Los viejos sobres
Cuando el cartero dejó de subir a los pisos y empezó a dejar los periódicos y los sobres en la entrada del portal, Doña Antonia García se molestó al principio. Luego se resignó. Desde entonces sus mañanas empezaban con el descenso por la escalera, agarrándose a la barandilla fresca, y mirando la vieja caja verde con la puerta torcida.
Esa caja data de los ochenta, con la pintura descascarada y el número torcido «12». Cada vez que se abría crujía, y Antonia pensaba que, en cuanto se cayera del todo, ya no sabría dónde encontrar las cartas de Verónica.
Las cartas llegaban sin horario. A veces una semana, a veces un mes, pero siempre aparecían. Un sobre estrecho, una letra ligeramente inclinada, el tenue perfume de una colonia barata. Antonia subía de nuevo, ponía la tetera en la cocina, se sentaba a la mesa y rasgaba el sobre por el borde, con cuidado de no romper el papel.
Verónica vivía en otra ciudad, a casi mil kilómetros de distancia, en un pequeño apartamento de Madrid mientras Antonia estaba en una vivienda de la zona de la Castellana. Compartieron una habitación en el internado de la Facultad de Medicina, estudiando anatomía y racionando una sola lata de carne en conserva. Después, la vida siguió su cauce: Verónica se casó, tuvo hijos; Antonia se instaló en la clínica del barrio, se casó tarde, tuvo una hija. Se separaron físicamente, pero nunca dejaron de ser amigas. Las cartas mantenían viva una delgada, pero firme, hebra entre ellas.
Verónica contaba de su casa de campo, de la vecina que siempre plantaba los tomates equivocados, de su hijo que no lograba alejarse de una esposa eternamente insatisfecha. Hablaba de la presión que «salta como un chivo» y de los nuevos comprimidos que le habían recetado. Entre líneas siempre se percibía la Verónica de antes: bromista, obstinada, con un toque de ironía.
Antonia respondía al caer la noche, cuando la casa se quedaba en silencio. Su hija vivía por su cuenta, su nieto llegaba los fines de semana. En los días laborables solo se escuchaba el tic-tac del reloj y el zumbido del ascensor por la pared, mientras su pluma raspaba el papel. Relataba la clínica donde trabajaba a media jornada como enfermera, los vecinos que siempre discutían por la plaza de aparcamiento, y al nieto, ahora informático, que apenas podía explicar nada.
Le encantaba el ritual: sacar una hoja limpia, alinearla, imaginar el día y la semana, decidir qué contarle a Verónica y qué guardar para sí. Cada carta era un pequeño recuento vespertino. Escribía despacio, leyendo cada palabra como si escuchara la voz de Verónica al leerla.
Un día, su nieto Sergio llegó con una caja bajo el brazo.
Abuela dijo, sacando un móvil nuevo, ya es hora de dejar el viejo timbre. Vamos a entrar en el siglo XXI.
¿Y yo qué, vivo en el siglo XIX? repuso Antonia, aunque aceptó el teléfono. Era delgado, pesado, de cristal. Le daba miedo sostenerlo, como si al soltarlo se fuera a perder la beca de Sergio.
Mira, es fácil le mostró Sergio, deslizando el dedo por la pantalla, que se iluminó con brillantes cuadrados. Esto es una aplicación de mensajería. Puedes escribir, mandar fotos, incluso hablar.
¿Y el correo qué tiene de malo? sonrió Antonia, pero una chispa de curiosidad cruzó sus ojos.
El correo es bueno cuando te llega una postal de la Costa del Sol. Pero con esto puedes hablar con Verónica todos los días.
Sergio ya conocía a Verónica; Antonia le leía a veces fragmentos de sus cartas. El nieto se reía y decía: «¡Qué amiga tan genial tienes!». Decidió que también debía ayudar a Verónica.
Solo que Verónica Antonia se revolvió, buscando la palabra, no usa el móvil. Tiene uno viejo con botones.
¿Tiene nieta? preguntó Sergio.
Sí, Violeta, estudia en la universidad.
Entonces arreglaremos esto. Le escribes una carta pidiéndole a Violeta que le preste su móvil y yo me encargo de la configuración.
Sergio conectó el móvil a la corriente, introdujo datos y dejó que la pantalla se iluminara con barras de carga. Antonia observaba, sintiéndose a la vez tonta y emocionada.
Esa noche volvió a su mesa, pero ahora junto al papel reposaba el móvil, mostrando la hora y el pronóstico. Sacó el sobre, anotó la dirección de Verónica y, tras una pausa, añadió al final: «Verónica, Sergio me ha comprado este móvil, dice que ahora podemos enviarnos cartas por él. Si Violeta te ayuda, también puedes probarlo. Yo, que ya soy una gata vieja, me atrevo a intentarlo».
Selló el sobre y, al día siguiente, lo dejó en la gran caja de correos del portal, no en la suya verde con el número torcido, sino en la común con la ranura de cartas.
