La venganza de Yulka

La venganza de Jacinta

Queridos lectores, recuerdo ahora aquellos días lejanos con una extraña mezcla de nostalgia y serenidad, cuando el otoño comenzaba a pintar con lluvia fina las aceras y la ciudad parecía recogerse en sí misma. Era entonces cuando Jacinta, con el rostro apoyado en el cristal del autobús interurbano, dejaba que las gotas resbalaran como pequeños espejos de sus pensamientos. El vehículo la devolvía a su pueblo, aunque, siendo sinceros, hacía mucho que Jacinta consideraba su verdadero hogar la vibrante Madrid, su pequeño estudio en un rascacielos, el bullicio, la vida moderna. Su tierra natal, con sus campos de trigo y su ritmo sosegado, había quedado atrás el día que eligió estudiar en la capital.

A sus veintisiete años, Jacinta se sentía orgullosa de lo conseguido con su esfuerzo. Tras licenciarse en la facultad de Medicina, había entrado en una reputada clínica de estética en pleno centro de Madrid. No paraba: cursos, talleres, perfeccionamiento continuo. Su vida giraba entre turnos exigentes y noches de estudio.

No habría vuelto al pueblo si no fuera por aquel extraño aire de distancia entre sus padres. Llamaba a su madre y no encontraba a su padre, llamaba al padre y la madre, por alguna razón, tampoco estaba. Algo ocultaban.

Mamá, ¿qué pasa por ahí? insistía Jacinta.

Nada, hija, todo en orden respondía con evasivas Teresa, su madre.

Desde Valladolid, adonde llegó en avión, apenas dos horas la separaban del pueblo. Acostumbrada a las distancias, el trayecto en el autocar le pareció breve.

Al llegar a la pequeña estación vio que el paisaje apenas había cambiado: la panadería al otro lado de la plaza lucía otro letrero, y los álamos que bordeaban la avenida parecían más altos. El cielo destilaba los últimos rezagos de lluvia y, entre nubes, asomaba un sol tímido. Había avisado a su madre, aunque no sabía con exactitud su hora de llegada.

Un taxista sin prisa se acercó, arrastrando la maleta de Jacinta por el empedrado gastado.

¿A dónde vamos? preguntó.

A la calle de los Ángeles, número 52 contestó Jacinta.

La casa familiar la esperaba con sus contraventanas añiles abiertas, la misma parra en el jardín, y junto a la puerta, los tres chopos que plantó su padre la primavera en que Jacinta terminó la ESO.

¡Jacinta! Teresa se asomó a la ventana y corrió a la puerta. ¡Hija mía, al fin!

Ay mamá, tampoco para llorar

Es de emoción, hace tanto que no te veo ¡Tres años ya!

Jacinta dejó la maleta en el zaguán, se descalzó, se sentó en el sofá y estiró las piernas, aliviada tras el viaje. Teresa se sentó a su lado y la abrazó. Permanecieron así, en silencio, mirándose y dejando pasar el tiempo.

Al fin, Jacinta se atrevió: Mamá, ¿y papá? ¿No está en casa?

Vamos, hija, primero cena algo, después hablamos.

Jacinta notó el mantel nuevo de la mesa, vajilla con flores desconocidas para ella. Todo tenía el aire de siempre, pero ya no era su hogar: en el piso de Madrid la rodeaba la modernidad.

Su madre cocinaba como siempre: albóndigas esponjosas, ensalada del huerto, bizcochos, platos a rebosar.

Mamá, ¿papá está de viaje de trabajo? Estás muy callada

Está fuera, sí se puso seria Teresa. Hace tiempo que debíamos contártelo. Pero una conversación así por teléfono, no es igual, hija. Tú siempre tan ocupada Nos lo pensamos mucho: que te afectaría, que sería mejor esperar La verdad es que tu padre y yo nos hemos separado.

¿Cómo que os habéis separado? Jacinta apartó la taza de té, se levantó y fue al dormitorio de sus padres. La ropa de su padre no estaba.

¿Y ahora dónde vive?

Tranquila, siéntate. Ha vuelto a la casa de tus abuelos, allá en la huerta. Es lo suyo.

Necesito verle dijo Jacinta, encaminándose hacia la puerta.

Mañana vuelve, que está de viaje con un amigo unos días.

Mamá, suena absurdo. ¿Es por otra mujer?

