La Vida Asombrosa

UNA VIDA SORPRENDENTE

En la boda de mi querida amiga Eugenia celebramos durante dos días, con vino, buena comida y carcajadas. El novio era tan guapo como un joven Imanol Arias y sorprendentemente humilde para su impresionante belleza. Todas las invitadas observábamos a Javier sin disimulo: ojos azules como el cielo sobre la ribera del Duero, pestañas negras y larguísimas no aptas para varón (¡bendita naturaleza cruel que los hombres reciban tales dones, de verdad!), mentón decidido, nariz griega y piel tersa y dorada como la arena de Tarifa. El colofón: casi dos metros de altura y unos hombros de escándalo. Si no fuera por el cariño que le teníamos a Eugenia, nos habríamos liado a tortas por aquel partidazo, y sin importar la tarta de bodas. Porque Javier era, qué duda cabe, espectacular.

¡Vaya joya te has encontrado! atacamos a Eugenia, cada una poniendo su carita de pena, por si el susodicho tenía algún hermano igual de guapo y libre.

Chicas, no exageréis. Yo me enamoré de Javier por su sencillez. Es de pueblo, se crió con su abuela, sabe manejar una casa, ¡y tiene unas manos increíbles! Lo conocí por casualidad cuando mis padres compraron una casa de campo en su aldea. Es atento, bondadoso, y responsable. ¡Menuda finca llevaba, chicas, un máquina! Un hombre de verdad. Me costó Dios y ayuda convencerle para venirse a la ciudad, gasté más noches charlando con él que en el chiringuito decía ella, riéndose.

Javier no sólo triunfó en el trabajo y con los nuevos suegros, sino también en el aprendizaje: en pocos años distinguía buen vino, sabía de perfumes, política, arte, viajes, la bolsa, deportes, y se olvidó del acento de su Salamanca natal. Pronto manejaba el coche familiar que su suegro les prestó generosamente, y consiguió un muy buen puesto en la empresa de su padre político. Quién puso el piso, no lo digo, deducidlo vosotras.

Al segundo año de casados, Javier demostró una pasión peculiar por los calcetines blancos. Solo usaba esos, inmaculados, tanto en casa como de visita sin zapatillas, los metía en botas de goma e incluso caminaba en calcetines por suelos que ni la fregona más valiente. Eugenia no compartía esa devoción, pero resignada fregaba el suelo dos veces al día y compraba lejía y detergente sin parar. Así nació el apodo: El Calcetín.

Cuando Eugenia, en el octavo mes de embarazo, descubrió que Javier tenía una amante, se enteró casi al tiempo que la otra también esperaba, curiosamente, un bebé para la misma época. El Calcetín fue expulsado, despedido, maldecido y llorado en solo un día. Después llegaron los días pegajosos y espesos de un otoño triste. Eugenia solía estar tumbada en la enorme y ya desangelada cama, con la mirada seca fija en el techo:

Ya lloraré luego. Ahora no puedo, no le viene bien al pequeño.

Eugenia, como una estatua, yacía en silencio en esa triste cama. Nos íbamos turnando junto a ella, haciendo guardia silenciosa para acompañarla. Todas queríamos romper a llorar a gritos, arrancar hojas del libro de la vida y tirar esas páginas traicioneras. Pero tocaba esperar y estar.

El día del alta llenamos la salida del hospital de globos, gritábamos, rogábamos al personal sanitario que se tomara un café con nosotros, nos fuimos entre música, osos, gitanas y deseos de salud y alegría para todos. El abuelo flamante se volcó: la víspera, emocionado y, tras prometer a las enfermeras limpiar luego, pintó con tiza un ¡Gracias por el nieto! bajo la ventana de Eugenia y trató de cantar algo, hasta que la seguridad lo paró. El vigilante, amable, aceptó escuchar a nuestro abuelo dichoso en la guisada de su garita, copa de brandy mediante y sin alterar el orden público.

El día de la salida, el abuelo estaba radiante, fresco y, me parece, hasta relucía. Lloraba de felicidad y orgullo. Y nosotras, igual, entre risas, saludos a Eugenia y miradas curiosas al bebé Ignacio, envuelto en su mantita azul, mientras callábamos sobre el innegable parecido de su naricita con la del padre. Pero Eugenia ni en la alegría lloraba:

Luego. No sea que se me corte la leche

Eugenia guardó silencio con nosotras dos meses más, hasta que fue a visitar a Javier. Sin cerillas ni ácido, pero con muchas ganas de romper a gritos, reprochar, golpear paredes, avergonzarle y darle su bilis, para aliviar el ancla de dolor clavada en su pecho, arrojando todo eso sobre el traidor que le había destrozado la vida y las ilusiones sencillas de muchas noches: verse a sí misma tejiendo calcetines junto a sus dos hombres, con risas y paseos agarrados de la mano el pequeño Ignacio, Javier y ella, una familia.

