Ramona Castillo llevaba veintidós años trabajando en la caja registradora del Winn-Dixie de la calle Flagler, en Miami, y en todo ese tiempo había aprendido una cosa: la gente rica no siempre parece rica. Por eso, cuando aquel hombre entró aquella tarde de agosto con una gorra de los Marlins calada hasta las cejas, sandalias gastadas y una camiseta con un hueco en el hombro, ella no le dio mayor importancia. Empujaba un carrito con dos cajas de cereal, leche de avena y un six-pack de Modelo, como cualquier vecino del barrio.
Fue Yolanda, la del departamento de carnes, quien se acercó después con el teléfono en la mano, la voz baja y los ojos como platos.
—Ramona, mira esto. Mira quién acaba de pasar por tu caja.
En la foto —tomada, según decían, por alguien que esperaba en su carro— se veía al mismo hombre de la gorra. Pero el pie de foto lo identificaba con un nombre que Ramona conocía de las carteleras de los cines del Dadeland Mall, de los carteles enormes en Sunset Place cuando ella era joven. Un actor que en los noventa había sido la cara de tres películas de acción que su difunto esposo, Reinaldo, se sabía de memoria. Un hombre que, según recordaba, alguna vez llenó portadas enteras con su sonrisa perfecta y sus trajes hechos a la medida.
—No puede ser —dijo Ramona, entrecerrando los ojos frente a la pantalla—. Ese señor pesa quince libras más que en las películas. Y esas sandalias parecen del Dollar Tree.
Pero era él. Los comentarios bajo la publicación no tardaron en multiplicarse: gente que juraba reconocer la mandíbula, la forma de caminar, hasta cierto gesto al rascarse la nuca que aparecía en una escena célebre de 1998. Otros se burlaban, decían que el tiempo no perdona a nadie, que así terminan hasta las estrellas de Hollywood cuando el teléfono deja de sonar.
Ramona no pensó mucho más en el asunto esa noche. Volvió a su apartamento en Little Havana, se sirvió un café con leche condensada y se sentó frente al televisor a ver una novela repetida. Pero algo la inquietaba, aunque no sabía bien qué. Quizás era la manera en que el hombre había contado las monedas para pagar el six-pack, centavo por centavo, sin prisa, como quien sabe exactamente cuánto tiene en el bolsillo y no un dólar más.
Volvió tres días después. Esta vez sin gorra. El cabello gris, más largo de lo que cualquier publicista hubiera permitido en sus años de gloria, y una barba de varios días. Compró pan cubano, jamón y un cartón de huevos. Cuando llegó su turno, Ramona no aguantó.
—Perdone que le pregunte —dijo, bajando la voz—, ¿usted no será…?
El hombre levantó la vista. No hubo sorpresa en su cara, solo un cansancio antiguo, de quien ha escuchado la misma pregunta miles de veces y ya no sabe qué responder que no suene ensayado.
—Depende de a quién se refiera —contestó, con media sonrisa que sí, ahora que lo pensaba, Ramona reconocía de una película sobre un detective en Nueva Orleans.
—A Gustavo Ferreira —dijo ella, soltando por fin el nombre que llevaba tres días dando vueltas—. Mi esposo tenía todas sus películas en VHS. En Blockbuster no dejaba ni una sin alquilar.
Él se rió, una risa corta, casi avergonzada, y asintió sin decir más. Pagó con una tarjeta de débito del Chase, guardó el recibo en el bolsillo trasero del pantalón corto y se fue caminando —caminando, no en limusina ni en carro con chofer— hacia un Honda Civic del 2011 estacionado bajo un flamboyán, dos cuadras más allá.
Ramona no lo volvió a ver en tres semanas. Cuando reapareció, fue distinto: llegó acompañado de una mujer más joven, de anteojos y una carpeta bajo el brazo, que se identificó como su representante legal.
—Necesitamos comprar cosas para una mudanza —le explicó Gustavo a Ramona, esta vez sin rodeos, como si ya hubiese decidido que no tenía sentido seguir fingiendo—. Me mudo de Coral Gables a un apartamento más chico, en Hialeah, cerca de mi hija.
Fue la abogada, Marisol Andújar, quien terminó explicándole a Ramona —entre pasillos de detergentes y papel higiénico, mientras Gustavo buscaba café— la historia completa. Gustavo Ferreira había ganado, en los años noventa, más de treinta millones de dólares en su carrera. Casas en Coral Gables, un yate, una colección de relojes que llegó a valer, según las malas lenguas, más de dos millones. Pero un socio de toda confianza, un primo lejano llamado Ovidio, había manejado sus finanzas durante quince años sin que Gustavo revisara jamás un solo estado de cuenta. Cuando el mercado colapsó en 2008 y luego llegaron los problemas con Hacienda, Ovidio ya había desviado casi todo a cuentas en las Islas Caimán a nombre propio, dejando a Gustavo con hipotecas impagas y una demanda del IRS por cuatrocientos setenta mil dólares en impuestos atrasados.
—Se declaró en bancarrota hace cuatro años —dijo Marisol, bajando la voz—. Perdió la casa, el yate, los relojes. Lo único que le quedó fue el Honda y la pensión del sindicato de actores, que apenas le alcanza para el alquiler.
Ramona escuchó todo sin decir palabra, con una caja de detergente Tide todavía en la mano. Pensó en Reinaldo, en las noches que pasaron viendo a ese hombre salvar ciudades enteras en la pantalla del televisor viejo que tenían en la sala, y en lo poco que la gente sabe de lo que pasa después de que se apagan las luces del estudio.
Gustavo Ferreira siguió comprando en el Winn-Dixie de Flagler todos los martes, siempre en efectivo o con la tarjeta del Chase, siempre contando las monedas. Nunca volvió a usar la gorra para esconderse; parecía que, después de que Ramona lo reconociera, algo en él se había aflojado, como si ya no le importara demasiado que lo vieran tal como era.
Un año más tarde, Ramona se enteró —por Yolanda, siempre por Yolanda— de que Ovidio, el primo, había sido arrestado en Fort Lauderdale por fraude bancario en otro esquema, uno que ya no tenía nada que ver con Gustavo. Y también supo, esta vez por el propio Gustavo, mientras él pagaba una bolsa de plátanos y una lata de café Bustelo, que había firmado un contrato pequeño para dar clases de actuación tres tardes por semana en un centro comunitario de Hialeah, por catorce dólares la hora.
—No es Hollywood —le dijo, guardando el cambio en el bolsillo—, pero es mío. Nadie me lo puede quitar otra vez.
Ramona le entregó el recibo y, por primera vez desde que lo conocía, no vio en su cara al actor de las carteleras ni al hombre de la foto viral que tanto habían comentado en el barrio. Vio, simplemente, a un cliente más contando sus monedas antes de que cerrara la caja.







