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050
El vestido ajeno En nuestra calle, justo tres casas más allá del ambulatorio, vivía entonces una mujer llamada Esperanza. Su apellido, sencillo – Beltrán. Era una mujer discreta, callada, tan silenciosa como la sombra de un abedul al mediodía. Esperanza trabajaba en la biblioteca del pueblo. Durante meses no les pagaban el salario, y cuando lo hacían, perdón por la expresión, les daban galochas, vino peleón, o arroz con gorgojos. Esperanza no tenía marido. Cuando se fue a trabajar a Bilbao buscando fortuna, su hija aún lloraba en la cuna; desde entonces, nunca más se supo de él. Si había rehecho su vida, si se perdió por los montes… nadie sabía nada. Así que Esperanza criaba sola a su hija, Luz. Se dejaba la piel por ella, cosía hasta altas horas de la noche con la máquina de coser. Era una artista entre nosotras: lo importante era que a Luz no le faltaran pantys ni lazos tan bonitos como los de las demás. Y Luz crecía… ¡ay, la chiquilla, un torbellino! Guapísima, ojos azul añil, trenza de trigo, cuerpo delicado. Pero orgullo tenía para dar y regalar. Le avergonzaba su pobreza. Le dolía. Es joven, quiere florecer, ir a fiestas, y lleva las botas de plástico remendadas por tercer año seguido. Finalmente, llegó aquella primavera. El último curso. Ese momento en que los corazones de las muchachas laten fuerte y sueñan. Un día, vino Esperanza a verme para tomarse la tensión. Era principios de mayo, y el espino apenas empezaba a perfumar el aire. Sentada en el diván, flaquita, con los hombros duros bajo la blusa lavada. —Valentín—me dijo bajito, entrelazando las manos nerviosas—Estoy en un apuro. Luz no quiere ir a la graduación. Se pone hecha una furia. —¿Por qué?—le pregunté, apretando la muñeca delgada con el manguito. —Dice que no quiere ir a pasar vergüenza. A la hija de la alcaldesa, a Elena, le han traído un vestido de Madrid, extranjero, pomposo. Pero yo…—suspiró tan hondo que casi me duelen los huesos—No tengo ni para tela, Valentín, acabamos el poco ahorro en invierno. —¿Y qué piensas hacer?—le pregunté. —Ya lo tengo—y de repente sus ojos brillaron, volvieron a la vida—¿Recuerdas las cortinas de mi madre que quedaron guardadas en el arcón? El raso es grueso, bueno. El color… precioso. Le quitaré el encaje viejo del cuello, bordaré con abalorios. No será sólo un vestido, ¡será una obra de arte! No dije nada, aunque conocía el carácter de Luz. No quería una obra de arte: quería algo caro, con etiqueta extranjera. Pero guardé silencio. La esperanza de una madre es ciega, pero es sagrada. Todo mayo vi la luz encendida en casa Beltrán hasta bien pasada la medianoche. La vieja máquina de coser retumbaba: tac-tac-tac… Esperanza hacía magia. Dormía apenas tres horas, con los ojos rojos, las manos llenas de pinchazos, pero tan feliz… La desgracia se presentó tres semanas antes de la fiesta. Fui por ungüento para la espalda – Esperanza se quejaba de tanto estar encorvada. Entré a la sala, y… ¡Dios mío! Sobre la mesa no había sólo un vestido, era un sueño. La tela corría fluida con destellos mates, el color noble, rosa grisáceo, como el cielo antes de una tormenta. Cada costura, cada pedrería, cosidas con tanto mimo que el vestido parecía brillar por dentro. —¿Qué te parece?—me preguntó Esperanza, con sonrisa tímida de niña. Las manos temblorosas, todas llenas de tiritas. —Majestuoso—le dije de verdad—Esperanza, tienes manos de oro. ¿Lo ha visto Luz? —No, aún está en el instituto. Es una sorpresa. Entonces, la puerta se cerró de golpe. Entró Luz, furiosa, tiró la mochila en un rincón: —¡Otra vez Elena presumiendo!—gritó—Le han comprado zapatos de charol, ¡merceditas nuevas! ¿Y yo qué? ¿Voy con mis tenis agujereados? Esperanza se acercó, cogió el vestido de la mesa, se lo mostró con mucho cuidado: —Mira, hija… Terminó. Luz se quedó paralizada. Sus ojos se agrandaron, recorrieron el vestido. Pensé que se alegraría. Pero de pronto, explotó. —¿¡Esto qué es!?—fría como el hielo—¡Reconozco esas cortinas de la abuela! Huelen a naftalina desde hace cien años. ¿Me tomas el pelo? —Luz, es raso auténtico, mira qué bien queda…—Esperanza balbuceaba, con la voz rota, acercándose a su hija. —¡Cortinas!