Había una vez una señora mayor que tenía un perrito.

Hoy quiero dejar por escrito algo que viví de cerca y que no se me va de la cabeza.

Mi madre, ya mayor, tuvo un grave infarto hace un par de años. Yo, preocupado por su salud y su ánimo, le regalé una perrita diminuta, una auténtica joya de las que venden en algún criadero de confianza de Madrid. Le puse Lulita, por lo chiquitina y simpática que era. El caso es que la perrita le cambió la vida a mi madre: empezó a sonreír más, tenía motivos para levantarse y salir un poco a la Gran Vía, aunque fuera solo al parque del Retiro o por las calles tranquilas del barrio Salamanca.

A Lulita la llevaba siempre en un bolso especial que le compré, de esos de tela con forro cómodo, o bien la paseaba con una correa fina, casi de hilo. Era un animalito dulcísimo, obediente y juguetón. Mi madre empezó a recuperarse, y hasta el médico de cabecera decía que la perrita había hecho más por ella que todos los medicamentos. Paseaban cada tarde, y las vecinas del portal ya las conocían.

Un día, mientras paseaban por la acera, paró al lado un coche caro, un BMW último modelo. Dentro iban una joven y un chico, vestidos como si salieran de una fiesta. Se interesaron enseguida por Lulita y le pidieron a mi madre si podían acariciarla. Mi madre dudó un segundo, porque no le gusta que extraños toquen a su perrita, pero por no parecer antipática, acercó el bolso a la ventanilla. Fue en ese momento cuando la chica metió la mano y se la llevó de un tirón. El chico pisó el acelerador y el coche desapareció al instante.

Mi madre corrió detrás, gritando y llorando. Tropezó y cayó al asfalto, se hizo mucho daño y perdió el conocimiento. Fueron los vecinos quienes llamaron a una ambulancia; la llevaron a La Paz y tardaron horas en estabilizarla. Yo, destrozado, fui a verla. No hacía más que susurrar el nombre de Lulita, llorando como una niña pequeña. La angustia la estaba matando.

Por suerte, los vecinos habían apuntado la matrícula del coche y se acordaban de haber visto a los jóvenes por el barrio. Con ayuda de un amigo mío, guardia civil, dimos pronto con el domicilio: era un lujoso chalé en Pozuelo de Alarcón. El coche era nuevo y muy fácil de identificar.

Fui hasta allí sin pensarlo dos veces. No diré cómo, pero logré entrar. Encontré a Lulita, muy débil, casi sin fuerzas. Desde que se la robaron, la pobre no había comido ni bebido, solo lloraba y se escondía en un rincón. Aquellos chicos la habían dejado olvidada en una habitación; querían jugar y divertirse, pero con un animal asustado y enfermo no supieron qué hacer.

Recuperé a Lulita como fuera y me la llevé conmigo. A ellos la perrita ya les sobraba. Lulita y mi madre volvieron a reunirse, y con mucho cuidado, ambas se han recuperado. Ahora, cuando salen, Lulita no se separa de mi madre ni un segundo y en cuanto ve a alguien extraño se esconde en su bolso. Han aprendido a tener más cuidado, y yo también.

Hoy me doy cuenta de que uno no debe intentar quedarse con la felicidad ajena. El amor, aunque parezca pequeño o insignificante a los ojos de los demás, es todo lo que una persona puede tener. Puede ser una mascota, una bici vieja, un jardín de unos metros o ganar una copa en un concurso tonto. Eso minúsculo es, muchas veces, lo que mantiene a una persona en pie.

No hay mayor crueldad que arrancarle eso a alguien por capricho o diversión. Lo que se roba, sea dinero o alegría, nunca trae felicidad al ladrón. Y lo pequeño, aunque apenas pese unos gramos, puede ser, para alguien, su vida entera. Hoy, más que nunca, valoro esas pequeñas cosas que sostienen nuestra alma.

Rate article
MagistrUm
Había una vez una señora mayor que tenía un perrito.