Teresa suspiró:

Tu padre no está solo. Es normal, aún es joven Y tras un breve silencio añadió: Vive con una chica del pueblo de al lado, con su hijo.

¿Y tú lo aceptas tan tranquila? ¡Como si te hubiesen quitado una gallina, no tu marido!

No empieces, Jacinta. En casa ya hacía tiempo que la convivencia No quiero ni reproches ni dramas. A ti te queremos los dos, igual que siempre.

Pero, mamá, te dejas pisar. Seguro que es mucho más joven

Unos diez años menos, tampoco veinte

De todas formas, eso no se hace.

Tu padre siempre se preocupara por ti, eso nunca cambia, hija.

Pues yo no quiero verle más, ni tratar con gente traidora.

Teresa la miró con tristeza, sin contestar, pensando que Jacinta traía el corazón endurecido por la vida en la capital.

Esa tarde, aliviada por la pausa, Jacinta se puso el chándal, la cazadora con capucha y salió a pasear. El aire limpio del campo era embriagador. Recordó compañeros, amigas que apenas veía, salvo por los mensajes rápidos que le dejaban en redes. Jacinta era otra, y el pueblo le parecía parte de una vida lejana, casi de otra persona.

Mamá, voy hasta el arroyo.

Va a llover fuerte.

No tardo.

A poco de andar, divisó la casa de sus abuelos, ligeramente envejecida y algo desvencijada, pero firme. Entró sin llamar. En la cocina, al fuego, una mujer de unos cuarenta revolvía una olla.

¿Así que esta es la que ocupa la casa de los abuelos? dijo Jacinta, con desprecio.

La mujer se sobresaltó:

¿Tú eres Jacinta? Vi tu foto, Vico me enseñó

No hay honor ni derecho, esta es la casa de los míos, de mis abuelos. Así que he venido a lo mío, no a verte a ti.

La mujer bajó la cabeza:

No deberías hablar así, nada te he hecho.

Destruiste mi familia, con eso basta.

No tienes ni idea.

Entonces, de una habitación, salió un niño de unos doce años.

¡Martín, ve adentro! pidió la mujer.

Quiero jugar fuera.

Ve, pero no tardes.

El muchacho cruzó al lado de Jacinta, sin dejar de observarla con esos ojos tan azules, mezcla de curiosidad y miedo.

Aquí no vas a quedarte, lo prometo sentenció Jacinta, saliendo de la casa.

De vuelta a su casa, Jacinta sentía hervir la sangre. Papá deja que una extraña ocupe la casa. Vaya sorpresa

Quería gritarle su rabia, pero en el fondo sabía que poco podía cambiar. El Madrid de sus últimos años la había hecho más dura, más exigente, acostumbrada a decidir, a luchar por lo suyo. Y ahora, en el pueblo, sentía su propia fragilidad. Solo la idea de venganza la calmaba, no podía soportar sentirse desplazada ni ver a la usurpadora en la casa de su abuela.

Al entrar, Teresa la esperaba, nerviosa.

Has tardado mucho

La he visto. Y está allí con su hijo, ¿ahora papá también tiene que criar a ese niño?

Teresa se puso pálida.

¿Para qué, hija? ¿Por qué vas allí? Yo no te lo pedí.

¿Y a ti te da igual? ¿No te causa rabia? ¡Tantos años juntos! ¿No quieres vingarte? ¿No es una injusticia?

No, hija. El asunto no merece más lágrimas. Ya lo he aceptado y perdonado. Nuestro amor fue sobre todo por ti. Sin ti, quedaba poco.

¿Y por qué nunca me dijiste nada?

Nunca estabas y no quería preocuparte. Además, tu padre me lo contó todo cuando apareció esa chica con su hijo. No podía retenerlo, aunque dolió.

A lo mejor os faltó hablar, o acudir a un psicólogo.

Eso es vuestro, de la ciudad. Aquí, en el pueblo, se habla con los amigos, con las vecinas. No, la vida da muchas vueltas y yo ya no quiero alimentarme del pasado.

En fin, mamá, entiendo tu resignación pero yo no la comparto. Antes luchabas por lo que querías, y ahora te dejas llevar por la corriente.

Ya no quiero sólo la amistad, hija. Quiero amor, me siento joven aún, aunque no lo creas y Teresa rompió a llorar.

