Cuando hay secretos que desvelar

**Cuando hay algo que esconder**

Alejandro aparcó junto al viejo edificio de cinco plantas y estacionó de modo que la matrícula no llamara la atención. Miró con desdén los balcones descascarillados y las ventanas ciegas, sin cristales. Los modernos ventanales parecían parches nuevos en ropa vieja. En fin, el edificio era como un vagabundo: vestido con lo que encontró en la basura.

Perdido entre árboles raquíticos y otras construcciones más modernas, aquel bloque sobreviviente de épocas pasadas agonizaba, igual que sus habitantes.

A Alejandro le provocaba una tristeza que le dolía hasta los huesos. En un lugar así había pasado su infancia, soñando con escapar. Y no solo soñó: estudió, eligió la carrera correcta, se especializó en economía. Porque sin esos conocimientos, el éxito empresarial era imposible.

Cuando lo consiguió todo, llevó a sus padres a un barrio mejor. Les compró una casita modesta pero moderna, con setos recortados y flores en el jardín. Su madre, incapaz de estar sin hacer nada, cultivaba verduras atrás.

Las mujeres no lo querían solo por su dinero. Era atractivo, generoso, sabía cortejar. Casi se casa un par de veces con bellezas esculpidas por cirujanos plásticos. Pero al imaginarlas frente a su madre, sencilla y tímida, desistió.

Lucía lo conquistó con su belleza natural y su sonrisa amable. Se enamoró. A las pocas semanas, la presentó a sus padres. Su madre la miró, asintió casi imperceptiblemente y sonrió.

¿Quién podría resistirse a esa mezcla de humildad y serenidad? Acostumbrada a vivir con poco, Lucía era discreta y poco exigente. Su padre había muerto, y su madre, de cáncer fulminante. Alejandro la cubrió de mimos. Incluso un año después de casados, seguía sonrojándose al verla, como un adolescente.

Hasta que su socio y amigo le dijo que había visto a Lucía en ese barrio olvidado, cerca del edificio ruinoso. ¿Qué hacía ella allí? No tenía ningún motivo.

—¿Y tú qué hacías por ahí? —preguntó Alejandro.

—Iba esquivando el tráfico, me perdí y di con el lugar.

«¿Me engaña? ¿Lucía? ¡Imposible!». Pero un escalofrío le recorrió la espalda, y los puños se le cerraron solos.

—Quizá me equivoqué —se retractó su amigo al ver su reacción—. Es guapa, pero hay muchas así. Lo siento.

En casa, Lucía sonreía, acariciaba su hombro, se mostraba cariñosa. Si hubiera estado con otro, ¿no evitaría el contacto? Pero ella se acercaba más, se entregaba confiada.

Algo no cuadraba. O era una gran actriz, o su amigo se equivocaba.

La duda lo corroía. Decidió seguirla. Al mediodía, la hora en que su amigo la vio, Alejandro se apostó frente al edificio. Encendió la radio para distraerse.

Justo cuando iba a irse, apareció Lucía. Entró con llave al portal, miró alrededor y desapareció dentro.

«Tiene llave. Interesante». El corazón le latía como si persiguiera una presa. Intentó seguirla, pero ¿cómo? No tenía llave. Esperó, impaciente, golpeando el volante al ritmo de una canción de Alejandro Sanz.

Cuarenta minutos después, llegó un taxi. Lucía salió y se fue.

Alejandro volvió a la oficina, incapaz de concentrarse. Esa noche, bebió coñac en casa, algo que nunca hacía tan temprano. «Lucía, Lucía… ¿Por qué? ¿Qué te faltaba?». Paseaba como un oso enjaulado.

La puerta se abrió. Oyó las llaves al caer en la mesa.

—¿Por qué estás a oscuras? —preguntó Lucía—. ¿Estás bebiendo? ¿Qué pasa?

Él notó cómo sus ojos se abrían, el destello de… ¿miedo?

—Todo bien. ¿Y tú no tienes nada que contarme? —gruñó.

—No entiendo. ¿De qué?

«Unos ojos así no los finge cualquiera. Bravo, cariño».

—¿Dónde estabas al mediodía? —preguntó, tentado por la botella.

—¿Fuiste a mi trabajo? No me avisaron… —respondió ella, titubeando.

La vio desinflarse, los hombros caídos, el rostro pálido.

«¿Te pillé? Adelante, dime a quién visitas. No será un amante decente, en ese edificio solo hay desgraciados».

—No me mientas —dijo en voz alta.

—Quería decírtelo antes… —Lucía se dejó caer en el sofá.

Alejandro observó su espalda encorvada. «¿Jugando a la víctima? No caeré».

—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó frío—. ¿Cuánto llevas mintiéndome?

—Yo… Quería decírtelo desde el principio, pero no pude. Y luego…

«Sigue, no pares». Él sirvió otro trago.

—No bebas más. Mañana te dolerá la cabeza —rogó Lucía.

—Ya me duele. Preocúpate por la tuya —espetó él, bebiendo.

El miedo volvió a sus ojos. Ella apartó la mirada.

«No, así no. Quiero verte la cara, cariño».

Dejó el vaso, giró el sofá hacia la barra, haciéndola tambalearse. Lucía gritó, casi cayéndose. Él regresó como si nada. El corazón le golpeaba el pecho. «No más alcohol. Perderé el control».

—Tenía miedo. Si supieras la verdad, quizá me echarías. Por eso callé —susurró ella, aferrándose al sofá.

—¿Así que me engañabas todo este tiempo? Vaya tonto he sido… —Alejandro soltó una risa ebria—. «En casa del herrero…».

—Por favor, no bebas más —repitió Lucía.

—Habla ya. Estoy esperando. —Se balanceó en la silla.

—Voy a ver a mi padre. Vive ahí, no un amante.

—¿Ah, tu padre? Eso cambia las cosas. —Se inclinó peligrosamente—. Pero ¿no habías dicho que estaba muerto? ¿O me confundí?

—Lo dije. Me daba vergüenza. Creí que había muerto. Hasta que una antigua vecina me llamó. Él bebía mucho, mi madre lo echó. Ella lo buscó, pero… luego enfermó y falleció. —Lucía apretó las manos entre las rodillas—. Después de casarnos, me avisaron. Lo atropelló un coche, quedó malherido. Le pagué a esa mujer para que lo cuidara.

Alejandro apartó la mirada.

Recordaba esa noche. Invierno, nieve, viento. Conduciendo por callejuelas para evitar el tráfico. Algo oscuro cruzó. El coche golpeó un bulto. Al salir, olió a alcohol y suciedad. El hombre parecía haberse lanzado. Llamó a una ambulancia y se fue.

¿Cómo iba a saber que era el padre de Lucía?

Se acercó al sofá y tomó sus manos.

—Perdón. —Las apretó entre las suyas—. ¿En qué más podemos ayudarle? ¿Necesita una operación?

Lucía lo miró sorprendida.

—Tiene el hígado destrozado. Los médicos dicen que no sobreviviría. —Bajó la cabeza.

—Tenemos el anexo vacío. Tráelo aquí. Contrataremos una cuidadora. ¿Quieres que esa mujer venga también? —No podía creer lo que decía.

—¿No estás enfadado?

—No. Es tu padre.

—¡AleY cuando el niño nació con los ojos claros de su abuelo, Alejandro supo que, tarde o temprano, la verdad saldría a la luz.

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