La esposa incómoda

Esposa incómoda

Sofía ascendía lentamente a la superficie del dolor y los sonidos, como si emergiera desde el fondo de un oscuro pozo.

Doña Sofía Jiménez, la notamos consciente. Lo vemos en los monitores, intente abrir los ojos la voz de un desconocido llegaba apagada, lejana.

Trató de obedecer, pero los párpados eran plomo. El cuerpo no le respondía, se sentía extraño y al mismo tiempo cada célula le dolía. La punzada era densa, pegajosa, y le recorría todos los músculos. En los oídos, un interminable pitido.

Olor a hospital: desinfectante, algún matiz amargo y medicinal, inconfundible.

Así está bien la voz retumbó, ahora cercana. Respira por sí sola, eso es estupendo.

Con esfuerzo, Sofía parpadeó y logró al fin abrir los párpados. La luz le golpeó, le obligó a cerrarlos otra vez. El mundo era una acuarela arruinada por la lluvia: techo blanco, paredes iguales, un tubo que salía de su brazo.

Un rostro de hombre mayor se inclinaba sobre ella, surcado de arrugas profundas. Mirada dura bajo cejas tupidas, canosas, la estudiaban. Gorro blanco, mascarilla caída al mentón.

¿Dónde? susurró, acaso rozando el aire. Su voz era débil, hojas secas en el otoño.

Está en la UCI contestó con calma el hombre, ajustando algo en la máquina junto a su cama. Hospital General de Madrid.

Accidente fue un accidente logró balbucear ella.

Un fogonazo de recuerdo vino y se fue: sol, cristal en el parabrisas, carretera Iba conduciendo ¿hacia dónde iba?

Sí, accidente. ¿Recuerda algo?

Sí Iba a la clínica para una revisión. Íbamos a probar con fecundación in vitro, mi esposo y yo No lográbamos tener hijos

Exacto asintió el facultativo, con tono grave. Soy su médico, el doctor Benito Álvarez, intensivista. Ha sufrido un accidente grave de tráfico.

La memoria volvía, junto al susto.

¿Mi marido? ¿Sabe qué ha pasado? ¿Está bien?

Sí, lo sabe la voz del doctor Álvarez más seca aún. No sufrió daños. Además, no iba con usted.

Sofía frunció el ceño, vaciando su memoria. Era cierto, Gonzalo iba a llegar después, tras salir del trabajo. Ella condujo sola.

¿Cuánto tiempo llevo aquí? preguntó, sintiendo el frío miedo en el pecho.

El médico desvió la mirada y soltó un suspiro que sobresalía entre los pitidos tenues del equipo.

Necesita ganar fuerzas, pero debe saberlo: lo que le voy a decir le impactará.

Dígamelo musitó ella.

El accidente fue hace mucho. Ha estado inconsciente demasiado tiempo.

¿Cuánto? ¿Una semana? ¿Dos?

Tres años en coma.

El mundo de Sofía se desplomó de nuevo en el vacío del que acababa de salir.

No tiritó. No puede ser. Esto es una broma

Tres años. Tuvo un traumatismo craneoencefálico, fracturas por todo el cuerpo. La retuvimos por un hilo. Francamente, casi dimos todo por perdido.

Tres años.

Sofía miró su mano, escuálida y pálida sobre la sábana. Era suya, al menos; estaba viva.

Ha tenido suerte el médico suavizó al fin el tono. Su grupo sanguíneo es raro. Hubo que hacerle transfusiones urgentes y no había en el banco.

Pausa. Añadió:

Su esposo la salvó. Tenía el grupo compatible. Donó todo cuanto pudo y más. Un verdadero héroe. Su sangre la devolvió a la vida.

Las palabras se posaban como niebla en su mente. Gonzalo donante la salvó, pero no sintió alivio. Al contrario: en lo hondo, algo frío y errado se revolvió. Ella estaba casi segura de que sus grupos sanguíneos eran distintos.

No tenía energía para debatir. Volvió a deslizarse en el sopor tranquilo de la medicación.

