La tranquilidad de Nochevieja
Noviembre se le estaba haciendo eterno a Ana, con ese cielo que parecía sumido en la melancolía, la lluvia cayendo sin pausa y el frío metiéndose por todos los rincones. Los días pasaban sin gracia, uno igual que otro, y ella sólo supo que ya era diciembre por la invasiva publicidad de cava, jamón y polvorones que salían hasta por las esquinas.
Madrid ardía en la fiebre navideña: los escaparates repletos de luces y guirnaldas, la gente corriendo con bolsas de regalos como si fueran a participar en la San Silvestre. Todo el mundo tenía prisa, todos parecían estar metidos en mil planes y compromisos.
Ana, en cambio, no esperaba nada y tampoco corría a ningún lado. Sólo deseaba que todo aquello terminara pronto.
Ya tenía cuarenta años. Nada, ya. El divorcio, firmado tres meses atrás, no le dejó una herida abierta, sino una especie de vacío silencioso. Nunca hubo niños de por medio, así que no hicieron falta ni negociaciones ni complicaciones. Dos vidas que durante años caminaron en paralelas, al fin tomaron sendas distintas.
«¡Feliz Año Nuevo!» le gritaban los compañeros de trabajo, lanzándole guiños cómplices.
Ana respondía con una sonrisa educada, sin rastro de alegría. Desde que amanecía hasta que volvía a casa, se repetía mentalmente: «No es nada especial. Sólo es diciembre dando paso a enero. Un miércoles cambiando a jueves. No hay motivo para celebraciones».
Sus planes para Nochevieja eran cristalinos: ducha calentita, ponerse su pijama viejo, preparar una infusión de manzanilla y meterse en la cama a las diez, como cualquier otra noche.
Nada de ensaladilla rusa, nada de La gran familia ni de botella de cava que se quedará guardada hasta el siguiente año.
***
Y llegó la noche señalada.
Parecía que la meteorología se reía del ambiente festivo: de repente un chaparrón helado de esos de Madrid, mezclado con los restos sucios de nieve, caía sobre la ciudad. El cielo era un tapiz gris y pesado, y el alumbrado de la calle parecía apagado y triste. El panorama perfecto para esconderse bajo el edredón.
A las nueve y media, como se había prometido, Ana ya estaba acostada, tapada hasta el cuello. De fondo se colaba la música baja de los vecinos. Ana cerró los ojos rezando por dormir rápido.
Se despertó con un golpe seco, imposible de ignorar.
Alguien estaba aporreando la puerta, no llamando, sino golpeando insistente como si fuera una urgencia vital. Ana se incorporó molesta, murmurando algo sobre borrachos y gente sin respeto. Miró el reloj:
23:45
Se levantó, pero no fue a la puerta. Seguramente era alguien confundido o un vecino perdido. Se iría pronto. Se acercó a la ventana para cotillear y entonces se quedó parada.
Fuera sólo había blanco, nada de lluvia ni de asfalto gris ni charcos.
Por el resplandor de la farola caían copos enormes, como los de su infancia, tapizando la calle con una manta de nieve brillante.
El mundo en cuestión de horas se había vuelto de cuento.
***
De nuevo sonó el golpe, algo más suave pero aún decidido.
Ana, todavía asombrada por la nieve inesperada, fue a abrir. No pensaba en quién podía ser, sólo se dejó llevar por la curiosidad del momento. Giró la llave y abrió la puerta.
Delante tenía a su vecino.
Arturo, el de enfrente. Un hombre ya mayor, con el pelo revuelto y canoso, con esa chispa traviesa en los ojos. Llevaba una chaqueta de tweed gastada y un bufanda de lana mal puesta.
En una mano sostenía un maletín antiguo de piel marrón, y en la otra, un bote de cristal rebosante de algo rojo y apetecible.
Disculpa que te moleste le dijo con voz rasgada, he oído bueno, me ha parecido que aquí reinaba la tranquilidad de Nochevieja. Es la más rara de todas, por eso no he podido dejar de acercarme.
Ana le miró muda, luego echó un vistazo a la calle, donde seguía cayendo la nieve como si el mundo empezara de nuevo.
Arturo ¿qué se le ofrece? balbuceó al fin, bastante descolocada.
