Ana nunca confiaba en su marido, así que siempre había aprendido a valerse por sí misma. Esa era la norma en su vida de pareja.
Víctor Martínez era guapo como una amapola en plena floración y siempre el alma de la fiesta. Bebía con moderación, no fumaba, y nunca le llamaba la atención el fútbol, la pesca ni la caza. En resumen, un tío de los buenos, aunque no llegue a Palacio de Congresos.
Con todas esas cualidades, Ana sospechaba que Vídeo buscaba consuelo fuera de su hogar. Hombres así, se dice, no se encuentran en el día a día. Y las cazadoras siempre aparecen, ¿no?
Lo único que tranquilizaba a Ana era el cariño que Víctor sentía por su hijo, Esteban. No había nada que le importara más que su pequeño. Por eso Ana pensó que ese amor paternal bastaría para mantener la familia.
En el cole la llamaban la pelirroja por su fuego capilar y sus pecas, que parecían granitos de azúcar esparcidos por la cara. Su madre, una belleza de portada, le repetía desde niña: Aú, eres como el patito feo. Perdona la comparativa, pero esa amarga verdad hay que reconocerla. ¿Quién te lo dirá con sinceridad? Solo tu madre. El matrimonio no será fácil, así que tendrás que depender de ti misma. Estudia, trabaja, y si algún día aparece un buen hombre, no te pongas la mano en la oreja. Sé una esposa obediente. Esa lección quedó grabada en Ana para siempre.
Con la medalla de oro en el instituto, Ana se lanzó a la universidad, donde conoció al futuro esposo. No tenía ni idea de por qué él la había elegido. Más tarde, Víctor le confesó que ella era la única chica a la que se atrevió a acercarse. Ana nunca usó maquillaje, ni tintes llamativos, ni hacía gala de su figura. Cuando se dio cuenta de que aquel joven tan destacado le estaba tirando los tejos, decidió tomar la iniciativa. No quería dejar pasar el regalo del destino, así que le propuso matrimonio. Víctor se quedó boquiabierto al principio, pero ella le prometió ser una esposa dócil, humilde y fiel. El amor llegará con el tiempo, le decía. Después de dudar, aceptó casarse con aquella muchacha sencilla pero vivaz. La madre de Víctor, Victoria Olegona, lo miró al principio con desdén. ¡Qué hijo tan guapísimo, tan radiante como el sol! Cualquier chica le iría bien, y aquí viene una pecosa. El primer encuentro no fue nada brillante.
Ana notó la insatisfacción de la futura suegra. En el fondo, Ana sabía que un marido atractivo podía ser un obstáculo para la felicidad familiar, pero no iba a dejar pasar la oportunidad. Fue a casa de Víctor sin él, para salvar su futuro nupcial que pendía de un hilo. La madre de Víctor la recibió con una taza de café y, para sorpresa de Ana, la encontró bastante simpática. Me estoy acostumbrando, pensó Victoria Olegona. Ana prometió ser leal y obediente con su hijo hasta el final, y eso convenció a la suegra.
Victoria Olegona era una mujer sola; su marido la había abandonado años atrás por otra mujer, aunque volvió un año después, cansado y sin ser aceptado por la familia del marido. Pasó una época dura preguntándose si debía perdonar al infiel. Criar a un hijo sola no era nada fácil, así que decidió apoyar la elección de su hijo. Sabía que Ana haría lo que fuera por Víctor, incluso por los caminos más tortuosos. Bendijo el matrimonio.
Un año después nació Esteban, una copia exacta de su padre guapetón, lo cual alegró a Victoria Olegona. Víctor revoloteaba alrededor de su hijo como una mariposa loca; Esteban era su razón de ser. En cambio, el amor por su esposa nunca brotó. Ana tampoco sintió pasiones por Víctor. Su vida era rutinaria: lavaba y planchaba sus camisas, preparaba comidas, le daba un beso en la mejilla antes de dormir. Víctor le entregaba todo su sueldo, le compraba flores para su cumpleaños y la besaba cada mañana, pero todo parecía más un ritual que una historia de amor. Ambos esperaban sentir el amor verdadero del que tanto hablaban los libros y amigos. Pasados cinco años, Víctor lo encontró pero fuera de casa.
Era una joven de belleza celestial llamada Božena. Todo en ella era etéreo y seductor. Víctor no pudo resistirse a sus encantos. Božena correspondió al marido casado, y durante medio año se vieron en cafés, bancos del parque y en apartamentos de amigos. Esa traición agotaba a Víctor, que cada vez mentía más a su esposa. Esteban veía a su padre más irritado que sonriente. Božena le dio una condición: No habrá más amantes, Víctor. O te casas conmigo o seguimos como amigos. No me quedaré con viejas. Víctor, perdido, no quería perder a Božena, pero su hijo también era su tesoro. No pensó en Ana en absoluto. Cuando Esteban cumplió cinco años, Víctor empacó sus cosas y se marchó.
Ana recordó la lección de su madre. Aunque en la infancia esas palabras la hirieron, ahora comprendía que el abandono de Víctor no tendría que ser una tragedia. No lanzaría su vida al abismo ni se ahogaría en lágrimas, porque la vacuna materna contra los reveses estaba en su interior.
