Invernadero roto y astucia femenina: una intriga que casi desbarata dos familias

Desde temprano en la mañana, la vecina de Isabel entró en su patio, despeinada, con las manos temblando y los ojos llenos de lágrimas. Era Luisa.

—¡Todo está perdido! —balbuceó entre sollozos—. ¡El invernadero, toda la cosecha! Alguien lo destrozó anoche. Tenía puesta mi esperanza en esos pepinos y tomates. Para los niños, para mí, incluso para vender algo… Y ahora, todo se ha ido al traste.

—No te desesperes así, Luisa —intentó consolarla Isabel—. No es el fin del mundo. Lo arreglaremos. Javier ayudará; él es un hombre hábil.

—¿Qué Javier? —saltó Luisa—. Mi marido lleva tres días perdido en la bebida. Todo recae sobre mí. Y ahora, mi última oportunidad para la temporada se ha esfumado.

Isabel reflexionó. Quería ayudar, pero algo en el comportamiento de su vecina la inquietó. Luisa rondaba demasiado cerca de su casa últimamente. Un día pedía sal, otro plantones, otro simplemente pasaba a charlar. Y siempre arreglada como si fuera a una cita, no a trabajar en la huerta.

En realidad, Luisa llevaba tiempo maquinando algo. Tras las infidelidades de su marido y las peleas constantes, había puesto sus ojos en un esposo ajeno: Javier, tranquilo, hacendoso y sobrio. ¿Acaso Isabel era mejor que ella? Luisa se consideraba más guapa, más ágil y mejor ama de casa. Pero Isabel era un muro difícil de derribar, así que tocaba usar astucia.

Decidió jugárselo todo. Convenció a un holgazán del pueblo, Paquito, para que destrozara su invernadero de noche. Le pagó generosamente; no era tacaña cuando se trataba de dinero. ¿Le dolía perder la cosecha? Por supuesto. Pero si eso allanaba el camino hacia su felicidad, ¿por qué no?

Así que, al amanecer, llegó la escena: lágrimas, visita a Isabel, quejas e insinuaciones. Todo con un objetivo: que Javier fuera a ayudarla, que estuviera cerca.

Pero Javier, aunque bondadoso, no era tonto. Comprendió que Luisa tramaba algo. Negarse sería ofenderla, ir le daría esperanzas. Así que optó por una jugada inesperada.

Fue a ver al marido de Luisa, a Miguel, y habló claro:

—Oye, hermano, vigila a tu mujer. El capataz del pueblo, Antonio, no le es indiferente. Le ofrece dinero, viajes… Pero ella, por cierto, lo rechaza; espera por ti. Eres importante para ella, no quiere romper la familia…

A Miguel se le cayeron las vendas de los ojos. Sí, bebía, gritaba, descuidaba a su familia. Pero su esposa, guapa y fiel, lo aguantaba, lo quería… ¿Y él qué hacía? Lo arruinaba todo con sus propias manos. Si seguía así, algún día lo perdería.

A la mañana siguiente, Miguel salió a reparar el invernadero. Luego sacó los ahorros de su escondite y se los dio a Luisa. Ella se quedó boquiabierta; no se lo esperaba.

—Vámonos a la costa —le dijo—, descansemos, como antes. Tantos años juntos y nos hemos vuelto extraños.

Luisa revivió. Corrió de tienda en tienda, compró vestidos nuevos, se jactó ante sus amigas. Hasta pasó por casa de Isabel para presumir de su nueva vida.

Isabel sonrió. Lo había comprendido todo. Pero calló. Nadie le quitaría a su Javier. Ni con regalos, ni con lágrimas, ni con artimañas.

Sencillamente cerró la puerta tras Luisa y fue hacia su marido: para abrazarlo, darle las gracias y, siendo sincera, sentirse un poco orgullosa. De él, de su familia. Y de que, a diferencia de otras, nunca había construido su felicidad sobre el dolor ajeno.

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