El marido avaro

En un rincón apartado de Castilla-La Mancha, donde el sol arde los campos y el horizonte se pierde en collados, existe una población humilde cuyas casas grises recuerdan a bloques de cemento desperdigados sin orden. Es la década de 1980, un tiempo de cambios, pero en esta villa parece que la tierra se ha quedado atrás. Todo gira alrededor de la fábrica de curtidos; allí trabajan los mayores y los jóvenes, porque no hay otro oficio. La vida no es opulenta, pero el salario verde del vino y el sueldo fijo permiten sobrevivir.

En una de esas casas, en el bajo de un edificio destartalo, vive la familia Díaz. Estandarizada como tantas otras de la región, desde fuera parece corriente. Pero si uno cruza el umbral, descubre un infierno de ahorro obsesivo, donde cada céntimo es contado como el oro de los Reyes Magos.

El patriarca, Antonio Tomás Díaz, es un hombre de facciones hurañas, de cejas perpetuamente fruncidas, que ha sustituido el dengue optimista del siglo veinte por la lógica del avaro clásico. En el curtidur está reverenciado por su precisión, pero en casa reina el terror. Su fama de tacaño es tal que los vecinos lo llaman en susurros *el del traste*.

Doña Pilar, su esposa, es el reflejo de las sombras. Antaño había sido guapa y canturreaba viendo windows del Feria de Abril, pero ahora camina como una sombra, bajando la voz para no despertar el mal genio de su marido. Trabaja como contable en la oficina, un trabajo que parece hecho para ella.

Javier, su hijo, aprende pronto que en casa de Díaz cada gesto debe pesarse en la balanza del ahorro. A los doce años entiende que la vida no se vive, se corta como el jamón: en lonchas justas, sin derroches. El joven huye de las miradas de su padre, temiendo la famosa frase: *¡La moneda mantiene la corona!*, seguida del ruido de las monedas martirizadas contra la mesa.

Los vecinos comienzan a jurar: los Díaz no compran ni cestas de uvas, pero su armario está repleto de latas selladas con llaves. La verdad es que guardan allí arroz y patatas, medidos con la precisión de un farmacéutico. La familia, prisionera del avaricioso genio de Antonio, se va ahogando sin darse cuenta.

Las mañanas comienzan con el mismo rito. A las seis, Antonio hace sonar el abrelatas de las llaves, despertando a la sierva. Javier, oculto tras la puerta, presencia cómo su padre pesa el arroz y las patatas, destinando más para sí que para los demás. En la nevera de madera, lubricada con grasa de cerdo, mide a navaja el aceite, prohibiendo su uso en tortillas. Javier aprieta los puños, reprimiendo el resentimiento, porque sabe que cada palabra levantada contra su padre será castigada con la vara de oro del ahorro.

El joven crece con la filosofía del ahorrador: los amigos son un gasto, las compras superfluas son pecado. Solo en la biblioteca, donde los libros cuestan lo que un paseo, encuentra refugio. Un día rescata a un gato que ha encontrado en la trashumante de un horno. El animal, un siamés al que llama *Silvestre*, se convierte en el único alivio de su penuria.

—¡Cabrón! ¿Tú eres el *loco*? — aúlla Antonio al enterarse. —¿Crees que este gato va a vivir a costa de tu ración de pan?
—Puedo comer menos —dice Javier, tímido.
—¡Fuera, *desgraciado*! —grita el padre. Javier lleva al animal a la calle, mientras doña Pilar lo observa con lágrimas en los ojos, consciente de cómo su hijo se va perdiendo.

Más tarde, en uno de los raros momentos en que se atreve a discutir, doña Pilar le pide:
—Antonio, ¿no sería mejor permitir a Javier que se compre una chaqueta?
Antonio la fulmina con la mirada:
—¡Estás loca? La que lleva es buena para otra temporada.
—Pero los niños se ríen de él —protesta ella.
Una bofetada acalla su voz. Javier, escuchando todo desde su cuarto, se abraza a la almohada, preguntándose si alguna vez saldrá de esta cárcel de avaricia.

Javier termina el instituto y emprende estudios en un centro técnico de Albacete. Vive en un hostal de diez euros, ahorrando como su padre le enseñó. Sin embargo, uno de sus compañeros, un chico de Madrid llamado Pablo, le invita a una discoteca.

—¡No tengo dinero! —gruñe Javier.
—Pero si tienes la beca —dice Pablo.
—Para una emergencia.
La música, la diversión, las risas de las chicas… Todo le es ajeno, hasta que un día una mujer llamada Lucía, con el pelo negro y el espíritu festivo, le arrastra a una tertulia. Javier, roto por primera vez el escudo del ahorro, asiente: es la primera vez que gasta una noche en algo que no sea comida o cebo para Silvestre.

Un amor florece, pero el pasado persiste. Al casarse, Lucía espera un enlace acorde a su nueva vida de ensueño. Javier, sin embargo, insiste en una ceremonia austera, con sillas de plástico y guirnaldas de trapo. Las primeras semanas son felices, pero Lucía pronto protesta:
—¿Por qué no compramos cortinas?
—No hay necesidad —responde Javier. —Este ventanal da a un jardín, no a una carnicería.
—Pero son bonitas…
—Bonitas no significa necesario.

La ruptura es inevitable. Lucía, hartándose del desfaceto, le acusa:
—No eres tú, es esto. Tú no ves la vida como un regalo, la ves como una ancheta.
—¡No digas eso! —replica Javier, furioso. —Mírame a mi padre. En tiempos de crisis…
—¡Y a mí que me importa tu padre! —grita Lucía. —Vives como él, con miedo a todo. Datos, números, listas, como una planilla de la miseria.
—¡Mejor vivir con prudencia! —espeta él.
—¡Prudencia! ¿Y qué te queda ahora? ¿Un cuartucho y un gato a punto de morirse de hambre?

Lucía se va, dejando a Javier en un silencio que solo rompe el tic-tac de un reloj comprado en un mercado de oca. La lección, ardua y tardía, llega en mitad de esa soledad: no hay oro en el mundo que compre la alegría de una mirada compartida, el calor de una risa auténtica, la libertad de vivir sin contar cada paso.

Y es así: apenas se ahorra una sonrisa, se pierde una vida.

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