—gritó Luz tan fuerte que temblaron los cristales—¿Pretendes que salga al escenario envuelta en una cortina? ¡Que toda la escuela me señale! “La pobre Beltrán disfrazada de cortina.” No me lo pongo, nunca, ¡antes muerta que con esa miseria! Saltó, arrebató el vestido de manos de la madre, lo tiró al suelo y lo pisó con rabia. Justo sobre los abalorios, sobre el esfuerzo de una madre. —¡Te odio! ¡Odio esta pobreza! ¡Odio todo! Todas las madres luchan, se buscan la vida, y tú… ¡Eres una inútil de madre! Quedó un silencio terrible, denso… Esperanza se puso tan pálida como la cal de la chimenea. No gritó, ni lloró. Sólo se inclinó despacio, como una anciana, recogió el vestido y lo apretó contra el pecho. —Valentín—me susurró, sin mirar a Luz—por favor, vete. Tenemos que hablar. Me fui. Tenía el corazón en un puño. Me habría gustado tomar el cinturón y espabilar a esa cría… Al día siguiente, Esperanza desapareció. Luz vino corriendo a mi ambulatorio a mediodía, con el rostro desencajado, sin rastro de soberbia, sólo un miedo animal en los ojos. —Tía Valen… Valentín… Mi madre no está. —¿Cómo que no está? Quizá en el trabajo… —Nada en la biblioteca, todo cerrado. No durmió en casa. Y…—Luz titubeó, el labio tembloroso—Y falta la Virgen. —¿Qué Virgen?—casi me caí de la sorpresa. —San Nicolás. La que estaba en el rincón rojo, antigua, con el marco de plata. La abuela decía que nos salvó de la guerra. Mi madre siempre decía: “Es nuestro último pan, Luz. Para el día más negro.” Se me heló la sangre. Supe lo que Esperanza había hecho. En aquellos años, los anticuarios pagaban fortunas por iconos antiguos, pero te podían robar, engañar, perder en la carretera. Y Esperanza era confiada como una niña. Se fue a Madrid, seguro, a venderlo, para conseguirle a su hija el dichoso vestido “de moda”. —Búscalo como agua en una esparraguera—murmuré—Ay, Luz, ¿qué has hecho…? Tres días vivimos en el infierno. Luz se quedó en mi casa—no se atrevía a dormir sola. Casi no comía, sólo bebía agua. Sentada en el porche, miraba la carretera, esperando. Cualquier ruido de motor le hacía saltar y correr a la verja. Pero siempre eran desconocidos. —Es culpa mía—repetía por las noches, hecha un ovillo. —La he matado con mis palabras, Valentín. Si vuelve… le pediré perdón de rodillas. Sólo que vuelva… Al cuarto día, cerca del atardecer, sonó el teléfono en el ambulatorio. Seco, urgente. Descolgué: —¡Ambulatorio! —¿Valentín?—voz de hombre, cansada, oficial. —Llamamos desde el hospital comarcal. Urgencias. Se me aflojaron las piernas, caí en la silla. —¿Qué ocurre? —Ha ingresado una mujer hace tres noches. Sin documentación. La encontraron en la estación, le dio un ataque al corazón. Apenas ha recuperado el sentido y solo dijo su pueblo y su nombre: Esperanza Beltrán. ¿La conoce? —¡¿Viva?!—grité. —De momento, sí. Pero está muy grave. Vengan urgente. El viaje al hospital fue otra historia. El autobús ya se había marchado. Fui al ayuntamiento a pedir un coche, casi de rodillas. Nos dieron el viejo “Land Rover” con Pedro al volante. Luz no dijo ni una palabra en todo el camino. Apretaba el tirador de la puerta hasta dejar los nudillos blancos, mirando fija al frente. Los labios se movían—rezaba, seguramente. Por primera vez en su vida, rezaba de corazón. El hospital olía a tragedia. A lejía, medicinas y esa quietud especial que sólo se siente donde la vida pelea con la muerte. El médico vino, joven, con los ojos rojos de no dormir. —¿Van a ver a Beltrán? Sólo un minuto. Y nada de lloros, ¡no puede alterarse! Entramos. Los aparatos pitando, tubos transparentes como serpientes. Y allí, nuestra Esperanza… El rostro gris, como ceniza, ojos hundidos, pequeña bajo la sábana del hospital, como una niña. Luz al verla, perdió el aliento. Se arrodilló junto a la cama, escondiendo la cara en la sábana, temblando en silencio. Temía desmoronarse, como había advertido el médico. Esperanza entreabrió los ojos. La mirada aún vaga, confundida. Pero luego, su mano amoratada se posó en la cabeza de Luz. —Luz…—susurró, seca como hoja de otoño—Me encontraste… —Madre—gimió Luz, besando la mano fría—Madre, perdóname… —El dinero…—Esperanza movía el dedo sobre la sábana—Vendí la Virgen, hija… Está en el bolso… Cómprate un vestido… De esos con brillitos… Como tú querías… Luz levantó la cabeza, miró a su madre, las lágrimas cayendo a raudales. —No quiero vestido, mamá. ¿Me oyes? No quiero nada… ¿Por qué, mamá? ¿Por qué? —Para que fueras guapa…—sonrió Esperanza, apenas un esbozo—Para que no fueras menos que nadie… Yo en