La esposa complaciente

16 de noviembre de 2023, jueves

¿Carmen, me escuchas? La voz de Ricardo sonaba templada, casi protocolaria, como si avisara de algo trivial, por ejemplo que ya no quedaba pan.

Yo estaba asomada a la ventana, mirando el patio donde crece el serbal viejo que planté hace veintitrés años, el mismo año en que nos mudamos a esta casa. El árbol se ha hecho enorme, se nota que sabe ocupar su sitio en el mundo. Por algún motivo pensé en eso justo ahora.

Sí, te escucho contesté.

Quiero que entiendas bien esto. No significa que todo vaya mal. Simplemente ha pasado, Carmen.

Me giré. Ricardo, con sus sesenta y un años, estaba sentado en la mesa, las manos entrelazadas como si estuviera en una negociación. Grande, bien vestido, con esa seguridad en la postura que les llega a los hombres cuando el dinero ya no es un problema. Veintiséis años he conocido esa cara. Sabía cuándo fruncía el ceño antes de una conversación delicada; cómo tamborileaba los dedos en la mesa al ponerse nervioso. Esos días, sin embargo, no tamborileaba. Eso me inquietó.

Ha pasado, repites. ¿Eso es todo?

Carmen, no lo digas así.

¿Así cómo?

Se puso de pie y anduvo por la cocina. Una cocina amplia, luminosa, con ese mobiliario italiano que elegimos juntos hace ocho años. Me recuerdo debatiendo largamente sobre el color de los frentes de armario: yo prefería crema, él insistía en blanco. Cedí. Muchas veces cedía.

No tengo por qué darte explicaciones dijo. Pero te las doy. Porque te respeto.

¿Me respetas?

Sí. Hemos tenido una buena vida. Nada nos falta. Los niños son mayores. No quiero conflictos.

Sentí en el pecho algo sordo y pesado. Ni siquiera dolor. Era ese entumecimiento especial que te ocurre cuando comprendes algo demasiado grande.

Te vas afirmé, no pregunté.

Me voy asintió. Es solo por un tiempo. Necesito espacio.

Espacio Otra vez repitiendo sus palabras. Llevaba ya varias veces haciéndolo. Como si necesitara recolocarlas en mi cabeza para entenderlas.

Ricardo se acercó, intentó cogerme de la mano. Di un paso atrás, apenas perceptible, pero él lo notó.

No te enfades dijo.

No estoy enfadada.

Carmen

No, Ricardo. No estoy. Solo pienso.

Se quedó a mi lado un instante y luego salió de la cocina. Oí cómo caminaba por la habitación; el portazo del armario. Recogió algo de ropa. Solo por un tiempo, había dicho. Miré el serbal. Los pájaros ya empezaban a picotear los frutos. El invierno vendrá temprano, solía decir mi madre. Murió hace siete años y aun a veces, por instinto, pienso en llamarla, hasta que la realidad me golpea de nuevo.

Tengo cincuenta y ocho años.

***

Al día siguiente, sin avisar, llegó mi amiga Luisa. Me llamó desde abajo:

Abre, estoy en el portal.

Luisa, no estoy arreglada

Pues te arreglas. Espero.

Somos amigas desde la carrera, treinta y siete años ya. Luisa es directa, ruidosa y un poco invasiva. Hace tres años dejó a su marido, pasó meses entre lágrimas, después se le terminó el llanto de un día para otro y abrió una tiendecita de labores que le da para vivir y, según dice, se encuentra mejor que nunca.

En cuanto entró, me abrazó fuerte, de verdad, y a punto estuve de llorar, pero no lo hice.

Cuéntame dijo sirviendo el té.

Ya lo sabes.

Quiero oírtelo de ti.

Expliqué lo esencial. Ricardo se va, por un tiempo, necesita espacio. No pregunté, no porque no sospechara. Si preguntas, todo se convierte en oficial, y mientras no lo haces, tienes esa débil suspensión.

¿Y no preguntaste a quién va? me miró Luisa.

No.