Dos semanas después llegó la respuesta. Verónica escribía: «Eres una reliquia, pero yo ya soy peor. Violeta se ríe y dice que todo se puede. El fin de semana pasado me mostró en su móvil cómo se hace. Así que, Antonia, sorpréndeme. Violeta dice que, cuando llegue a Madrid, me lo configurará. Incluso yo mandaré mensajes como los jóvenes».
Antonia rió. La carta conservaba la chispa de Verónica, esa misma que una vez aprendió a montar la moto del exmarido.
Un mes después, Sergio volvió, se sentó a su lado y le mostró pacientemente cómo pulsar y dónde mirar.
Este es el chat dijo. Primero me añado a ti, practicamos.
Él tecleó unas frases, el móvil sonó suavemente y la pantalla se encendió. Antonia tembló.
No temas. Es solo una notificación. Pulsa aquí.
Pulsó y vio: «¡Hola, abuela! Esto es una prueba». Debajo había una línea en blanco.
Responde aquí añadió Sergio, escribe estas letras.
Con manos temblorosas, Antonia tecleó: «¡Hola. Veo». Por accidente escribió «Veho», y Sergio se rio, pero rápidamente corrigió.
Al caer la tarde ya podía abrir el chat sola, escribir una frase corta y enviarla. Los mensajes de voz le parecían intimidantes, pero Sergio le aseguró que llegaría después.
Al comienzo del otoño, Verónica apareció en el chat con un mensaje de un número desconocido: «Antonia, soy yo. Violeta lo ha configurado. Saludos desde nuestro pantano».
Antonia quedó mirando esas palabras como si Verónica estuviera justo al otro lado de la pared, no a mil kilómetros de distancia, sino a un paso de su propio portal.
Escribió: «¡Verónica! Te veo, más bien, te leo. ¿Cómo estás?» y envió, conteniendo el aliento.
La respuesta llegó en menos de un minuto: «Viva. La presión me juega una mala pasada, pero no me asusta. ¿Y tú? ¿Sergio te tiene enganchada con su progreso?»
Se rió y le contó sobre el trabajo en la clínica, la vecina que discute con la comunidad de propietarios y al nieto informático que ahora se hace llamar «código». Entre líneas, Verónica siempre ponía un emoticono amarillo con una sonrisa.
Es un emoticono le explicó Sergio, asomándose sobre el hombro. Significa que está sonriendo.
Antonia asintió, aunque decidió no usar esos símbolos, que le parecían de otro idioma. Sin embargo, cuando Verónica enviaba una broma especialmente mordaz, su mano buscaba sin querer la carita sonriente.
La correspondencia se volvió ágil. Por la mañana revisaba el móvil como antes revisaba el buzón. Al mediodía, entre consultas, miraba a escondidas la pantalla para leer el mensaje de Verónica. Por la tarde intercambiaban decenas de frases breves.
La velocidad del contacto era desconcertante: lo que antes se prolongaba en páginas y semanas, ahora cabía en dos o tres líneas. Antes de poder reaccionar, Antonia ya había contestado.
Una tarde Verónica escribió: «Imagínate, el vecino de la casa de campo me está tirando los manzanos. Un viejo zorro, pero los ojos todavía corren. Ayer vino con manzanas y me dijo que tomemos el té juntos. Yo le contesté que mi presión no me permite agitarme».
Antonia frunció el ceño, recordando cómo Verónica se lamentaba de la soledad y de esos viudos que «buscan una niñera gratis».
Respondió: «Que no se te pegue en el cuello. Después no podrás desatarte. Todos son así». Lo envió sin releer.
Casi al instante llegó: «Gracias por pensar en todos los hombres de setenta. Yo misma me arreglaré». Antonia sintió una punzada interior. Quiso escribir: «Solo me preocupo», pero se detuvo. El último mensaje de Verónica no llevaba emoticono.
Al anochecer otro mensaje apareció: «Y, de veras, parece que te alegras de que no consiga nada. Que me escribas en la vejez y no te muevas». Antonia sintió calor, tomó una taza de té y dejó el móvil a un lado, como si necesitara respirar.
Durante la noche se despertó varias veces, encendía la pantalla y veía el chat vacío. A la mañana, en la clínica, los pensamientos volvieron a esos mensajes. Se preguntaba si había hecho mal.
Al mediodía el móvil vibró. Era Sergio: «Abuela, ¿todo bien? ¿No has dejado el móvil?». Respondió: «Todo bien, en el trabajo. Después llamo». Pero nada de Verónica.
Al tercer día no aguantó más y marcó el número de Verónica. Largas notas de contestador, silencio. Pensó: «Tal vez está en la casa de campo sin señal». La inquietud aumentó.
Esa misma noche, mientras estaba a punto de escribir una larga carta de disculpas, apareció una notificación de voz. Con cautela pulsó el triángulo. Primero se escuchó un ruido, luego la voz de Violeta, nieta de Verónica.
