Cuando la felicidad llamó a la puerta un día

**Cuando la felicidad llamó a mi puerta**

Lidia se quedó sola. Completamente sola. Hace un año murió su madre, su único apoyo, su alma, su familia. Y no hace mucho también se fue Rufo, su viejo gato rojizo, su fiel compañero durante quince años. La última alma viviente que le daba calor a sus días. Después de eso, su vida pareció detenerse: casa — trabajo — tienda — de vuelta a casa. Día tras día. En la más absoluta soledad.

Aquel atardecer regresaba del trabajo más tarde de lo habitual, retenida por una reunión de última hora. El ánimo pesado y los pensamientos confusos. Caminaba por la acera, abrazándose al abrigo, preguntándose: «¿Para qué todo esto? ¿Qué me queda por esperar si mi corazón está vacío?» Lidia entró en el portal, llegó a su puerta y, de repente, se detuvo, conteniendo la respiración.

En el felpudo bajo la puerta había un diminuto gatito gris. Estaba pulcro, a rayas, y la miraba con ojos llenos de sorpresa. Al verla, se levantó, tambaleándose un poco, y soltó un suave maullido. Con manos temblorosas, Lidia lo alzó del suelo y lo acunó contra su pecho.

—¿De dónde vienes, pequeño? ¿Quién te dejó aquí? —susurró, conteniendo las lágrimas.

En casa aún quedaba un paquetito de comida para gatos, de cuando Rufo aún estaba. También el cuenco, la mantita e incluso su juguete favorito, un lazo de tela. El gatito comió con ganas, luego se enrolló en el sillón y comenzó a ronronear. Lidia lo miraba, como si temiera espantar el milagro.

Pero entonces, bajo sus dedos, sintió un delgado collar con un cascabel. No sonaba, quizá estuviera roto. No tenía inscripción. Alguien estaría buscándolo. Suspiró. El corazón le dolía: apenas había dejado entrar la alegría, y ya tenía que soltarla.

Escribió carteles y los pegó por el barrio. Y al salir del portal, casi se chocó con un hombre que estaba colgando uno que decía: «Se perdió un gatito». Resultó que acababa de mudarse al edificio de al lado. Se llamaba Javier. Por un descuido, había dejado la ventana abierta, y el pequeño había escapado.

—Venga, está conmigo —dijo Lidia.

El gatito se alegró al verlo, saltando en los brazos de Javier.

—No sé cómo agradecérselo —balbuceó el hombre, emocionado—. Si quiere, pase a visitarnos. Canelo estará encantado.

Dos días después volvieron a verse. Lidia fue a su casa. Tomaron té mientras hablaban de sus vidas, compartiendo historias. Javier confesó que acababa de divorciarse, que no tenía hijos, y que ahora Canelo era todo para él. Lidia le habló de su madre, de Rufo. Hablaron largo y tendido, con calma y confianza, como si se conocieran de toda la vida.

Canelo se acomodó majestuosamente en su regazo. Javier la miraba con cariño. Y ella, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía sola, sino necesitada.

Así comenzó su relación. Pronto se convirtió en algo más. Paseos, películas, charlas… La vida volvió a tener sentido. Y quién lo diría: todo empezó con un pequeñín peludo en el felpudo de su puerta.

Lo más importante es creer que la felicidad puede llegar. Y llega. A veces en silencio, sin hacer ruido. Otras, maullando y acurrucándose en tu corazón.

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