Álex, sigo viviendo: una historia de amor y esperanza junto al mar

Querido diario,

Aún recuerdo aquel atardecer dorado en la playa de Cádiz. El mar brillaba con un azul imposible, y Lucía, mi Lucía, estaba allí, tan viva como siempre. Se acercó nadando lentamente y me dijo con voz firme: Prométeme algo, no me entierres antes de tiempo, Ramón.

¡Ramón, mira este espectáculo! exclamó Lucía con ese entusiasmo tan suyo. Su piel tostada por el sol y sus ojos claros destilaban vida. Abrió los brazos como si quisiera abarcar el inmenso Atlántico, y su melena castaña, con reflejos dorados, bailaba con la brisa. Te lo decía, este mes va a ser el mejor de nuestra vida.

Yo, plantado en la orilla de la playa Victoria, ajusté mi sombrero de paja y sonreí intentando olvidar el nudo en el estómago. Qué terrible puede ser pensar que ésa puede ser la última oportunidad de recuperar nuestra felicidad.

Claro, Lucía, será el mejor mes respondí, esforzándome por sonar ligero. Siempre aciertas, cielo.

Pero el peso de las palabras del médico «tumor, avanzado, unos meses» seguía allí, resonando desde aquel día en el hospital. Así llegamos hasta estas costas: Lucía, tozuda, decidió que prefería vivir intensamente que resignarse.

¿Nos damos un baño? me agarró la mano con esa chispa en la mirada. ¡Anímate, Ramón! ¿Recuerdas de jóvenes, tirándonos al Ebro en las vacaciones de verano? Jurabas que la corriente te robaría el bañador.

Reí, y por un momento, el dolor se apartó. Lucía siempre sabía cómo rescatarme de la tristeza.

No era miedo, era prudencia bromeé mientras corríamos hacia el agua. Pero si me come un atún gigante, será por tu culpa.

Corriendo como dos críos, entramos al mar. Ella chapoteaba entre las olas, y yo la observaba con el corazón en un puño. Era la mujer de mi vida, y perderla me resultaba inconcebible.

Cuando amas de verdad, mantienes la esperanza incluso contra el reloj, pensé entonces.

Todo empezó en Cuenca, en el instituto, cuando la conocí. Lucía llegó como un vendaval: nueva, sonriente, con aquel pelo larguísimo y castaño que podía ablandar a cualquiera.

Su familia venía de Albacete. Yo, alto, desgarbado y encorvado sobre mis libros, no soñaba con que me mirase. Pero en una fiesta del colegio me armé de valor y le pedí bailar una lenta.

Eres diferente me dijo directamente, mirándome a los ojos. No intentas impresionar a nadie.

¿Y no temes que te pise? respondí. Ella soltó una carcajada, y desde aquella noche fuimos inseparables.

Tras el instituto, yo marché a la Universidad de Salamanca para estudiar Ingeniería; ella, a Valladolid, Filología Hispánica. Nos escribíamos cartas larguísimas y nos escapábamos siempre que podíamos durante las vacaciones de verano. La distancia, curiosamente, unió nuestro amor.

Al graduarnos, con apenas veintidós años, nos casamos en el salón de actos del ayuntamiento de Cuenca, entre flores de plástico y los sones de Rocío Jurado. No nos importaba nada más: la felicidad nos bastaba.

Vinieron los días comunes, a veces durísimos. Alquilábamos un piso minúsculo y trabajábamos sin parar, soñando con una casa y una pequeña cafetería. La fatiga, a ratos, nos nublaba y llegaron roces y pequeñas discusiones. Un día, perdido ya de nervios, di un portazo:

¿Y si lo dejamos?, solté.

Lucía se sentó en el sofá, calmada, y bajo la voz: Ramón, te quiero demasiado como para renunciar. ¿Y si intentamos cuidarnos de otra manera?

Así nació nuestra costumbre de reservarnos un día a la semana: solo para nosotros dos. Sin móviles, sin trabajo, sin prisas. Paseábamos por el río, tomábamos té en el balcón y hablábamos de todo. Poco a poco, el amor floreció de nuevo, como un almendro tras el invierno.

