familia.
Si el día de mañana tienen hijos, ¿irá al pedicura en vez de comprarle zapatos a Goyo? Yo no entiendo a esas mujeres. Siempre pensé en mis necesidades las últimas, sobre todo cuando falleció mi marido. Aunque mis hijos ya eran adultos, todavía necesitaban ayuda económica.
Me sacaron de mis pensamientos cuando sonó el timbre: por fin llegaron los jóvenes. Alba apareció en el salón como una estrella: pelo perfectamente peinado, manicura impecable, apenas llevó maquillaje, pero el cutis resplandecía gracias a las manos de su esteticista.
Alba, ¡qué guapísima estás! exclamé, sincera, aunque no pude evitar dejar traslucir cierta desaprobación. ¿El traje es nuevo, verdad?
Sí, lo compré ayer, respondió sonriendo. En el trabajo me dieron una buena paga extra.
Pues esas pagas conviene ahorrarlas aproveché para aconsejarle. Los extras, lo que se gana con trabajos aparte, la paga de Navidad Yo todo eso lo guardaba para emergencias. Ya verás cómo siempre hace falta.
Alba, prudente, no respondió. Admiraba a su suegra, una mujer sencilla y muy entregada a su familia. Pero pensaba que a veces, cuánto más se prepara uno para los días oscuros, antes llegan.
La velada fluyó cómodamente, aunque yo no pude evitar sacar el tema de los gastos superfluos en algún momento, directa pero suave. Alba lo notó todo y entendió que mis comentarios iban por ella.
¿Y usted, Ana María, cuántas veces va a hacerse manicura? preguntó finalmente.
Yo bueno nunca. En casa me arreglo lo justo para tener las manos limpias. No necesito más.
Nadie reparó en este breve intercambio, pero como mujer, Alba sintió pena por mí. Crié dos hijos que ahora tienen buenos sueldos y, aun así, me parece un lujo gastar en mí misma.
Al volver a casa, Alba le preguntó a mi hijo:
Goyo, ¿y tu madre hace algo para sí misma alguna vez?
No sé prepara estas cenas, ve la tele, visita a las vecinas ¿Por qué lo preguntas?
Porque me parece que nunca ha tenido un capricho en la vida. ¿Por qué no la sacáis un día al teatro, al cine, a cenar fuera?
Ay, que va si eso no le gusta, ni lo necesita.
Alba se calló, pero pensó en su propia madre, que aunque nunca nadó en la abundancia, siempre encontraba la manera de renovar el corte de pelo, comprarse un vestido bonito y abonarse al teatro de la ciudad para darse una alegría.
Entonces, Alba decidió que debía invitarme, al menos una vez, a hacer algo solo para disfrutar. Así no acabaría pasando mi vida esperando nietos, a quienes también entregaría toda mi energía.
Dejó pasar un par de días y me llamó. Me propuso salir a pasear, tomar un café juntas y, ya que estábamos, pasar por el salón de belleza. Ella tendría cita en la esteticista e insistía en que yo podía aprovechar para lo que quisiera.
Anda ya, respondí alarmada. Si tú tienes que arreglarte, te espero en la puerta o fuera.
¿Esperar para qué, mujer? Mejor aprovechar, aunque sólo sea para un masaje de manos y una manicura, ¿no?
A regañadientes acepté, y Alba llamó al salón donde era cliente habitual para explicar mi caso.
Chicas, hacedle todos los mimos a mi suegra y, discretamente, ofrecedle algo más: un pedicura, alguna mascarilla, lo que sea. Si pregunta qué cuesta, decid que ya está todo pagado. Si os convence, me hago cargo y ganáis una nueva clienta fija.
Así, llegado el día, me llevó al salón y me puso en manos de las chicas.
Pero sólo un ratito, ¿eh, Alba? ¿Y cuánto cuesta esto?
Cuando la amable recepcionista me llevó a la cabina, Alba se fue a la sala de espera sin pedir nada para ella. Aprovechó para responder correos del trabajo.
Salí del salón más de dos horas después, relajada y rejuvenecida. Las chicas eran unas artistas.
Madre, me han mimado un montón: café, infusiones, un trato encantador ¿Cuánto costará todo esto? Seguro que es caro, ¿verdad?
Estamos de promoción intervino la administradora con una sonrisa. Si traes a una amiga, ella disfruta de los servicios gratis. Así que, esta vez, no tienes que pagar nada.
Alba, contenta, me llevó a una cafetería cercana. Yo, recién estrenada en esos lujos, probé el capuchino y apoyé la espalda en el sillón sintiéndome como otra mujer.
¿Y si vamos haciendo esto juntas de vez en cuando? propuso Alba. Hay descuentos para las habituales, y seguro que lo pasamos bien.
¡Me ha encantado! confesé. Jamás pensé que cuidarse un poquito fuese tan agradable.
Tendrías que haber probado antes.
Bueno antes los niños eran pequeños, y mi maridoDios lo tenga en su gloriacontrolaba mucho los gastos. Luego ya lo dejé estar.
Pero ahora puedes. Aunque sea para acompañarme, que así disfruto más.
Bueno, si es contigo, de vez en cuando.
Y así, poco a poco, empecé a cuidarme con Alba: reuniones en salones de belleza, ropa nueva (que ella me decía que costaba la mitad de lo que realmente valía)
Convenció a Goyo para que me llevara a un buen restaurante, fuimos los tres al cine, y por Navidad Alba me regaló un abono de teatro.
¡Pero Ana María, cómo has rejuvenecido! me decían las vecinas.
Ya ves, es que las jóvenes saben cuidarse respondía, tímida y sonriente.
La verdad es que, ahora que estoy jubilada y mis hijos son hombres hechos y derechos, siento que mi juventud acaba de comenzar.




