Gracias por mi padre

Gracias por el padre

¿Qué han dicho en la comisaría? preguntó Sofía en susurros, cuando su madre dejó el móvil sobre la mesa.

Nada que merezca la pena Antonia Jiménez cogió un vaso de agua y dio un par de sorbos. Dicen que es pronto para alarmarse. Que debe pasar al menos un día antes de hacer nada. Pero yo lo presiento… Presiento que algo ha pasado.

*****

¡Mamá, hola! ¿Papá sigue en casa? preguntó Sofía, entrando en la vivienda con una tarta de tres chocolates entre las manos.

Hola, hija mía. Se ha ido ya. Te lo dije: hoy es su último día en el trabajo, su jubileo, y toda la plantilla le despide para la jubilación. Ya sabes cómo es tu padre; no podía faltar.

“Vaya, qué pena…” pensó Sofía, con gesto desencantado.

Pero ha prometido volver para la comida.

Bueno, justo a esa hora llegará Alfonso. Así estará toda la familia reunida. Mientras, ¿preparamos juntas la mesa, mamá?

Por supuesto. Ayúdame, porque yo sola no me las apaño. Pero antes, tómate un té conmigo. La tetera acaba de hervir y tengo tus éclairs favoritos. ¿Quieres?

¡Encantada!

Madre e hija se sentaron a la mesa. El aroma del té llenaba la cocina y el sol entraba a raudales por la ventana, posándose sobre las pastas y las sonrisas de ambas. Hablaban sobre el tiempo, sobre la sierra de Gredos, sobre el padre, que hoy cumplía cincuenta años.

Todo parecía idílico, aunque…

…Antonia notó que a Sofía algo le preocupaba, como si quisiese decirle algo y no se atreviera.

Supo al instante que algo no iba bien en el aire.

Hija mía, ¿te ocurre algo?

¿Tan obvio es? sonrió Sofía.

Mucho ¿No tienes algo que contarme?

Sí, mamá, pero no te pongas nerviosa, que son buenas noticias.

¿Ah, sí? Cuéntame.

Verás, Alfonso y yo hemos decidido regalaros la parcela de Segovia que compramos el año pasado.

¿Cómo regalarnos?

De corazón. Alfonso ha estado arreglando la casa y ahora podéis pasaros toda la temporada allí cómodamente.

¿Y vosotros?

Vais a tener visitas, eso seguro Pero ocuparnos a fondo de la casa ahora mismo nos resulta imposible… Sofía se detuvo, sonriendo misteriosamente.

¿Y eso?

Porque dentro de ocho meses vais a ser abuelos.

¿¡En serio!?

¡De verdad!

¡Dios mío, Sofía! ¡Qué alegría! Y espera que se lo cuente a Justo, ¡va a saltar de emoción!

Antonia se levantó y abrazó con fuerza a su hija, plantándole besos en ambas mejillas.

Quería que lo supierais juntos, pero no esperaba que se marchara tan pronto.

Eso, luego se lo cuentas. Ahora, venga, que la comida no se prepara sola murmuró Antonia, consultando el reloj.

¡A la cocina de cabeza!

Y empezaron a sonar cazuelas, sartenes y cuchillos sobre la tabla de madera. Dicen que dos cocineras en una cocina no caben, pero Sofía y Antonia funcionaban como una sola persona. Prepararon todo lo previsto y hasta la mesa les quedó de lujo.

Allí no faltaba ni pollo asado, ni croquetas de merluza, ni puré, ni tres ensaladas diferentes.

Antonia se sentó y miró el reloj.

Hasta hemos acabado antes de lo previsto.

Bueno, es que a cuatro manos, mamá… ¿Por qué no llamas a papá, a ver cuándo llega?

Buena idea

Mientras, llamo a Alfonso, a ver por dónde anda.

Sofía fue al recibidor a buscar su bolso. Antonia cogió el móvil y marcó el número de su marido.

Llamó una vez, dos, tres. Siempre el mismo tono, sin respuesta de Justo. Mirando el teléfono, Antonia volvió a mirar el reloj. La pregunta se instaló en su cabeza:

“¿Por qué no responde?”

De repente entendió: Justo prometió llamarla cuando llegara al trabajo, y aún no lo había hecho. Un escalofrío, una brisa fría que ramoneó por su espalda.

