Antes de la boda me llevaba en brazos, después pareció dejar de amarme

Antes de la boda, me llevaba en brazos, y después… como si se hubiera enamorado de otra.

Cuando conocí a Javier, pensé que me había tocado la lotería. Era ese hombre de las novelas románticas—atento, cariñoso, protector. No solo se interesaba por mí, vivía por mí. Llamadas varias veces al día: «¿Qué tal estás?», «¿Te has abrigado bien?», «¿Has comido hoy?». Si el cielo se nublaba y empezaba a llover, ya estaba en la puerta de mi trabajo con un paraguas. Cada mañana, en mi mesa aparecía un ramo de flores—claveles, rosas, margaritas. Mis compañeras me envidiaban, y yo no podía creer mi suerte.

Me envolvía en calor. Paseábamos de noche, de la mano, hablando de nada como dos niños. Y luego llegó la propuesta—clásica, con anillo, de rodillas, en la cafetería donde tuvimos nuestra primera cita. Incluso viajó a Málaga para conocer a mis padres—así de serio era. Por entonces, volaba de felicidad, como si no viviera mi vida, sino que fuera la protagonista de una película.

Pero el cuento de hadas terminó justo después del registro civil.

Al principio, los cambios fueron casi imperceptibles. Desaparecieron los mensajes matutinos, las llamadas de «¿Qué tal, cariño?». Las flores se esfumaron, como si nunca hubieran existido. Los besos se volvieron mecánicos, como un deber, no una muestra de cariño. Antes no podía apartar la mirada de mí, ahora… como si ni me viera.

Y en casa… en casa se encerró en sí mismo. Donde antes tomaba la iniciativa, ahora solo suspiraba: «Si hace falta, llama a un profesional». O peor: «Tú querías esto, tú te lo arreglas». No friega los platos, no pasa la fregona, hasta clavar un clavo es un drama. Y eso que antes presumía de ser un manitas.

No entiendo qué ha pasado. Yo no he cambiado. ¿Acaso no estoy igual—delgada, cuidada, guapa? Hombres en la calle todavía se giran. Pero él… como si hubiera perdido el interés. Como si me hubiera vuelto invisible, rutinaria… prescindible.

Mi madre dice: «Todos los matrimonios son así. El amor se acaba, lo importante es que trae dinero a casa, no bebe, no sale de fiesta. Agradece lo que tienes». Pero yo no puedo conformarme. No quiero vivir con un hombre que solo existe a mi lado. Quiero sentirme amada. No como un mueble más.

Ayer por la noche intenté captar su mirada. Ni se dio cuenta. Estaba con el móvil, scrolleando, sonriendo a la pantalla. Y en ese momento, algo se rompió dentro de mí: ¿y si hay otra? ¿Será eso lo que lo tiene tan frío, tan distante?

No quiero creerlo. Pero ¿y si tengo razón?

¿Cómo hablo con él? ¿Cómo saco la verdad? Porque lo amo. A pesar de todo, lo amo. No quiero dejarlo ir, pero tampoco sé si podría perdonar una infidelidad. Chicas, ¿alguien ha pasado por esto? ¿Qué hacer cuando tu marido antes y después de la boda son dos personas distintas? ¿Cómo escapar de esta sensación de que solo soy un accesorio en su vida? No sé qué hacer… pero callarme, ya no puedo.

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Antes de la boda me llevaba en brazos, después pareció dejar de amarme