Lecciones de cocina: un viaje delicioso por sabores y tradiciones

¿Te cuento lo que me pasó en los últimos días? Te lo narro como si fuera una charla de sobremesa, porque al final esas historias me dejaron pensando en cosas que a veces se nos escapan entre la rutina.

Primera historia. La taza de borde azul

Cuando mi madre me llamó diciendo que había que visitar a la abuela Natividad, en mi cabeza se disparó una lista de pendientes: informe, fecha límite, llamada con el cliente. Ya me iba a responder que esa semana no podía, pero escuché el tono breve de mamá:

Se le están mezclando las pastillas. Me preocupa. ¿Puedes pasar?

Así que el domingo me monté en el coche y me dirigí al barrio de Salamanca. En el ascensor olía a detergente y a perfume ajeno. En el portal, como siempre, estaba el cochecito de los vecinos y una caja de zapatos. La abuela no abrió de inmediato; la cadena de la puerta hizo sonar un tintineo y la hoja se abrió un poco.

¿Quién es?

Soy yo, Catalina.

Natividad apartó la cadena y, al verme, pareció enderezar los hombros como si recordara que aún podía mantenerse erguida.

¡Venga, entra! Acabo de poner la tetera.

Pasé a la cocina, pequeña y conocida hasta la sangre: mesa cubierta con un mantel de papel con limones, taburetes, nevera vieja con imanes de lugares que ella nunca había visitado, traídos por nietos y sobrinos. En la estufa, una olla de esmalte hervía suavemente una sopa. Sobre la mesa había una taza de cerámica con un borde azul que recuerdo desde niña; antes parecía enorme, ahora es una taza de todas.

¿Por qué no me llamas? preguntó la abuela mientras echaba la bolsita de té en la tetera. Pensaba que te habías perdido en tu Madrid.

Yo estoy en Madrid, pero en otra parte respondí con una sonrisa. No, aquí en la zona.

Claro, claro murmuró Natividad, sirviéndose un vaso de agua en un vaso de vidrio con posavasos. Mamá dice que te estás confundiendo con las pastillas.

Tu madre siempre lo nota gruñó la abuela. Un día las tomé mal y ya empezó el alboroto. Yo no me confundo, solo pienso.

¿En qué piensas?

En lo que debo tomar y lo que no.

Me entró una ligera irritación; había venido con la misión clara de revisar los frascos, el horario y quizá llamar al médico, y ahora me encontraba con ese pienso. Le recordé que el médico ya había puesto una pauta.

El médico lo ha puesto, sí. Pero él no vive dentro de mi cuerpo contestó serenamente. Me ve diez minutos al día, y yo llevo setenta y ocho años conmigo.

Sentí que esa respuesta me irritaba de nuevo, como si los mayores complicaran todo a propósito. Le dije que sin esas pastillas

Lo sé interrumpió ella siéntate, te sirvo un buen caldo.

Me senté y ella retiró la tapa de la olla, sirvió con la cuchara. El vapor golpeó mi cara, el olor a remolacha y laurel me transportó a la infancia, a los días después de la escuela cuando corría a su casa.

¿Crees que soy tonta? preguntó Natividad mientras colocaba el plato. ¿O que ya no entiendo nada?

No pienso eso respondí automáticamente, aunque en el fondo había una pequeña duda.

Te diré algo continuó. La felicidad a mi edad es poder elegir, aunque sea en pequeñeces. Quiero tomar estas pastillas, o no tomarlas. Quiero comer el caldo, o cenar arroz.

Pero si no tomas, te sentirás peor insistí.

Sí, pero esa será mi decisión, no la de nadie más.

Comí en silencio. El caldo estaba tan rico como siempre. Recordé las semanas en las que mi agenda estaba llena de chats, llamadas y correos, creyendo que eso era normal para una joven. Las palabras de la abuela sobre elegir por ti misma me calaron.

¿Crees que la felicidad es la libertad de elegir? le pregunté.

¿Qué más? respondió ella, tomando su vaso. ¿Cómo vives? ¿Decides cuándo descansar y con quién salir?

Yo sonreí.

No mucho, tengo proyectos.

Yo no tengo proyectos. Tengo mi día. Me levanto, miro por la ventana. Hoy no me duelen los pies, eso es felicidad. Puedo ir al supermercado, eso es otra cosa. Puedo cocinar la sopa yo misma, sin esperar que me la traigan enumeró, sin presunción, como quien cuenta la lista del súper.

¿Y las pastillas? volví al tema.

Las pastillas no son felicidad, son tiempo. Puedes alargarlo o acortarlo. Yo no quiero vivir más si tengo que estar acostada esperando a que alguien me mueva. Perdona la sinceridad.

Asentí, aunque fruncí el ceño.

Yo quiero vivir mientras pueda servirme una taza de té en esa taza de borde azul señaló la taza. Ese es mi secreto.

Mi mano se extendió instintivamente hacia la asa, sentí el calor de la cerámica. De repente comprendí que para ella esa taza simbolizaba su puedo hacerlo yo.

Pero, por favor, organicemos tus pastillas por días dije suavemente. Tú decides tomarlas o no, pero que estén ordenadas. ¿De acuerdo?