Mamá, Alfonso dice que llega en menos de una hora anunció Sofía al volver a la cocina. ¿Y papá?

No responde

Eso sí que es raro.

Mucho, Sofía. Le he llamado varias veces, pero no me contesta.

A lo mejor está con la celebración, mamá. Hoy es un día especial, estará rodeado de compañeros y emociones.

No, Sofía. Ya debería estar volviendo. Me lo prometió. Y lo que él promete, lo cumple. Ni siquiera avisó cuando llegó al trabajo. No es propio de él, no me cuadra.

¿Y si llamas a su jefe? Que le dejen salir, que la familia le espera.

Lo intentaré

Nunca hubo en Antonia atisbo de histeria, pero un negro presentimiento le pinchaba el pecho. Justo siempre respondía, siempre.

Incluso cuando estaba ocupado. Él mismo le decía que nada era más importante que ella, y que prefería informarla antes que preocuparla.

Hoy, precisamente, debía haber respondido. Bien debía saber que no contestar la dejaría nerviosa.

“O quizás”, pensó Antonia, “con tanto homenaje y emoción, se resiste a despedirse de su pasión. Dar el adiós cuesta…”

¡Hola! interrumpió de pronto la voz masculina del otro lado.

¡Buenos días, don Andrés! Soy Antonia, la esposa de Justo. Quería saber si mi marido podrá venir ya para casa, que aquí le estamos esperando… Ha venido nuestra hija, y el yerno está a punto de llegar.

Buenos días, Antonia. Verá honestamente, no sé qué decirle.

¿Cómo dice?

Aquí también estamos esperando a Justo. Le hemos llamado varias veces, pero no responde.

¿Entonces no ha llegado al trabajo? balbuceó Antonia, blanca.

Todavía no, pero supongo que estará al llegar. En cuanto le localice, se lo recuerdo. Sólo tenemos que despedirle, es tradición.

Avíseme si aparece, se lo ruego

Antonia dejó el móvil sobre la mesa con un temblor en los dedos. Clavó la mirada en Sofía.

No ha ido a trabajar… Y no responde. ¿Dónde puede estar? ¡Ha pasado ya demasiado tiempo!

Tranqui, mamá… ¡No te pongas en lo peor! Vamos a volver a llamarle juntos.

*****

Justo salió del portal, saludó a las vecinas sentadas en el banco, y se encaminó bajo la sombra de los plátanos hacia la parada del autobús.

Llevaba veinticinco años repitiendo el mismo recorrido, y hoy todo parecía igual salvo porque, por primera vez, iba solo para entregar papeleo y despedirse.

Como había hecho él años atrás con otros compañeros a los que despidió con un abrazo y un brindis.

Hoy era su turno.

Pero no estaba tranquilo. Apenas había dormido; se levantó varias veces a tomar valeriana, nunca lograba relajarse.

Sonrió cuando Antonia le felicitó por la mañana, oculta la angustia tras una sonrisa amplia.

No quiso decirle nada, no deseaba preocuparla por unos mareos. Al fin y al cabo, otras veces ya le sucedió y luego “se pasaba”.

Aun así, salió temprano para evitar que su malestar estropeara la fiesta. No deseaba que Antonia suspendiera nada de tanta ilusión, por eso prefirió callar.

“Tranquilo, ya pasará…”, se repetía, tocándose el pecho.

Esperando el bus, se dio cuenta de que no podría viajar apretado entre desconocidos. Temía sentirse peor en el bullicio.

Decidió entonces caminar por el parque, pues aún tenía tiempo y el aire era fresco aquel día de octubre.

Prometió a Antonia llamar llegado al despacho, y pensó que así lo haría.

Pero nunca llegó a la empresa.

Cruzó el parque, casi desierto en aquella mañana. Allí, justo en mitad del entorno verde donde las hojas amarillas caían como lluvia lenta, Justo comenzó a encontrarse mal.

Se sentó en un banco, desabrochó el cuello de la camisa, aflojó el nudo de la corbata y aspiró con ansia el aire. No recuerdaba cuánto tiempo estuvo así, solo sabía que pasaba, y que el alivio no venía, sólo un dolor creciente.

No quería llamar a Antonia, pero al notar que aquello era grave, buscó el teléfono en el bolsillo.

“Primero llamo a Antonia, luego al 112”, pensó.

