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09
VETERINARIO: Cuidando a Nuestros Amigos de Cuatro Patas
Cuando me piden cuidar al gato, a ver si con los años no se le ha ido la cabeza, primero no miro al felino
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030
Lo más importante La fiebre de Lera subió de golpe: el termómetro marcó 40,5 y enseguida comenzaron las convulsiones. Su cuerpo se arqueaba con tal violencia que Irene se quedó paralizada un instante, incapaz de creer lo que veía, y luego corrió hacia su hija, conteniendo el temblor. Lera se atragantaba con espuma, la respiración se desacompasaba como si la asfixiaran desde dentro. Irene intentó abrirle la boca—los dedos resbalaban, no respondían, pero al final lo logró. La niña de pronto se derrumbó, cayó inconsciente. Cinco o diez minutos—nadie podría decir cuántos; el tiempo fluía no en segundos, sino al ritmo de los latidos de Irene, resonando en sus sienes. Ella vigilaba que la lengua no bloquease la garganta y sostenía la cabeza de Lera cuando las convulsiones sacudían peor que una descarga eléctrica. Irene no percibía nada, sólo una obsesión: Lera tiene que volver a respirar. Lera tiene que regresar. Gritaba—al pasillo, a las paredes, al vacío y al cielo. Gritaba el nombre de su hija al teléfono de emergencias 112 con tal desesperación que parecía que aquel grito era lo único que la mantenía viva. Cuando llamó a Marcos, Irene, entre sollozos, sólo consiguió balbucear: —Lera… Lera casi se nos muere… Pero a través del teléfono, Marcos entendió otra cosa—sólo captó una palabra, corta, devastadora: muerta. Se llevó la mano al pecho, sintiendo una punzada aguda, como si le hubieran clavado un cuchillo ardiente. Las piernas le fallaron y se dejó caer despacio, casi sin hacer ruido, al suelo, como si en su interior se hubiera vaciado todo—fuerzas, esperanza, futuro… Intentaron levantarle, sostenerle de los codos, pero su cuerpo no respondía. Alguien le acercó gotas, otro un vaso de agua, alguien le dio unas palmaditas en la espalda—todos murmuraban palabras reconfortantes, pero todo chocaba contra su desesperación, igual que las olas contra un dique. Marcos era incapaz de recomponerse. Los dedos le temblaban, el vaso castañeaba contra sus dientes, y de su garganta sólo brotaban retazos incomprensibles: —Mu…mu…muerta… Le… Le…ra… mu… muerta… Los labios se le pusieron blancos, la respiración irregular, las manos ajenas. El jefe, Don Víctor, sin perder ni un segundo, le sujetó por debajo de los brazos y casi le arrastró a su enorme todoterreno. La puerta se cerró de golpe y todo resonó en el interior. —¿A dónde? ¿A dónde vamos?—gritaba, intentando que Marcos reaccionase. Él se sentaba como un ciego, con los ojos muy abiertos sin comprender. Tardó en responder; parecía atascado entre el mundo real y la pesadilla. —Al hospital… infantil municipal…—consiguió decir, cada palabra un puñal, una lucha contra el miedo y la garganta desgarrada por la angustia. El hospital estaba lejos—demasiado lejos para quien acaba de escuchar la peor palabra del mundo. Don Víctor pisó el acelerador; el todoterreno cambiaba de carril sin sentido y los semáforos se volvían manchas de color. ¡Rojo, verde—qué más daba ya! En un cruce, un coche negro les salió de repente; sólo unos centímetros les separaron del impacto. Don Víctor giró en seco, el coche derrapó, los neumáticos chirriaron y saltaron chispas bajo los frenos. El otro coche desapareció, dejando sólo olor a goma quemada y la sensación de que la muerte había pasado demasiado cerca, rozándolos. Marcos no se dio cuenta. Lloraba sin parar, encorvado, mordiéndose el puño para no derrumbarse de dolor. Y entonces… un fogonazo. Como si alguien encendiera un proyector de recuerdos: Lera, con tres años, enferma de anginas, el termómetro marcando cifras de miedo. La ambulancia le pone una inyección, recomiendan supositorios. La pequeña Lera, en pijama de conejitos, empapada en sudor y con lágrimas. Irene