la puerta, la garganta cerrada, sin respirar. Las miraba y pensaba: esto es el amor de madre. No piensa, no calcula. Lo entrega todo, hasta la última gota de sangre, el último latido del corazón. Aunque el hijo sea un insensato, aunque duela. El doctor nos echó a los cinco minutos. —Ya basta—dijo—No tiene fuerzas. Ya pasó el peligro, pero está muy débil. Tendrá que quedarse. Empezaron días de espera. Casi un mes pasó Esperanza en el hospital. Luz iba a verla todos los días. Por la mañana, instituto y exámenes; por la tarde, como podía, a la ciudad. Llevaba caldos caseros, manzana rallada. La chica cambió—irreconocible. El orgullo desapareció. Todo limpio en casa, huerto arreglado. Venía por las noches a contarme cómo iba su madre, y tenía la mirada adulta. —Sabe, Valentín—me dijo una vez—, aquel día, aunque le grité… Me probé el vestido después, a escondidas. Es tan delicado… Huele a las manos de mi madre. Fui muy boba. Pensaba que si el vestido era caro, la gente me respetaría. Ahora lo sé: si falta mi madre, ni todos los vestidos del mundo sirven. Esperanza mejoró. Lento, con esfuerzo, pero salió adelante. Los médicos hablaban de milagro. Yo creo que fue el amor de Luz que la sacó de las sombras. Le dieron el alta justo antes de la graduación. Estaba débil, apenas caminaba, pero quería ir a casa. Llegó la noche de la graduación. Todo el pueblo frente al instituto. Música, “Los Secretos” sonando por los altavoces. Las chicas, cada una con lo que había. Elena con su vestido de princesa, girando como un pastel de bodas, rodeada de pretendientes. Entonces, la gente se apartó. Un silencio solemne. Entró Luz. Del brazo de Esperanza. Esperanza blanca, caminando despacio, apoyada en su hija, pero sonriente. Y Luz… nunca he visto tanta belleza. Llevaba aquel vestido. Hecho con cortinas. Bajo el sol de la tarde, aquel tono “ceniza de rosa” brillaba con una luz especial. El raso caía perfecto sobre su cuerpo elegante, tapando lo justo y destacando lo más bonito. En los hombros, el encaje bordado con abalorios relucía. Pero lo importante no era el vestido. Era cómo caminaba Luz. Como una reina. La cabeza alta, pero los ojos ya no tenían vanidad. Ahora eran profundos, serenos, con una fuerza tranquila. Llevaba a su madre como si fuera una joya preciosa. Como diciendo: “Mirad, esta es mi madre. Y estoy orgullosa”. Un chaval, Juanito, quiso hacer una broma: —¡Eh, mirad, va la cortina! Luz se detuvo, lo miró despacio, con dignidad y dulzura, sin rabia, con compasión. —Sí—dijo alto para que todos lo oyeran—. Las manos de mi madre lo cosieron. Para mí, este vestido vale más que todo el oro. Y tú, Juanito, eres tonto si no sabes ver la belleza. El chico se sonrojó y calló. Elena en su vestido comprado perdió brillo de repente. Porque la ropa no hace a nadie, no, no lo hace. Luz esa noche apenas bailó. Prefería sentarse con su madre en el banco. La arropaba con el chal, le traía agua, la tomaba de la mano. Y en ese gesto había tanto cariño, tanta ternura que me saltaron las lágrimas. Esperanza miraba a su hija y se le iluminaba la cara. Sabía que todo había valido la pena. La Virgen milagrosa hizo su labor: no ayudó con dinero, sino que salvó un alma. Han pasado muchos años. Luz se fue a Madrid, estudió cardiología. Es una gran médico en la provincia, capaz de devolver la vida. Se llevó a Esperanza con ella, la cuida como a un tesoro. Viven en perfecta armonía. Dicen que Luz encontró después la Virgen milagrosa. La buscó por todos los anticuarios, pagó mucho dinero, y la recuperó. Ahora cuelga en su casa, en el rincón más importante, con una lámpara siempre encendida… A veces miro a la juventud de ahora y pienso: cuánto daño hacemos a los que más nos quieren por la opinión de los demás, exigiendo y protestando. Y la vida es corta, como una noche de verano. Y madre, solo hay una. Mientras vive, somos niños y tenemos una muralla que nos protege de los vientos gélidos de la eternidad. Cuando se va… quedamos a la intemperie. Cuidad a vuestras madres. Ahora mismo, llamadlas si viven. Si no, recordadlas con afecto. Allí arriba, en el cielo, seguro que lo oyen… Si os ha gustado la historia, pasad de nuevo y suscribíos al canal. Seguiremos recordar juntos, llorar y alegrarnos por las cosas sencillas. Para mí, cada suscripción es como una taza de chocolate caliente en una larga noche de invierno. Os espero con cariño.
