La Esencia del Pasado

La mañana empezaba como siempre. Andrés Serrano se despertó un minuto antes del despertador, como llevaba haciendo años. Se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando el ruido del agua en el cuarto de baño: su mujer ya se había levantado. La habitación estaba fresca, las cortinas medio corridas, y una luz gris se colaba entre ellas.

Alcanzó el móvil, revisó el correo, los mensajes y el calendario. Nada inesperado. A las nueve la reunión de equipo, a las once la cita con el Banco Santander y después el almuerzo con un posible socio. Todo bajo control.

En la cocina olía a café y pan tostado. Marta, con una bata y el pelo recogido en un moño desordenado, ya sacaba las rebanadas de la tostadora. Sobre la mesa había el periódico extendido y, al lado, su taza favorita.

¿Hoy te vas tarde? preguntó sin darse la vuelta.

No lo sé respondió Andrés mientras se servía el café depende del banco. Si cerramos, a las ocho estaré libre.

Marta asintió, se sentó frente a él y empezó a pasar la página de noticias en el móvil. La conversación no fluía, pero ya no les parecía raro. Vivían bajo el mismo techo sin molestarse, como dos líneas paralelas. Por fuera todo parecía perfecto: piso céntrico en Madrid, segunda vivienda en Segovia, un Seat León y las vacaciones programadas.

Andrés comía casi sin saborear. Su mente ya estaba en la oficina, repasando números para no dejar que el banco encontrara excusa para negociar. Le gustaba que todo siguiera el guion, sin sorpresas.

Sólo había un episodio que no encajaba en ese cuadro ordenado. Algo que había intentado olvidar. Veinte años atrás, cuando trabajaba en una pequeña consultora en el barrio de Lavapiés, los salarios se retrasaban y el alquiler de la oficina había que pagarlo en efectivo, metido en sobres. Entonces él y su compañero montaron una jugada con contratos ficticios. La cifra, hoy ridícula, entonces parecía la salvación. Un contable resultó ser el más perjudicado. Andrés siempre había dicho que fue una coincidencia, no su culpa.

Encajó ese recuerdo con un sorbo más de café y miró el reloj.

Tengo que irme anunció, levantándose.

Marta volvió a asentir, sin despegar la vista del móvil.

En la calle ya rugían los coches, alguien tocaba la bocina. El conductor del taxi le esperaba en la entrada, puntual como siempre. Andrés se subió al asiento trasero, revisó que la carpeta con los documentos estuviera en su sitio.

Su oficina estaba en la Torre de Cristal, ese rascacielos de vidrio donde empezó alquilando una habitación diminuta y ahora ocupaba casi medio piso. En la recepción la secretaria le saludó:

Buen día, señor Serrano. Le han dejado un paquete en su escritorio.

¿De quién?

No lo dice. Solo lo entregó y se fue.

Andrés cruzó al despacho. Amplio, con ventanales panorámicos, una mesa maciza y en la pared diplomas y certificaciones ordenados. Todo hablaba de estabilidad y éxito.

Sobre la pila de papeles había un sobre grueso, blanco, sin remitente. Solo su nombre y apellidos, escritos con una caligrafía algo anticuada.

Lo tomó, lo giró entre los dedos. El papel era rugoso, de buena calidad. De pronto ese objeto tan simple le provocó una sensación extraña en su día perfectamente estructurado.

Seguro es publicidad murmuró, aunque sabía que no era.

La secretaria asomó la cabeza.

¿Le traigo un café?

Sí, gracias respondió, esperando a que se fuera, y rompió con cuidado el borde del sobre.

Dentro encontró una hoja. Letras negras, impresas, sin firma.

«¿Recuerda, en el 1998, cuando firmó tres contratos ficticios en una oficina del tercer piso? Dijo que nadie saldría perjudicado. Sin embargo, un hombre perdió su empleo y su vivienda. Sigue vivo.

Está acostumbrado a creer que todo está bajo control. Pero el pasado no desaparece. Solo espera a que se relaje.

Si desea que sus socios y su familia no sepan los detalles, prepárese para hablar.