lleva media hora tratando de convencerla. Lera solloza, se frota los ojos y por fin se rinde: —Vale, ponla… pero que no la enciendas, ¿eh? Entonces, Marcos casi se cae de la risa: hacía unos días habían ido a la iglesia y la niña recordaba que allí se encienden velas. Don Víctor salió a la avenida—larga, fría y repleta de luces nocturnas. La memoria volvió a golpearle: Semanas después, Lera trepando al armario. Una pequeña mona—ágil y traviesa. Casi llega al techo, chillando de orgullo, hasta que el armario se inclina y cae con estrépito. Irene grita, Marcos corre, pero llega tarde. El golpe estremece toda la casa. Lera sobrevivió: moratones, lágrimas, susto y una enorme tableta de chocolate para consolarla. Al ver el chocolate, la niña se calma de repente, como si alguien accionara un interruptor invisible. Se limpia la nariz y pregunta: —¿Puedo tomar dos mejor? Para ella, el chocolate era su botón de emergencia de la felicidad. Marcos pensó entonces que si en los hospitales repartieran chocolate, la humanidad ya habría descubierto la inmortalidad. Después… La calma en casa, la lámpara suave por la tarde. Irene dice: —Mañana vamos a la iglesia. Pondremos una vela por la salud. Lera, seria como nunca, pregunta: —¿Pero… en el culo? Irene se tapa la cara… y Lera los mira como diciendo: “¿Y ahora, de qué os reís?”. En el coche, la frase vuelve a golpearle en el corazón. Porque era en esas tonterías donde residía toda la vida. La vida de ella. El jefe consiguió llevar por fin a Marcos al hospital. Aparcó a trompicones, como temiendo perder un segundo más. —Está viva, Lera está viva,—fue lo primero que escuchó Marcos—la llevaron corriendo a cuidados intensivos; los médicos llevan horas sin decir nada. Dejaron pasar a Irene. A Marcos sólo le quedaba esperar y rezar… ——- Era la una de la madrugada—hora en la que el mundo parece pararse, tornarse infinitamente solitario. Marcos levantó la mirada buscando con los ojos la ventana de la segunda planta donde su niña luchaba por su vida. En la ventana, como en una película de terror, apareció Irene. Impasible, brazos pegados al cuerpo, la mirada perdida a través del cristal, fija en él. Ni gestos, ni suspiros, ni ganas de contestar el teléfono. Él agitó la mano, como si pudiera espantar así el miedo que los envolvía. Llamó: ella no contestó. Solo miraba, como la sombra del amor, que teme desaparecer si se mueve. Entonces sonó su móvil. Breve y agudo. Le dijeron: —Pase dentro. Y colgaron. El pánico le envolvió tanto que el aire se volvió espeso. Intentó levantarse, pero las piernas no respondían. El cuerpo se negaba moverle—como si el suelo quisiera retenerlo, no dejarle entrar… para que no oyera lo más temido. Sabía que debía ir, pero estaba paralizado por el miedo. En ese momento, apareció una enfermera. Joven, agotada, con unos zuecos blandos muy gastados. Se acercó. Marcos miró y se le derrumbó el mundo. Ya está. Fin. Ahora lo dirá. La enfermera se inclinó y le habló con la solemnidad del que dicta una sentencia—pero esta vez luminosa: —Va a vivir. Ya ha pasado el peligro. Y el mundo titubeó. Los labios temblaron, se tornaron ajenos, como de otro. Quiso hablar, aunque sólo fuera decir “gracias”, aunque fuera un “Dios mío”, aunque sólo fuera respirar, pero sólo le temblaban las comisuras, las manos y unas lágrimas calientes y vivas le surcaban la cara. —– Tras esa noche, para Marcos casi nada volvió a tener importancia. Ya no temía perder el trabajo. Ni hacer el ridículo, ni mostrarse torpe. Lo único que de verdad le sostenía era el recuerdo de esa noche. Saber que el mundo puede acabarse en un segundo. Saber lo fácil que es perder a quien te hace mover montañas… Todo lo demás perdió peso. Como si una fina línea de miedo separara el mundo de Antes y el de Después. Todos los demás temores se diluyeron, ahogados por el silencio después del auténtico susto.
Lo más importante La fiebre de Lucía se disparó en cuestión de minutos. El termómetro llegó a 40.
