El último vagón

El último vagón

María caminaba sin prisa hacia el supermercado, observando el ajetreo de la gente, especialmente los hombres, pues al día siguiente era el Día de la Mujer. Siempre le había gustado esta fecha; su marido le traía un ramo de flores y hacían algo especial. Pero desde hacía años, tras su viudez, vivía sola.

A sus cincuenta y ocho, y tras ver los fracasos amorosos de sus amigas, ni siquiera se planteaba buscar compañía.

—Los hombres decentes ya están casados. Y con cualquiera no me apetece liarme. No quiero complicaciones. Sí, a veces es aburrido, estoy sola, pero mis hijos y nietos me visitan —le decía a su amiga Carmen mientras tomaban un café—. Ya me he acostumbrado a esta vida sin mi marido, no quiero cambiar nada.

Carmen, felizmente casada, sentía pena por María. Buena mujer, y tan joven quedó viuda…

—Bueno, quizá aún encuentres a alguien —intentaba animarla.

—Ay, Carmen, ¿dónde voy a encontrar un buen hombre? Ni lo pienses —y cambiaban de tema, hablando de sus hijos, nietos y cosas de mujeres.

María se había acostumbrado a su soledad. El bullicio la agotaba, pero necesitaba ir al supermercado. Era temprano en la tarde, una primavera húmeda con copos de nieve derritiéndose. Su hijo había pasado por la mañana con un ramo.

—Mamá, feliz día. Mañana no podré venir, iremos a la casa del campo con amigos… Si quieres, únete.

—Gracias, cariño, pero prefiero quedarme en casa —respondió ella, con una leve sonrisa—. Además, me duele un poco la cabeza.

Entró al supermercado, tomó lo necesario y se unió a la cola de la caja, observando con indiferencia la prisa de los hombres.

—Todos de repente se acuerdan de sus mujeres —pensó, divertida—. Qué fácil lo tienen ellos, un solo día al año. Nosotras siempre corriendo: compras, cocina, qué ponerse…

Un aroma a colonia cara la distrajo. Procedía de un hombre alto, canoso, que llevaba el carrito lleno.

—Con ese perfume, debe de ser guapo —imaginó, avanzando lentamente en la cola.

Lo observó disimuladamente: bien vestido, el móvil en la mano. Hablaba brevemente:

—Sí, lo compré. Sí, enseguida llego.

—Con su mujer, seguro —pensó María.

Al guardar el teléfono, se le resbaló. Ella, rápida, lo atrapó antes de que cayera al suelo de baldosas. El hombre se giró, y su mirada le provocó un vuelco en el pecho.

—Justo lo que me faltaba, a mi edad —pensó, aturdida.

—Muchas gracias —dijo él, sonriendo—. Ahora le debo un favor.

—No es nada —respondió ella, ruborizándose.

Él pagó y salió apresurado. María terminó sus compras y, al salir, tropezó con él otra vez. Esperaba bajo el capuchón, cubierto de nieve.

—Soy Javier —se presentó.

—María —musitó, nerviosa.

—Le agradezco lo del móvil. ¿Me daría su número?

Como en trance, se lo dio. Él sonrió, se despidió y se marchó.

—¿Qué acaba de pasar? —pensó, desconcertada—. Le he dado mi número sin pensarlo.

En casa, mientras cenaba frente al televisor (su programa favorito, historias de gente común), sonó el teléfono.

—Buenas noches, soy Javier. ¿Puedo pasar a verla? —su voz grave casi la hizo soltar el aparato.

—Sí, claro —contestó, sorprendida por su propia prisa.

—Gracias. No iré solo.

—Vale —dijo, antes de que colgara.

—¿No irá solo? ¿Vendrá con su esposa? —imaginó a una mujer bella, joven, elegantísima.

—Debería cambiarme… aunque ¿para qué? A mi edad, qué más da.

No tuvo tiempo. El timbre sonó. Al abrir, un perro lanudo saltó sobre ella.

—¡Casi me tira! —exclamó, riendo.

—No tema, es Thor —dijo Javier, cubierto de nieve, con un ramo de rosas rojas—. Le dije que no vendría solo.

—Pensé que era su esposa…

—No tengo. La que tuve se fue a las Canarias con un veinteañero —bromeó—. Las compras eran para mi madre. Vive sola, como usted.

La invitó a pasar. María se sentía ridícula en su ropa de casa y calcetines gruesos.

—Pondré el hervidor. Compré un pastel de cerezas, por si acaso —dijo, nerviosa.

Javier se acercó, tomó sus manos y la miró fijamente.

—Eres más hermosa así —susurró—. María, hoy entendí que eres mi último vagón. Y me alegro de haberlo alcanzado.

Ella sintió que se derretía.

—Tú también eres el mío —confesó.

Bebieron té con el pastel, Thor apoyado en ellos, como si sonriera.

—Mañana saldremos a celebrar tu día —propuso Javier—. Hoy es solo el ensayo.

María se mudó a su casa en las afueras. Thor corre feliz por el jardín. Reciben a Carmen y su marido, y a los amigos de Javier. Cada 8 de marzo lo celebran juntos.

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El último vagón