Car-men

¿Qué?

¿Sabes con quién?

Silencio; fuera, en el patio, alguien reía. La vida seguía sin inmutarse.

Me hago una idea dije. Su asistente. Laura. Tiene treinta y dos.

Luisa meditó. Habló, con cautela:

¿Hace mucho?

No lo sé. ¿Un año? ¿Más? Yo notaba algo. Pero prefería no pensar.

¿Por qué?

Miré la bonita taza, de un juego que trajimos de Praga hace diez años. Fue un buen viaje. Ricardo contaba chistes, reía, me cogía de la mano en el puente de Carlos.

Porque si lo piensas, tienes que actuar. Y yo ya no sabía cómo. Llevo veintiséis años sin trabajar, Luisa, ¿lo entiendes? Primero los hijos, luego el hogar, después simplemente así se dio.

Él ponía el dinero.

Sí. Yo llevaba la casa, los niños, cuidé a sus padres cuando enfermaron. Fui busqué la palabrafui parte central de su vida. O eso pensaba.

¿Y ahora?

Creo que fui una parte útil, cómoda. La esposa conveniente. Nunca discutía, todo lo aceptaba. Muebles blancos, vacaciones en la montaña en vez de en la costa, cena a las ocho, no a las siete. Todo como él quería.

Luisa me miraba. Silencio raro en ella.

¿Estás enfadada? me preguntó al fin.

No. Todavía no. Quizá más adelante.

¿Y ahora?

Me quedé pensando. Silencio en el patio. El serbal quieto.

Ahora intento recordar qué me gusta dije bajito. Fuera de esta casa, fuera de su vida. Qué me gusta a mí. Y veo que no lo sé. Es extraño.

Luisa me cubrió la mano con la suya. No dijo nada. A veces, eso es lo mejor.

***

Mi hija me llamó tres días después. Lucía vive en Valencia con su marido y dos niños. Tiene treinta y cuatro. Siempre fue más de su padre, práctica y decidida.

Mamá, papá ya me contó. ¿Cómo estás?

Bien.

Mamá, bien no es una respuesta.

Lucía, en serio. Estoy bien. Pienso.

¿En qué?

Detecté esa tensión en su voz: ya ha tomado partido, solo que no lo dice aún.

En muchas cosas.

Papá dice que es temporal, que solo necesitáis un poco de

Lucía le corté, tranquila pero firme, no quiero hablarlo a través de ti, ni de tu hermano. Esto es entre papá y yo. ¿Vale?

Un silencio.

Vale. Dijo, más suave. ¿Estás sola?

Sí. Pero no me siento mal.

¿Quieres que vaya?

No hace falta. Si algún día lo necesito, te lo diré.

Colgué y me quedé unos minutos en el sillón. Mi hijo, Miguel, vive en Madrid. No llamó. Es muy suyo. Desde pequeño evita las conversaciones difíciles. Se esconde tras el trabajo, los proyectos, los Mamá, sabes que ahora estoy con mucho lío.

Lo entiendo.

Paseé por la casa: cuatro habitaciones, un pasillo largo, dos baños. Todo ordenado, bonito. Siempre cuido las flores: son naturales, y cambio las cortinas según la estación. En la cocina huele a lavanda; me gusta hacer las bolsitas yo misma y colocarlas en los rincones.

La casa es bonita. Pero ya no parece mía.

Bueno, no del todo. Es como un museo: todo en su sitio pero sin verdadero vínculo con quien lo habita.

Paré ante la librería. En la balda intermedia, mis libros. No muchos: sobre todo regalos. Recetarios, un par de novelas, un viejo tomo de Machado de la universidad. Lo cogí, lo abrí al azar y leí unos versos. Algo se movió, apenas perceptible, dentro de mí.

No leía poesía desde hacía veinte años. No había tiempo.

***

Ricardo llamó a la semana. Voz levemente culpable, pero con esa firmeza de quien ya ha decidido:

Carmen, tenemos que hablar.

Habla.

Mejor si nos vemos.

De acuerdo. ¿Cuándo?