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038
— ¡Otra vez está relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro de en medio! Nuria contemplaba con fastidio a Teo, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió acabar con un chucho tan desastre? Se lo pensaron tanto, mirando razas, consultando con adiestradores. Comprendían la responsabilidad. Al final, decidieron traer un pastor alemán, para tener un amigo fiel, un buen guardián y un defensor del hogar. Como un champú de esos: todo en uno. Solo que a este supuesto protector había que salvarlo hasta de los gatos… — Que es muy cachorro aún, espera a que crezca y verás. — Ya. Estoy deseando ver cuándo ese caballo termina de crecer. ¿Has notado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, burro, que vas a despertar a la niña! — rezongaba Nuria mientras recogía los zapatos desperdigados por Teo. Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo de un señor edificio antiguo, con ventanas bajas, casi pegadas al asfalto. Era buen sitio, si no fuera por una pega: las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches se movían sombras, se reunían algunos para beber y, a veces, había broncas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién llegada Lucía. Maxi se iba temprano a trabajar al Museo del Prado y, en su tiempo libre, recorría el Rastro y las tiendas de libros de viejo. Su ojo de historiador del arte –el mejor, decía Nuria bromeando– encontraba tesoros insospechados: cuadros, libros raros, cacharros antiguos. Maxi era un apasionado coleccionista. Sin darse cuenta, habían llenado el piso de pinturas, porcelanas españolas de los años sesenta, figuritas de realismo social y cubertería de plata. A Nuria le inquietaba quedarse sola tantas horas con ese tesoro y una niña pequeña, y los robos no eran raros en la finca. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Teo a pasear, ahora o después de comer? — No sé. ¡Y la verdad es que no es asunto mío de perros! Teo, al oír el ansiado “pasear”, salió disparado al recibidor, casi derrapando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Un caballo, no un perro. Quiere a todos, saluda a todo el mundo, les lleva la pelota, menos a los invitados: por ahí no pasan. Un alma abierta, muy campechano, aunque lo trajeron para guarda… ¡y resulta que ni persigue a los gatos del patio! Va hacia ellos feliz, pelota en boca, pensando que va a jugar, y claro, lleva dos hostias en el morro. Los gatos del patio sí son duros, a esos habría que haberlos traído de guardianes… Mañana otra vez sola en casa. El marido se va a Aranjuez a la Feria de los Pintores, ¿y ella? ¿Guardar la porcelana y pasear con el orejudo? Por si no hubiese bastante… Al amanecer, Maxi se levantó en silencio para no despertar a su mujer. ¿Pero cómo? Nuria escuchó cómo silbaba la tetera, el tintineo de la correa, las susurrantes órdenes a Teo para que no gimoteara ni pisara fuerte. Con esos ruidos de fondo, se quedó dormida, y cuando Lucía la despertó, Maxi ya no estaba. La jornada comenzó como siempre. Una mañana tranquila, normal. ¿Acaso no es eso ser feliz? Las amigas decían: “Nuria, te has casado muy joven, tirando entre esposo y niña, metida todo el día en casa, atrapada por la rutina…” Pero, ¿no tiene la vida cotidiana su encanto? Puede que no todo saliese como soñaba: fastidiaba la falta de espacio, el dinero justo y, sobre todo, esa pasión de Maxi por coleccionar, que devoraba tantos ahorros… Ahora, el amigo de cuatro patas lo había traído él, pero quien tenía que bregar con él era Nuria. Pero sabía que a los que uno quiere hay que quererlos enteros, con sus virtudes y defectos. Nadie promete la perfección. Cuando comprendió esa simple verdad, se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de llorar por lo que faltaba. Sentada en la habitación de la niña, daba el pecho a Lucía, que siempre se dormía mamando y tocaba esperar a que despertara para seguir. Sonó el timbre, pero Nuria no acudió. No esperaba a nadie y, sin aviso, nadie cruza Madrid para visitarla. Eran sus preciadas horas matutinas, cómo las disfrutaba. En casa solo sonaba el tictac del reloj antiguo y, por la ventana, el rumor de la ciudad: el trolebús, los coches, la escoba del barrendero, voces infantiles… ¿Y el orejudo? ¿Hace rato que no aparece? Claro que de orejudo nada, las tiene bien tiesas, solo que de carácter era un poco zoquete. Ahora a vivir con él, a darle de