El vestido prestado En aquellos años, en nuestra calle de un pueblo de La Mancha, vivía, justo tres casas
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037
Persiguiendo a su esposa, el marido se rió al ver que solo le quedaba un viejo frigorífico. No sabía que la pared interior era doble.
Querido diario, Hoy, al echar a mi esposa del piso, me reí diciendo que lo único que le quedaba era un
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056
Un día, mi padre me llamó a su habitación: quería hablar conmigo sobre un tema serio, al menos eso me dijo. Para ser sincera, me sentí algo preocupada. En el salón me esperaba una mujer. Mi familia gira en torno a mi padre, quien me crio, cuidó de mí y siempre me brindó un apoyo incondicional. Al poco de nacer yo, mi madre nos abandonó y mi padre decidió no volver a casarse, quizás por miedo a volver a sufrir. La vida no siempre fue amable con él, así que yo quería madurar rápido para apoyarle en todo lo que hacía como hombre responsable. Dada la situación económica de nuestra familia, empecé a trabajar a los 15 años. Escribía artículos para periódicos locales y, después de 3 años, encontré un trabajo mejor. Unos años más tarde, conseguí un empleo de oficina que me permitió ser independiente y mantenerme a mí misma y a mi padre. Un día, mi padre me llamó para una conversación seria, al menos eso es lo que él me dijo. Me sentía algo intranquila. En el salón me esperaba una mujer que, según mi padre, era mi madre. Cuando me vio, rompió a llorar, pidiéndome perdón e intentando abrazarme, pero yo no pude decidirme a corresponderle el abrazo. Me solté cuidadosamente de sus brazos y me fui sin decir una palabra, dejándoles solos a los dos mayores. Decidí dejar que mi padre resolviera la situación como él considerara oportuno. No soy capaz de perdonar a alguien que nos abandonó sin escrúpulos a mi padre y a mí, y ni siquiera se molestó en felicitarme el cumpleaños tras tantos años.
Un buen día, mi padre me llamó a su despacho con ese tono tan solemne que usa cuando quiere aparentar
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053
Natasha no podía creer lo que estaba viviendo. Su marido, el único hombre en quien confiaba y consideraba su mayor apoyo, le había dicho ese día: «Ya no te quiero». El impacto fue tan brutal que se quedó paralizada en una postura absurda mientras él recogía sus cosas haciendo ruido con las llaves. Justo ahora, cuando menos lo necesitaba: hacía apenas unas semanas había perdido a su padre inesperadamente y, a pesar de su dolor, tenía que cuidar de su madre, ya encanecida, y de su hermana pequeña, que desde los 18 años era discapacitada tras una grave lesión cerebral. La familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba. Se había quedado sin empleo. Y ahora, su marido… Natasha se cubrió la cabeza con las manos, se sentó a la mesa y lloró amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo sigo adelante? Ay, Alejandro, ¡tengo que ir corriendo a buscarle al colegio! La rutina la obligó a seguir adelante. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, cariño, no. – ¿Lloras por el abuelo? Mamá, ¡cómo le echo de menos! – Yo también, hijo. Pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre fue así, y ahora está bien con Dios, no te preocupes. Se ha ganado el descanso, nunca descansó en vida. – ¿Y papá dónde está? – ¿Papá? Supongo que otra vez se ha ido de viaje por trabajo. ¿Y tú, cómo te va en el cole? Había que seguir viviendo. ¿No me quiere? No se puede obligar a nadie a querer. Algo se le había escapado en el ajetreo. Mientras Alejandro comía y jugaba con sus soldaditos, Natasha inspeccionó el ordenador que había dejado su marido. Nunca lo había hecho antes; entrar en su correo fue cosa fácil. No había borrado sus últimos mensajes. Todo amor por otra. Y ella ahora, la “no querida”. Diez años siendo su “sol radiante”, después de ocho años luchando por tener un hijo, “nuestra mamá”. Ahora todo había cambiado. Había que acostumbrarse. Lo primero: encontrar trabajo. Nadie se preocupaba por su título universitario. Los pocos euros de la prestación por desempleo no resolvían nada. ¿Qué había pasado para que su marido, responsable y atento, se volviera tan frío? Solo le cabía pensar que estaba loco. La casa común, levantada