La próxima vez que despertó, la habitación estaba en penumbra. El pitido de la máquina ya era música de fondo. Alguien permanecía junto a la cama.

Un olor familiar, masculino, con el toque amargo del perfume de su marido. Gonzalo, adivinó sin verlo.

Se acercó. Su perfil seguía siendo impecable: la barbilla fuerte, el pelo oscuro peinado. Pero había algo ajeno en su expresión.

Su cara, siempre contenida, estaba ahora endurecida por una frialdad casi cruel.

Una enfermera rellenaba la vía sin hacer ruido; una señora de unos cincuenta años con ojos cansados y bondadosos. Creía recordar el nombre: Valeria.

Gonzalo se inclinó hasta tener su aliento frío junto al oído de Sofía.

Cariño musitó con voz suave pero cortante, hablando justo para que sólo ellos lo oyeran. Qué alegría verte despierta.

Sonrió.

Mientras tú llevabas tres años vegetando, yo heredé por fin.

Sofía tardó en entender.

¿Herencia? ¿Qué?

Los papeles, Sofi. Esos que firmaste tan amablemente antes de marcharte a tu viajecito encogió los hombros. ¿Ya no lo recuerdas? Siempre firmabas sin leer, la confianza ante todo.

Yo no

Gracias por haberme dado esa oportunidad siseó con la misma dulzura venenosa. Jamás habría supuesto que tu candidez me traería semejante premio.

Un recuerdo: la camilla en urgencias, el dolor, Gonzalo inclinándose sobre ella.

Firma aquí, Sofi, sólo son permisos para operarte. Un simple trámite.

Su mano temblorosa firmó, sin mirar nada.

El negocio de tu padre, sabes, esa pequeña empresa de logística con la que nunca quisiste líos. En tres años la convertí en algo muy rentable.

Torció la sonrisa.

Y ahora es completamente mía. ¿Me sigues?

Sofía lo miraba paralizada; el pánico la inmovilizaba más que la lesión. Ése no era el Gonzalo con el que se casó.

No no puede ser

Y tan cierto respondió él, aburrido. Lo conseguí todo.

Se irguió, ajustó los puños de su camisa blanca e hizo una seña a la enfermera.

Cuídela, Valeria.

Sofía cerró los ojos, fingiendo dormir. No podía seguir viéndole. Lloró en silencio mientras él se marchaba, los tacones resonando sobre el gres. La dejó entre la pesadilla y el silencio.

Una mano cálida limpió con discreción las lágrimas de sus mejillas.

Silencio, cielo, no gastes fuerzas en lágrimas por alguien así susurró la enfermera.

Gracias dijo, luchando por no sollozar.

Un poco después, al cambiarle el vendaje, Valeria se acercó al oído:

Aguanta. Eres fuerte. Si pudiste salir de todo esto, podrás con lo demás. Un marido así créeme, no eres la primera ni la última engañada. Ponte bien, que el resto ya llegará.

Aquellas palabras sencillas fueron la primera chispa de luz en la densa niebla interior.

Valeria

Dime, hija.

El doctor dijo que fue mi marido el donante.

El rostro de Valeria endureció un instante.

¿Quién lo dijo?

Doctor Álvarez.

Negó con la cabeza, chasqueando la lengua.

Escúchame, Gonzalo no donó ni una gota. Ni sabía su grupo. Estuve en ese turno, le preguntamos tres veces y se desentendió siempre.

¿Entonces? ¿El doctor?

El doctor se equivocaría o le hicieron equivocarse. Entiéndeme. Tu marido adora aparentar gestos heroicos. Fue por todo el hospital contando que te salvó. Y el doctor, muy bueno, pero con las notas es un desastre. Le dijeron: el marido es el donante, lo apuntó así.

¿Y la sangre?

De un donante anónimo del banco, llegó en el último minuto. Tuviste suerte.

Apretó suavemente su hombro.

Así que no le debes la vida. Ni nada más. ¿Entendido?

Sofía asintió en silencio. Todo era mentira. También el supuesto heroísmo de su esposo.