comer, sacarle, y para nada. ¿No habría acertado más con un bichón? Nuria se quedó embobada mirando a Lucía, que tras mamar se había soltado del pecho como una sanguijuela saciada. ¡Qué niña les había salido! Mi tesoro, susurraba, acostándola. Crece, hija… ¿qué más necesitamos? En ese momento, un ruido extraño le llegó desde el salón. Como un crujido, como un chasquido. Se quedó quieta. El ruido se repitió. Sin respirar, se descalzó y fue resbalando en silencio al salón. Lo primero que le inquietó fue la espalda de Teo. Estaba como escondido tras la cortina que separaba la entrada del salón. Agazapado sobre las cuatro patas, en postura tensa, con la lengua fuera, observaba el fondo de la habitación. Nuria siguió la dirección de la mirada y se le heló la sangre: en la ventana, o más bien en la ventanilla, asomaba medio hombre. Una cabeza rapada y patibularia, brazos y hombros dentro del cuarto, y el tipo forcejeando para empujar su cuerpo flaco hacia el interior. Nuria no podía creerlo. ¡Eso no le estaba pasando a ella! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El tipo casi dentro! Un segundo, y… Un alarido la sobresaltó. Una sombra negra saltó hacia la ventana y solo entonces comprendió que era Teo. De un salto subió al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. —¡Aaaay!— chilló el hombre con voz ronca, desorbitado, a punto de caérsele los ojos. Nuria corrió al descansillo a pedir ayuda a los vecinos, y a partir de ahí, el miedo pasó. Acudió todo el mundo, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque poco podían hacer: su compañía era lo mejor. ¿Qué habría hecho ella sola? Al volver a mirar al intruso, temió que Teo acabara por morderle de verdad en la garganta. ¡Solo faltaba eso! Pero Teo, tan listo, le había mordido por el cuello de la camisa, sujetándole fuerte pero sin hacerle sangre. Solo apretaba si el hombre forcejeaba, en cuanto se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? Ese tontorrón de la pelota actuaba como un profesional. Oyó el ruido, fue a mirar y ni ladró. ¿Por qué? Lo natural sería ladrar. Pero prefirió esconderse y esperar. Dejó que el ladrón entrara justo hasta atascarse, así no podría escapar y entonces saltó encima y le sujetó como un experto: sin herir, sin ahogar. Lo suyo era detener, lo demás, que lo resolviera la justicia. Ni los policías más veteranos recordaban ver a un ladrón tan feliz de dejarse detener. El tipo lo había pasado tan mal con Teo que se rindió enseguida, pero el perro se resistía a dejar su trofeo. Tan metido estaba en su papel y tan orgulloso estaba, que hubo que convencerle hasta que llegó el entrenador de la policía. Dio una orden y Teo soltó inmediatamente. Escupido el ladrón, el perro se sentó ante la ventana y miró al agente como diciendo: “A sus órdenes, señor”. Solo le faltó hacer el saludo. — Qué suerte tienes con este perro, —dijo el agente, dándole unas palmaditas—. Uno así nos vendría bien en la patrulla… Esa noche Maxi llegó muy tarde. Abrió la puerta con sigilo y se quedó pasmado en el umbral. Y tenía motivos. Primero: Teo estaba tumbado en el sofá, absolutamente prohibido. Segundo: estirado de espaldas, pata arriba, en la postura más desvergonzada y relajada, mientras Nuria le rascaba la barriga y lo mimaba, casi dándole besos, diciendo: “¡Ay, mi alegría, polluelito, caballito mío! Crece y disfruta, que nos das a papá y a mamá muchas alegrías. ¡Qué mala fui contigo, no te lo merecías, no te enfades conmigo!” Esta historia me la contó un día en Aranjuez el verdadero protagonista: Maxi, el historiador del arte. Teo lo habría contado aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón a la policía. De esto hace ya años, pero la historia sigue viva, siento a Teo rascar la puerta pidiendo salir, así que he querido compartirla con vosotros…
¡Otra vez se está lamiendo! ¡Javier, quita al perro! Lucía miraba, frustrada, a Trufo, que saltaba a
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La ingenua esposa de provincia, la tarjeta usada para el gran banquete y el día en que dejé de fingir: veinte años de silencios, una traición y la libertad encontrada en un restaurante de Madrid
La tarjeta me la pidió Pablo un miércoles, mientras desayunábamos. La voz la tenía seria, de esas que
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033
El Renacer de una Nueva Vida
El regreso a la vida Carmen no había visitado el piso de su hijo durante mucho tiempo. No quería.
