Un regusto desagradable
¡Todo terminado! ¡No habrá ninguna boda! exclamó Inés.
Espera, ¿qué ha pasado? balbuceó Álvaro, confundido. ¡Todo parecía bien!
¿Bien? Inés soltó una risa irónica. Sí bien. Sólo que calló unos segundos, buscando cómo explicárselo Pero al final no encontró rodeos y dijo la pura verdad. ¡Te huelen los calcetines! ¡No estoy dispuesta a pasar la vida respirando eso!
¿Así se lo dijiste? se sorprendió la madre de Inés cuando su hija le anunció que retiraba la solicitud en el juzgado. ¡No me lo puedo creer!
¿Por qué no, mamá? contestó la que ya no sería novia. Si es cierto. No me digas que tú no te has dado cuenta.
Claro que sí, hija respondió avergonzada la madre, pero es humillante. Pensé que lo querías. Es buen chico. Y lo de los calcetines En fin, eso se arregla.
¿De qué manera? ¿Le enseño a lavarse los pies? ¿A cambiarse los calcetines? ¿Que use desodorante? ¡Mamá! ¿Te oyes? Yo iba a casarme, no a adoptar a un muchachote desastrado.
¿Y por qué llegaste hasta aquí? ¿Por qué entregaste la solicitud?
Por ti, mamá. Álvarito es tan bueno, tan dulce. Me gusta mucho. ¿Esas palabras no son tuyas? Y también: Ya tienes veintisiete años, hija, ya es hora de casarte y alegrarme con nietos. ¿Lo vas a negar?
La madre suspiró.
No creía que todavía dudaras, Inesita. Pensaba que lo vuestro era real. Y mira, me alegro por ti: has reflexionado y has tomado una decisión. Pero, hija huelen los calcetines me parece excesivo. No es propio de ti.
Lo he dicho así a propósito, mamá. Para que lo entendiera. Sin vuelta atrás
***
Al principio, Álvaro le pareció a Inés gracioso y levemente torpe. Iba siempre en vaqueros y la misma camiseta. No presumía de conocer a Dalí, pero podía conversar horas sobre películas antiguas. En esos ratos, sus ojos brillaban.
Todo era sencillo y sereno con él.
Esa serenidad era lo que más valoraba Inés, harta de relaciones dramáticas y de buscar al adecuado.
Dos meses después de cine y cañas, Álvaro, ruborizado, propuso:
¿Te vienes a mi casa? Te haré empanadillas. ¡Las he preparado yo!
La invitación sonó tan cálida, tan auténtica, que al corazón de Inés le dio un vuelco. Y ese Las he preparado yo la derritió.
Así que aceptó…
***
El piso de Álvaro no convenció a Inés.
No estaba sucio, pero sí caótico, soso y algo abandonado. Paredes grises sin cuadros, un sofá añoso con un solo cojín. Por el suelo, montones: cajas de cartón, libros viejos, revistas polvorientas. Unas deportivas en medio. Además, el aire tenía el aroma pesado de polvo y encierro.
Parecía más una sala de espera que una casa.
¿Qué te parece mi castillo? Álvaro abrió los brazos, orgulloso, sin asomo de vergüenza en su sonrisa. Él era feliz. Y de verdad no veía nada raro.
Inés se obligó a sonreír. No quería discutir. El chico le gustaba.
Fueron a la cocina. Era aún peor: la mesa tenía una capa de polvo. En el fregadero, platos sucios y tazas con restos negros. Encima de la vitro, una olla que ya había vivido demasiado. A Inés la hipnotizó la tetera.
¿De qué color sería eso?, pensó.
El ánimo le empeoró.
Mientras Álvaro hablaba, entusiasmado, contando anécdotas para hacerla reír, Inés soñaba despierta y cuando le sirvió empanadillas, las rechazó alegando que estaba a dieta…
Ni pensar en probar nada preparado allí.
Ya en casa, Inés reflexionó sobre la visita.
Lo que vio en la casa de Álvaro, a simple vista, no importaba mucho. Un chico soltero, ¿quién no deja alguna cosa sin hacer? ¿Y qué?
Pero debajo de ese desorden, Inés percibió algo inmenso y desconcertante: ¿Cómo alguien puede vivir así? No por pereza para fregar platos, sino porque para él, eso era lo que se suponía que debía ser.
Le quedó un regusto desagradable
***
Después fue Álvaro a casa de Inés. Le hizo la declaración oficial y regaló un anillo. Fueron juntos al registro. La familia empezó los preparativos.
Ser novia estaba bien. Pero en los ratos de soledad, pensando en Álvaro, que siempre buscaba agradarla, le hacía empanadillas y contaba chistes, a Inés le venía la imagen de la tetera indefinible.
Lo entendió: no era sólo la tetera. Era una pista. Hablaba del modo de vivir de Álvaro. De su forma de afrontar la vida diaria. De cómo se trataba a sí mismo. Y, probablemente, a ella.
Un día se imaginó una mañana juntos y se asustó.
Despertarse, ir a la cocina Encontrar té a medio terminar y migas de bocadillo. Pedirle: Cariño, ¿puedes recoger esto? y que él la mirara desconcertado, como antes en su piso. Sin enfados, sin discusiones. Simplemente no comprendería. Y ella repitiendo, limpiando y recordando a diario. Su amor iría muriendo bajo mil pinchazos invisibles, sin que él los viera nunca.
Y su madre más feliz que unas castañuelas porque se casaba.
***
Casarse…
Toda la ligereza y la calidez que Inés sentía con Álvaro se esfumaron, sustituidas por una angustia pegajosa y densa.
Inesita, Álvaro le preguntaba casi cada día, mirándola inquieto. ¿Todo bien entre nosotros? ¿Nos queremos?
Por supuesto decía Inés, notando algo partiéndose en su pecho.
Finalmente, no pudo más y habló largo y tendido con su amiga, contándole sus temores.
¿Y qué? se extrañó y rió Soraya. Polvo, la tetera El mío deja la cocina como después de una batalla campal y ni lo nota. Los tíos no ven esos detalles.
¡Ese es el problema! No lo verán nunca susurró Inés. Yo lo veré toda la vida. ¡Eso me va a matar despacito!
***
No tenía culpa. No la engañó nunca. Era sincero. Sólo vivía en otro mundo. En uno donde un plato sucio es parte del paisaje. Para ella eso era alarmante, una señal de desconexión y desdén.
No era solo la limpieza. Era que miraban el mundo desde lados opuestos. La grieta que sintió en su cabeza acabaría siendo un abismo gigante.
Mejor acabar ahora, pensó, antes de caer al fondo cuando sea tarde.
Esperó el momento…
***
Invitaron a Inés y Álvaro a una fiesta.
Entraron, se quitaron los zapatos en el recibidor…
Fueron al salón…
Un olor terrible les seguía. Al principio Inés no supo por qué.
Hasta que lo entendió, y vio que todos se daban cuenta. Se sintió tan avergonzada que quiso hundirse en el suelo. Sin decir una palabra, huyó al recibidor, se calzó y se marchó.
Álvaro la persiguió, la alcanzó, le agarró la mano. Inés se dio vuelta y le atizó con una mirada casi hostil:
¡Ya está! ¡No habrá boda!
***
La boda nunca ocurrió.
Inés cree que hizo lo correcto y no se arrepiente.
Álvaro…
Todavía no entiende muy bien de qué iba el problema. ¡Por unos calcetines! Total, ¿qué más daba quitárselos…?