Por la noche, con el pitido de fondo, Sofía pensaba en cómo se engañó con Gonzalo, cómo ese hombre dulce se transformó en una criatura tan fría y calculadora.

La memoria, cruel, le devolvió el primer día en que se conocieron.

Cuatro años atrás, que parecían una vida entera.

Sofía corría por las escaleras mecánicas del metro de Madrid. Lluvia, charcos, hora punta. Iba tarde a una entrevista en una agencia de traducción. En pleno gentío, se le partió un tacón.

¡Genial! murmuró, aferrada al pasamanos.

El zapato colgaba inútilmente de su pie. Llegó cojeando al andén, empapada, con el paraguas hecho papilla.

Parece que Cenicienta no perdió el zapato, sino la paciencia oyó la voz, un tono grave y sarcástico a su lado.

Levantó la vista. Un hombre de abrigo elegante, perfume caro, y esa seguridad imponente que te deja sin aliento.

Cenicienta va a echarse a llorar admitió, logrando esbozar una sonrisa. Tengo entrevista en quince minutos. Así, imposible

Él la escrutó, sin juzgarla, sólo evaluándola.

No te cogerán dijo sencillamente.

Gracias por el ánimo bufó Sofía.

No soy cortés, soy práctico le tendió la mano. Gonzalo.

Sofía respondió maquinal.

Venga, mejor sal de aquí en metro no vas. Yo te acerco, y de paso resolvemos lo del zapato.

No debería No lo conozco

Ahora sí sonrió. Esa sonrisa era irresistible. Considera esto una inversión de futuro. ¿Eres traductora, verdad? Relaciones internacionales

Sí, pero

No hay más peros. Te queda poco tiempo para tomar la decisión más acertada de tu vida.

Gonzalo era así: arrollador, resolutivo, no aceptaba un no. Ese día realmente la llevó, parando en una zapatería.

Sin escuchar sus negativas, escogió unos salones de piel.

Cuestan una fortuna susurró ella.

Valen tu futura nómina replicó él.

Consiguió el trabajo. Esa noche él mismo la llamó:

¿Qué tal los zapatos? ¿Dieron suerte?

¿Cómo tienes mi número?

Sofía, lo sé todo. Se rió. ¿Cenamos?

La pausa se prolongó; terminó por decir simplemente:

Sí.

Una cita condujo a otra y otra. El idilio fue un torbellino. Gonzalo la rodeó de detalles a los que no estaba acostumbrada: flores raras, cenas exclusivas, escapadas de fin de semana.

Su hermana menor, Lucía, observaba con escepticismo y repetía para sí que el refrán de el amor es ciego lo inventó alguien con experiencia.

Después conoció a los padres de Gonzalo.

El padre, Don Ramón García, hombre endurecido, de la vieja escuela. Mirada severa.

Traductora refunfuñó en la comida. Oficio poco serio. La mujer está para la casa y los hijos.

Papá Gonzalo se removió. Estamos trabajando en ello.

Ya, ya antes se vivía sin tanta tontería.

Su madre, doña Teresa, una mujer dulce, de voz cálida:

Dentro de lo que cabe, también soy colega tuya le sonrió. Trabajé en el colegio dando clases de literatura española.

¿De verdad? No lo sabía

No es nada terció don Ramón. En el colegio, ganando una miseria.

Eso no es cierto replicó con suavidad su mujer. Quise mi trabajo.

Miró a Sofía:

En tus ojos veo pasión por el idioma.

Muchísima Sofía se relajó.

El resto de la velada, Sofía y su futura suegra hablaron de libros. Doña Teresa la reconoció como de las suyas. El suegro, frío hasta el final:

Bonita pero hueca, no servirá para nada la oyó decir al salir.

Poco después, Gonzalo insistió en que Sofía dejase el trabajo.

Estás hecha para otra vida, Sofi dijo, besando sus manos. Serás la reina de la casa. Eres muy lista para perderte en papeles baratos.

Pero yo amo mi trabajo

Acabarás amando aún más tu nueva vida.

Y Sofía le creyó. Abandonó todo. Fue la anfitriona perfecta de la finca en la sierra, organizaba cenas impecables, brillaba en las reuniones.

