Entre nosotros había un abismo…
Irene no podía reponerse tras el divorcio. Sabía que su marido le ponía los cuernos, pero la verdad aún le golpeó con fuerza. Su vida juntos, sus sueños, sus planes… todo se había esfumado. Nico simplemente se marchó de casa, de su vida.
El verano agonizaba, pero Irene no veía nada a su alrededor: ni el sol, ni el bullicio de Madrid, ni el arcoíris tras la lluvia. Una noche, sudando por el calor y dando vueltas en la cama, entendió que no podía seguir así. Nico era feliz, mientras ella no vivía, solo se consumía.
“Todo aquí me recuerda a él, a nosotros. Y ya no existimos. Necesito irme, aunque sea un tiempo. Pero no al sur, ni al extranjero… Demasiado ruido. Necesito silencio, el pueblo. ¡Tenemos la casa de la abuela! Allí está nuestro lugar de paz. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?” Irene incluso se incorporó en la cama. La camiseta pegada a su espalda por el sudor.
La abuela había muerto hacía tres años. Antes, estuvo enferma mucho tiempo. Todo apuntaba a su fin, pero Nico la convenció de ir a Italia. “En diez días no pasará nada”, decía. La noticia de la muerte les llegó en Nápoles. “Ya no podemos hacer nada. Cambiar los billetes es un lío. Iremos a la tumba cuando volvamos…” Y ella, como siempre, le hizo caso.
La madrastra de su madre tenía una finca cerca de Alcalá, pero la casa del pueblo seguía allí, intacta.
De niña, Irene pasaba cada verano con la abuela. Luego, la universidad, la vida en la ciudad… Ni siquiera había vuelto a visitar la tumba.
La impaciencia le quemaba las palmas. Cogió el móvil para llamar a su madre y preguntar por las llaves, pero al ver la hora, lo dejó caer sobre la cama. No importaba. Ya sabía lo que hacer, cómo escapar de ese pozo de dolor. Pensó en hacer la maleta al día siguiente, en cómo la recibiría la vieja casa… y se durmió.
Por la mañana llamó a su madre.
—Por fin reaccionas y piensas en algo más que en ese tío. El mundo no gira alrededor de él… —La voz de su madre resonó, repitiendo la misma cantinela.
—Mamá, basta. Las palabras no ayudan. ¿Dónde están las llaves?
—¿Para qué buscarlas? Están en el cajón de la entrada. Ven, así te veo. La casa está bien. En mayo vi a tía Carmen. ¿Te lo dije? No, claro, estabas en tu mundo… En fin, vino por la boda de su nieta. Preguntó si venderíamos la casa. El novio estaba interesado. Le encantó el pueblo. ¿Vamos juntas? —Su madre, como siempre, cambiaba de tema sin transición.
—No. Iré sola. Pasaré por las llaves después del trabajo.
Todo el día la cabeza de Irene viajó al pueblo. Cuando le pidió días libres a su jefa, otra divorciada, esta frunció el ceño pero aceptó. “El vacío del corazón no se llena con trabajo”, argumentó Irene.
Por la noche recogió las llaves y preparó la maleta. Solo lo esencial. No sabía si aguantaría más de un día.
Extrañamente, esa noche durmió como un tronco. Al amanecer, se tomó un café rápido, revisó luces y grifos, y salió de casa.
Madrid aún dormía. Los primeros rayos de sol asomaban entre los tejados. Irene tarareó canciones en el coche, nerviosa.
No recordaba bien el camino, pero la casa seguía allí. Incluso el patio estaba limpio, como si alguien lo hubiera cuidado. Al bajar del coche, la envolvió un silencio distinto: grillos, pájaros, gallos lejanos… Nada que ver con el ruido de la ciudad.
Dentro olía a humedad y polvo. Irene se obligó a no arrepentirse. Trajo agua del pozo, limpió el suelo —aunque no estaba sucio— y encendió la chimenea. Cuando las llamas crepitaron, se sintió triunfante.
Los vecinos miraban el coche, curiosos, pero nadie entró sin invitación.
Pronto el calor de la chimenea llenó la casa. Irene tendió la ropa húmeda cerca del fuego. Luego fue al río, que serpenteaba tras el pueblo. Se quitó las sandalias y caminó sobre la hierba seca. El agua parecía negra, densa.
Se adentró, se quitó el vestido y se lanzó. El agua estaba tibia.
—¿Y quién es esta sirena? —una voz masculina la sobresaltó.
Irene se giró. Allí estaba Nicolás. Maduro, curtido, pero inconfundible. Su primer amor. En una mano llevaba una caña de pescar; en la otra, peces ensartados en una rama.
El corazón se le subió a la garganta. Un torbellino de recuerdos la golpeó.
Por eso no había vuelto. Por él. Una vez, hasta quiso quedarse en el pueblo por amor. Su madre no la dejó. “¿Qué futuro tendrías con un chico de campo?”
Ella le pidió que se mudara a Madrid. Él aceptó, pero nunca fue. Luego supo que se había casado. Irene no volvió. En la universidad, conoció a Nico. Se casó casi por despecho…
—¿Vienes sola? ¿Sin marido? —Nicolás la escrutó.
—Sola. ¿Cómo sabes que estuve casada?
—Vine una vez. Los vi juntos.
—¿Cuándo? —pero ya lo recordaba. Iban a una boda. Nico la esperaba en la puerta. De pronto, un rostro familiar. Cuando quiso fijarse, había desaparecido. Pensó que era su imaginación.
—Vine a explicarte lo de Nina… No es excusa, pero solo pasó una vez. Luego dijo que estaba embarazada. ¿Qué podía hacer? Me casé. Javi ya va a tercero. Luego vino Laura.
Irene sonrió con ironía.
—Ya sé lo que piensas. Con el niño… fue un accidente. Pero la niña… Nina y yo nunca encajamos. Todo lo que digo le parece mal. Tú eres de ciudad, yo de pueblo. Entre nosotros hay un abismo. Ella es como yo, pensé.
Irene, en bañador, notó su mirada. Se puso el vestido, que se pegó a la piel mojada. No ayudó.
—¿Tienes frío?
Caminaron hacia el pueblo. Al ver las primeras casas, Irene propuso separarse.
—Aquí todos lo ven todo. No hay que tener miedo. —Nicolás moderó el paso para no dejarla atrás—. Hiciste bien en venir. La ciudad es estrés. Aquí hay paz, aire puro, setas… ¿Vienes mañana al bosque?
Irene dijo que lo pensaría.
En casa, el calor de la chimenea era sofocante, pero al menos olía a vida. Abrió la puerta para ventilar. Esa noche, el silencio la desveló. Los ruidos del viejo caserón, los ratones… Hasta le pareció oír pasos en el desván.
Al amanecer, fue al bosque. Caminó junto al rastro de los tractores, sin adentrarse. De pronto, oyó ramas romperse, como si una bestia avanzara. Gritó, corrió… y se perdió.
—¿Te despistaste? —Nicolás apareció entre los árboles—. Es peligroso venir sola.
—Había un animal…
—Jabalíes. —Miró su cesta vacía—. Déjala en el suelo.
Sin entender, Irene obedeció. Él le pasó setas de su cesta llena.
—No hace falta… —
—Nina ya protesta de limpiarlas.
De vuelta, Irene sintió su mirada. Notaba vergüenza,—Así que esto es lo que has estado haciendo en lugar de trabajar —susurró Nina, emergiendo entre los árboles con los ojos encendidos de furia, y en ese momento Irene supo que el verdadero incendio apenas comenzaba.