ladrillo a ladrillo, seguía a medias. Al menos, techo tenía, y una habitación habilitada. – Trabajo, cómo te necesito – quería llorar, pero no había tiempo. Buscó trabajo varios días, sin suerte. Tener un hijo en primero y estar sola le hacía todo más difícil. Una noche, una llamada de su compadre Román: – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Y de almacenera te animas? – ¿Es en serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vicente. Turno partido, podrías ir a por Alejandro o pedir que se quede en el cole. El sueldo son 1200 euros… poco, claro. Pero mejor que nada. Mañana os llevo patatas, cebollas y un pollo. – Romanito, si tengo gallinas, nos dan huevos y nos alimentan. – Pues que sigan, no las mates para caldo. – Gracias, ¿y Galina? – Ahí va, luchando, es una campeona. Así era él. Galina, su mujer, convalecía de una operación complicada y recibía quimioterapia, pero Román nunca se quejaba. Natasha suspiró: había esperanza. Gracias a Dios, el más fiel de todos. Y por su compadre. La tarea era sencilla y encontraba ratos para estar sola, llorar y pensar qué había pasado. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al año, Natasha volvió a sentir hambre, a dormir, a reír y disfrutar los logros de Alejandro. El dolor por la traición de su marido volvía cada vez que iba a buscar a Alejandro para el fin de semana. No le impedía ver al niño: sus problemas no debían hacerle infeliz. Quería preguntar: ¿por qué? Pero sabía que no era culpa suya, sino de una pasión inesperada. Recordó palabras de una película: “El amor dura hasta la primera curva; luego empieza la vida”. Para Natasha, amor y vida iban juntos. ¿Para él? El otoño se parecía al verano: cálido, con los árboles todavía verdes, las voces de niños en la calle, las flores en el jardín. El día que Natasha notó la mirada fija de Miguel no se diferenciaba de otros. Quizá el sol brillaba más, quizá la música sonaba más alto, o tal vez era el destino. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar así. – Estoy acostumbrada. – Qué pena que una belleza como tú vea normal llevar tanto peso. – ¿A todas las chicas guapas ayudas o esperas en la puerta de la tienda? – Esperé mucho, hasta que apareciste tú. Imposible no reír. Se rieron hasta llorar, de pura alegría. – Miguel – dijo él, dándole la mano, con las bromas aún en el aire. – Natasha. – “Natasha, Natasha, esposa ajena”, ¿te suena la canción? – No. No soy esposa. – ¿En serio? Esto sí que es suerte. Conocer a una chica de ensueño y que esté libre. ¿Todos locos o ciegos? – Veo que el humor lo tienes de sobra. ¿Y lo serio? – También, Natasha. ¿Te animas al cine hoy? – Imposible, tengo que buscar a mi hijo en el cole. – ¡No me lo creo! ¿Tienes hijo? Pareces de veinte… – Tengo 35. – Justo como yo. Qué casualidad. Pero pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Reflexionando. Todos los hombres sueñan con tener hijos. ¿Dónde está el padre de tu niño? – Prefiero no hablar de eso ahora. – Entiendo. Entonces el fin de semana. Podemos ir con tu hijo a una peli infantil. – El fin de semana ve a su padre. – Natasha, no quiero agobiarte. Si tienes tiempo llámame. Aquí tienes mi tarjeta. Soy pediatra hematólogo. – Trabajo seria. – Y poco tiempo para perseguir guapas. – Bien, Miguel. Te llamaré, sinceramente. – Te esperaré. Ese otoño fue su regalo. Rayos de sol suaves, colores vibrantes, días templados y parques abiertos para explorar. Su ternura rompió el dolor y bailaron con las hojas caídas. Se acercaban despacio: Natasha, sorprendida de sentirse atraída por aquel hombre maravilloso. Un mes y medio después, sugirió tímidamente “¿te apetece un té?”. – Nata, no te ofendas, no iré. Todo lo que vivo ahora quiero hacerlo bien. ¿Confías? Ese fin de semana se fueron a un parque natural, Miguel alquiló una casa como un pequeño castillo. Sólo le importaban sus enormes ojos castaños y sus abrazos. Nunca había sentido el amor así de dulce. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Creo que me muero de amor. ¿Cómo vivía sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – Eres preciosa. ¡Qué suerte la mía! Al cabo de unos meses, separarse era cada vez más difícil. – Nata, cásate conmigo. – Miguel, mi divorcio es a fin de mes. – Entonces directo a casarnos, conmigo. No quiero que nadie te robe. – La chica sabe lo que quiere; tiene a su amor. Y sin fiestas, sólo nos casamos y luego me llevas a nuestro castillo como tu mujer. – Como digas, amor. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una carta entusiasta de felicitación. Pronto se instalaron en un piso alquilado por Miguel y juntos lo reformaron, creando un hogar acogedor. Miguel puso especial empeño en la habitación de Alejandro, ya se conocían. El niño, para quien mamá y papá eran las mitades de su mundo, apenas hablaba con Miguel. – Nata, no te asustes, vamos a revisar la sangre de Alejandro. Está muy pálido. – Miguel, sólo está apenado. Le costó aceptar el divorcio, siempre creyó que no pasaría. He leído que el divorcio de los padres para un niño es peor que perder a uno. – Tienes razón, eres sabia. Yo también sufrí el divorcio de mis padres siendo niño, fue como el fin del mundo. Pero, ¡hagamos el análisis! Un día, Miguel entró cabizbajo. Natasha supo que algo ocurría. – Nata, no te alteres. Hay anomalías en la sangre de Alejandro. Mi intuición… Ojalá me fallara. Mañana me lo llevo. No era justo. Pagar por la felicidad a ese precio. Leucemia. Qué palabra tan dura. Empezó otra vida. Natasha tomó un permiso sin sueldo; no soportaba que el niño viviera las agujas, los análisis sin ella. Le cogía la mano y le decía: «Resiste, hijo. Eres fuerte. Siempre fuiste mi mejor amigo. Nunca nos hemos separado, estaremos juntos siempre». Sin fuerzas, Miguel la obligaba a descansar y él se quedaba con Alejandro. Dormir era difícil. El exmarido llamó para exigir que se marchara de la casa común. – Al hijo lo veré yo; vendrá a “su casa”. – Mejor visítalo en el hospital. – Ahora no puedo. Me voy de viaje. Miguel la consoló: – Nata, nosotros construiremos otra vida, no te aferres al pasado. – Es injusto; todo lo invertí en ese hogar. Pero ahora no importa que me echen. – Nada de pensar en eso, todo a Alejandro. Yo me las apaño. Siempre soñé tener una familia. Dios lo sabe, no os va a quitar. – ¿Y los análisis? – Seguimos, no son buenos. Natasha lloró en silencio, sin que Alejandro notara nada. – Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? – Tenemos glóbulos rojos y blancos: los tuyos luchan. – ¿Quién gana? – De momento, los blancos. – ¿Y después? – Ayuda a los rojos. – Mamá, llévame lejos. Estoy cansado. – Nata, justo quería pedirte; llevémoslo al castillo, ahora el tiempo es bueno. Pasearemos por el bosque y que descanse. La primavera llenó su rincón de arbustos y árboles floridos. Los tres paseaban por el bosque, celebrando cada flor y hoja. A veces Alejandro se detenía concentrado, “jugando a la batalla naval”. El pequeño descanso pasó rápido; el niño mejoró, hasta se le puso sonrosado el rostro. – Mamá, ¿y papá dónde está? – Viajando, cariño. – Otra vez. Vale. Al regresar al hospital, hicieron otro análisis. La jefa del laboratorio vino personalmente. – Dr. Miguel, ¿a dónde llevó al niño? – Al parque natural cercano. ¿Hay problema? ¿La sangre? – Perfecta. ¡Remisión! Miguel llegó corriendo. – Ale, ¿qué hiciste? ¡Estás mejor! No llores, Natasha, se está curando. ¿Qué hacías, hijo? – Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barquitos? Gané todas las batallas con los rojos.
No podía creer lo que me estaba sucediendo. Mi esposo, aquel que creía mi refugio y mi pilar, aquel único
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0137
Veinte años pidiendo disculpas a mi suegra hasta que una amiga me hizo una pregunta que me abrió los ojos: así descubrí que no soy responsable de las emociones de los demás
20 años pidiendo perdón a mi suegra, hasta que una amiga me hizo una pregunta. Entonces, todo lo vi más claro.
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025
“¡Eres un fracasado y yo soy un triunfador!” se rió mi marido, sin saber que acababa de vender mi “inútil” blog por millones.
Lo recuerdo como si fuera ayer, en aquellos años en que la vida de mi familia parecía una larga partida
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02k.
No voy a arrastrarme hasta esa maldita aldea para enterrar a tu madre,” se reprendió su esposo. Pero cuando se enteró de su cuenta bancaria, apareció con flores.
No me arrastro hasta ese pueblo perdido para enterrar a tu madre dice su marido, Carlos, con voz cortante.