Te traigo un regalo le ofreció el bote. Es zumo de arándanos casero. Mi difunta señora decía siempre que cura la melancolía. Y además levantó el maletín, quiero mostrarte una cosa. ¿Me dejas pasar quince minutos? Solo hasta las campanadas.
Ana se quedó dudando en el umbral. Toda la apatía y la coraza de «aquí no pasa nada» se resquebrajaron un poco. Primero esa nieve casi mágica, ahora el vecino raro con sus misterios. La curiosidad, esa que creía perdida, le picó en el pecho.
Pase dijo insegura, apartándose.
Arturo entró, sacudiéndose la nieve de los zapatos. No se quitó la chaqueta, dejó el maletín en medio del salón, casi a oscuras. La única luz era la de la farola colándose por la ventana.
Tu casa es austera comentó, sin juicio ni lástima, simplemente constatando.
No pensaba celebrar nada respondió Ana seca.
Lo entiendo asintió Arturo. Después de ciertos cambios, como los tuyos, las fiestas parecen agravios. Todo el mundo feliz porque sí y tú pues ni puedes ni quieres. Y al final te preguntas si habrá algo mal en ti.
Le miró sorprendida por lo certero.
Nunca antes habían cruzado más que alguna palabra sobre el tiempo o las cartas.
¿De verdad?
Soy viejo, Ana. He visto mucha gente y muchos diciembres grises. Sé que el invierno no es el fin. Es el tiempo en que la tierra descansa para recobrar fuerzas. El ser humano también debe descansar. Pero no apagarse para siempre.
Arturo abrió el maletín tras hacer saltar las cerraduras. Sobre un fondo de terciopelo, no había ropa ni papeles, sólo bolas de cristal. Decenas de ellas, todas distintas. Una azul, con polvo plateado dibujando la Vía Láctea. Otra roja, con una rosa dorada minúscula pintada delicadamente. Una del todo transparente, que, según cómo le diese la luz, creaba un arco iris diminuto.
¿Qué es esto? susurró Ana, acercándose.
Es mi colección respondió Arturo con orgullo. No colecciono sellos ni monedas. Colecciono recuerdos. Cada bola contiene un instante feliz de mi vida. Esta la azul fue de mi primer viaje a los Pirineos con mi mujer, prometiéndonos amor al mirar las estrellas. Y esta señaló la roja, me la regaló en nuestro aniversario. Decía que el amor es una rosa que nunca se marchita.
Ana contemplaba sus pequeños universos de cristal y sintió cómo su corazón, helado y apagado, empezaba a derretirse. No eran adornos, era la vida misma, llena de sentido y de ternura.
¿Por qué me lo enseña?
Porque tienes un hueco vacío le contestó Arturo con sinceridad. Y quiero que sepas que la nada no es una condena. Es espacio. Espacio para lo nuevo. Mira.
Sacó del bolsillo otra bola, sencilla, transparente, sin brillos ni dibujos.
Esta es para ti le ofreció. Es tu primera bola, símbolo de esta noche. De que has abierto la puerta aunque pensabas dormir. De haber visto la primera nevada desde la ventana. De que, incluso en la soledad, aún puede aparecer algo mágico.
Ana cogió la bola entre sus manos. Era fría y suave.
La calle vibró con las campanadas, y los vecinos comenzaron a gritar ¡Feliz Año Nuevo!
Ana levantó la vista hacia Arturo. La chispa de sus ojos ahora era profunda, cargada de sabiduría.
Gracias murmuró Ana, y por fin, tras muchos meses, sonrió de verdad, aunque le temblaran los labios.
De nada sonrió Arturo. Ahora tienes un principio. Lo que coloques dentro de tu bola dependerá de ti. Puede que mañana sea el café caliente, una novela terminada o algo aún mayor. Quién sabe. El año acaba de empezar.
Cerró el maletín, le deseó buenas noches y se fue, dejándola sola pero en una paz completamente distinta.
No era soledad vacía, sino una calma llena de esperanza y de luz callada.
Ana se acercó a la ventana, bola en mano, con la nieve todavía cayendo y borrando los antiguos pasos. Y por primera vez en mucho, pensó no en el pasado, sino en todo lo que podría llegar
Y eso sí que fue un verdadero milagro de Nochevieja.