Con los años, logramos comprar una casita cerca de Salamanca, y por fin abrimos la cafetería con la que siempre soñamos. Al poco, nos sorprendió la vida con mellizas: Carmen y Rocío, verdaderos remolinos que llenaron nuestro hogar de risas y caos. Lucía era la madre perfecta: cariñosa, paciente, siempre con un cuento inventado para dormirlas. Muchas noches pensaba: Qué suerte la mía.

El tiempo, sin embargo, no paraba. Las niñas crecieron y se marcharon a estudiar a Madrid, y la casa quedó demasiado silenciosa. Lucía y yo nos volcamos en el trabajo y abrimos una segunda cafetería; incluso trabajábamos por las noches. Hasta que, en plena tarde, Lucía se desplomó.

¡Lucía! ¡Cariño, por favor, despierta! la sostenía hasta que llegó la ambulancia. El diagnóstico, primero, agotamiento. Ella quitó hierro: Es solo cansancio, Ramón. Mañana estaré bien.

Pero el día siguiente se repitió el desmayo. Esta vez el médico no se atrevía ni a mirar. Cáncer, imposible de operar, dos meses de vida.

En casa, Lucía me lo dijo con serenidad: Ramón, no llames a las niñas. No quiero que me vean así. Quiero irme al mar contigo. ¿No era nuestro sueño? Tumbarse en la arena, tomar cañas, bailar bajo las estrellas. Es ahora o nunca.

No pude negarme. Su último deseo sería el primero en mi lista.

¿Estás conmigo, Ramón? me despertó una ola y la voz de Lucía. ¡Te has quedado en otro mundo!

Estoy aquí sonreí, tragando el llanto, zambulléndome bajo el agua. Ayer me ganaste jugando al mus, qué arte tienes…

¡Despierta, hombre! se reía; su risa era toda la melodía del verano. ¿Esta noche salimos a cenar con música en directo? Quiero bailar hasta caer rendida.

¿Estás segura? ¿No prefieres descansar? pregunté, intentando parecer despreocupado, aunque ella detestaba cualquier referencia a la enfermedad.

Ramón, estoy viva. ¡Y quiero vivir! dijo serio. Prométeme, no empieces a despedirte aún. Dilo.

Lo prometo susurré, y nos abrazamos en el agua.

El mes junto al mar fue un sueño: paseos por la Alameda Apodaca, helados bajo las buganvillas, y bailes bajo la luna al son de una banda local. Lucía renacía. No podía apartar la pregunta: ¿y si los médicos estaban equivocados?, ¿sería posible ese milagro?

Un atardecer, en el balcón del hotel, me dijo: Ramón, no tengo miedo. Si esto acaba aquí, he sido feliz: te tengo a ti, a nuestras hijas, a este sol.

No digas esas cosas, cariño mi voz tembló. Todavía te queda bailar en las bodas de nuestras nietas.

Me sonrió con ternura y apretó mi mano.

De vuelta a casa, insistió en hacerse nuevas pruebas. Yo temía como nunca, pero allí estábamos. El doctor revisó resultados, boquiabierto, y murmuró: Casi increíble. El tumor ha desaparecido casi por completo. No sé cómo explicarlo… Su cuerpo lucha como nadie, Lucía.

Contuve la respiración mientras veía a Lucía romper a llorar, esta vez de pura alegría. Nos fundimos en un abrazo en la misma consulta. El médico salió, dejando la puerta abierta a nuestro milagro.

Es el mar, Ramón susurró. Nuestra vida juntos me salvó.

Tú me salvaste siempre respondí bajito.

Con el tiempo, Lucía terminó el último ciclo de medicación y la enfermedad, poco a poco, se marchó. Las pequeñas ya no tan niñas volvieron a casa, y el hogar rebosó risas y una nueva esperanza.

A veces, mirando a Lucía, pienso en lo ciego que fui cuando era joven. Ella, tan lista, me guiñaba un ojo: Ramón, no te pongas nostálgico. Haz tus famosas torrijas, que echo de menos el sabor.

Las hice, y cenando en la terraza, miramos juntos la puesta de sol, sabiendo que, mientras sigamos juntos, ninguna tormenta nos separará.

Hoy sé que la vida, por dura que se ponga, siempre ofrece una chispa de luz. Amar y creer en la esperanza puede, a veces, obrar milagros. Pero sobre todo, me enseñó otra gran verdad: nunca, jamás, hay que rendirse antes de tiempo.

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