La vida vacía de Dascha

La vida vacía de Marucha

La nieve ya no le quemaba los pies descalzos: Marucha hacía rato que dejó de sentirlos. Solo el viento, como un látigo invisible, le azotaba la cara, las manos y el cuello, traspasando hasta el tuétano, apenas cubierta por su camisa de dormir ajada. Su pelo canoso, cargado de nieve, pesaba igual que un manojo de carámbanos. La ventisca bramaba y aullaba, y Marucha ya ni sabía a dónde iba, trastabillando en el propio patio de su casa, perdida entre los olivos y el silbido del frío sierra arriba. Se pegó contra las tablas heladas de la valla, cruzó los brazos con gesto resignado y empezó a lamentarse:

¡Anda, Señor, llévame ya! ¡Qué falta me hace un respiro! ¡Ojalá morirse ya de una vez!…

Habría palmado allí mismo, acurrucada como un cordero viejo, si no llega a pasar por allí su vecina Jacinta, que salía de su casa para ver si la vaca había parido ya. Vio que la puerta de Marucha estaba abierta y un hilillo de luz se colaba por la rendija.

¡Maru! ¿Qué haces ahí a oscuras, criatura?

Pero Marucha ni mu: arrinconada, encogida como un gato callejero, repetía entre suspiros y con los ojos cerrados a cal y canto: morirme, morirme…

Jacinta, que tenía más genio que paciencia, se metió de golpe en el patio, saltando la cancela:

¡Maru, mi arma, ¿estás aquí o qué?! ¡Marucha!

Ni aunque hubiera querido, Marucha habría respondido. Soltó un quejido ronco, resbaló junto a la valla, dejó caer la cabeza desgreñada contra las rodillas y se hizo un ovillo, llorando con lágrimas silenciosas que rodaban por su cara surcada y gris. Al rato, sintió unos brazos que la levantaban y arrastraban hacia dentro, pero la abuela se había quedado tiesa como una mojama.

¡Anda que qué tonta eres, mujer! ¡Espera que voy a por Miguel! soltó Jacinta, y salió disparada en busca de refuerzos maritales. Entre los dos lograron meter a Marucha dentro de la casa.

Desde entonces, Marucha se quedó en cama. Al día siguiente apareció la joven enfermera del ambulatorio, que, al verla con 91 años y sin más males que unos pies casi negros de puro frío, no salía de su asombro.

Debería ir a un hospital. ¿Llamamos al 112?

Marucha la miró con resignación, contemplando su melena negra y sus mejillas rosadas por el frío, y negó con la cabeza:

No tengo que ir a ningún sitio. Aquí estoy bien. No pierdas el tiempo conmigo, hija. Déjame tranquila que no merezco más líos.

Así estuvo dos semanas. ¿Y por qué salió esa noche al patio, descalza y en camisón? Nadie supo la razón, y aunque todos murmuraban que se había vuelto loca, Marucha se sentía empujada por algo misterioso, como si el destino se empeñara en gastarle una última broma. Había pasado la tarde devanando un calcetín de lana, con los dedos artríticos bailando solitos lo hacía de memoria, sin mirar. Su mente, sin embargo, estaba a kilómetros de allí, perdida en algún punto lejano de la pared y una sonrisa extrañísima cruzándole los labios, dirigida a otro tiempo.

Nunca le había pasado nada bueno desde niña. Solo trabajo y hambre, y apenas un destello de luz: un breve, brevísimo latido de amor.

Se llamaba Gregorio.

Goyo Goyete susurraba la abuela entre dientes, sonriendo cada vez más raro.

Aquella tarde, ¿soñaba despierta? ¿Se acordaba, o lo inventaba? Imaginaba que iba al campo, detrás del olivar de la señora marquesa. Miraba lejos, tapándose los ojos del sol, aguantaba en pie, esperando y esperando. Él le había prometido venir. Un pellizco de miedo y esperanza le revolvía las tripas. En la bruma del trigo, entre los rayos dorados, veía acercarse la figura de un hombre y corría como una loca, riendo: ¡Goyo, Goyoooo!