Pausa, tal vez esperaba recriminaciones, lágrimas, preguntas. No le di ninguna.

Mañana a las dos. Paso por casa.

Bien.

Llegó puntual, como siempre. Era su orgullo. Puse el hervidor, no para hacer ambiente sino para ocuparme con algo.

Estás bien comentó al sentarse.

Gracias.

No quiero que creas

Ricardo le interrumpí. Sin rodeos, dime.

Me miró. Algo en mi tono lo paró.

Quiero el divorcio soltó. Oficial. Ya somos adultos, no hace falta demorar.

De acuerdo.

¿De acuerdo?

Sí. No te lo voy a poner difícil.

Carmen Su expresión, antaño cuidada, ahora la percibí de otro modo. No dejaré que te falte nada. La casa será para ti, te pasaré dinero. No quiero que te falte de nada.

Que me pasarás dinero repetí, y me di cuenta del eco de estos días.

Bueno, no has trabajado. Necesitas mantenerte.

El agua hervía. Llené la tetera con toda normalidad.

Ricardo, ¿recuerdas cuando tu madre estuvo enferma? Tres años. Yo iba cada semana a su casa. Vacunas, medicinas, médicos. Tú estabas ocupado.

Por supuesto que me acuerdo.

Cuando Lucía tuvo el segundo embarazo difícil, y yo me quedé en su casa un mes, cuidando del mayor, cocinando, limpiando

Carmen, ¿a qué viene esto?

A que dices te doy dinero, como si me hicieras un favor. Como si estos años hubiera estado colgada de ti sin hacer nada.

Abrió la boca, la cerró.

No era eso lo que quería decir.

Sé lo que querías. Querías decir que eres generoso. Que piensas en mí. Me senté enfrente. No estoy enfadada, Ricardo, pero no voy a fingir que esto es caridad. Ambos sabemos que no lo es.

Se quedó mucho tiempo mirándome. Luego, algo en él se hundió, menos seguro.

Has cambiado dijo.

¿En una semana?

En esta semana, sí.

Tomé la taza y bebí en pequeños sorbos. Afuera, una anciana con abrigo azul alimentaba palomas. La veía a diario, pero nunca supe su nombre.

Respecto al dinero añadí. No renuncio a lo que me corresponde, pero no quiero limosnas. Eso sí que no.

Carmen

No, déjame terminar. Dejé la taza. Veintiséis años me ocupé del hogar: nunca te di la lata, no exigí más atención de la que estabas dispuesto a dar; llevé la casa, crie a los niños, recibí a tus socios, sonreí ante tus bromas mil veces repetidas. Y rechacé mi propia carrera porque me dijiste: Carmen, para qué ese teatro, yo te lo doy todo. Y acepté. No me arrepiento. Pero llamemos a las cosas por su nombre. Es trabajo. Y lo hice bien.

Silencio en la cocina. Ricardo baja la mirada.

Nunca dije que no lo hicieras bien musitó.

Dices que vas a cuidarme, como a una hija. Pero hija no soy. Tengo cincuenta y ocho.

Se levantó y se fue a la ventana. El serbal rojo y tranquilo.

Tienes razón admitió, bajito. Tienes razón, Carmen.

No lo esperaba, tardé en darme cuenta.

Contactemos a los abogados, sin dramas continuó él.

Me parece bien.

Se puso el abrigo y, en la puerta, dudó.

Carmen yo

No digas nada, Ricardo. Ya está.

Se marchó. Yo me quedé mucho rato sentada. Luego escribí a Luisa: Hablamos. Me divorcio. Todo bien.

Luisa contestó enseguida: ¡Bien hecho! Vente mañana por la tienda, tengo hilos nuevos. Sé que te encantaba el bordado.

Reí. Es cierto. Me gustaba. Hace treinta años.

***

Las dos semanas siguientes pasé en un estado extraño. Ni bien ni mal. Simplemente fuera del marco habitual, sin saber hacia dónde mirar.