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0297
Mi cuñada apareció sin invitación la pasada Nochevieja… y la fiesta se vino abajo. Confesión
Mi cuñada apareció sin avisar en Nochevieja y la celebración se hundió. Confesión Aparece en el umbral
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0535
Natasha no podía creer lo que estaba viviendo. Su marido, el único hombre en quien confiaba y consideraba su mayor apoyo, le había dicho ese día: «Ya no te quiero». El impacto fue tan brutal que se quedó paralizada en una postura absurda mientras él recogía sus cosas haciendo ruido con las llaves. Justo ahora, cuando menos lo necesitaba: hacía apenas unas semanas había perdido a su padre inesperadamente y, a pesar de su dolor, tenía que cuidar de su madre, ya encanecida, y de su hermana pequeña, que desde los 18 años era discapacitada tras una grave lesión cerebral. La familia vivía en un pueblo cercano. Su hijo acababa de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa en la que trabajaba. Se había quedado sin empleo. Y ahora, su marido… Natasha se cubrió la cabeza con las manos, se sentó a la mesa y lloró amargamente. – Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo sigo adelante? Ay, Alejandro, ¡tengo que ir corriendo a buscarle al colegio! La rutina la obligó a seguir adelante. – Mamá, ¿has estado llorando? – No, cariño, no. – ¿Lloras por el abuelo? Mamá, ¡cómo le echo de menos! – Yo también, hijo. Pero tenemos que ser fuertes. El abuelo siempre fue así, y ahora está bien con Dios, no te preocupes. Se ha ganado el descanso, nunca descansó en vida. – ¿Y papá dónde está? – ¿Papá? Supongo que otra vez se ha ido de viaje por trabajo. ¿Y tú, cómo te va en el cole? Había que seguir viviendo. ¿No me quiere? No se puede obligar a nadie a querer. Algo se le había escapado en el ajetreo. Mientras Alejandro comía y jugaba con sus soldaditos, Natasha inspeccionó el ordenador que había dejado su marido. Nunca lo había hecho antes; entrar en su correo fue cosa fácil. No había borrado sus últimos mensajes. Todo amor por otra. Y ella ahora, la “no querida”. Diez años siendo su “sol radiante”, después de ocho años luchando por tener un hijo, “nuestra mamá”. Ahora todo había cambiado. Había que acostumbrarse. Lo primero: encontrar trabajo. Nadie se preocupaba por su título universitario. Los pocos euros de la prestación por desempleo no resolvían nada. ¿Qué había pasado para que su marido, responsable y atento, se volviera tan frío? Solo le cabía pensar que estaba loco. La casa común, levantada ladrillo a ladrillo, seguía a medias. Al menos, techo tenía, y una habitación habilitada. – Trabajo, cómo te necesito – quería llorar, pero no había tiempo. Buscó trabajo varios días, sin suerte. Tener un hijo en primero y estar sola le hacía todo más difícil. Una noche, una llamada de su compadre Román: – Nata, ¿no ha vuelto el tuyo? – No. – ¿Y de almacenera te animas? – ¿Es en serio? – Sí, sé que no estás para bromas después de lo de Vicente. Turno partido, podrías ir a por Alejandro o pedir que se quede en el cole. El sueldo son 1200 euros… poco, claro. Pero mejor que nada. Mañana os llevo patatas, cebollas y un pollo. – Romanito, si tengo gallinas, nos dan huevos y nos alimentan. – Pues que sigan, no las mates para caldo. – Gracias, ¿y Galina? – Ahí va, luchando, es una campeona. Así era él. Galina, su mujer, convalecía de una operación complicada y recibía quimioterapia, pero Román nunca se quejaba. Natasha suspiró: había esperanza. Gracias a Dios, el más fiel de todos. Y por su compadre. La tarea era sencilla y encontraba ratos para estar sola, llorar y pensar qué había pasado. Pasaron los días, las semanas, los meses. Al año, Natasha volvió a sentir hambre, a dormir, a reír y disfrutar los logros de Alejandro. El dolor por la traición de su marido volvía cada vez que iba a buscar a Alejandro para el fin de semana. No le impedía ver al niño: sus problemas no debían hacerle infeliz. Quería preguntar: ¿por qué? Pero sabía que no era culpa suya, sino de una pasión inesperada. Recordó palabras de una película: “El amor dura hasta la primera curva; luego empieza la vida”. Para Natasha, amor y vida iban juntos. ¿Para él? El otoño se parecía al verano: cálido, con los árboles todavía verdes, las voces de niños en la calle, las flores en el jardín. El día que Natasha notó la mirada fija de Miguel no se diferenciaba de otros. Quizá el sol brillaba más, quizá la música sonaba más alto, o tal vez era el destino. – Señorita, ¿le ayudo? No debería cargar así. – Estoy acostumbrada. – Qué pena que una belleza como tú vea normal llevar tanto peso. – ¿A todas las chicas guapas ayudas o esperas en la puerta de la tienda? – Esperé mucho, hasta que apareciste tú. Imposible no reír. Se rieron hasta llorar, de pura alegría. – Miguel – dijo él, dándole la mano, con las bromas aún en el aire. – Natasha. – “Natasha, Natasha, esposa ajena”, ¿te suena la canción? – No. No soy esposa. – ¿En serio? Esto sí que es suerte. Conocer a una chica de ensueño y que esté libre. ¿Todos locos o ciegos? – Veo que el humor lo tienes de sobra. ¿Y