Así soñando se quedó dormida. Pero en mitad de la noche, se despertó, dio vueltas como un salmonete y miró por la ventana: la nevada seguía, el cristal vibraba. Marucha se destapó, estiró los brazos y, tanteando a ciegas, se fue directa a la puerta.

Vuelvo en un momento, que tengo que ir

Salió empujando la puerta con el pie, olvidándose del mundo. Parpadeó, medio ciega, ante el manto blanco del pueblo. Volvió a extender la mano, como buscando algo:

¡Goyo!

El frío le mordía por dentro. Puso los pies en los escalones helados y salió al sendero, mirando allá lejos, más allá de la valla, luchando entre la ventisca.

¡Goyo! ¡Que estoy aquí, hombre! ¡Goyo!

Llegó hasta la valla, se asomó, corrió perdida, buscando las puertas, sonriendo todavía:

Rápido voy a mirar por aquí

Pero no encontró la cancela, se perdió dando vueltas por el patio, tropezando entre el olivo y el peral, hundiendo las piernas en la nieve hasta que quedó sin fuerzas, aturdida. Y allí la encontraron los vecinos.

Después Jacinta venía a verla, le traía comida, le encendía la estufa. La enfermera le curaba los pies, le untaba una pomada que olía a demonios y se iba repitiendo: Hay que tomarse la fiebre, Marucha Ella hacía lo que le mandaban, y luego se quedaba mirando el techo, los ojos vidriosos y sin vida, escuchando los sonidos del pueblo: los ladridos de algún perro, el traqueteo de un carro, las voces de niños saliendo del colegio.

Mucho era el rato que dormía; a veces abría los ojos y ya había amanecido, o se hacía de noche otra vez. En la estufa chisporroteaban los troncos, en el tejado empezaba a gotear. Señor, ¿cuándo será mi hora? ¿No puede ser ya?, repetía una y otra vez.

Desde pequeña, Marucha lo tuvo muy claro: su destino era una cuesta empinada llena de barro y espinos, y solo se podía bajar, y cada caída dolía más. Nadie te daba una mano, nadie impedía que rodaras más abajo. Así vivían todos, y así aprendió a aceptar que la vida era una caída larga y gris, donde lo único que quedaba era apretar los dientes y aguantar.

Aquel año la primavera llegó tarde y mala. Más que brisas suaves, trajo vientos helados y lluvias interminables que encharcaron los caminos. La nieve no se fue hasta mayo, y al fundirse dejó la tierra calva y embarrada, como la piel desgastada de un animal viejo. Llegaba junio y nada florecía; los cerezos y los jardines estaban secos y mustios, como esqueletos sobre la tierra.

Marucha, con el moño mojado bajo el pañuelo, caminaba por el carril del pozo, los cubos bamboleándose y desbordando agua en los charcos, empapando sus pies agrietados y fríos. Al otro lado de la calle, los hombres fumaban bajo el alero, encogidos bajo la llovizna, charlando a media voz y mirándola de reojo. Ella, acostumbrada ya a ser invisible, ni levantaba los ojos. Era un mueble más del decorado triste del pueblo.

¡Marucha! la voz chillona de doña Agripina, la vieja que había sido compañera suya al servicio de la marquesa, partía el aire húmedo. ¡Corre a la tienda! Dile a Pedro que dé un poco de percal para la señorita, del bueno, con flores. No tardes. Que vienen de la ciudad a comer y hay que poner la mesa. Y de paso trae flores.

Marucha dejó los cubos en las escaleras, intentando no perder ni una gota de esa agua preciosa, se limpió las manos en el delantal deshilachado y se fue calle abajo. Tenía veintidós años, pero sentía que su vida había pasado de largo sin ni siquiera saludarla. Hacía doce años, desde que murió su padre y su madre, la marquesa viuda cascarrabias y mezquina la reclamó al cortijo por un triste plato de garbanzos. Entonces Marucha era una chiquilla flaca, con las piernas llenas de cardenales y unos ojos de liebre asustada.