Fui a ver a Luisa a su tienda. Hilo y Aguja se llama. Huele a madera y algodón. Hay ovillos de lana, bastidores, telas de bordar, mil hilos de todos los colores. Toqué todo, despacio. Mohair. Algodón. Hilos de seda. Algo fue soltándose dentro de mí.

Mira, me dijo Luisa, este bastidor es para principiantes. Pero si quieres algo más complicado

No, yo sabía bordar.

Hace treinta años.

Eso no se olvida.

Veremos rió ella.

Compré tela, hilos y agujas. En casa, junto a la ventana, examiné el diseño. Empecé. Las primeras puntadas mal. Las deshice, volví a empezar, más lenta. Los dedos recuerdan.

Estuve tres horas bordando sin darme cuenta.

Una sensación extraña, buena, sencilla.

***

Miguel me llamó a finales de octubre. Había pasado más de un mes desde la charla con Ricardo.

Mamá, ¿cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Bien. He hablado con papá.

Miguel

No, espera. No es por posicionarme, quería decirte Me dijo que has rehusado su ayuda. ¿Es cierto?

No del todo. No renuncio a lo que me corresponde. He rehusado esa idea de que él me pase dinero, como limosna.

Pero es práctico. No trabajas, necesitas medios.

Miguel, tengo cincuenta y ocho, no ochenta. Puedo trabajar.

¿Y qué harás?

Buena pregunta. También me la hago. La carrera de arte dramático que dejé en tercero por casarme ya quedó atrás. Pero me gustaban los idiomas. De joven, francés. Sigo entendiendo alguna película.

Aún no sé le fui sincera. Algo encontraré.

Dímelo si necesitas ayuda.

Claro, hijo. Y recuerda, Miguel: eres buen hijo. No necesitas salvarme. No me estoy ahogando.

Guardó silencio.

Vale, mamá. Cuídate.

Luego de su llamada, rebusqué entre las cosas viejas. Hallé mi cuaderno de francés, el de cuando era universitaria. Letra pequeña, rápida, de otra mujer.

Quizá lo era.

***

El abogado se llamaba Guillermo Ortega, hombre mayor de voz pausada. Escuchó mi caso, preguntó lo justo, asintió.

Está todo bastante claro, doña Carmen. Hay que dividir bienes: el piso, la casa de campo, las cuentas. La cuestión es cómo repartir.

Quiero este piso. Me siento apegada. Él lo ofreció.

Entonces a él le correspondería la finca o la parte proporcional.

Sí, es justo. Hemos quedado en llevarlo con calma.

Me miró por encima de las gafas.

Eso es raro.

Lo sé.

Bien. Preparo los papeles. Un mes, más o menos.

Salí al fresco de noviembre, ese día sin lluvia, con la luz baja y el aire denso. Anduve sin rumbo, sola, por las calles de Burgos. Aquí nací, aquí conocí a Ricardo, aquí viví siempre. Conozco la ciudad de memoria: dónde compran pan bueno, dónde hay manzanos en los patios, dónde se posan los mirlos en enero.

Eso también era mío. Algo pequeño y verdadero.

Entré en una cafetería discreta, pedí café y tarta de manzana. Miré la calle sin pensar en nada, disfrutando sencillamente de estar. De sentarme sin deberes, sin listas ajenas.

En la mesa de al lado, dos mujeres de mi edad. Charlaban, reían. Una con bufanda vistosa, otra con gafas llamativas. Las miré y pensé: así está una cuando simplemente vive. Ríe. Lleva bufandas llamativas.

Terminé el café, dejé propina y salí.

***

En diciembre llamó Lucía, ya sin tensión al hablar.

Mamá, vengo en Nochevieja. Sola, sin Mateo ni los niños. ¿Te parece?

Por supuesto. ¿Y ellos?

Con los padres de Mateo. Les he dicho que necesitaba estar contigo. Pausa. Mamá, fui injusta. Al principio solo pensaba en juntaros de nuevo, que esto tenía arreglo. Pero no me toca decidirlo.