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028
No tuve paciencia suficiente — Voy a pedir el divorcio —dijo Vera con calma, entregando a su marido una taza de té—. Mejor dicho, ya lo he pedido. Lo dijo con tal naturalidad que parecía estar hablando de algo cotidiano, como: “esta noche hay pollo con verduras”. — ¿Se puede saber desde cuándo…? Bueno, dejémoslo, no delante de los niños —Arturo, al ver las dos caritas preocupadas, bajó la voz y se mostró más tranquilo—. ¿En qué te he fallado? Y eso sin mencionar que los niños necesitan un padre. — ¿Crees que no les puedo encontrar otro? —contestó Vera con un ojo en blanco y una sonrisa sardónica—. ¿En qué me has fallado? ¡En todo! Yo esperaba que la vida contigo fuera como un lago en calma, y en cambio ha sido un río desbordado. — Bueno, chicos, ¿habéis terminado de comer? —Arturo no quería seguir la conversación delante de sus hijos—. A jugar. Y ni se os ocurra escuchar —les gritó mientras se marchaban, conociendo el carácter inquieto de sus hijos—. Ahora sí podemos seguir. Vera frunció los labios, molesta. ¡Hasta ahora insiste en mandar! Se las da de padre del año… — Estoy cansada de vivir así. No quiero pasarme ocho horas diarias trabajando, sonriéndole a los compañeros, complaciendo a clientes… Quiero dormir hasta tarde, ir de compras a tiendas caras, disfrutar de los mejores salones de belleza. Y tú no puedes darme eso. Así que basta. Te he dado los mejores diez años de mi vida… — ¿Podrías ahorrarte esas palabras tan grandilocuentes? —la cortó en seco Arturo, todavía su marido—. ¿No fuiste tú quien hace diez años puso todo su empeño en casarse conmigo? Yo ni siquiera tenía muchas ganas de casarme. — Me equivoqué, ¿a quién no le pasa? El divorcio fue rápido y discreto. Aunque le costó, Arturo accedió a dejar a los niños con la madre, con la condición de que pasaran los fines de semana y las vacaciones con él. Vera aceptó sin problemas. Medio año después, Arturo presentó a sus hijos a su nueva esposa. La simpática y vitalista Lucía conquistó el corazón de los niños y estos esperaban los fines de semana con ansias, algo que enfurecía muchísimo a su madre. Peor aún fue cuando Arturo heredó la fortuna de un tío lejano, compró un gran chalet a las afueras y vivía tranquilo y feliz. Eso sí, no dejó su trabajo y pagaba solo una pensión modesta, prefiriendo vestir él mismo a los niños y abastecerlos de todo tipo de gadgets. ¡Y encima controlaba cada euro de la pensión! ¿Y por qué no aguantó, aunque fuera medio año más? ¡Si Vera hubiera sabido que su vida iba a cambiar así… Ahora todo sería diferente! Aunque, ¿quizá aún no estaba todo perdido? ************************* — ¿Tomamos un té? Como en los viejos tiempos —sonrió coqueta, enroscándose en el dedo un mechón de cabello. El vestido corto resaltaba sus encantos, el maquillaje la rejuvenecía… Había invertido mucho para estar irresistible. — No tengo tiempo —le respondió Arturo con una mirada vacía—. ¿Están listos los niños? — No encuentran algo, tardarán unos diez minutos más, los conozco —dijo ella con deje de decepción, pero sin rendirse—. ¿Por qué no celebramos juntos la Nochevieja? Nicolás y Jorge han estado decorando el árbol toda la tarde. — Ya acordamos en el juzgado que las vacaciones serán mías. Vamos a una aldea preciosa, con mucha nieve, esquí y snowboard. Lucía ha organizado todo. — Pero es una fiesta familiar… — Y la celebraremos en familia. Si tienes algún problema, puede que te quite también la custodia. Apenas cerró la puerta detrás de su exmarido y los niños felices, Vera, enfurecida, destrozó la vajilla de boda. Lucía… otra vez esa Lucía. ¿Por qué siempre metida en todo? Finge estar encantada con los niños, aunque seguro que está contando los días hasta que vuelvan a casa. ¡Si Vera sabe mejor que nadie lo trasto y caprichosos que son! En realidad, eso le daba una idea… Quizá aún no estaba todo perdido. Pronto todos los dineros de Arturo serían solo suyos… ******************** — ¿Y esto? —preguntó Arturo al ver las maletas en la puerta. — ¿Cómo que qué? Las cosas de Nico y Jorge —Vera le pegó una patada leve a la maleta repleta para asegurar su contenido—. He decidido que ya que tú has rehecho tu vida, me toca a mí. Pero tú sabes, no todos los hombres