Dolores nunca se había imaginado proponerle a Sergio mudarse a su piso. Salir juntos era una cosa, vivir bajo el mismo techo era otra muy distinta.
El sábado, Dolores esperaba a Sergio para su paseo de siempre. Abrió la puerta del apartamento y, al asomarse al vestíbulo, lo vio con dos maletas enormes.
¿Qué ocurre, Sergio? preguntó, sorprendido.
Dolores, ¿puedo entrar? Tengo que explicarte respondió él, entrando de un paso rápido.
Dejaron las maletas junto al perchero y Sergio se dejó caer en el sofá.
Resulta que la dueña del piso ha decidido venderlo y me ha dado una semana para desalojar dijo, con la voz entrecortada.
¿Y ahora qué? inquirió Dolores.
No tengo dónde vivir. No se encuentra otro piso de inmediato y, además, me falta el dinero contestó, con la mirada perdida.
Dolores comprendió. Ella poseía un apartamento de tres habitaciones en el barrio de Salamanca, fruto de toda una vida de trabajo. Sus hijas ya vivían solas, así que había espacio de sobra.
Pensaba que podríamos empezó a decir, pero la idea se quedó en el aire.
Dolores, he pensado intervino Sergio, mirando los ojos de ella. Llevamos medio año conociéndonos, compartiendo cenas, paseos por el Retiro, visitas a la exposición del Prado ¿Qué tal si empezamos a vivir juntos?
¿Juntos? repitió ella, incrédula.
Sí. Tu piso tiene tres habitaciones, hay sitio de sobra. Yo sigo trabajando, me encargaré de la compra y de lo que haga falta.
Sergio, nunca habíamos hablado de eso repuso Dolores, con la voz temblorosa. ¿Por qué ahora?
¿Para qué hablarlo antes? La vida misma nos ha puesto la situación sobre la mesa afirmó él, con una sonrisa forzada.
Dolores sintió que el corazón le latía desbocado. No estaba preparada para una decisión tan repentina.
Necesito pensarlo dijo, mirando las maletas.
¿Pensarlo? replicó él. Lo nuestro ya es una realidad, nos queremos.
Quererse y convivir son dos cosas distintas contestó ella, firme.
¿Por qué distintas? A nuestra edad ya deberíamos definirnos insistió Sergio.
¿Definirnos en qué? preguntó Dolores, cruzando los brazos.
En la relación. Si nos vemos, también debemos estar juntos exclamó él, acercándose al armario donde reposaban las maletas.
¿Y si me opongo? levó la voz, sin poder evitar el temblor.
¿A qué? ¿A la felicidad? le contestó él, con una mueca irónica.
A que alguien aparezca en mi vida con sus pertenencias sin siquiera haber pedido permiso repuso Dolores, la ira asomando en sus ojos.
No lo hice por mala voluntad, simplemente las circunstancias se defendió Sergio.
Las circunstancias no se dan, las crean las personas replicó ella, con el rostro pálido de la rabia.
Silencio. Sergio se quedó inmóvil, meditando.
De acuerdo, hablemos ahora mismo. Propongo que vivamos juntos dijo, con tono decidido.
Yo me niego respondió Dolores, sin titubeos.
¿Por qué? insistió él, visiblemente frustrado.
Porque me gusta vivir sola. Me gusta nuestra forma de estar, pero no quiero compartir el día a día explicó, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.
Pero… comenzó Sergio, pero ella lo interrumpió.
El día a día implica hábitos, orden, compromisos. Yo prefiero mantener mi rutina dijo, la voz quebrándose.
Sergio bajó la mirada, el semblante sombrío.
¿Y si te propongo casarnos? preguntó, con una voz casi suplicante.
¿Para qué? replicó Dolores, sin humor.
Para que sea oficial, como se hace en la sociedad insistió él.
El matrimonio no cambiará nada. No quiero vivir bajo el mismo techo afirmó ella, firme.
Entonces, ¿qué sentido tiene nuestra relación? inquirió él, con la mano en el pecho.
El mismo de siempre: salir, conversar, pasar tiempo juntos sin obligaciones de convivencia respondió Dolores.
¿Y después? presionó él.
Seguiremos viéndonos cuando ambos lo deseemos dijo, mientras el silencio volvía a envolver la habitación.
Pero no es serio exclamó Sergio, frustrado.
Para mí es serio, pero no de la forma que imaginas replicó ella, levantándose.
Dolores, a los sesenta años deberías pensar en quién te acompañará en la vejez le recordó él.
Yo pienso. No tiene por qué ser un marido contestó, con serenidad.
¿Quién entonces? insistió Sergio.
Mis hijas, una cuidadora, los servicios sociales hay opciones dijo, mirando por la ventana del patio interior.
Eso no es lo que quiero rebatió él, encogiéndose de hombros.
Sergio dio un paso atrás, cruzó la habitación y se acercó a la puerta.
Entonces, ¿me ofreces seguir viviendo en tu piso alquilado y vernos los fines de semana? preguntó, resignado.
Te ofrezco lo que te resulte cómodo. Y nos vemos cuando ambos lo deseemos respondió Dolores, sin dulzura.
¿Y si no tengo con qué pagar el alquiler? insistió él.
Ese es tu problema, no el mío replicó ella, con frialdad.
Es cruel, Dolores exclamó él, con la voz quebrada.
Es honesto. No estoy obligada a resolver tus asuntos de vivienda contestó ella, manteniendo la mirada firme.
Pero… dijo él, sin saber qué decir.
No, no puedes quedarte afirmó Dolores, mientras Sergio recogía las maletas.
Así que tendré que buscar piso y, al mismo tiempo, nuevas relaciones dijo, con un suspiro.
Tal vez asintió ella, sin mirarlo.
¿Te arrepentirás? preguntó él, antes de cerrar la puerta.
No respondió Dolores, mientras la puerta se cerraba de golpe.
Sergio se alejó por la calle de la Gran Vía, sin volver a llamar. Dolores volvió a su tranquila rutina. A los sesenta años, valoraba la calma por encima de cualquier relación y la libertad más que cualquier compañía.
¿Y tú, qué harías en su lugar? Escríbenos en los comentarios y deja tu like.