Lucía

Déjame terminar. Pensé que te hundirías. Que no podrías sola. Siempre creímos que papá decide todo, que tú quedas en la sombra.

¿En la sombra? susurré.

Digamos que sí. Pero no te has hundido. Y eso eso me ha hecho pensar en mí.

¿En qué sentido?

En lo que yo quiero. Yo, no Mateo, no los niños. ¿Es egoísta?

No. De verdad.

¿Seguro?

Seguro, Lucía. Eso es conocerse.

Charlamos una hora. Sobre sus hijos, su trabajo, su deseo de aprender a pintar, siempre pospuesto por falta de tiempo. La escuché y sentí algo cálido. No orgullo, exactamente. Un reconocimiento. Como ver en alguien lo que tú también quisieras ser.

***

Lucía llegó el veintinueve. Trajo vino, quesos y unas zapatillas de casa de risa. Pusimos el Belén y el árbol mientras sonaban canciones antiguas que busqué en Spotify con torpeza. Nos reímos de mi torpeza. Se sentía bien.

En Nochevieja invitamos a Luisa, quien vino con empanadillas y un bote gigante de pepinillos caseros. Juntamos las tres copas, charlamos de viajes soñados: Luisa quería ir a los Pirineos, Lucía a la playa, yo confesé que quería ir a París.

¿Sola? Luisa se asombró.

Supongo. O ya veré.

Lucía me quedó mirando largo rato. Sonrió.

Has cambiado, mamá.

Ya me lo han dicho.

¿Papá?

Sí.

¿Y cómo te sonó de su boca?

Pensé un poco.

A reproche. Como si rompí las reglas del juego.

¿Y ahora?

Suena a cumplido.

Luisa alzó la copa.

Por las mujeres que rompen las reglas brindó.

Chocamos copas. Fuera estallaban los primeros fuegos. Por primera vez en muchos años sentía que el año, de verdad, comenzaba para mí.

***

En enero me inscribí a un curso de francés. Una academia pequeña, a cinco minutos. Un grupo heterogéneo: dos universitarios, una mujer que emigrará a Bruselas, un jubilado que quiere leer a Stendhal en original.

Eso es admirable dijo el profesor, un joven llamado Andrés, sorprendido por el perfil del grupo.

Todo lo que se hace por uno mismo lo es afirmó el jubilado con dignidad.

Yo asentí en silencio.

El francés no era fácil. Recordaba más de lo esperado, pero los artículos, la gramática cometía errores. Llevo tanto tiempo sin hacer nada por primera vez

Tras la tercera clase, Andrés me llevó aparte.

Carmen, tienes buen acento. ¿De dónde?

Estudié de joven.

Sigue así. Es importante.

Y pensé: ese acento estaba en mí. Siempre. Simplemente, ya nadie lo notaba.

***

Firmamos los papeles del divorcio en febrero. Sin ceremonias, en el despacho de Guillermo. Ricardo parecía cansado. Yo, creo, no como él esperaba.

¿Cómo estás? preguntó en el pasillo.

Bien.

¿De veras?

De verdad.

Me miró. Por primera vez vi, no remordimiento, ni pena, solo desconcierto. Parecía esperar otra cosa.

¿Te has apuntado a algo? Me lo dijo Luisa.

A francés. Y también a acuarela.

¿A pintar? Pero si nunca pintaste.

Ahora sí.

Asintió, se puse el abrigo. Antes de salir, dudó de nuevo.

Carmen yo

Ricardo, eres una buena persona. Simplemente ya no estamos hechos el uno para el otro. O quizá sí, en otro sentido. Sé feliz.

Me miró largamente. Luego marchó.

Me quedé quieta en el portal. Tras la puerta, la calle. Febrero, nieve, rutina. Después de veintiséis años, se acabó. Debería ser dramático, y sin embargo era silencioso.

Salí a la calle. Olía a nieve y a algo fresco. Levanté la cara: los copos caían menudos y se derretían al tocarme.

Volví a casa, despacio, atravesando el parque.