Pronto intentaron ser padres. Un año y otro, infructuosos. El veredicto médico, brutal: infertilidad.

Será por mí lloró Sofía.

Tonterías la abrazó, ya frío. Habrá dinero para lo que sea. Fecundación, buenas clínicas. Nada nos detendrá.

Lo deseaba tanto que no veía el hielo en la mirada de su esposo ni las ausencias largas, ni el fastidio creciente.

En esos días, su padre, don Alejandro Jiménez, enfermó de gravedad.

Sofía y Lucía velaron por turnos. La madre falleció cuando eran niñas; una infección maligna la llevó en días.

Don Alejandro comenzó siendo ingeniero en RENFE, acabó como empresario. No rico, pero sí independiente.

Falleció tres días antes de cumplir los cincuenta, fiesta que pensaba celebrar a lo grande.

El entierro y los días de duelo se le pasaron a Sofía en una niebla. Gonzalo, siempre correcto, sólo preguntaba por los detalles de la herencia.

Sumida en el luto, Sofía no le prestó atención. Grave error, entendió luego, en la cama blanca del hospital.

Incluso ese día lejano, el suegro tuvo razón: al final, parecía una florero, un adorno caro para marido acaudalado.

Los días pasaron idénticos en la clínica. Su marido no volvió. Recababa datos al médico y se cuidaba mucho de aparecer más de lo imprescindible.

Honestamente, Sofía ya estaba convencida de que todos esos años él esperaba lo inevitable: que la línea en el monitor se volviera recta.

Dos semanas después, la dieron de alta.

Se quedó de pie junto a la verja del Hospital General, con una bolsita precaria. Se la había preparado Valeria, discretamente. Devolvió bata y zapatillas, inspiró hondo y marcó a Gonzalo.

Ah, ya sales su voz casi jovial. Magnífico.

Gonzo, no tengo dinero. Mis tarjetas

Cerradas respondió, divertido. Llevas tres años desaparecida. Todo bloqueado ya.

Tras una breve pausa, más frío:

En serio: ve pensando en el divorcio. Esperarte del otro lado no me hacía gracia, Sofía. Mi abogado te contactará. Ya no me llames más.

La línea murió.

Sofía se sentó en un banco. Era mayo. Tres años y ya nada era igual.

Al poco llegó Lucía, le llevó vaqueros y una camiseta vieja.

Vámonos a la residencia sugirió.

Sofía, triste, saliendo de la clínica, se sintió tan indefensa y perdida como una niña.

La habitación, minúscula, de dos camas y una mesa con bocetos de telas. Lucía estudiaba diseño.

Ella, pálida y débil, se sentó junto a la ventana. Toda la vida anterior esposa de relumbrón, mansión, cenas, vestidos era ya un decorado de cartón desplomado.

Tengo que buscar trabajo dijo por la noche.

Estás para descansar, ¡si apenas te puedes mover! protestó Lucía.

Déjalo ya, el doctor no puso restricciones. Y hay que vivir. Yo sé idiomas.

Abrió el viejo portátil de Lucía, puso una página en inglés y comprendió el texto entero. Se sintió aliviada.

Sigo recordando todo susurró.

Abrió un editor para traducir un párrafo y se detuvo: las palabras en su mente estaban, pero no lograba ordenarlas al castellano. Tropezaban, se disolvían, escapaban.

¿Qué me pasa? jadeó, intentando con el francés, igual resultado. Entendía, pero era incapaz de decirlo; una pared de cristal entre su pensamiento y su lengua.

A la mañana siguiente regresó a la clínica.

El doctor Álvarez escuchó, hizo pruebas y sentenció:

Es secuela del golpe. Afectó al centro del lenguaje. Se llama afasia.

¿Seré una inválida? susurró Sofía.

No, para nada. Todo indica que será temporal. No hay daño irreversible. Hace falta paciencia y práctica. Volverá.

No tengo tiempo necesito dinero ¡ya!

No se precipite contestó, con empatía. Antes recupérese.