quieren criar hijos ajenos, así que los niños se quedan contigo. Ya lo he comunicado en Asuntos Sociales, solo falta formalizarlo. Eso ya lo arreglas tú. Yo me voy unos días de vacaciones con un nuevo… candidato. Dejó a Arturo con la boca abierta y se marchó despacio hacia el coche que la esperaba. ¿Cuánto aguantaría esa “santa” de Lucía? ¿Una semana? ¿Dos? ¡Seguro que dos! Y cuando Arturo tenga que elegir entre los hijos y su nueva mujer, sin duda elegirá a los niños. Y volverá a ella. Con todo su dinero… Pasaron dos semanas. Un mes. Dos. Y no llamaron para reclamarle a los niños. Y por lo que decían los hijos, Lucía ni les levantó la voz una sola vez. ¿Cómo puede ser? ¿Los dos diablillos se habían vuelto angelitos? ¡Imposible! — ¿Cómo se portan los chicos? ¿Ya estáis hartos de ellos? —Vera no pudo evitar llamarle. — Se portan fenomenal, obedecen, ayudan —la voz de Arturo se suavizó al hablar de sus hijos—. Son unos chicos de oro. — ¿Ah, sí? —dijo Vera, sorprendida—. ¡Conmigo siempre armaban lío! — Porque a los niños hay que dedicarles tiempo —soltó Arturo, desdeñoso—. Tú siempre estabas pegada al móvil. Por cierto, que sepas que nos mudamos. Si quieres, te traigo a los niños en vacaciones. — Pero… ¡también son mis hijos! — Tú misma me diste todos los derechos, —se rió Arturo—. Vaya madre. A Vera solo le quedaba lamentarse. No recuperó al marido (ni su dinero); lo del nuevo novio nunca funcionó, y encima ahora los niños estaban lejos. Aunque, para ser sinceros, tampoco los iba a echar mucho de menos: le había gustado demasiado dedicarse solo a sí misma. ¿Dónde está la justicia? Aguantar diez años… y bajarse del tren justo antes de que empiece la buena vida… Qué injusticia…
No pudo esperar Voy a pedir el divorcio dijo Carolina con absoluta calma, mientras le acercaba a su marido
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0101
Le propuse a mi madre que viviera con nosotros un mes tras el nacimiento del bebé, pero decidió mudarse un año y traer a mi padre
Soñé que estaba en mi octavo mes de embarazo y la culpa me devoraba como un animal hambriento.
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014
A la orden del pez mágico…
4 de diciembre Hoy me he despertado con la sensación de que el tiempo se escapa entre los dedos, como
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019
Ruptura Por Defecto —Tranquila, todo irá bien —susurró Vova, procurando que su voz sonase segura. Inspiró hondo, soltó el aire despacio y pulsó el timbre. La noche pintaba complicada. ¿Pero acaso podía ser de otra manera? Conocer a los padres siempre es una prueba… La puerta se abrió casi al instante. En el umbral, de pie, estaba Doña Alejandra Pérez. Lucía impecable: un recogido pulcro en el cabello, un vestido sobrio que realzaba la elegancia y un maquillaje discreto. Su mirada pasó por encima de Clara, se detuvo en la cesta de pastas y tras unos segundos frunció levemente los labios. El gesto fue fugaz, casi imperceptible, pero Clara lo captó. —Pasad —dijo Alejandra Pérez, sin apenas calidez, haciéndose a un lado para dejarles entrar. Vova dio el primer paso, procurando evitar la mirada de su madre, y Clara le siguió, entrando con suma cautela a la casa. El ambiente les recibió con una luz tenue y el perfume sutil del sándalo. Todo era acogedor, pero denotaba una perfección casi forzada. Ningún objeto fuera de su sitio, ni un libro tirado ni una bufanda olvidada. Cada cosa permanecía en su lugar exacto, imposible no notar el grito silencioso de control y orden. Doña Alejandra les condujo al salón: una estancia espaciosa, dominada por un ventanal cubierto con cortinas crema gruesas. En el centro, un sofá robusto de tela cara, junto a una mesa baja de madera oscura. Con un gesto elegante indicó que se sentaran. —¿Queréis té? ¿Café? —preguntó, sin mirar a Clara, con un tono suave pero tan distante que sonaba casi como una rutina vacía, más que como una muestra de hospitalidad. —Un té estaría bien, gracias —respondió Clara, esforzándose porque su tono sonara cordial. Dejó la cestita sobre la mesa, desató con mimo el lazo y levantó ligeramente la tapa. El olor de las pastas recién hechas se esparció al instante—. He traído pastas, las he horneado yo. Si os apetece probar… Alejandra