Discusión acalorada

¡Isabel, te perdono! Nuestra pelea no tenía sentido. ¡Basta ya de enfadarnos! ¡Que ya no somos unas crías! tronó Carmen Morales al marcar el número de su hermana por primera vez en siete años. ¡Ya es hora de madurar, Isabel! ¿Hasta cuándo?

Perdón ¿A quién llama? Yo no soy Isabel

La voz era claramente de una desconocida. Joven, algo insegura, pero agradable.

Carmen se quedó muda a mitad de frase, lo que rara vez le pasaba.

Hija, ¿quién eres tú? ¿De dónde has sacado el número de mi hermana?

Es mi número. Desde hace más de un año. Lo siento, no la conozco a usted, ni a esa Isabel a la que llama. Que tenga buen día.

Carmen, sin entender aún qué ocurría, ni siquiera acertó a contestar. Mientras trataba de procesar la situación, el tono de llamada le hizo estremecerse y sintió un miedo extraño…

Creyendo que se habría equivocado de número, Carmen cogió las gafas y revisó atenta la agenda donde tenía anotado el teléfono de su hermana. No se fiaba de los móviles modernos y lo apuntaba todo en una vieja libreta de tapas rojas que, en su día, le regaló su hermana. Isabel tenía buen gusto y, sabiendo que Carmen apreciaba los detalles pero jamás gastaba en tonterías, la colmaba de pequeños regalos: un bolso, un bolígrafo bonito, un pañuelo elegante. Pequeñeces, pero que emocionaban. Carmen era diferente. Cuando regalaba, era a lo grande: prefería algo llamativo, que nadie dudara cuánto quería a su hermana.

Marcó el número de Isabel manualmente, y, tras dos tonos, volvió a responderle la misma voz melodiosa, igual de ajena.

Perdone, ya le he dicho que este es mi número la joven parecía ya algo nerviosa. No me vuelva a llamar, por favor, que ahora mismo estoy trabajando. Tengo clase.

¡Espere, espere! temió Carmen que le colgara otra vez. ¿Cuándo podría llamarla de nuevo? Es importante

En media hora, en mi descanso.

Carmen dejó el móvil y comenzó a pensar.

¿Por qué había cambiado Isabel de número? ¿Y por qué no se lo había contado? Sí, llevaban años enfadadas, pero no era motivo para desaparecer y no dar señales

La rabia empezó a ganar terreno.

¡Siempre igual, Isabel, siempre has sido una cabeza loca! murmuraba Carmen para sus adentros, mientras repasaba la mesa de la cocina por enésima vez mirando el reloj.

No sabía estar quieta. Ni de niña lograba pasar un minuto sin hacer algo, activa, enérgica, con opinión directa y un fuerte sentido de la justicia. Aquello siempre suscitó disputas en la familia; pero a Carmen nunca le importó. ¡Ella tenía razón! ¿De qué quejarse?

Isabel, sin embargo, era todo lo contrario: tranquila, dulce, pausada. Antes de que acabara su desayuno, Carmen ya había planchado los uniformes, trenzado las coletas y alisado los lazos. Isabel seguía de pie frente al espejo, con el cepillo de dientes en la mano y dibujando figuras distraídas en el vaho.

¿En qué piensas, Isabel?

Pues pienso.

¡Deja de perder el tiempo! ¡Vamos a llegar tarde! gruñía Carmen. ¡Pensar, dice!

¿Y no es bueno pensar?

¡No! ¡Déjaselo a otros! Tú céntrate en lavarte los dientes y a desayunar.

Siempre igual. Isabel rezagada y Carmen ya había subido la montaña tres veces y bajado a regañar a su hermana.

¿Pero qué haces todo el rato, Isabel? ¡Parece que no tienes sangre! ¡No puede ser!

Pero Isabel nunca se ofendía. Observaba a su hermana con ternura y hasta le respondía con una sonrisa:

Carmen, no todas podemos ser un torbellino como tú. ¡Eres el orgullo de la familia! No te preocupes por mí, ¡yo voy a mi ritmo!

¡Siempre igual! ¡A tu ritmo! Así se te pasa la vida, Isabel ¡Espabila!

Isabel nunca le tenía en cuenta los reproches; sabía que toda esa energía en Carmen necesitaba una salida, y esperaba que algún día el cariño entre ellas creciera. ¿Cómo sosegar un volcán? Solo el mar puede. Así es el amor: cuando llega, calma la tempestad, pone paz. Y donde había fuego, de repente, brotan palmeras, hay isla y una calma maravillosa.

Pero la historia de Carmen siempre fue de amores volcánicos. Todo lo devoraba. Aquello que se acercaba a ella y se volvía importante, acababa ardiendo.

Tuvo cuatro maridos. A los tres primeros los dejó antes de cumplir el primer aniversario.