Doña Antonia, buenos días. Soy Violeta. Mi abuela está en la unidad de cuidados intensivos tras un infarto. Ya está mejor, pero necesita descansar. Me dio su número y me pidió que le diga que no guarda rencor. Lo siento, no puedo hablar mucho porque estoy entre salas. La llamada se cortó.
Antonia quedó inmóvil, escuchando el eco del mensaje. Después buscó en el armario una carpeta vieja con sobres, sacó una hoja en blanco y, con la mano temblorosa, empezó: «Querida Verónica»
Escribió largamente, contando su miedo al silencio, la tontería de la pelea, que ningún hombre merece que se rompa una amistad de tantos años, y que, si alguna vez quisiera tomar el té con un vecino, ella solo deseaba su felicidad. No mencionó sus temores de quedarse sola; la hija estaba ocupada, el nieto con sus ordenadores, y Verónica era la única con quien podía hablar de presión, precios de medicamentos y de envejecer de forma extraña.
El sobre quedó grueso. Lo cerró, firmó la dirección y bajó al portal, dejándolo en la ranura del buzón común.
Al día siguiente escribió a Violeta por el móvil, con cautela: «Violeta, he enviado la carta a la abuela. ¿Cómo está?»
Violeta respondió horas después: «Está mejor. La han trasladado a una habitación. Está débil, pero ya se queja de la comida, lo cual es señal de mejoría. Le leí su mensaje; lloró y dijo que es terca, pero buena. Cuando recupere fuerzas, escribirá usted misma».
Antonia sonrió entre lágrimas. «Terca, pero buena», parecía un cumplido.
Los días siguieron. Trabajaba, veía las noticias, llamaba a su hija. El móvil permanecía a mano, como una ventana a la amistad. A veces enviaban recetas de pepinillos en sal, a veces comentaban la política.
Una mañana Verónica mandó una foto del vecino, un anciano con gorro de lana y una bolsa de manzanas.
«Así es el héroe de nuestra novela», escribió.
Antonia miró la foto, el rostro cansado pero amable, y respondió: «Nada, lo importante es que no sea avaricioso».
Verónica contestó: «¡Ay! Hace cincuenta años compartíamos una lata de carne y contábamos quién le tocaría cada trozo». Antonia se rió recordando aquella noche en el internado, cuando, a los setenta, imaginaban su futuro.
Ahora ambos tenían setenta y tantos. Cada una en su piso, con el móvil y una pila de sobres. El mundo había cambiado, pero la hebra entre ellas seguía intacta.
Una tarde, cuando la luz de la cocina se reducía a una lámpara bajo el mueble, el móvil vibró suavemente. Verónica escribió: «Antonia, pienso si algún día ya no estoy, no te metas en mi móvil a buscar conversaciones con el vecino. Solo hay manzanas y presión. En serio gracias por estar. Incluso cuando nos enojamos».
Antonia, con la respiración contenida, respondió: «No entraré en tu móvil. Y te pido lo mismo: si yo me fuera antes, no busques mis cartas viejas para averiguar dónde fallé. Solo recuerda que te quise y te quiero. No enfadaré, es mi trabajo».
El mensaje tardó diez minutos en llegar. Verónica solo respondió una palabra: «Acuerdo».
Antonia dejó el móvil, se acercó a la ventana. En la calle las farolas iluminaban la entrada del portal, donde el buzón aún se oscurecía. Sabía que al día siguiente volvería a bajar con un sobre, y que al anochecer revisaría la pequeña pantalla, esperando un «¿dónde estás?» o una larga charla de barrio.
El mundo se había vuelto más complejo. No se podía esconder tras la lentitud del correo ni la distancia. Las palabras volaban rápido y a veces herían, pero también llegaban al instante. Bastaba con escribir «hoy me siento melancólica» y, en un minuto, aparecería: «Vamos a criticar al gobierno, siempre ayuda».
Sonrió, recordó aquel intercambio y volvió a la mesa. Sobre el mantel reposaba una hoja limpia y, al lado, el móvil. Tomó la pluma, luego el dispositivo, y escribió a Verónica: «Te mando una carta. No la leas a escondidas».
En la pantalla, casi al instante, apareció: «Tarde. Ya sé todo. Pero sigo esperando, tanto la carta como a ti».
Antonia sintió que, en esa mezcla de lo antiguo y lo nuevo, del papel crujiente y del brillo digital, había algo seguro. Como los escalones de la escalera que subían juntas, aunque a veces tropezaran.
Colocó la fecha y la primera palabra de la carta. La mano se movía firme. El móvil reposaba tranquilo, destellando de vez en cuando. En ese parpadeo y en las líneas ordenadas del papel vivía su amistad, ahora con nuevas formas, pero tan viva y obstinada como siempre.