Pronto me pondré en contacto con usted.»

Andrés sintió que se le secaba la boca. Leyó el texto otra vez, sintiendo cómo una pesadez incómoda se instalaba en su interior. No eran insinuaciones vagas; eran datos precisos.

Se dejó caer en la silla, con la hoja temblando en la mano. El corazón le latía más rápido de lo habitual. La imagen de aquella oficina pequeña, la pintura desconchada, la mesa vieja donde él y su compañero trabajaban hasta altas horas, volvió a su mente.

Aquella vez él había asegurado que nadie saldría perjudicado. Y el contable, un hombre de mediana edad, desapareció del trabajo y luego de su piso, viviendo de trabajos esporádicos. Andrés nunca lo investigó; ya entonces había aprendido a no mirar atrás.

Colocó la hoja sobre la mesa, al lado del sobre, y cerró los ojos. ¿Quién podía haber escrito eso ahora, tras tantos años?

Un golpe en la puerta.

Señor Serrano, ¿está listo para la reunión? entró el director financiero, un hombre alto con el corte de pelo impecable. La gente ya está reunida.

Andrés cubrió la hoja con la carpeta.

Sí, voy respondió, intentando que su voz sonara firme.

En la reunión soltó los discursos de siempre, tomó notas, asintió, escuchó los informes. Pero su mente volvía al sobre. Alguien estaba escarbando en su pasado. Alguien sabía demasiado.

Al terminar, volvió a su despacho y tomó la hoja de nuevo. Al revés no había nada: ni firma, ni contacto. Solo la promesa de que «pronto se pondrá en contacto».

Revisó su lista de contactos. No halló a su antiguo compañero; hacía una década que no hablaban. Tal vez se había enfadado porque Andrés había pasado a su propio negocio mientras él se quedó en segundo plano. Pero, ¿de dónde sacaba los detalles del contable? ¿Su antiguo socio? ¿Alguien de la empresa actual había encontrado documentos viejos? ¿Cómo sabían del tercer piso y del año?

Se levantó, recorrió el despacho, pensando en todas las posibilidades. Llamar al antiguo socio? Preguntar directamente? Pero, ¿qué decir? «¿Me enviaste esa carta?», sonaba ridículo. ¿Y si no había sido él?

El móvil vibró. Un mensaje de Marta: «¿Seguro que hoy te vas tarde? Tengo que saber si preparo la cena». Miró la pantalla sin saber qué contestar. Todo parecía frágil: la casa, la oficina, la rutina. Como si un soplo bastara para romperlo.

Trataré de volver temprano respondió, dejando el móvil.

El día transcurrió bajo una amenaza invisible. La reunión con el banco, el almuerzo con el socio, la charla de nuevos proyectos, todo lo hacía en piloto automático, como siguiendo un guion ensayado. Dentro, esperaba el momento en que «alguien» llamara.

Al caer la tarde, la secretaria anunció:

Le llamaron de un número desconocido. Dijeron que volverían a llamar.

¿No se identificaron?

No. La voz vaciló masculina, tranquila. Dijo que era por un asunto personal.

Andrés sintió que el pecho se contraía de nuevo.

En el coche de regreso, miraba por la ventanilla sin prestar atención a la ciudad que se oscurecía. Los faros, los carteles, la gente en las paradas, todo se fundía. El conductor hablaba de atascos, pero Andrés sólo asentía.

Al llegar a casa lo recibió el silencio. Marta había dejado una nota en la mesa: «Me voy a casa de mi hermana, no vuelvas tarde». Junto a ella, un plato cubierto con film. No lo calentó, se sirvió un chorrito de whisky, se sentó en el salón y encendió la tele sin buscar canal. La imagen parpadeaba, pero él no la veía.

El móvil siguió sonando con notificaciones de trabajo y publicidad. Cada vez que la pantalla se iluminaba, se sobresaltaba, pero no había nada más.

Esa noche el sueño se le escapó. Le acechaban caras: el contable cuyo nombre no recordaba, el antiguo socio que había insistido en la jugada, una compañera del departamento que alguna vez le miró con esperanza y desapareció cuando cerraron la oficina. Todo parecía lejano, como otra vida. Y de pronto, alguien tiró de un hilo.

