Hijo, no quiero que te separes por mi culpa. Llévame a una residencia de ancianos, por favor.
Hace ya medio año tomé la decisión de llevarme a mi madre a casa. Ya es muy mayor, tiene 83 años. Desde que falleció mi padre le resultaba muy duro vivir sola en el pueblo. Mis hijos ya son mayores y viven cada uno por su lado. Mi mujer y yo nos habíamos quedado solos en nuestro piso de dos habitaciones en Madrid, y pensé que no habría ningún inconveniente.
Al principio, mi esposa, Carmen, no dijo nada. Pero a la semana la presencia de mi madre comenzó a resultar incómoda para ella.
Oye, que coma aparte, después de nosotros, ¿quieres? me pidió un día.
¿Por qué?
Porque me resulta más fácil así. Se me quitan las ganas de comer cuando la veo masticar sin dientes. Sinceramente, me da un poco de asco.
Carmen, por favor… todos seremos mayores algún día.
No es lo mismo.
También le molestaba a Carmen que mi madre tuviese problemas digestivos, y a veces roncaba mucho por las noches. Acabó por prohibirle entrar a la cocina, e incluso salir de la habitación. En una ocasión me soltó:
Mira, yo no pensaba que iba a quedarse aquí tanto tiempo. Ya no soporto más esta situación.
Pero ¿qué propones que hagamos?
Mándala de vuelta al pueblo.
¡Pero si no puede arreglárselas sola ahí!
Todo el mundo vive así. No hay hijos que estén pendientes como si fueran sirvientes. ¿Por qué he de sentirme una extraña en mi propia casa? ¿Tengo que aguantar estos ruidos y olores?
Yo no sabía ya qué hacer. Hace poco, al regresar a casa, encontré a mi madre, doña Encarnación, sentada en el recibidor con la maleta hecha y ya vestida.
Madre, ¿qué haces aquí?
Hijo mío, llévame a una residencia de ancianos.
¿Pero por qué dices eso? ¿Por qué?
No quiero ser la causa de que acabéis separados por mi culpa.
Mi madre sigue insistiéndome cada día. Y yo no sé qué hacer. No podría quedarme tranquilo sabiendo que está allí sola. A veces pienso que tal vez lo mejor sería dejarlo todo e irme con ella al pueblo. ¿Qué haríais vosotros? No sé cómo resolver esto.