Ya hecha mujer, era fuerte, callada, de manos duras y andar de mula, siempre con la cabeza baja, sin brillo en la mirada ni ganas de ná. Curraba de sol a sol, hasta que los pies le hervían y se le dormían las manos. Partía leña bajo la lluvia, ordeñaba cabras en la cuadra helada, amasaba barro para el horno, lavaba en el río hasta tener los nudillos morados de frío. Escardaba el huerto entre el sol y las zarzas, tentada por los racimos de grosellas y frambuesas gordas, que colgaban tan cerca que casi le zumbaban en los oídos, pero ni tocarlas: la señora las contaba una a una y, si faltaba alguna, Marucha se llevaba un ramazo de ortigas. Así aprendió a no mirar ni al cielo. Arrancaba malas hierbas, fingía ser buena, esperando que la jefa la dejara tranquila. Sus espaldas frágiles brillaban entre el follaje, y los frutos la tentaban, pero Marucha resistía.

Siempre los sábados le tocaba calentar la bañera vieja, cargar baldes de agua del pozo y poner la piedra hasta arder, hasta marearse del calor y ver puntitos rojos flotando. Luego, en esa nube densa de vapor, restregaba la espalda ancha y blanda de la jefa con el estropajo hasta que le temblaban las rodillas y se le iba el mundo de las manos. La vieja se hacía la remolona, estirando un hombro y luego otro, obligando a Marucha a frotar y frotar; ella la secaba, la vestía, le ponía las medias, y entre gruñidos y pellizcos, a veces le pasaba una mano sudorosa por la mejilla y la llamaba burra de carga. Pero Marucha se había hecho a todo eso, como quien se acostumbra a un peso que siempre está encima. Al final le daba igual si era sábado o domingo, si la llamaban o la ignoraban, si le regalaban un trapito raído para la feria. Las reuniones con las demás chicas del pueblo le parecían tan aburridas como los cotilleos, y ni los mozos le hacían caso; nadie quería a la mujer-mula.

Un día, al verla subida a un taburete limpiando el alto espejo del salón, la señora se quedó mirando y le dijo medio en broma:

Marucha, ¿y si te buscáramos un marido? ¿Te gustaría?

Marucha bajó, retorció el trapo y contestó sin entusiasmo:

Lo que usted mande, señora.

¿O quieres quedarte para vestir santos?

Me es igual.

¡Eso, eso! rió la marquesa, dándole un manotazo amistoso. Mejor pa vestir santos. ¡Con ese tamaño criarías una docena! ¡Qué suerte tienes de caderas! Ni mi hija se llevó tanto y al pensar en su hija, la marquesa pareció suspirar, pero la llamaron de la casa y se fue dejando el tema aparcado.

Aquella conversación no cambió ni una pizca el ánimo de Marucha. Su alma seguía dormida, tranquila y torcida como una almohada vieja. Era fuerte, sana, y no sentía ganas de nada ni por instinto. Era como si viviera detrás de una pared invisible, que la separaba del mundo. Y ahí, en su pequeño escondite, estaba tranquila. Hombres y muchachos se acostumbraron a su presencia apagada y dejaron de mirar. Hasta el mozo de cuadras, Matías, dijo un día: La belleza de Marucha es para los santos, tiene un aire de iluminada

Todo habría seguido igual si no hubiera surgido la ocasión, y Marucha miró aunque solo un momento al mundo de los vivos.

Eso fue al empezar junio, cuando los prados por fin rebosaban de verde intenso. Esperaban visita en la casa: la hija de la marquesa, pálida y siempre enferma, iba a recibir al hijo de un terrateniente, el pretendiente rumoroso. Mandaron a Marucha al campo, a coger margaritas para la sala. Bajaba descalza, casi bailando entre la hierba mojada, cuando un mozo le cortó el paso: vestía un chaleco de rayas, botas relucientes y un peinado con raya que parecía milagro. Era Gregorio, el palafrenero del cortijo vecino, que había venido con el señorito. De pie, con los brazos cruzados, miraba a Marucha como quien mira una mula en el mercado.