¡Incompatibilidad de carácter! decía siempre con determinación.

El cuarto duró algo más, tres años. Pero ni aun teniendo una hija pequeña quiso quedarse: solo le quedaban decepción y amargura.

¿Qué les pasa a los hombres de hoy? ¡No quieren compromisos! ¡Todo les da igual! ¡Ni hijos, ni familia, ni nada! ¡Y para ellos la mujer es invisible! se desahogaba Carmen en casa de su hermana. ¿Y tú con Alberto, estás contenta?

El marido de Isabel, Alberto, simplemente puso unas tazas en la mesa y se llevó a la sobrina en brazos:

Hablad tranquilas, que yo acuesto a Lucía.

La niña ya cabeceaba, pero su madre seguía sin prestarle atención.

¡Toda una vida desmoronada, habría que empezar de cero!

¡Ves! Ni chicha ni limoná explotó Carmen al irse Alberto. ¿Cómo puedes vivir con él? ¡Qué aburrimiento!

Pues yo estoy bien, Carmen. Isabel le acercó una cesta de pastas. Toma, come, seguro que no has comido nada en todo el día.

¡Exacto! confesó Carmen, atiborrándose. ¿Te imaginas? ¡Otra vez sola!

Carmen, quizá deberías aprender a ser más suave. ¿No ves que la vida pasa? Lucía crecerá, hará su vida y se irá. Y tú, ¿qué harás entonces, sola?

¡Venga, Isabel, no digas tonterías!

¿Qué tiene de tonto?

¡Que no se puede confiar en nadie! ¡Todos mienten!

¿Incluso yo?

¡Tú también! Presumes de lo mucho que amas a Alberto, ¡pero ni te planteas tener otro hijo! ¿Eso qué significa? ¡Que no le quieres, nunca le has querido!

Isabel no respondió de inmediato. Se levantó, fue a la cocina, tocó la tetera y secó sus lágrimas:

A veces no es cuestión de querer, sino de poder. Yo quiero, Carmen claro que quiero. Pero no puedo. No podré ser madre otra vez.

Carmen se levantó y abrazó a su hermana, intentando reconfortarla.

¡No digas tonterías! Los médicos bah. Yo encuentro los mejores. Ya verás, ¡serás feliz!

Pero los deseos no bastaron, y la tenacidad de Carmen tampoco. No siempre se puede, si el destino ha decidido otra cosa…

Isabel llegó a ser madre, pero no como imaginó. Suyos de sangre no tuvo; pero si alguien insinuaba que los hermanos adoptados hijos de parientes de Alberto que se habían quedado solos no eran suyos, ¡mejor que callara! Por eso terminó por alejarse incluso de Carmen.

¡No necesitas a niños ajenos, Isabel! ¡Ya tendrás los tuyos!

¡Carmen, tengo casi cuarenta años! Si hubiera podido, ya habría sido. Y estos niños, ¿qué, al orfanato? ¡No, se quedan conmigo!

Allá tú, Isabel. ¡No me pidas ayuda!

¿De dónde te sale tanta rabia, Carmen? preguntó su hermana mientras ella se marchaba escaleras abajo, ofendida por no ser escuchada.

Carmen cortó toda relación: no llamaba, no iba, ni invitaba. Incluso prohibió a su hija Lucía visitar a su tía. Pero Lucía no le hizo caso: quería tanto a Isabel y a sus nuevos primos que se escabullía siempre que podía.

Hasta que Alberto recibió una oferta de trabajo en otra ciudad. Consultaron en familia y se mudaron, dejando a Lucía la nueva dirección y recalcando que, si necesitaba algo sin permiso de la madre incluso acudiera a ellos.

Nunca se sabe, Lucía la abrazaba Isabel en la estación. Tienes familia. Aquí estaremos cuando lo necesites. Y cuida a tu madre, que con ese carácter suyo solo tú le entiendes.

Lucía tomó el consejo. No era fácil, y menos aún cuando creció y decidió casarse. Carmen, por supuetso, no aprobó la elección.

¡Pero quién es este!sentenció nada más abrir la puerta a aquel chico delgado con gafas que daba la mano a su hija. ¿No podrías buscarte a alguien mejor?

Lucía ni contestó. Miró a su novio, dieron media vuelta y se marcharon, ignorando los gritos de Carmen.

Ese chico, Sergio, resultó ser un buen profesional, brillante en informática, y tras pensarlo un poco, propuso a Lucía mudarse a la ciudad donde residía Isabel.

Allí tendremos más oportunidades. Venderé mi piso y nos compraremos uno allí. Ya no nos ata nada aquí.

Ya no lloraba Lucía recordando la mirada perdida de su madre. Pero confiaba en Isabel. Ella entenderá. Es buena.