Esa noche, Sofía preguntó a Lucía:

Si no puedo traducir, ¿qué sé hacer?

Llevabas la casa, cocinabas de maravilla, dabas un aire especial a todo.

Ama de casa también es un oficio.

Al día siguiente, fue a una agencia de personal doméstico.

La encargada la miró de arriba abajo, resignada.

¿Experiencia?

Llevaba todo en una casa grande dijo recelosa.

Así lo apunto, ama de casa. No es exactamente un oficio ¿Algo más?

Vio la cicatriz pálida en la sien.

¿Eso?

Acabo de salir del hospital tras un accidente reconoció Sofía.

Hmm Tiene mal aspecto, no nos engañemos. Aquí buscamos personal activo. Ya le llamaremos.

Por favor. Necesito el puesto, cualquiera. Soy ordenada, cocino, limpio, lo que haga falta.

La entrevistadora vaciló, tocada por la urgencia en su voz.

Sólo hay una opción. Pero complicada advirtió. Familia de un cirujano, don León Caballero. Busca institutriz para su hija, de nueve años.

Acepto.

No tan deprisa. Lleva tres niñeras fugadas en un día. La esposa murió en un accidente hace dos años. Él está volcado en el trabajo y la niña ha enmudecido. Pruebe suerte si es que no huye.

El piso de don León, junto al Paseo del Prado, era enorme, silencioso, elegante pero sin calidez.

El doctor era alto, serio, ojos grises hundidos y cansados.

¿Sofía Jiménez? Le advirtieron en la agencia.

Hizo un gesto hacia el pasillo.

La última puerta, la de la niña. Pase, conózcala.

Desapareció en su despacho.

Sofía tocó con timidez.

¿Luisa?

No obtuvo respuesta. Abrió un poco.

Allí, sentada en el suelo, una niña delgada, dos trenzas, sumida en su tableta. Ni la miró.

Hola, Luisa dijo con delicadeza. Soy Sofía, quiero ayudarte con los deberes.

Silencio absoluto.

Sofía suspiró. Aquello sería, sin duda, difícil.

Los primeros días, un infierno de soledad. Don León salía de madrugada, regresaba de noche; ni se cruzaban. Luisa respondía con mutismo, comía, se bañaba, hacía los deberes y huía a su cuarto.

Sofía, que conocía el abismo de la pena y el abandono, reconocía la tristeza muda de la niña.

Al tercer día, entró sin llamar.

Luisa, ya está bien de tableta dijo con suavidad pero firmeza.

Luisa la miró con desconfianza, casi como una fiera acorralada.

¿Sabes? continuó Sofía, ignorando la hostilidad. De niña adoraba modelar. Me parece que tienes plastilina en la estantería.

En efecto, una caja de pastas de colores estaba allí. Sofía cogió un trozo y se sentó en el suelo.

¿Te animas a hacer un castillo de princesa? Con muchas torres.

Empezó a amasar. Sus dedos, torpes al principio, ansiaban recordar los movimientos. Las palabras le fallaban, pero sus manos sí sabían.

Luisa la observaba entre el flequillo.

Así no, está mal susurró de pronto.

¿El qué?

La torre respondió la niña. La princesa necesita la torre más alta.

Alargó la torre, hábil.

Estuvieron calladas, ocupadas, casi una hora.

Por la noche, al recoger, apareció bajo la cama un cuaderno viejo de tapas gruesas.

¿Y esto? preguntó Sofía.

¡No lo toque! Luisa lo arrebató. Es de mamá.

¿Era tu mamá? ¿Le gustaba dibujar?

Luisa asintió y abrió la primera hoja con delicadeza.

No era álbum de fotos, sino de bocetos: seres de fábula, juguetes artesanos, muñecos blandos. Parecían cobrar vida.

Qué maravilla murmuró Sofía, emocionada.

Reconoció que eran bocetos de juguetes didácticos. En la última página, el logo: un pájaro llevándose un cubo, y la firma: Estudio Elena. Juguetes para niños especiales.

¿Especiales? preguntó Sofía, perdida.