Y además, Eugenia quería mirar a los ojos a esa descarada que dormía con su marido. Sabía que esos ojos serían arrogantes y, seguramente, preciosos. En esos ojos, pensaba escupir. Eso, decidido, lo haría. Y si hacía falta, los arañaría.

Dónde iba a buscarla lo descubrió por casualidad gracias a las abuelas cotillas del portal. A Eugenia la pararon en uno de sus paseos con el niño, la informaron, con pelos y señales, del paradero de los amantes y los métodos disponibles para vengarse. A punto estuvo de marcharse sin escuchar la dirección, pero por alguna razón no lo hizo.

Y ahí estaba, delante del portal de un bloque ruinoso en Vallecas, y sólo debía subir hasta el quinto piso y, al llegar, lo que tocase: gritos o escupitajos.

En el primer descanso pensó que, en su desgracia, seguro se encontraba el piso vacío y estaba perdiendo el tiempo. En el segundo creyó que, en realidad, sería un alivio que no hubiera nadie. Ya en el tercero, escuchó el llanto desesperado de un niño desde el quinto.

Le abrió la puerta una chica escuálida y llorosa, que no cuadraba con la idea de vampiresa que le había seducido a su marido-corderito. Mientras Eugenia la miraba, el crío seguía berreando desde el fondo del piso.

Buenas tardes, Eugenia. Javier no está, se fue hace dos semanas. Y no sé dónde susurró la chica y se dejó caer en el suelo, llorando.

A Eugenia se le quitaron las ganas de bronca. Le entraron deseos de ir y calmar al niño. Y luego, sí, decirle a la otra: Si te metiste en esto, aguanta lo que toca, hija. Sí, eso seguro. Y con mirada dura, porque lo merecía.

El niño, Pablo, estaba seco de lágrimas, con los párpados hinchados y una vena saltada en la frente. Estaba claramente hambriento. Su voz ronca lo decía todo: gritaba con lo poco que le quedaba de fuerzas, mientras su madre, esa madre extraña y perdida, yacía hecha polvo en el suelo.

Recuerda, a duras penas, cómo fue abriendo armarios de la cocina buscando leche, y rastreando en la nevera vacía. Y cómo halló un papel con una frase a medio empezar y aterradora: Perdón, en mi sm….

La chica del suelo explicó entre sollozos, como a una vieja amiga, que en unos días tenía que abandonar ese piso alquilado, que la leche se había ido, Javier se había ido y nunca hubo dinero. Y que lo sentía, que le daba mucha vergüenza, y que era tarde. Que no lo sabía y que, por favor, le perdonara. Y que si le quería pegar, adelante: se lo merecía. El niño se llamaba Pablo y quería que Eugenia lo recordase, por si acaso. Pablo era solo nueve días mayor que Ignacio.

Eugenia no tardó mucho en volver a casa: en veinte minutos Ignacio reclamaría su pecho. Pero regresar no fue fácil: dos bolsas enormes de la compra, la propia Oxana llorosa que venía al lado, llevando al pequeño Pablo ya lleno y medio dormido. Eugenia solo pensaba en dónde meter dos camas más.

Tres años después, estuvimos en la boda de Oxana y, cuatro años después, en la de Eugenia. Al marido de Eugenia le horrorizan los calcetines blancos, cree que la vida está para llenar de color, y adora a su mujer, a su hijo y a sus dos hijas. Oxana tiene ya cuatro niños revoltosos y su marido no pierde la esperanza de una hijaY así, cuando nos juntamos todas las amigas una noche cualquiera, entre risas, recuerdos y el jaleo de nuestros hijos correteando, a veces miramos esa larga mesa y suspiramos al ver el tapiz de historias que hemos tejido. Eugenia prepara una cena deliciosa, y Oxana cuenta algún chiste torpe que nadie entiende pero todas celebramos; Pablo y Nacho intercambian secretos en voz baja y una pequeña trenza de niñas se pasea bajo la mesa, escabulléndose del control maternal.

Afuera llueve despacio y, por las ventanas, flotan luces cálidas sobre las paredes llenas de fotos: retratos de familias nuevas y antiguas, de bodas y nacimientos, de cumpleaños y abrazos. Entre brindis, jamón y anécdotas, a veces nos detenemos para ver a Eugenia mirando a sus hijos mientras mastican aceitunas. Sus ojos tienen el cristal antiguo de quien ha llorado lo necesario y aprendido a reír de nuevo. En el fondo, entendimos todas que a veces la vida sorprende cuando crees que se ha acabado el cuento, y que los capítulos más dulces nacen justo después de cerrar la puerta del dolor.

Porque ninguna de nosotras olvidó lo que ocurrió, ni renunciamos a soñar, juntas, que el otoño pasa y el invierno también, y lo cierto es que en cada primavera alguien vuelve a reír donde antes solo quedó silencio. Así, con un café en la mano y calcetines de todos los colores bajo la mesa, levantamos la copa y brindamos, bajito, por la vida sorprendente que nos tocó tan de lleno y por la dicha sencilla de estar, a pesar de todo, tan juntas.

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