No llores, mamá, eres bella y joven, yo siempre estaré a tu lado, no te dejaré envejecer sola.

No deberías haber ido a buscar bronca, Jacinta. Esa mujer no tuvo la culpa, tu padre ya no era feliz.

Aun así, me duele.

Pero así es la vida, hija. Uno debe saber perdonar.

Me cuesta aceptarlo. De momento no quiero ver a papá.

¿Y a mí? ¿Vas a dejarme de lado también?

No digas tonterías, mamá.

Yo también podría encontrar a alguien…

Si quieres rehacer tu vida, me parecerá bien.

Quizás ya lo he hecho ¿Te acuerdas de Manuela la que fue contigo en el cole?

Jacinta sonrió, por primera vez en días, evocando los recuerdos de la niñez, los juegos en el parque de la Iglesia, los secretos de patio.

Claro que la recuerdo. Era un poco payasa y llevaba coletas.

Ahora es madre y viuda, su padre, don Andrés, me ayuda de cuando en vez. ¿Te resultaría raro si fuéramos algo más que amigos?

No te juzgo, mamá. Solo me cuesta entender que todo haya cambiado de golpe. Siempre pensé que volvería y estaría todo igual.

Hay que aprender a vivir, hija, y tú tienes todo por delante. No te cierres al amor por lo nuestro, tu vida sigue en Madrid. Si todo va bien, pronto conoceré a tus hijos sonrió Teresa, secándose las lágrimas.

Jacinta no quiso ver más a su padre por el momento.

Vico, su padre, tardó unos días en regresar. Llamaba, pero Jacinta no respondía. Cuando al fin se presentó, parecía más envejecido, ojeras, calvo por las entradas y la tristeza en los ojos.

¿Ni me hablas, hija?

Ya tienes tu familia nueva.

Ese niño es hijo de Irina, no mío. Pero tú tú siempre serás mi niña.

Adiós, papá.

Vico se marchó en silencio.

El último día antes de regresar a Madrid, Jacinta fue al arroyo, como cuando era niña. Vio a unos chicos en bici y, de repente, gritos. Martín, el hijo de Irina, se cayó sobre una pila de madera. Jacinta corrió; la pierna del chaval tenía un corte y la otra, probablemente, estaba torcida. Rápida, le hizo un torniquete con la chaqueta y llamó a su padre.

El coche de Vico llegó enseguida, e Irina, desencajada, vino corriendo. Sin pensarlo, Jacinta ayudó a subir al chico y fue con ellos al hospital de la comarca.

Allí, tras dejarlo en manos de médicos, Jacinta comprendió tantas cosas. Tal vez la vida era esto: ir aceptando lo inesperado, perdonando y aprendiendo a entender, aunque doliera.

*

Al día siguiente, Jacinta y Teresa estaban en la estación. El gris del cielo envolvía todo, y la despedida era amarga. Apareció un coche. Dos figuras conocidas se acercaron.

Mira, Jacinta, ¡es Manuela! exclamó Teresa.

Qué alegría verte, aunque sea solo un minuto. dijo la antigua amiga.

Detrás de ellas, Vico, Irina y Martín, aún vendado, se acercaron.

Mira, Jacinta, ¿ves que puedo andar solo? se rió el niño.

Sabía que eres valiente le contestó Jacinta, con una ternura que le sorprendió.

Perdón por el mal comportamiento, ayer estaba fuera de mí musitó Irina. Para Vico tú eres lo más importante, igual que Martín lo es para mí.

Por un instante, Jacinta comprendió que allí, todos, eran familia. El autobús llegó. Teresa lloraba en silencio.

Vuelve, ¿vale? le pidió Vico, y la abrazó con la fuerza de antes, besándola en las mejillas y en la frente.

Volveré, lo prometo contestó Jacinta, despidiéndose de todos, apretando la mano de su madre y de Manuela, mientras el autocar arrancaba rumbo a su otra vida. Miró por la ventana, vio a todos despidiéndola bajo el sol que, al fin, asomaba entre las nubes sobre una vieja plaza castellana.

Volveré, mamá, lo prometo. Sería demasiado injusto, murmuró, mientras agitaba la mano desde la ventanilla, segura de que a pesar del cambio, en su pueblo siempre la aguardaban raíces y perdón.

Rate article
MagistrUm
La venganza de Yulka