Al día siguiente la carta ya no parecía un sueño. Estaba en el cajón, bien doblada. La volvió a leer, sin encontrar nuevas ideas.

Al mediodía sonó un número desconocido.

Sí contestó Andrés, sintiendo cómo se tensaba todo por dentro.

Señor Serrano, buenos días la voz era serena, sin acento, sin matices Supongo que recibió mi carta.

¿Quién es?

No importa. Lo que importa es que sé lo que usted prefiere ocultar. Y sé que puedo contárselo a los que le importan. O a los que le deben su negocio.

Andrés apretó el auricular hasta que se le pusieron blancos los dedos.

Si cree que me está chantajeando empezó, pero su voz tembló.

No pienso, simplemente sé. Conozco los contratos ficticios, al hombre que perdió el trabajo y la vivienda. Sé cómo su carrera despegó mientras él tuvo que escabullirse con trabajos esporádicos. Su biografía es muy ilustrativa.

¿Qué quiere?

Una conversación. Hoy a las siete, en el café de la esquina de su calle. Sabe cuál. Venga solo. Y no lo cuente a nadie, ni a sus socios ni a su mujer. Entiende lo rápido que se corre la información.

La llamada se cortó. Andrés quedó unos segundos escuchando el vacío.

El café de la esquina era pequeño, con una vitrina donde por la tarde se juntaban madres con niños y ancianos con el periódico. Andrés lo conocía, allí solía ir con Marta los fines de semana.

Miró el reloj. Eran las trece y media. Quedaban unas horas llenas de expectativa.

El trabajo dejó de existir. Se quedó en su despacho mirando la ventana, donde unas gotas de lluvia se deslizaban lentamente por el cristal. Pensó en los posibles caminos: no ir, ignorar, pero entonces la carta ya estaba en sus manos. El chantajista debía tener copias de los documentos o pruebas.

¿Llamar a la policía? Admitir que lo están chantajeando? Tendría que revelar qué había desencadenado todo. Y la policía difícilmente defendería su reputación.

Pidió al director financiero que le cubriera una salida por asuntos personales. Él asintió, sin preguntas. En su mundo, los asuntos personales se respetaban mientras no entorpecieran el resultado.

En el coche de regreso, Andrés se descubría observando los rostros de los transeúntes. Sentía que cada mirada ocultaba algo. El conductor le preguntó si quería desviarse; él sólo negó con la cabeza.

Al llegar a casa, la luz del café se veía a través de la ventana de la cocina. Marta entró, con una ligera sorpresa.

Llegas temprano. ¿Pasó algo?

Andrés sintió un calor irritante subirle a la garganta. Quería decir que todo estaba bien, que sólo estaba cansado, pero las palabras se le atragantaron.

Tengo una reunión abajo, en el café. Por trabajo.

¿Abajo? ella arqueó una ceja Pero tiene salas de reuniones aquí.

Es que me lo pidieron. Les resulta más cómodo.

Marta lo miró un momento, luego encogió de hombros.

Vale. Esta noche voy a casa de mi hermana, su cumpleaños. ¿Vas a venir?

No lo sé respondió, sin ganas de comprometerse lo veremos.

Su rostro se tensó ligeramente, pero no dijo nada más. Cogió la cartera y salió de la cocina.

El tiempo se arrastraba. Finalmente, el reloj se acercó a las siete. Andrés se puso la chaqueta, bajó las escaleras y salió a la calle. El viento era fresco y húmedo, el cielo gris.

Frente al café se detuvo, inhaló hondo y entró.

Dentro había luz tenue y música suave. Algunas mesas ocupadas, gente charlando. En la esquina, junto a una ventana, estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, bajo, con el pelo ligeramente canoso y una camisa sencilla. Su rostro le resultaba familiar y extraño a la vez. Andrés recordó la pequeña oficina, los montones de papeles, el hombre de suéter que revisaba los libros contables.

Lo reconoció al instante.

El hombre levantó la mirada y señaló la silla libre.