***

La acuarela resultó más difícil que el francés. Los colores se mezclaban, las hojas se humedecían demás. La profesora, Pilar, era paciente.

Deja de controlar decía. Tienes que confiar en la pintura. Solo así sale bien.

¿Confiar?

Pon el agua, el color y observa.

Probé y fallé. Luego, un poco mejor. Mis cuadernos seguían imperfectos, pero eran míos. Mis manchas azules, mis arbolitos retorcidos.

Un día, la profesora paró ante mi dibujo. Un esbozo del serbal. Rácimos rojos, ramas oscuras, cielo gris.

Esto sí es verdad dijo.

Está mal.

Lo torcido puede ser auténtico.

Miré el árbol en el papel. No era igual que el del patio, pero era el serbal que yo veía, sentía.

Y ese matiz era importante.

***

En primavera vino Lucía con su familia. Una semana. Por las noches charlábamos en la cocina.

¿Eres feliz? preguntó un día.

Es complicado.

¿Por qué?

Antes creía saber qué era la felicidad: buena casa, buena familia, todo correcto. Ahora no lo sé. Me encuentro bien, que no es lo mismo.

¿Y eso cómo es?

Despertar sabiendo que el día es tuyo, no de los planes o necesidades ajenas. Me parece raro decirlo.

No lo es susurró Lucía.

¿Piensas en ti?

Ahora sí. Me apunté a clases de acuarela. Como tú.

¿De verdad?

Sí. Pintura. Los domingos. Mateo se quejó, ahora ya no.

La miré. Treinta y cuatro años, lista, siempre algo a la sombra de su marido. Como lo estuve yo.

No tienes que repetir mi historia.

No la repito. Aprendo de ti.

¿De mí? Me sorprendí.

Hiciste algo que nunca imaginé: no te rompiste, no te pusiste agria, no te viniste a vivir a mi casa para que te cuidáramos. Simplemente empezaste a vivir. De nuevo, a los cincuenta y ocho.

Me quedé callada.

No sabía que darse la vuelta fuera así desde fuera.

Así es.

¿Y desde dentro sabes lo que es? Miedo. Miedo al descubrir que no te conoces. Treinta años y ni un color favorito.

¿Y ahora?

Ahora lo sé. Azul. El mismo de mis acuarelas.

Lucía sonrió, me abrazó. Fuerte, como Luisa el primer día.

Mamá, eres increíble.

Y tú, hija.

***

En verano, Luisa sugirió un viaje a los Pirineos. Diez días, grupo pequeño, ruta organizada pero flexible.

Nunca he viajado sin Ricardo dije.

Por eso debemos ir.

Luisa, no soy de mochilas.

Hay cabañas. Con ducha y todo. ¿Te animas?

Tardé tres días en dar el sí.

Los Pirineos eran otro mundo. Lagos de espejo, pinos altísimos, silencio pleno, lleno de sonidos de pájaros y viento.

Me llevé las acuarelas.

Pintaba todas las mañanas, al lado del agua. Imperfecto, pero auténtico. Lo sentía. No con la cabeza, sino con otra parte de mí.

El cuarto día, dibujando en el lago, me di cuenta de algo importante.

No pensaba en Ricardo. Ni a posta, ni sin querer. La historia acabó; ni rencor ni perdón: simplemente cerré el libro y empecé otro.

Eso era nuevo. Y bueno.

Luisa se acercó:

Está precioso comentó.

¿De veras?

Yo lo colgaría.

Vi mi estampa: lago, pinos, niebla. Un poco borroso. Pero vivo.

Quizá lo haga respondí.

***

En septiembre cumplí cincuenta y nueve. Cena sencilla en casa: Luisa, la vecina Inéscon quien hice amistad este año y dos amigas del grupo de pintura. Lucía llamó por vídeo, enseñó a los niños gritando ¡Felicidades, abuela!, agitando dibujos.

Miré ese caos en la pantalla, la risa de mi hija, y pensé: esto es como debía ser. No pulcro, no pautado. Ruidoso y vital.