se detuvo un instante a mirar la cesta antes de asentir. —Perfecto —dijo, desapareciendo hacia la cocina—. Ahora traigo el té. Cuando salió, Vova se inclinó hacia Clara y le susurró al oído: —Perdona. Mi madre siempre es así… distante. —No pasa nada —sonrió ella, tomando su mano—. Lo importante es que tú estás conmigo. La espera se hizo en silencio. Clara observó la decoración: todo de calidad, todo en orden, pero extrañamente frío. Parecía la sala de un museo, no el hogar de alguien. Alejandra regresó al poco con una bandeja: delicadas tazas de porcelana, un precioso tetera plateada y un plato donde las pastas se ordenaban en círculo. Sirvió el té y tomó asiento frente a ellos, cruzando las manos sobre las rodillas. —Bueno, Clara —empezó, escudriñando cada detalle de la joven: el peinado, el brillo de la mirada, la manera de coger la taza—, Vova me dijo que estudias Magisterio, ¿verdad? —Sí, voy por tercero —respondió Clara, intentando esconder cómo le temblaban un poco las manos—. Me encanta el contacto con los niños, es importante ayudarles a crecer y descubrir el mundo. —Con niños… —repitió Alejandra, con una ironía apenas perceptible—. Muy bonito, desde luego. Pero ya sabes que los profesores ganan poco. En estos tiempos hay que pensar en el futuro, en la estabilidad. Vova alzó la voz: —Mamá, no empieces con el tema del dinero. Lo importante es que a Clara le apasiona su trabajo. Ya nos apañaremos —añadió, más suave—. Al final lo que cuenta es apoyarnos mutuamente. Alejandra giró la cabeza hacia él, aunque tardó en responder. Dio un sorbo al té. —Amar lo que uno hace está bien —acabó diciendo—, pero en la vida real eso no suele bastar. ¿Sabes ya dónde trabajarás cuando termines la carrera? ¿Tienes plan de futuro? Clara respiró hondo. Sabía que aquellas preguntas no eran mera curiosidad. —Por supuesto. Me gustaría empezar en un colegio, coger experiencia e incluso formarme más, quizá especializarme en necesidades educativas. Es difícil, pero es lo que me motiva. Alejandra asintió en silencio, analizando cada palabra. —No pretendo vivir a costa de Vova —añadió Clara—. Quiero trabajar, crecer y aportar. Para mí lo importante no es tanto ganar, sino hacer algo que me llene. —Interesante postura —asintió Alejandra—. ¿No has pensado en algo más lucrativo? Tienes habilidades de sobra para ventas, marketing… allí se paga mucho mejor. Clara detuvo un gesto de Vova y decidió responder ella misma. —¿A qué te dedicas tú? —preguntó, mirándola a los ojos. Alejandra vaciló una fracción de segundo. —Yo no trabajo fuera de casa —dijo—. Mi marido nos mantiene, me ocupo del hogar y le ayudo en todo lo que puedo. Eso también es trabajo, aunque no esté pagado. —Lo entiendo perfectamente —asintió Clara—. Entonces, ¿por qué esperas que yo sí renuncie a mi vocación sólo por dinero? Yo no le pido a Vova que me mantenga. El silencio se espesó. Alejandra la observaba con renovada atención. —Mi marido quiso que no trabajara, podía permitírselo. Vova… Vova se removió inquieto. Miró a su madre, después a Clara, erguida y serena pero con los ojos llenos de dudas. —Clara, tú lo entiendes… —empezó él, dubitativo—. Mamá sólo quiere que estemos bien, que no suframos por algo que se puede evitar. Clara lo miró, sorprendida por su vacilación—. ¿Entonces piensas como ella? ¿Crees que tengo que despreciar mi trabajo sólo por ganar más? ¿Que tengo que sacrificarme aunque eso me haga infeliz? —No digo eso… pero hay que pensar en el futuro. No podemos vivir siempre al día. Hay que ser realistas. Alejandra dedicó a su hijo una fugaz mirada de aprobación, antes de volver hacia Clara: —¿De verdad crees que mi hijo debe renunciar a todo por ti? Su sueño siempre fue el periodismo, viajar, escribir… No es sólo un empleo, es su vocación. ¿Tú podrías pedirle que lo deje por ti? Vova quiso intervenir, pero Alejandra lo cortó en seco: —Responde, Vova. ¿Renunciarías a tu sueño por esta chica? ¿Dejarías tus viajes, tu trabajo soñado, por mantener a una familia de cualquier manera? Vova se quedó en blanco. Miraba a Clara, dolida y en silencio. Dentro sentía el conflicto: protegerla y apostar por su felicidad o ceder ante el miedo de que quizá su madre tuviera razón. —Yo… no quiero renunciar a mi sueño. Pero tampoco quiero