lo serio? – También, Natasha. ¿Te animas al cine hoy? – Imposible, tengo que buscar a mi hijo en el cole. – ¡No me lo creo! ¿Tienes hijo? Pareces de veinte… – Tengo 35. – Justo como yo. Qué casualidad. Pero pensé que eras mucho más joven. – ¿Y ahora? – Reflexionando. Todos los hombres sueñan con tener hijos. ¿Dónde está el padre de tu niño? – Prefiero no hablar de eso ahora. – Entiendo. Entonces el fin de semana. Podemos ir con tu hijo a una peli infantil. – El fin de semana ve a su padre. – Natasha, no quiero agobiarte. Si tienes tiempo llámame. Aquí tienes mi tarjeta. Soy pediatra hematólogo. – Trabajo seria. – Y poco tiempo para perseguir guapas. – Bien, Miguel. Te llamaré, sinceramente. – Te esperaré. Ese otoño fue su regalo. Rayos de sol suaves, colores vibrantes, días templados y parques abiertos para explorar. Su ternura rompió el dolor y bailaron con las hojas caídas. Se acercaban despacio: Natasha, sorprendida de sentirse atraída por aquel hombre maravilloso. Un mes y medio después, sugirió tímidamente “¿te apetece un té?”. – Nata, no te ofendas, no iré. Todo lo que vivo ahora quiero hacerlo bien. ¿Confías? Ese fin de semana se fueron a un parque natural, Miguel alquiló una casa como un pequeño castillo. Sólo le importaban sus enormes ojos castaños y sus abrazos. Nunca había sentido el amor así de dulce. – Miguel, ¿dónde estoy, qué me pasa? Creo que me muero de amor. ¿Cómo vivía sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! – Eres preciosa. ¡Qué suerte la mía! Al cabo de unos meses, separarse era cada vez más difícil. – Nata, cásate conmigo. – Miguel, mi divorcio es a fin de mes. – Entonces directo a casarnos, conmigo. No quiero que nadie te robe. – La chica sabe lo que quiere; tiene a su amor. Y sin fiestas, sólo nos casamos y luego me llevas a nuestro castillo como tu mujer. – Como digas, amor. Román y Galina fueron sus únicos testigos. Su madre y hermana enviaron una carta entusiasta de felicitación. Pronto se instalaron en un piso alquilado por Miguel y juntos lo reformaron, creando un hogar acogedor. Miguel puso especial empeño en la habitación de Alejandro, ya se conocían. El niño, para quien mamá y papá eran las mitades de su mundo, apenas hablaba con Miguel. – Nata, no te asustes, vamos a revisar la sangre de Alejandro. Está muy pálido. – Miguel, sólo está apenado. Le costó aceptar el divorcio, siempre creyó que no pasaría. He leído que el divorcio de los padres para un niño es peor que perder a uno. – Tienes razón, eres sabia. Yo también sufrí el divorcio de mis padres siendo niño, fue como el fin del mundo. Pero, ¡hagamos el análisis! Un día, Miguel entró cabizbajo. Natasha supo que algo ocurría. – Nata, no te alteres. Hay anomalías en la sangre de Alejandro. Mi intuición… Ojalá me fallara. Mañana me lo llevo. No era justo. Pagar por la felicidad a ese precio. Leucemia. Qué palabra tan dura. Empezó otra vida. Natasha tomó un permiso sin sueldo; no soportaba que el niño viviera las agujas, los análisis sin ella. Le cogía la mano y le decía: «Resiste, hijo. Eres fuerte. Siempre fuiste mi mejor amigo. Nunca nos hemos separado, estaremos juntos siempre». Sin fuerzas, Miguel la obligaba a descansar y él se quedaba con Alejandro. Dormir era difícil. El exmarido llamó para exigir que se marchara de la casa común. – Al hijo lo veré yo; vendrá a “su casa”. – Mejor visítalo en el hospital. – Ahora no puedo. Me voy de viaje. Miguel la consoló: – Nata, nosotros construiremos otra vida, no te aferres al pasado. – Es injusto; todo lo invertí en ese hogar. Pero ahora no importa que me echen. – Nada de pensar en eso, todo a Alejandro. Yo me las apaño. Siempre soñé tener una familia. Dios lo sabe, no os va a quitar. – ¿Y los análisis? – Seguimos, no son buenos. Natasha lloró en silencio, sin que Alejandro notara nada. – Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre? – Tenemos glóbulos rojos y blancos: los tuyos luchan. – ¿Quién gana? – De momento, los blancos. – ¿Y después? – Ayuda a los rojos. – Mamá, llévame lejos. Estoy cansado. – Nata, justo quería pedirte; llevémoslo al castillo, ahora el tiempo es bueno. Pasearemos por el bosque y que descanse. La primavera llenó su rincón de arbustos y árboles floridos. Los tres paseaban por el bosque, celebrando cada flor y hoja. A veces Alejandro se detenía concentrado, “jugando a la batalla naval”. El pequeño descanso pasó rápido; el niño mejoró, hasta se le puso sonrosado el rostro. – Mamá, ¿y papá dónde está? – Viajando, cariño. – Otra vez. Vale. Al regresar al hospital, hicieron otro análisis. La jefa del laboratorio vino personalmente. – Dr. Miguel, ¿a dónde llevó al niño? – Al parque natural cercano. ¿Hay problema? ¿La sangre? – Perfecta. ¡Remisión! Miguel llegó corriendo. – Ale, ¿qué hiciste? ¡Estás mejor! No llores, Natasha, se está curando. ¿Qué hacías, hijo? – Papá, ¿recuerdas que me hablabas de los barquitos? Gané todas las batallas con los rojos.
No podía creer lo que me estaba sucediendo. Mi esposo, aquel que creía mi refugio y mi pilar, aquel único
MagistrUm
Es interesante
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