Claro, todo ese drama le picó el corazón. Un fragmento se hundió en lo más profundo de su ser, esperando su destino. La felicidad es como un pájaro libre: se posa donde quiere. Así que Ana bebió el trago amargo de la esposa abandonada hasta el último sorbo. Al despedirse, le dijo a Víctor: Si vuelves, la puerta siempre estará abierta. No te tardes. Esteban te quiere mucho, no lo hagas sufrir.
Víctor pasó seis meses de idas y venidas entre su hijo y Božena. Ana guardaba con mimo el cepillo de dientes de su ex marido en un vaso separado del baño. Cada vez que Víctor se lavaba las manos, el cepillo le lanzaba una mirada acusadora; él no podía mirarlo sin sentir culpa. En una ocasión lo metió en el bolsillo para desecharlo, pero al volver encontró otro idéntico, recién comprado.
En la cocina le esperaba siempre su taza favorita con café humeante, y en el pasillo los pantuflas aguardaban al dueño. Todos esos pequeños detalles le arañaban el alma. Víctor trataba de pasar el rato con su hijo y huir de casa lo más rápido posible. No podía explicarse a sí mismo por qué había abandonado su familia; una fuerza desconocida lo arrastraba hacia Božena, desgarrando su corazón. Preguntaba cómo no herir a los suyos, pero nunca obtuvo respuesta.
Tal vez Ana podría haberle cerrado la puerta, maldecido a la amante y a Víctor Pero ella guardó silencio. Cada vez que Víctor se marchaba tras jugar con Esteban, ella le decía en tono calmado: Vuelve, Vito. No nos olvides.
Božena lo recibía agotado. A ella no le gustaba la movida alrededor de Esteban. Božena le recordaba: Si me dejo, será por tu hijo. Lo cuidas más que a mí. Así se prolongó durante años.
Las amigas susurraban a Ana: ¡Anda, casa ya, que algún día te case un buen hombre! ¿Qué esperas? Tu padre necesita un hijo, no solo en fiestas, sino todos los días. Y tú aún eres joven, Olvídate de Víctor. Ana escuchaba, suspiraba y guardaba silencio.
Con el tiempo, sus amigas dejaron de insistir; todos aceptaron que estaba sola. El tiempo siguió su curso implacable. Víctor dejó de visitar a Esteban. Padre e hijo se encontraron en una zona neutral. Esteban terminaba el instituto y Ana comprendió que su marido no volvería jamás; ya habían pasado doce años desde su partida, un largo trecho. Puso punto final a esa etapa y, con energía suficiente, decidió tener otro hijo. Así, tomó un billete y se fue a la costa mediterránea. Allí vivió un romance de verano sin ataduras, como si fuera una charla de bar en la terraza.
Nueve meses después nació la hermanita de Esteban, María. Las amigas de Ana se quedaron boquiabiertas ante su decisión. Se agolparon en la puerta del hospital, esperando al recién nacido. La joven madre salió cansada pero radiante, con un pañuelito rosa en la mano. ¡Hola, chicas! Por favor, acaricien a mi Maruja.
Una de ellas, con sarcasmo, preguntó: ¿Y el segundo nombre, cómo se llama?. ¡Eso se aprende con los años!, respondió Ana con picardía. Ningún comentario pudo empañar la inmensa alegría de Ana; su vida ahora giraba en torno a criar a María.
Esteban se convirtió en el primer y mejor ayudante. Amaba a su hermana. No hacía preguntas incómodas sobre el padre de María; su madre estaba tan feliz que todo lo demás dejaba en segundo plano.
Cuando María entró en el jardín de infancia a los tres años, los niños le enseñaron que también existen papás, no solo mamás. Desde entonces, María insistía en llamar papá a su hermano Esteban. Resultó cómico y agridulce.
Una noche, al sonar el timbre, María corrió a la puerta gritando: ¡Es mi papá!. Ana miró por la mirilla y vio ¡a Víctor! Lo abrió de par en par. ¿Puedo entrar, Ana?, preguntó el invitado inesperado. Entra, si has venido, respondió Ana, sin poder ocultar su sorpresa.
Víctor dejó dos bolsas repletas en el suelo y se quitó la mochila. María, emocionada, abrazó al desconocido diciendo: ¡Mamá, es mi papá, no?. Ana, con lágrimas, confirmó: Sí, hija, ese es tu padre. Víctor tomó a la niña en brazos, besó su nariz pecosa y sus rizos dorados: ¡Hola, mi pelirroja!. Luego se acercó a Ana y la besó con fervor. Mil gracias, Ana. ¿Me perdonas?, imploró, intentando arrodillarse. Ana, firme, tomó su codo y le impidió que se arrodillara. Hola, mi amarga miel. Te fuiste durante diecisiete años, pero no guardo rencor. ¿Quién recuerda lo viejo? Lo importante es que necesitamos a un padre. Esteban, con los ojos muy abiertos, observaba la escena y sonreía.
Días después, Ana, recuperada del torbellino, llamó a una amiga curiosa y dijo: ¿Quieres saber el segundo nombre de mi hija? Es Víctorna. Recuerda: María Víctorna, sin discusión.