Natividad me miró con una luz nueva, como si por primera vez en años viera en mí a una adulta, no a una niña.

De acuerdo asintió. Vamos.

Abrimos la caja de pastillas, leímos las instrucciones y las repartimos en los compartimentos. Entre preguntas y respuestas la conversación derivó a la vecina del cuarto piso, al pan más caro, a la última serie de televisión. Cuando terminamos, cerré la caja y la puse en la repisa.

Aquí tienes, mañana por la mañana, por la noche. Tú decides dije.

Yo decido repitió Natividad, acariciándome la mano. Y tú, Catalina, también tendrás algo tuyo, no solo esos informes.

En el metro de regreso, abrí el móvil para revisar el correo, pero me detuve. En vez de eso, abrí notas y escribí: Esta noche no llevar el portátil a la cama. Un día a la semana sin trabajo. Al principio me pareció una tontería, luego un poco aterrador.

Recordé la voz calmada de la abuela, su mano sobre la taza, y pensé que tal vez mi propio secreto de felicidad empezaría con una mínima decisión, como no contestar correos después de las diez.

Segunda historia. La fila del centro de salud

Sergio estaba sentado en una silla plástica dura, deslizando el móvil por la pantalla de noticias. Titulares de créditos, nuevos smartphones y escándalos aparecían sin cesar. En el pasillo del centro de salud olía a cloro y a medicinas. La gente llevaba tarjetas, algunos con mascarilla, otros sin ella.

Al lado, se acomodó una anciana de abrigo beige y gorro tejido. Se apoyó con su bastón y tomó aire.

¿Qué número tiene? le preguntó, inclinándose hacia Sergio.

Veintitrés.

Yo tengo el veintidós. Entonces yo voy delante de ti. Vale.

Sonrió como si entre los dos surgiera una conexión importante. Sergio asintió y volvió al móvil.

¿Vas al médico de cabecera? insistió ella.

Sí.

Jovencito, ya vas al médico. Correcto. Los hombres aquí hasta que se caen, no van.

Sergio suspiró. Le dolía la espalda y, por fin, había decidido ir al doctor. En el trabajo le recordaban que la espalda le dolía a los treinta y dos, pero sentarse doce horas al ordenador sin consecuencias era imposible.

¿Y tú a quién? preguntó por cortesía.

Al cardiólogo contestó la anciana. Soy su clienta habitual.

Se rió suavemente.

Soy María del Carmen.

Sergio.

Un placer, Sergio. ¿A qué te dedicas?

Trabajo en una oficina. Análisis, números.

Ah, los números suspiró ella. Mi difunto marido también era de números. Contador. Contaba todo: dinero, calorías, pasos.

Se quedó en silencio un momento, como escuchándose a sí misma.

Y la felicidad, ¿la has contado? dijo.

Sergio levantó la vista del móvil. Sus palabras tocaron algo.

¿Cómo se cuenta la felicidad? preguntó.

Así. Él siempre postergaba. «Cuando me jubile, entonces viviré». «Cuando pague el préstamo, entonces iré al mar». Todo después, después. Y luego ¡boom! infarto.

Lo dijo sin dramatismo, como si narrara la historia de otro.

Perdona murmuró Sergio.

No hay nada que perdonar. La vida. Yo entonces pensaba mucho. Miraba sus cuadernos. Todo anotado, hasta el céntimo. En una repisa había una pequeña olla de esmalte donde él hacía su gachas. Decía que era su olla personal.

Sonrió recordando.

Y entendí que toda su felicidad estaba en esas pequeñas cosas: su gachas, el radio por la mañana, el vaso de cristal donde tomaba su té. Pero él siempre esperaba algo grande.

La puerta del consultorio chirrió, una enfermera anunció el siguiente apellido y la fila se movió.

¿Estás esperando algo ahora? preguntó inesperadamente María del Carmen.

Sergio se encogió de hombros.

Pues espero que suban. Que paguen la hipoteca. Que tenga más tiempo libre.

¿Y ahora no lo tienes?

Casi nada.

Ella sacudió la cabeza.

Yo decidí que ya no pospongo nada. Tengo una pensión modesta, pero cada sábado voy al parque, compro una empanada de atún y me siento en la banca. Es mi fiesta. Todos se ríen: «¿Una empanada?», pero yo pienso: «Eso es mi hoy».

Sergio imaginó la escena: una anciana en el parque con una empanada. En su mundo la felicidad se medía con vacaciones en el extranjero, un coche nuevo, una prima. Pero todo eso había que ganarse primero.

¿No temes que el dinero no alcance? preguntó.

Sí, claro admitió. Pero temo más que la vida pase y yo nunca me permita esos pequeños placeres. No hablo de tonterías, de créditos sin sentido. Hablo de comprarme una empanada hoy, sin esperar a que tenga suficiente.

Con mi marido siempre hicimos poco. Ahorrábamos. ¿Y qué? Él se fue y yo me quedé con sus cuadernos. Todo ordenado, línea por línea. Pero no había felicidad.