Mamá soñaba con abrir su propio taller para niños como Miguel.

¿Miguel?

Un amigo. Hijo de la mejor amiga de mi madre. No habla, es distinto. Mamá decía que esos niños merecen juguetes distintos. Papá decía que eso era una tontería.

Sofía acariciaba la cabeza de la niña, estudiando los bocetos llenos de vida y vocación.

No durmió apenas, pensando en ese cuaderno, en Elena a quien no conoció y en Luisa, tan sola.

Decidió cumplir ese sueño.

La tarde siguiente, cuando León volvió, Sofía aguardó en la cocina.

Luisa está dormida replicó él, automático.

Quiero hablar con usted.

Puso el cuaderno sobre la mesa.

El doctor se quedó helado.

¿Dónde ha hallado eso?

Luisa y yo lo sacamos del fondo de la cama. Su mujer tenía mucho talento

Guárdelo enseguida. No tenía derecho a tocarlo, es íntimo.

Ahí se equivoca respondió Sofía, más firme que nunca. Es el sueño de su esposa. Y de su hija.

No se atreva a hablar de mi mujer. No sabe nada.

A lo mejor no, pero conozco a su hija. Revive cuando agarra ese cuaderno.

En ese momento, Luisa apareció descalza, en pijama.

Papá, ¿por qué gritas a Sofía?

La ira de León de pronto se esfumó.

Hija, vete a dormir.

Es de mamá replicó la niña abrazando el cuaderno. Sofía y yo vamos a fabricar juguetes.

Miró al padre, ojos encendidos que ella no le había visto en dos años.

León alternó la vista entre su hija y Sofía. Respiró hondo.

Hagan lo que quieran cedió. No servirá de nada.

Alzó la mano cuando ella quiso decir algo.

No hay dinero para eso. Ni ayudaré.

Marchó a su despacho.

Pero Sofía no desistió.

Esa noche llamó a Lucía.

Tú eres diseñadora, ¿verdad?

¿De qué se trata? preguntó.

Necesito tu ayuda en algo muy especial.

Comenzaron juntas.

En la habitación de invitados, Lucía traía el portátil y tablet. Compraron madera, pinturas y telas con lo justo. Sofía, con sensibilidad innata, y Lucía, con la técnica, lanzaron sus primeros prototipos.

León fingía no notar nada.

Un día, Sofía escuchó tras la puerta:

Mari, te hablo de Caballero. La niñera tiene una fijación con los juguetes especiales, como quería Elena. Ven a ver, de experta.

Al siguiente día llegó una mujer de cuarenta, ojos inteligentes y una sonrisa cálida. Un niño de siete años la acompañaba, siempre meciéndose.

Buenas tardes, soy Marina, psicóloga infantil y amiga de León. Él dijo que hacéis juguetes especiales.

Es Miguel explicó mientras acariciaba la cabeza del niño. Está en el espectro del autismo.

Sofía le mostró un puzle de madera recién terminado.

Miguel, normalmente apático, se paralizó. Dejó de moverse, cogió un arco, giró y lo colocó acertadamente.

Marina se tapó la boca, llorando.

Nunca lo había hecho jamás.

Miguel, ajeno a todos, seguía con el arcoíris.

Sofía Marina le miró entusiasmada. Se necesitan estos juguetes. Lo difundiré entre las familias.

Para Marina fue un milagro. Para Sofía, la prueba que necesitaba.

Marina se volvió la embajadora de la estudio. Llegó otra madre, luego otra. El taller despegó.

Lucía, habrá que darnos de alta como autónomas aseguró Sofía a la semana.

¡Qué pasada! le brillaron los ojos a su hermana.

Esa tarde, León volvió del hospital y se quedó helado en la puerta: la sala, en taller improvisado, entre serrín, retales y bocetos, Sofía, Lucía y Luisa embalaban el primer encargo.

El médico las miró.

Sofía sostuvo su mirada, ahora firme, segura. Él, por fin, tampoco esquivó los ojos.

¿Seguro, Marina? preguntó luego Sofía, con la lista de pedidos a mano.

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