**Genes Destrozados**
Carmen entró en el piso, dejó las bolsas pesadas en el suelo y soltó un suspiro ruidoso.
—¿Hay alguien en casa? —gritó hacia el salón—. Dos hombres en la casa, y yo cargando con las bolsas —refunfuñó—. Todos quieren comer, pero cuando toca ayudar, no hay nadie —añadió en voz alta, asegurándose de que la escucharan.
Se despojó del abrigo con estrépito, resoplando mientras lo colgaba. Finalmente, su hijo apareció en el pasillo.
—Coge las bolsas y llévalas a la cocina. ¿Está tu padre?
Javier levantó los paquetes del suelo.
—Está viendo la tele —dijo por encima del hombro.
Podría haberse callado lo del televisor. Su madre no le había preguntado qué hacía su padre. Pero, ¿por qué iba a ser él el único en recibir el mal humor de Carmen? Que también le toque al padre.
—¿A qué viene ese griterío? —apareció el padre en la puerta.
—Nada. Estoy cansada —espetó Carmen—. Ahora descanso cinco minutos y hago la cena. Todo yo. Como mínimo podríais haber cocido unos macarrones. Metió los pies en las zapatillas y apagó la luz del recibidor.
—Si no nos lo dijiste. Lo habríamos hecho, ¿verdad, Javi? —el padre, hábil para detectar el inicio de una discusión, rápidamente arrastró a Javier a su bando.
Desde la cocina solo se oían el crujir de las bolsas y el golpe de la nevera. Javier prefirió mantenerse neutral. Era más seguro.
—Pues no lo hicisteis —suspiró Carmen—. Si tuviera una hija, ella sí sabría qué hacer. Pero de vosotros ni caso —murmuró mientras pasaba junto a su marido rumbo a la cocina.
—Carmen, sé que estás cansada, pero ¿por qué descargas con nosotros? No soy adivino, no sé si hay que cocer macarrones o patatas. Si nos lo hubieras dicho, lo habríamos hecho, incluso habríamos ido al supermercado. Yo también acabo de llegar del trabajo, por cierto —el marido hizo un gesto brusco con la mano y desapareció en el salón.
—Eso digo yo, que hay que decíroslo todo. Es más fácil estar tirado en el sofá —Carmen seguía rezongando, pero ya sin mala intención, más para sí misma.
No quería pelea. No le quedaban fuerzas. Simplemente, no podía calmarse de golpe.
—Gracias, hijo. Vete, haz los deberes, yo me encargo…
Javier salió disparado hacia el ordenador. Carmen abrió la nevera, sacudió la cabeza y empezó a reorganizar los alimentos. Después de desahogarse, se calmó. Adoraba a su marido y a su hijo, pero hoy había tenido un día de perros. Cocinar no era cosa de hombres.
Tras la cena, guardó los restos de macarrones en un táper y añadió una croqueta. Pensó en poner otra, pero desistió.
—¿Otra vez para los Martínez? Mira que la vas a malcriar. Luego te quejarás de que se sube a la chepa —el marido la reprendió, vengándose por sus quejas anteriores.
—No es para los Martínez, es para Lucía. En su casa no tienen ni para comer. La madre se lo gasta todo en alcohol. La pobre niña… La vi llevando a su madre borracha a casa. La mujer no estaba en sus cabales. La chica es lista, buena, pero no ha tenido suerte con sus padres —explicó Carmen mientras se cambiaba de zapatos en el recibidor.
El marido no contestó.
Carmen bajó al tercer piso y llamó a la puerta descascarillada que parecía ceder al menor empujón. Pero, ¿para qué? En ese piso no quedaba nada de valor, ni las cucarachas aguantaban el hambre.
—¿Quién es? —una vocecilla frágil llegó desde dentro.
—Lucía, soy la tía Carmen. Ábreme, te he traído comida.
El pestillo sonó y la puerta se entreabrió. A través de la rendija, Carmen vio el ojo atento de Lucía, de nueve años.
—Toma, come. ¿Tu madre duerme?
La niña abrió un poco más, cogió el táper y asintió.
—Bueno, me voy. Come algo, estás hecha un palillo —Carmen la miró con lástima—. No se lo des a tu madre.
Lucía volvió a asentir y cerró la puerta.
«Ojalá tuviera una hija así», suspiró Carmen mientras subía las escaleras hacia su casa.
Entró en la habitación de su hijo. Este cerró de golpe la tapa del portátil, pero ella alcanzó a ver que estaba jugando.
—Vale, no lo escondas. ¿Has hecho los deberes? —preguntó acercándose al escritorio.
—Hace rato.
—Mañana, después del colegio, invita a Lucía a casa y dale de comer sopa. Su madre lo bebe todo, solo comen pan, cuando lo hay. La pobre está siempre hambrienta, tan delgada como un palillo.
—Vale, mamá —Javier, de catorce años, aceptó sin hacer preguntas.
—No juegues mucho, vete a la cama —dijo Carmen desde la puerta.
—Sí.
Javier abrió el juego y se sumergió en la pantalla.
Al día siguiente, al pasar por la puerta de los Martínez, Javier pulsó el timbre.
—No está mi madre —respondió Lucía desde dentro.
—Oye, pequeña, mi madre me ha dicho que te lleve a casa.
—¿Para qué? —preguntó la niña después de un largo silencio.
—Pues ven y lo verás —dijo Javier.
La puerta se abrió lentamente. Lucía lo miraba con desconfianza.
—¿Vienes o no? Si no quieres, como quieras —dijo con fingida indiferencia y dio un paso hacia las escaleras.
—Espera —gritó Lucía y desapareció. Unos segundos después salió con el táper vacío en la mano.
—Hay una olla de sopa en la nevera. ¿Sabrás calentarla? —preguntó Javier subiendo las escaleras, imitando el tono de su madre.
—No soy una bebé —se ofendió Lucía, siguiéndolo.
—Calienta dos platos. —Javier abrió la puerta de su casa—. Ve a la cocina, yo voy a cambiarme —ordenó antes de encerrarse en su cuarto.
Cuando entró en la cocina, ya humeaban dos platos de sopa, con cucharas y pan al lado.
—Bien. A ver quién termina antes. —Javier se sentó frente a Lucía, cogió la cuchara y empezó a comer rápido.
Lucía comía lenta, observándolo. Luego lavó los platos. Javier no ofreció ayuda. ¿Para qué? Si había comido, que lavara.
—Venga, te enseñaré un juego en el ordenador —dijo cuando ella colgó el paño con cuidado.
—Enséñame mejor cómo ganar dinero por internet —respondió Lucía.
—Vaya, tú sí que estás al día —Javier se rió—. ¿Tienes ordenador?
—¿De dónde?
—¿Entonces cómo piensas ganar dinero?
—Enséñame —insistió obstinada.
—La verdad es que no sé. Pero le preguntaré a Dani. Creo que él sabía de eso.
Desde entonces, casi todos los días, Javier pasaba a buscar a Lucía para comer juntos y enseñarle informática. Ella aprendía rápido, sonrojándose ante sus elogios.
Un día, fue la madre quien abrió. Lucía asomaba tras ella.
—¿No es pronto para andar con chicos? —la mujer le preguntó a su hija con voz roncaCon el tiempo, Javier se dio cuenta de que, más allá de los genes o el pasado, lo único que importaba era el amor que había crecido entre ellos, puro y resistente como un roble en medio de la tormenta.