Sergio sintió una presión en el pecho. Recordó que la semana pasada había rechazado ir al cine con amigos porque tenía que trabajar. También llevaba tres años posponiendo un viaje al mar, aunque el dinero estaba, siempre surgían gastos más razonables.

¿Y si te arrepientes? preguntó.

¿Arrepentirme de comer la empanada? se rió ella. Entonces me arrepentiré de estar satisfecha. En serio lamento solo lo que no hice. No le dije a mi marido: «Basta de contar, vamos a pasear». Eso es lo que lamento.

Se quedó mirando a un lado.

Por eso les digo a todos: no esperen a que la vida llegue. Vivan paso a paso.

¡Cardiólogo! gritó la enfermera. Veintidós.

Soy yo respondió María del Carmen, apoyándose en su bastón. Veré cuántas empanadas me quedan.

Le guiñó un ojo a Sergio y se fue al consultorio.

Sergio quedó sentado, el móvil apagado. Recordó que era viernes y que había una película que quería ver. Automaticamente pensé: «Mejor trabajo, termino el informe». Pero la voz de María del Carmen sobre la empanada resonó en su cabeza. Abrió la app de entradas, eligió la sesión de la tarde y llamó a un amigo.

¿Te apuntas al cine esta noche? dijo. Sí, el informe puede esperar hasta mañana.

Se sorprendió a sí mismo. Pero dentro de él surgió una ligereza, como si hubiera dado un pequeño paso lejos del después.

Tercera historia. Verano de pueblo

Alicia estaba junto a la cocina de la casa de su abuela y removía la mermelada. En el pueblo hacía calor, las moscas zumbaban perezosamente junto a la ventana. En el alféizar había pepinos recién cosechados del huerto. En la habitación, detrás de una pared, sonaba el reloj.

¿No se quema? preguntó la abuela Luz desde la mesa, pelando patatas.

No, la vigilo respondí.

Había ido a casa de su abuela una semana, para desconectar de la ciudad y del reciente divorcio. Su madre le había dicho que cambiar de entorno le haría bien. Al principio Alicia se resistía, pero al final aceptó.

Remueve sin parar, no te distraigas le recordó la abuela. La vida es como la mermelada. Si dejas de mirar, se escapa.

Alicia frunció el ceño.

Ya se ha escapado todo, murmuró.

¿Qué quieres decir? preguntó Luz, entrecerrando los ojos.

Simplemente nos separamos, Ignacio.

La abuela se quedó un momento sin pelar patatas.

¿Separados? ¿De verdad?

Sí.

¿Y por qué no lo dijiste antes?

¿Qué decir? respondió Alicia encogiéndose de hombros. No funcionó.

Luz sacudió la cabeza.

Antes la gente aguantaba, no había elección.

Alicia se tensó. Esperaba esas lecciones sobre cómo había de mantenerse con su marido, aguantar, pensar en los hijos que, por cierto, no tenían.

Lo aguantábamos porque no había otra opción dijo la abuela en voz baja. Ahora sí la hay.

Luz guardó silencio y luego suspiró.

Sabes, yo también una vez me fui.

Alicia la miró sorprendida.

¿A dónde fuiste?

De tu abuelo, por una semana.

¿En serio?

¿Qué, no soy persona? Él empezó a beber mucho, se enfadaba, gritaba. Una vez golpeó la mesa y las piezas volaron. Recogí mis cosas, tomé a tu madre de la mano y fui a vivir con mi tía en el pueblo vecino.

Alicia no conocía esa historia.

No me lo contó mi madre.

¿Qué había que contar? Semanas y semanas. El abuelo volvió, se plantó bajo la ventana y gritó: «Luz, vuelve». Yo dije: «Vuelvo si dejas de beber». Él se rió. No volví. Una semana.

Dejó el cuchillo, secó las manos en el delantal.

¿Y después?

Después vino sobrio, se sentó en la banca y dijo: «No sé si podré dejarlo del todo, pero intentaré. Ayúdame, no me regañes, ayúdame». Volví con él.

¿Dejó de beber?

No del todo contestó con honesty. Pero bebía menos. Cuando sentía que el alcohol le ganaba, salía al patio hasta que se calmaba. Vivimos cuarenta años así y no me arrepiento de nada.

Se quedó mirando por la ventana, donde se veía el huerto.

¿Por qué me lo cuentas? preguntó Alicia.

Para que veas que la felicidad no es aguantarlo todo ni huir al primer problema. Es saber dónde está tu límite, qué puedes aceptar y qué no.

Volvió a coger el cuchillo y siguió pelando patatas.

¿Por qué te fuiste? le preguntó la abuela.

Nosotros Alicia tragó saliva. Nos peleábamos siempre. Él quería hijos, yo no estaba segura. Tenía miedo. El trabajo era mucho, el dinero escaso. Él decía que todo se arreglaría. No lo creí. Terminamos siendo extraños.

¿Lo amabas?

Alicia reflexionó. ¿Lo amaba? En su díaAl fin comprendí que la verdadera dicha estaba en aceptar mi propio camino, sin culpas ni remordimientos.

Rate article
MagistrUm
Lecciones de cocina: un viaje delicioso por sabores y tradiciones