Pero las manos se le negaron, el móvil resbaló y cayó bajo el banco.

Intentó agacharse, llegar a él pero el dolor en el pecho se lo impidió; sentía el aire haciéndose esquivo.

Solo logró tumbarse. “Vaya cumpleaños, vaya jubilación…”, pensó con tristeza.

Y lo que más dolía era saber que no iba a despedirse de Antonia ni de Sofía.

*****

Antonia bebió unas gotas de espino blanco, volvió a llamar insistentemente. El teléfono de Justo daba señal, pero nadie respondía Sofía también marcaba sin éxito, hasta diez veces.

Al poco, llegó Alfonso. Se sentaron juntos a la mesa de la comida festiva, mirándose en silencio. Esperando.

¿A qué estamos esperando? dijo por fin Antonia, como despertando. Hay que llamar a la policía. Seguro que nos ayudan.

Sofía y Alfonso asintieron. El padre de familia no podía haberse desvanecido así sin más.

Justo había trabajado en Protección Civil, acostumbrado a situaciones extremas, y jamás había dejado a la familia sin aviso. Si no respondía, era grave. Se encendía la alarma.

¿Qué te han dicho en la policía? volvió a preguntar Sofía, entre susurros, cuando Antonia terminó la llamada.

Nada bueno Antonia agarró el vaso de agua temblando. Dicen que es pronto, que no pueden actuar hasta que pasen veinticuatro horas. Pero yo lo siento, lo siento aquí dentro… Algo malo ha pasado.

Entonces, ¡vamos a buscar nosotros mismas! Sofía alzó la voz, segura.

Tienes razón. Hay que ponerse en marcha Él iba a coger el bus. Aquí cerca está la parada. Iremos a preguntar, y también a los conductores, a ver si hay suerte y encontramos a quien lo vio esta mañana.

Mamá, déjanos eso a Alfonso y a mí. Tú espera aquí, por si vuelve, y llama a los hospitales por si acaso. No quiero preocuparnos antes de tiempo, pero mejor prevenir.

De acuerdo, hija

Rápidos, Sofía y Alfonso se abrigaron y salieron a buscar a Justo.

Antonia cerró la puerta y empezó a llamar a hospitales.

“Por favor, que no le haya pasado nada grave…” susurraba mientras se santiguaba junto a la ventana.

*****

Justo aún tenía conciencia, aunque cada vez se sentía más débil. Apenas podía mover los dedos. Ni podía articular palabra; el idioma se le enredaba en la lengua.

Ssssocorro… balbuceó, extendiendo la mano hacia dos mujeres que pasaban.

Pero ellas le miraron con desdén y apresuraron el paso.

Otro borracho escupió una.

Eso, desde primera hora, ni llegar a casa puede… añadió la otra.

Justo oyó eso y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Nunca antes se sintió tan impotente: ni podía ayudarse, ni pedir auxilio. Había salvado tantas vidas, hasta animales… y ahora, nada.

“¿Por qué precisamente hoy?”

Creyéndose solo, cerró los ojos, resignado. Cuando, de repente…

…Un ladrido. Fuerte, muy cerca de sus oídos.

Sintió entonces unas patas posándose sobre su pecho, una lengua húmeda en el mentón.

“¡Un perro! ¡Un perro!”, pensó Justo. “Si hay perro, también habrá dueño”

Pudo abrir los ojos y vio junto a él a un perrillo ya viejito. Y de pronto le reconoció.

La imagen brotó en chispazos: una casa ardiendo en Toledo, gente rescatada entre llamas, el eco de ladridos tras los cristales.

¿Hay perro en la casa? preguntó Justo a un hombre, que temblaba en la acera.

¡Sí, sí! No pudimos sacarlo, fue todo tan rápido…

¡¿Por qué no avisaron?! gritó Justo, y sin dudarlo se adentró en el infierno naranja.

Intentaron detenerle, nadie lograba convencerle.

Diez minutos después, Justo salió tosiendo, con la camisa negra por el humo, y en brazos el perro rescatado.

Miraron largo tiempo los ojos del animal, reconoció en ellos un gran, silencioso GRACIAS, un agradecimiento más allá de las palabras.

Entonces volvieron la oscuridad y el frío.

¡GUAU! le lamía, le removía, no se apartaba.

Él le había salvado, y ahora…

…ahora el perro quería rescatarle a él.