perder a Clara. Creo que podremos lograr un equilibrio: seguir escribiendo, no tan activamente, pero sí… y que ella esté conmigo, y yo con ella. Alejandra bufó, pero no discutió más. Se recostó en su asiento: la discusión estaba zanjada. Clara sonrió, aunque la sonrisa era amarga. —Curioso —se atrevió—. Vova no debe dejar sus sueños, pero yo sí el mío. ¿No tiene lógica, verdad? Vova bajó la vista, intentando no romper la frágil taza entre los dedos. —Quizá habría que… equilibrar—balbuceó. —¿Equilibrar? —rió Alejandra—. Cuando te dedicas a algo de verdad, o te entregas del todo o no sirve. No hay medias tintas. Vova deseó replicar, pero el valor se le atragantó. —Creo que por hoy está bien —sentenció Alejandra, poniéndose en pie con elegancia—. Ya está anocheciendo y este barrio no es seguro. Será mejor que vuelvas a casa, Clara. Vova, tenemos que hablar. Vova protestó tímidamente: —Mamá, al menos acompaño a Clara al metro… —Ni lo pienses —zanjó ella—. Me preocuparías más si sales. Vova se rindió, hundido en el sofá. —Lo siento, Clara. Es mejor que no vaya. Por favor, coge un taxi. Clara asintió sin discutir, dejando la taza sobre la mesa, recogiendo el bolso. Se irguió con la mejor dignidad que pudo. —Gracias por el té —dijo, y en su tono la amabilidad era sólo un formalismo. —Adiós —contestó Alejandra, sin mirar. Clara caminó tranquila hacia la salida. En el umbral miró atrás: Vova seguía hundido, la mirada baja. No hizo nada. Ese silencio selló lo que llevaba días temiendo. Salió a la noche y respiró hondo. El aire fresco alivió la tensión, aunque no el dolor. Vova, comprendió, no la defendería frente a su madre, por muy difícil que fuera. Mientras se alejaba, primero despacio, luego acelerando sin querer, las ideas la golpeaban: “No me protege. No respeta mi decisión. Prefiere agradar a su madre antes que apoyarme”. Aprieta los puños en los bolsillos, conteniendo el llanto. Al llegar a casa, apaga la luz de entrada y se deja caer en el recibidor. El silencio la arrulla. Por fin puede dejar de fingir y respirar de verdad. Poco a poco, la tormenta amaina. No es el fin del mundo, se dice. Es sólo el final de algo que quizás debía terminar así. Mañana será otro día. ******************* Al día siguiente, Clara ignora las llamadas de Vova. Necesita tiempo para aclararse. Sabe que, aunque siguieran juntos, siempre estarían la madre y la duda entre ellos. Pasan los días. Clara va a la facultad, cumple con sus responsabilidades, queda con sus amigas, pero en modo automático. No quiere pensar en Vova, pero no lo consigue del todo. El último encuentro, su silencio, pesan. Un día, al volver a casa, ve a Vova esperándola. Se acerca titubeante. —Tenemos que hablar —dice, sin apenas mirarla—. Mi madre cree que no eres para mí. Clara levanta las cejas. El corazón se le encoge, pero su voz es serena. —¿Y tú qué crees? Vova titubea. —Es mi madre… No quiero hacerle daño. No hay convicción en sus palabras. Clara lo mira un instante y comprende. —¿Estás de acuerdo con ella? —No es eso —se apresura, levantando por fin la mirada—. Es mi familia. No puedo darles la espalda. Clara guarda silencio. Se pregunta: ¿Y si esto nunca cambia? ¿Si cada decisión depende siempre de su madre? —¿Quieres estar conmigo? —pregunta entonces, directa. Vova no responde. Suspira y baja los hombros. Clara asiente, resignada. Se da la vuelta y sube a casa. Él se queda allí, con una sensación amarga. Esa noche, Clara sale a pasear. El aire de otoño lo llena todo de promesas. Se permite sonreír sin peso, y comprende que, aunque el futuro traiga retos, ya no necesita convencer a nadie ni pedir permiso para ser quien es. Ahora es libre. Y eso, en ese instante, es lo único que importa.
Ruptura por defecto Todo irá bien susurró suavemente Iván, procurando que su voz sonase segura.
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Vecinos Extraños en el Piso 222 de la Calle de los Poetas: La Singular Pareja Que Revoluciona la Vida Cotidiana en el Edificio y Despierta las Conversaciones de las Familias Españolas con Sus Peculiares Juegos y Gestos de Amor Maduro
VECINOS EXTRAÑOS Al piso 222, del edificio 8, situado en la calle Machado, llegaron unos nuevos vecinos.
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