Siéntese, Andrés Serrano.

La voz era calmada, sin hostilidad, pero con una dureza que delataba años de espera.

¿Es usted? preguntó Andrés, tomando asiento. La carta la llamada

Sí contestó el hombre, mirando fijamente ¿No lo esperaba?

Un escalofrío recorrió la espalda de Andrés.

Pensé que no sabría lo que le había pasado.

Claro que no respondió el contable, con una sombra de cansancio en aquel entonces usted estaba ocupado con otras cosas: la carrera, las perspectivas. No había tiempo para eso.

Llegó la camarera, dejó el menú. El hombre pidió té, a Andrés le ofrecieron café. Él aceptó sin pensarlo mucho.

¿Qué quiere? preguntó cuando la camarera se alejó.

Buena pregunta sonrió levemente el contable la gente en su posición suele amenazar, prometer usar contactos. Usted va al grano.

Si pretende chantajearme empezó Andrés, pero el hombre levantó la mano.

No soy cobrador ni periodista. Soy el tipo que perdió todo por su esquema. Trabajo, vivienda, salud. En aquel momento ni siquiera se interesó por cómo me estaba yendo. Luego le vi en la tele, como un empresario exitoso que lo logró solo. Y comprendí que no iba a poder olvidar eso.

Andrés sintió una mezcla de culpa y enfado.

¿Qué quiere? repitió. ¿Dinero?

El hombre lo miró directamente.

El dinero es lo más sencillo. Pero no es solo eso. Quiero que reconozca lo que hizo. No a mí, sino a usted mismo. Y además usted tiene un socio que se enorgullece de su reputación intachable. Me pregunto cómo reaccionará si se entera de los detalles.

Andrés imaginó al socio, el que había invertido no solo dinero sino también su nombre. El que siempre hablaba de la importancia de la transparencia.

¿Quiere que abandone el negocio? preguntó.

Quiero que tome una decisión. O cuenta la verdad a su socio y a su mujer, y negociamos una compensación. O lo hago yo por usted. Entonces la conversación será diferente.

Andrés se reclinó en la silla. Dentro todo protestaba. ¿Confesar? Destruir lo que había construido durante años? Dar motivos a los que confiaban en él para dudar?

¿Entiende que esto suena a chantaje? dijo.

¿Y entiende que lo que hizo entonces se ve como una traición? replicó el contable, en tono bajo pero firme. Yo tampoco soy santo; cometí errores. Pero usted me utilizó como un recurso desechable.

La camarera trajo el café. Andrés tomó un sorbo, quemándose la lengua, sin hacer una mueca.

¿Cuánto quiere? preguntó.

El hombre dio una cifra. No era astronomía, pero sí lo suficientemente grande para que Andrés lo notara. No era por el silencio; era una indemnización por los años perdidos. No pedía nada por mantener el secreto; no buscaba la prensa. Solo quería que la verdad saliera de su boca.

¿Cómo lo comprobará? inquirió Andrés.

Muy fácil. En una semana llamo a su socio. Si él dice que todo está claro, no habrá más preguntas. Si no encogió de hombros entonces haré lo que tengo que hacer.

Andrés sintió que la presión aumentaba. Una semana para destruir su propia leyenda, o arriesgarse a que alguien más lo hiciera a su manera. No había garantías. Podría intentar involucrar a la policía, pero tendría que revelar el origen del problema y, con ello, su propia culpa.

Pidió al director financiero que se fuera por asuntos personales. Él asintió, sin preguntar. En su entorno, los asuntos personales se respetaban mientras no entorpecieran el rendimiento.

En el coche de vuelta, Andrés observó a los peatones. Sentía que cada mirada guardaba un secreto. El conductor le preguntó si quería desviarse; él sólo negó con la cabeza.

Al llegar a casa, la luz del café se veía a través de la ventana de la cocina. Marta entró, con una ligera sorpresa.

Llegas temprano. ¿Pasó algo?

Andrés sintió un calor irritante subirle a la garganta. QueríaDecidió que la única salida era decir la verdad, aunque eso significara perderlo todo.

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