Sergio la quería de verdad y lo dejó todo por ella; no tenía más familia, así que para él Lucía era todo: su hogar, su futuro, sus hijos su propio felices para siempre.

Y así fue.

Isabel, al saber de la ruptura, trató de hablar con Carmen. Pero esta no atendía a razones.

¡Se han ido contigo! ¡No me llames más! No quiero saber nada de vosotras lloraba Carmen.

¡Carmen, para ya! contestó Isabel, seria. ¡Tú misma has echado de casa a tu hija por no aceptar su decisión! Ella hará su vida tu deber es apoyarla, no apartarla. ¿A dónde irá después? ¿A extraños? ¡Recapacita! ¡Que tu orgullo no valga más que tu hija!

Carmen ni escuchaba; colgó, se resintió y prohibió cualquier contacto. Incluso rompió la invitación a la boda de Lucía en mil pedacitos y tiró el sobre con fotos de la familia que Isabel le mandó, sin siquiera abrirlo. Se encerró en su resentimiento.

El tiempo pasó, pero la familia siguió adelante. Isabel educaba a sus hijos y ayudaba a Lucía con el primer nieto, mientras Sergio y Alberto construían juntos su casa.

Y ese chico delgado ya ni siquiera parecía tal: Lucía le cuidaba y daba todo su cariño, y Alberto no podía estar más orgulloso del yerno.

Lucía ya esperaba el segundo hijo cuando celebraron la mudanza. Tímidamente, preguntaron si debían invitar a Carmen.

La he llamado, tía Isabel, muchas veces. No responde, o me cuelga.

¡No llores, mujer! intentaba consolarla Isabel. Piensa en tu futuro.

Ya no respondió entre hipidos Lucía, deseando que su madre estuviera cerca.

Pero Carmen no cedía. El tiempo, pensaba, ya pondría las cosas en su sitio. Que vinieran a pedirle perdón, y ya decidiría si aceptarlo o no.

Hasta que, en el último fin de año, la soledad pesó tanto que terminó llamando al antiguo número de Isabel. Y una vez más, la voz de una desconocida al otro lado.

A la siguiente llamada, volvió a oír lo mismo.

Dime, ¿cómo acabó este número en tu poder? preguntó Carmen, en tono autoritario.

Compré un móvil nuevo con esta línea. Se reasignan si nadie los usa durante tiempo.

¡Vaya tontería! ¿Y mi hermana?

No lo sé. Esta vez, la joven fue más firme y Carmen supo que era momento de suavizar el tono.

¿Podrías hacerme un favor?

Tras una pausa, la muchacha accedió a escucharla.

¿Serías tan amable de buscar en tu ciudad a mi hermana? Te paso sus datos y si la encuentras, dile que la llamo, por favor. Yo te pago lo que haga falta.

No es necesario, solo pásame la dirección.

Y así lo hizo Carmen. Puesta a esperar, recibió una respuesta que nunca habría imaginado.

Su hermana falleció hace año y medio. Estuvo enferma mucho tiempo. Su esposo dijo que le gustaría verla si va usted allá. Y además…

¿Qué?

Su hija también la espera. Y tiene dos nietos. Su hermana quiso decirle estas palabras, pero creyó que sería mejor así, pues usted no quería oírla

¡Dímelas!

Carmen, no seas tonta. Tu lugar está aquí. Madura. Ya es hora. Aquí seguimos queriéndote.

Carmen sollozaba como nunca en la vida, por primera vez entendiendo que había dejado pasar todo aquello que de verdad importaba.

¿Eso es todo?

Sí.

Gracias

No hay de qué.

Venga. Venga a verlos. Tiene una familia bonita y unos nietos preciosos.

Y de nuevo la línea cayó. Carmen, rota, lloró toda la noche. Sabía que nada podía cambiar lo pasado, pero tampoco quería dejar de sufrir, necesitaba castigarse por haber elegido tanto tiempo el orgullo antes que el amor.

Al amanecer, llamó al número de Lucía, que sabía de memoria.

Lucía

¡Mamá! ¡Qué alegría! Te esperamos.

Hija, yo

No digas nada, solo ven. Te recibiremos con los brazos abiertos.

La voz de su hija le resultó extraña y, al hacer la maleta, comprendió: en Lucía resonaban la decisión de Carmen, la dulzura de Isabel y algo que a ella siempre le había faltado.

El amor Incondicional, sin rencores. El amor que Isabel conoció tan bien y que Carmen todavía tenía que descubrir.

Aunque no estaba segura de nada, por primera vez, Carmen deseó, con toda su alma, que algún día lo lograría.

En la vida, a veces nos empecinamos en tener razón, pero al final, lo que de verdad permanece es el amor que damos y recibimos. Eso es lo único que nunca debemos dejar pasar.

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