La abuela Carmen estaba sentada en la cocina, tejiendo calcetines de lana con paciencia, puntada tras puntada. En el documento era Carmen García, pero en el pueblo todos la llamaban “la abuela Carmen”, con cariño y familiaridad.
La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el chisporroteo de la radio en el alféizar. De pronto, la puerta chirrió. La abuela alzó la vista y se quedó inmóvil. En el umbral estaba… un auténtico Papá Noel. Gorro rojo, barba blanca y bordados de piel, todo como debía ser.
—Buenas noches, Carmencita— saludó con una sonrisa—. ¿Me recibes como invitado?
Carmen se ajustó las gafas, miró fijamente al visitante, su saco y sus botas, y exclamó atónita:
—¡Dios mío, de verdad eres tú? Pero ¿a qué viene esto?
—¿A qué?— rió el anciano—. ¡Hoy es 31 de diciembre! Todo el mundo celebra Nochevieja. Y yo he venido a verte… con un regalo.
—¿Y para qué quieres perder el tiempo conmigo, vieja como soy? Ve a ver a los niños, que te reciten poesías. Yo ya no espero sorpresas.
—Quedan pocos niños en el pueblo. Pero esos calcetines que haces son cálidos— señaló el tejido—. Eso merece un regalo.
—Bueno, si has venido, adelante— sonrió la abuela—. Pero no me pidas versos, que me duele la espalda y apenas me muevo.
—Entonces dime qué cosas buenas hiciste este año.
—¿Yo?— reflexionó Carmen—. Tejí mitones para los nietos, calcetines para los vecinos. Repartí verduras de la huerta. Aunque no sé si por bondad o porque no tenía otra cosa que hacer.
—No te quites mérito. La bondad está en hacer algo sin esperar nada a cambio.
—Mi marido, por cierto, anda por ahí. Salió esta mañana y no ha vuelto.
—A él también iba a visitarlo. ¿Sigue siendo el mismo bromista?
—¡Peor! Va por las casas contando chistes, cantando coplas. Alegra a todos para que no estén tristes.
—¿Lo quieres?
—¿Tú qué crees?— sonrió Carmen—. Llevamos medio siglo juntos. Fingimos que no oímos bien, que no lo vemos todo. Y no discutimos. ¿Para qué?
Papá Noel sacó del saco un pañuelo de lana, suave, con bordados y destellos.
—Toma, guárdalo. Cuando lo uses, rejuvenecerás diez años.
—¡Qué preciosidad!— brillaron sus ojos—. Siempre soñé con uno así. ¡Gracias!
—Dale las gracias a tu marido— guiñó el anciano—. Fue él quien me escribió una carta.
Salió al recibidor, se quitó la chaqueta y el gorro y los guardó en un baúl.
—Ay, Carmencita mía— susurró—. No reconoció mi voz. ¿O lo sabe y no lo dice?
Mientras, la abuela se miraba en el espejo, arreglándose el pañuelo nuevo, y murmuró:
—Así vivimos, Juanito… Como si no supiéramos nada. Pero lo sabemos. Solo que queremos a nuestra manera. Y la magia está en eso.
**Moraleja:** El amor verdadero no necesita palabras, ni gestos grandiosos. A veces, el cariño más profundo se esconde en los silencios besados de complicidad.