Miguel envió euros y un mamá, felicidades. Pronto estaré. Sonreí. Miguel es así.

Luisa alzó la copa.

Por Carmen, la mujer que en un año se ha descubierto a sí misma.

Siempre me he sentido yo repliqué.

No siempre corrigió Luisa. Ahora sí.

No le discutí. Quizá tenía razón.

***

En octubre colgué en el salón la acuarela del lago. Enmarcada, sobre el sofá.

Antes colgaba una lámina elegida por Ricardo: neutra, impersonal. La quité, la guardé en el trastero y puse la mía.

De pie delante de ella pensé: no es perfecta. Pero es mía. Eso es lo importante.

Me quedé contemplándola cuando sonó el móvil. Número desconocido.

¿Carmen Rodríguez? Soy Andrés, de la academia. Perdone la molestia. Anotó su teléfono para actividades. Vamos a abrir un club de conversación, los miércoles por la tarde. Solo practicar francés. ¿Le interesa?

Miré mi acuarela. Azul, niebla.

Sí, me interesa. Apúntame.

Noviembre llegó tranquilo. Caminaba a casa después del club de francés, con una novela en francés que compré hoy, elegida casi al azar.

En el portal, Ricardo.

No lo distinguí hasta acercarme más. Llevaba rato esperando.

Hola dijo.

Hola respondí. Sin sorpresa, sin miedo.

¿Puedo hablar?

Esperé un segundo.

Pasa.

Subimos. Colgué mi abrigo. Le ofrecí té, lo rechazó. Se sentó en el sofá, miró la acuarela.

¿La hiciste tú?

Sí.

Muy bonita.

Gracias.

Miraba la acuarela, callado. Entonces habló:

Carmen, no me ha ido bien.

Esperé. No le ayudé.

Laura Es más joven, distinta. Pensé que eso me hacía falta. Que quería otra vida. Pero en realidad estaba cansado. No de ti, sino de mí mismo, de envejecer Tú nunca preguntaste. No preguntaste nada.

No era asunto mío.

Quizá no. Me miró. Estás distinta. Muy distinta.

Sí.

No sé cómo explicarlo. Siempre pensé que estarías ahí, sin más.

Ricardo dije, suave, sin cariño, ¿qué quieres de esta charla?

Me miró, largamente. Bajó la cabeza.

No lo sé. Solo quería decirte que me equivoqué. Que no supe ver lo que tenía.

Silencio.

Fuera, el serbal. Sin bayas, ramas desnudas. Pero ahí está, firme.

Te he escuchado dije. Gracias por decírmelo.

¿Solo eso?

Le miré. Este hombre, tan cercano y tan ajeno.

Ricardo. Tomé el libro en francés. Ahora leo en francés, despacio, con diccionario. Pinto. Viajé a los Pirineos. Participo en el club de conversación. Duermo con la ventana abierta porque me da la gana. Como lo que quiero. No estoy enfadada. Me diste mucho. Casa, hijos, años. Pero también me enseñaste algo: que no vivía mi vida. Y eso también cuenta.

¿Volverías? preguntó, bajísimo. Pregunta extraña.

Miré el cuadro. Azul, niebla, serbal.

Ricardo, tengo cincuenta y nueve años. Y por primera vez siento que vivo. De verdad. Pausa. Sirve té si quieres. Yo pongo la tetera.

Fui a la cocina. Miré por la ventana el patio, el serbal, la anciana del abrigo azul con las palomas.

Tras de mí, silencio. Luego, crujió el sofá. Pasos.

Ricardo en la puerta.

Carmen

Me giré.

Respóndeme. ¿Eres feliz?

La tetera comenzaba a silbar. El serbal quieto y orgulloso, detrás del cristal.

Estoy aprendiendo dije. Aprendiendo a ser feliz. No es fácil, es más difícil de lo que pensaba, pero aprendo.

Nos miramos. Dos adultos no precisamente jóvenes en una cocina, mía por fin.

Eso está bien dijo, al fin. Muy bien, Carmen.

La tetera hirvió.

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