Buenos días, guapa soltó con una sonrisilla, recorriéndola con los ojos, admirando sus manos fuertes y el pecho robusto bajo la blusa descolorida.

Marucha ni lo miró. Se apartó para pasar, pero él también se interpuso:

¿Qué pasa, guapa? preguntó ella, sin levantar la mirada.

¿Y tú cómo te llamas?

Y al que le interese, que lo sepa. Y tú no eres respondió, y pasó de largo como quien bordea un charco.

Gregorio no se rindió. Volvía con el señorito todas las semanas. Marucha oía su voz en el patio, notaba el peso de su mirada cuando blanqueaba paredes o fregaba cubiertos. Siempre daba la casualidad de tropezar con él en el pozo, la cuadra o junto a la portilla. Él, con piropos y bromas verdes, trataba de rozarla, pero ella se apartaba como un tronco sordo. Una vez, al buscar harina en el granero, el mozo la sorprendió y quiso atraparla de golpe; Marucha, con la misma naturalidad con que espantaba moscas, lo apartó de un empujón que lo mandó contra una viga, dándole un golpe de esos que no se te olvidan. Ella, sin inmutarse, solo le dedicó una mirada gélida y le dijo:

Te lo has buscado, chaval

Se recolocó el pañuelo, dejó el delantal en orden y se fue. Gregorio se quedó rascándose la cabeza y viéndola alejarse, algo nuevo chispeando en su miradano solo deseo, sino puro interés. Estaba acostumbrado a chicas fáciles y él quería una conquista, pero la mula de Marucha le intrigaba aún más.

¿Y Marucha? No estaba enamorada, ni sentía ninguna mariposilla especial. Todo le resultaba raro y ajeno, ni pensaba en Gregorio. Él solo le hizo notar que había algo dentro de ella que aún podía vivir.

Desde entonces, Marucha sonreía sin saber por qué. Quería sentir de nuevo ese hormigueo en el pecho, el que él le había desatado sin mirar atrás. Se levantaba temprano para ver el cielo clarear sobre la sierra, ordeñaba la cabra, se quedaba embobada mirando los rayos del sol subir por los olivares y sentía ganas de tumbarse en la hierba y reír, solo por estar viva. Pero en cuanto se acordaba, volvía a trajinar. Pasó así un mes.

Gregorio seguía a lo suyo: ni los morreos a la fuerza, ni la bofetada que ella le soltó en la bodega, lograron gran cosa. Ella le atizó una torta tan seca que perdió las ganas de insistir, pero a él tampoco se le pasó la curiosidad. Y un día, al verla sonreírle por la ventana, se le iluminaron los ojos. Marucha cambió sin saber cómoel brillo nuevo en la cara, los andares cambiados, la sonrisa medio torpe.

Pero la historia acabó pronto.

Una vez, Gregorio intercedió por un niño pillado robando habas en el campo. La marquesa mandó que le dieran una paliza. Marucha, al ver aquello, se le llenó la cara de lágrimas y salió corriendo. Quiso ponerse delante del látigo para que la golpearan a ella, pero el mozo la apartó. Entonces agarró un tronco y se fue por detrás, con una furia que asustaba. Gregorio llegó corriendo, le quitó el látigo al mozo y lo echó de una patada.

¡Vete de aquí, hombre! ¡Ya se lo cuento yo a la señora!

Las mujeres se arremolinaron sobre el crío, preguntando su nombre, intentando calmarlo. El chiquillo sollozó:

Mi madre… mi madre murió ayer… murió…

A Marucha se le encogió el alma. Era como verse a sí misma en ese crío. Se metió a su cuartucho, tiró de la cuerda del escapulario hasta romperla y se tiró a la cama sollozando. Lloraba por ella, por la rabia, por todo lo que no había tenido ni sabía cómo nombrar.