Si puedes… murmuró Justo. Busca ayuda… por favor…

Justo se desmayó.

Pero el perro escuchó cada sílaba. Comprendió. Salió corriendo del parque, buscando gente.

Se acercó primero a un universitario junto a un quiosco de bocadillos, luego a una madre con carrito, después a un hombre mayor comprando la prensa.

Nadie comprendió sus ladridos y todos le apartaban, como si pudiese ser peligroso… cuando solo quería ayuda.

*****

En la parada del bus, Sofía y Alfonso no recabaron ninguna pista. Nadie había visto a Justo, ni el conductor ni los pasajeros. Llevaron una foto tomada del álbum familiar, en vano.

El tiempo apremiaba. Buscaron por tiendas, farmacias, recorrieron el barrio, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra. El móvil seguía mudo.

“¿Dónde estás, papá? ¿Dónde?”

Al pasar corriendo junto al parque, Sofía escuchó un ladrido estrepitoso. Vio al perro, mayor, que ladraba a todos y saltaba cuando alguien intentaba golpearle.

¡Fuera de aquí, chucho! gruñó un anciano con bastón.

¿Pasa algo? preguntó Alfonso.

No sé Este perro no ladra sin motivo. Es como si estuviera intentando decirme algo…

El perro miró a Sofía y se entendieron en un segundo. En aquellos ojos no solo vio petición, sino ruego.

¿Adónde vas? preguntó Alfonso, alarmado.

Pero Sofía ya no escuchaba.

Siguió al perro hacia el parque. Él corría, ladrando, movía la cola. Guiaba a Sofía hacia donde Justo yacía inconsciente en el banco, aún respirando.

¡Estaba vivo!

¡Papá! gritó Sofía, levantándole la cabeza. ¡Alfonso, llama al 112!

*****

La ambulancia llegó rápido. Llevaron a Justo al hospital Gregorio Marañón, a cardiología.

Sofía abrazó al perro en el asiento trasero del coche de Alfonso, tras informar a su madre, prometiendo llamar en cuanto supiera algo.

Su padre ha tenido mucha suerte dijo el médico, saliendo de cuidados intensivos. Si hubieran tardado media hora más…

¿Vivirá? sollozó Sofía.

Sí, viviré.

Sofía salió y abrazó al perro con lágrimas y gratitud.

Gracias… gracias por mi padre.

¿Y ahora qué? preguntó Alfonso.

Hay que llevarle a casa. Al menos hasta encontrar a sus dueños. Le debemos la vida de mi padre.

Por supuesto, cariño.

*****

Antonia Jiménez, Alfonso y el perro que llevaba grabado el nombre “Bruno” en el medallón del collar esperaban frente al hospital.

Tras unos minutos, salieron Sofía y su padre. Bruno saltó contento, ladró y fue directo hacia Justo.

Papá, él te salvó; él te ha dado el mejor regalo de cumpleaños: la vida.

Gracias, amigo sonrió Justo, agachándose para acariciarle. Pero ¿y su familia?

Buscamos por internet, pero nadie respondió los anuncios.

Antonia se acercó con lágrimas y una sonrisa temblorosa:

Gracias, Justo, por seguir con nosotros.

Perdóname, Antonia. No quise preocuparte. Pensé que se me pasaría…

Te perdono. ¿Nos vamos a casa a celebrar tu segundo cumpleaños?

Sí, ¿qué tal si lo celebramos todos juntos?

*****

Justo intentó localizar a los dueños de Bruno, fue incluso al barrio donde rescató aquel perro entre llamas, en aquella casa de Toledo.

Habían cambiado de ciudad hacía mucho. Nadie reclamó al animal.

Así que Bruno se quedó a vivir con Justo, quien le llevó al trabajo para recoger los papeles y a la parcela de Segovia a pasar tiempo entre árboles y cielos claros. Bruno acompañó a Justo y Alfonso a la maternidad cuando nació la nieta.

Felicidades, papá reía Sofía. Ahora eres abuelo ¡de dos nietas!

¡Menuda alegría, hija!

¡Guau! ladró Bruno, celebrando que en su familia humana todo estuviera bien.

La vida de Justo fue recuperando luz y sentido. Había aprendido a agradecer, cada día, a ese perro bueno que le devolvió la vida en el momento más insospechado.

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Gracias por mi padre