Gregorio la encontró. Entró en puntillas, se sentó junto a ella y la abrazó. Por primera vez, Marucha no lo apartó. Sintió el calor de ese cuerpo joven y por un momento, se quedó quieta, solo escuchando su aliento. Entre lágrimas, preguntó en un susurro:

¿Qué hay más allá de la sierra, Goyo? ¿Qué hay?

Pues la ciudad, Marucha respondió él, perplejo. Casas ricas, tiendas, iglesias grandes…

¿Y más allá?

Otra ciudad, con tren Y más allá, dicen que el mar.

Marucha se quedó callada, nunca había visto el mar. Hasta el río le asustaba. Pero de repente sintió ganas de conocerlo, de largarse de ese pueblo de azotes y callos en las manos, de no ser la mula tonta de la casa. Lentamente lo miró a los ojos y, cogiéndole la cara con ambas manos, preguntó:

¿Me llevas contigo? ¿Te casas conmigo?

Gregorio se hizo el remolónél, que tanto presumía, no tenía valor para esas palabras. Dijo que todo era difícil, que hacía falta ahorrar pero Marucha ya no escuchaba. Aquella noche la coraza se resquebrajó. Besó a Gregorio, le susurró que no le importaba nada, que quería irse con él, a dónde fuera, aunque la gente hablara. Esa noche perdió el escapulariono lo recogió del suelo. Que así sea, dijo, y le tembló la voz.

Aún se escapó Gregorio dos veces a verla. Se veían a escondidas, en el pajar, en la bodega, junto al arroyo… Marucha se abrió como un granado: se le notaba el brillo en la cara, la soltura en la mirada, la alegría muda. Como si hubiera aprendido de nuevo a ser joven.

Pero todo acabó de golpe. La boda de la niña de la casa fue un fiestón, con vino, guitarras y risas, y el señorito se llevó a su esposa lejos, Gregorio incluido. Nadie avisó a Marucha. Lo supo por la cocinera: Se fue el tuyo, Marucha. Con el amo. Búscalo en el viento

Marucha esperó. Se plantaba de noche en el camino, brazos cruzados, mirando al horizonte hasta que salían las estrellas. Dejó de comer, de dormir. Su cara bonita se fue difuminando, con los ojos hundidos, la mirada delirante. Agripina la reñía y la sacudía con la sartén, pero ella sonreía con una mueca de santita.

Pasó el verano, abochornado de calor y tormentas. Llegó el otoño, gris, con lluvias, niebla, hojas en los charcos. Marucha miraba el horizonte, esperando ver regresar a Goyo. No preguntaba; si le decían algo, no lo entendía, solo sonreía y esperaba. Así, mientras los días y los años caían como barro, ella esperaba.

Una mañana de octubre, cuando los olivos ya estaban pelados y la huerta era solo barro, Marucha, entre las matas, levantó la cabeza. Al fondo del campo, cerca del encinar, vio a un hombre solo. El corazón le dio un vuelco: ¡Es Goyo! Corrió, sin sentir siquiera los pies, brazos abiertos, gritando con una voz rota de tanto llorar:

¡Espera! ¡Espera!

El hombre ni se volvió. Marucha llegó hasta el arroyo desbordado, tropezó en la orilla, se subió a un tronco y lo miró alejarse, miedo a llorar, no fuera a desaparecer en el agua. La figura se hizo chiquita, hasta borrarse.

La encontró una vecina, que cargaba mimbres en el huerto. Se acercó y negó con la cabeza:

¿Qué haces ahí sentada, mujer?

Era Goyo respondió ella sin girarse.

¿Goyo quién?

El palafrenero, ese que venía antes con los ricos

¿Y para qué lo esperas, si hace tiempo que se casó y vive en otro pueblo, dicen que ya ni anda? De eso hace más de veinte años, criatura.

No mientas contestó Marucha con una tristeza que helaba la sangre.

¡Si no te engaño! Dicen que ni camina, que vive de la caridad. ¡Anda, vamos para casa!

Pero Marucha reía, los ojos nublados, la falda llena de barro:

¿Por qué mientes, eh? ¿Por qué?

La vecina se fue persignando, pensando: Pobre está tocada del ala. Dios la tenga en cuenta.

Desde entonces, en el pueblo la llamaron la boba santa. Marucha ya no lloró ni esperó como antes. Trabajaba callada en su trocito de tierra, furiosa, como para ahogar el dolor bajo montones de patatas y leña. Cuando descansaba, se sentaba en el umbral a mirar el encinar, convencida de que, más allá, estaba el mar. En sus ojos se posó una calma tan profunda que todos la veían y hacían la señal de la cruz antes de pasar.

Ya al borde de la vejez, en pleno junio, Marucha se ponía la camisa limpia de algodón, se peinaba las largas hebras canosas, salía al campo y se quedaba mirando al horizonte, inmóvil, delgada ya, pero en postura tan paciente que uno pensaba que llevaba siglos esperando plantada en la misma tierra. Si alguien se le acercaba, por compasión o curiosidad, preguntándole a quién esperaba, ella respondía con una sonrisa dulce y callada:

A mi felicidad. Está allá, detrás del monte. Goyo me prometió que vendría hoy.

¡Qué pobre loca! ¡Pobrecita!

Y sólo el viento zumbaba entre las copas, el arroyo arrastraba su rumor por la dehesa, y muy lejos, tras colinas y ciudades, rugía ese mar que Marucha nunca vería, salvo en sueños y en su nombre.

Se oyó el cedazo de la puerta: Jacinta venía a encender la estufa. Marucha la miró con ojos sin luz, vacíos.

Bueno, ¿y las piernas? preguntó Jacinta.

La anciana murmuró algo, inaudible. Jacinta se acercó más.

¿Qué dices, Maru?

Que ojalá me muera ya Ya no volverá. Solo queda morirseJacinta le apretó la mano fría, con más dulzura que costumbre.

No digas disparates, Marucha. Venga, tómate el caldo, que te lo he traído con un huevo batido. Mira, huele, como en tiempos de tu madre.

Marucha sorbió apenas, el vaso temblando como una barquita azotada por oleaje. Desde la ventana, durante un largo rato, contempló el perfil azul de las sierras. Había un brillo peculiar, casi dorado, sobre los campos empapados, y los olivos parecían plateados bajo una luz que no venía de este mundo.

Allí susurró, señalando con el dedo huesudo hacia el horizonte, por allí viene. ¿Ves las luces, Jacinta? Hoy sí va a venir. Lo noto en el aire.

Jacinta pensó en discutirle, pero prefirió callar. Encendió la estufa, removió la lumbre. Marucha, por fin, cerró los ojos, una sonrisa recién nacida rozándole los labios. Por un momento respiró hondo, como si el pecho se le llenara de un calor suave y limpio: un recuerdo, quizá de aquel rayo de sol entre los olivos verdes y la voz de un hombre gritándole desde lejos: “¡Marucha!”.

En el rincón, la vieja bufanda de lana esa que Marucha había tejido y destejido tantas veces se deslizó, como por arte de magia, al suelo, y nadie la recogió. Afuera, sin que nadie lo advirtiera, la primavera había regresado realmente: un alboroto de trinos subía del campo, florecían de nuevo los cerezos y hasta el viento, por un instante, olía a sal y a promesas cumplidas.

Cuando Jacinta volvió con el pan, Marucha yacía muy quieta, la cara en paz, las manos cruzadas sobre el pecho y la sonrisa de quien, justo al final, ha divisado por fin la orilla olvidada. Un resplandor suave iluminó aquella estancia oscura, y aunque el pueblo lloró la muerte de la boba santa, hubo quien juró que hasta los cencerros callaron, y que por el sendero del encinar, aquel amanecer, pudo verse a Marucha marchándose liviana, de la mano de un hombre joven y alegre, rumbo al mar que nunca había conocido, pero que siempre, siempre, la estaba esperando detrás de la colina.

Y así, los viejos del lugar trasmiten a los niños que, en las tardes, cuando todo se llena de esa luz temblona, si se guarda silencio junto al olivar, puede oírse todavía a Marucha reír.

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