Me llamo Ramón, tengo sesenta y un años y desde hace veintitrés vivo en el primer piso de un edificio en la calle Alameda, en el barrio de Pilsen, Chicago, justo al lado de la frutería del señor Beto. Soy conductor jubilado de la CTA, así que tengo tiempo libre, y cuando uno tiene tiempo se sienta en el banco de la entrada y ve más de lo que debería ver.
A la mujer del tercer piso la conocía de vista desde hacía años. Se llamaba Guadalupe, aunque todos le decían doña Lupita. Tenía cuarenta y cuatro años, trabajaba en una firma de contabilidad en el centro, y cada mañana, como reloj, a las siete y veinte salía del edificio con un vestido bien planchado, con una bolsa que —según comentó una vez mi vecina del segundo piso— seguramente costaba medio sueldo. Y casi siempre con flores. A veces tulipanes, a veces claveles baratos del supermercado Jewel, a veces algo más bonito de la florería de la esquina, la que tiene el toldo verde descolorido.
Las señoras del banco —eran tres, las del segundo, cuarto y quinto piso, que bajaban todos los días como turnándose, como guardias— tenían su propia opinión sobre el asunto.
—Otra vez arreglada como para boda —decía una, siempre con las bolsas del mandado colgando del brazo.
—Ya la conocemos. Siempre perfumada, siempre peinada. Alguien le paga esos trapos, porque con sueldo de contadora no se anda así.
—Y las flores, ¿de quién serán? Porque dudo que se las compre ella sola.
Yo en ese entonces no decía nada, porque no era mi asunto. Pero escuchaba con atención, recargado en la escoba junto al bote de basura, como si tuviera algo que hacer. Y lo confieso ahora que ya puedo: también pensé algo parecido alguna vez. Que una mujer bonita, sola, sin marido a la vista, arreglada todos los días, es porque alguien la mantiene. Ahora me da pena acordarme.
Doña Lupita vivía sola. Nadie la visitaba, no se oían pleitos detrás de su puerta, no se escuchaban portazos de noche. Regresaba tarde, a veces hacia las nueve de la noche, con cara de haber corrido un maratón, pero siempre decía "buenos días" a las del banco, aunque ellas no le contestaran.
En ese entonces yo tenía mi propio problema: mi esposa estaba recién operada de la cadera, así que iba al Aldi tres veces por semana, justo a la hora en que doña Lupita regresaba. Y una vez, junto al bote de reciclaje, donde separaba el vidrio, le pregunté así de paso, sin mala intención:
—Doña Lupita, qué bonitas esas fresias. ¿Son para alguien especial?
Se quedó rígida un momento, como esperando otra grosería. Pero contestó corto:
—Para mi mamá.
No dijo nada más, y yo no insistí, porque no era mi asunto, me repito siempre. Pero esa palabra se me quedó grabada mucho tiempo.
La verdad salió a la luz un jueves de julio, cuando el aire estaba pesado como caldo y en la entrada olía a café, polvo y asfalto caliente de la calle. Yo andaba afuera, sacando una bolsa de composta al patio trasero, cuando vi a Guadalupe bajar las escaleras con un ramo de margaritas, con un vestido beige, en tacones, los ojos un poco rojos.
Las señoras del banco estaban de nuevo las tres juntas.
—Ahí va otra vez con sus flores —soltó la de las bolsas—. Algunas tienen suerte.
—O tienen cerebro —agregó otra, riéndose.
Y entonces doña Lupita se detuvo. Por primera vez desde que yo la conocía, no siguió caminando. Se quedó con el ramo pegado al pecho, mirando a las tres mujeres sin enojo, solo con un cansancio de quien ha cargado algo pesado sola durante mucho tiempo.
—Tienen razón —dijo bajito—. Estas flores son para una mujer.
Se hizo un silencio. Hasta yo, parado junto al bote de basura con la bolsa en la mano, dejé de fingir que no escuchaba.
—Para mi mamá. Está en un asilo en Cicero, pago mil cien dólares al mes, cada centavo de mi sueldo. Tiene alzhéimer. A veces no sabe quién soy. A veces me reconoce por el perfume —siempre uso el mismo, uno que mi mamá me regaló hace quince años y me decía que olía como yo. A veces me dice "señorita". Y a veces me dice "hijita". La semana pasada, cuando llegué, me miró y me dijo: "qué bonito ese vestido, solo arréglate un poco el pelo". Lloré después en el carro, en el estacionamiento, como veinte minutos. Pero ese día me reconoció. Y por esos días es que me arreglo.
Nadie dijo nada. Solo se oía, a lo lejos, el perro del vecino del edificio de al lado, ese chihuahueño que siempre le ladraba al cartero.
—Estas flores no son de ningún hombre. Las compro con mi propio cheque, a ocho o diez dólares, para su cuarto. Porque cuando las ve, sonríe. Y cuando sonríe, aunque sea un momento, siento que mi mamá todavía está ahí.
La de las bolsas bajó la mirada hacia la banqueta.
—Este vestido no es para ninguna cita. Es para mi mamá. Cuando yo era niña, siempre me decía que nunca saliera de la casa descuidada, sin importar lo difícil que fuera el día. Me enseñó a planchar cuellos de camisa cuando tenía diez años, en una tabla vieja en la cocina de nuestro departamento en La Villita. Y ahora, cuando me ve bien vestida, a veces se acuerda de esa niña.
Se le quebró la voz, pero siguió hablando.
—¿Saben qué es lo que más me duele? No que me juzguen. Sino que hicieron de esto una historia sucia que nadie nunca se molestó en preguntar.
La mayor de las tres, la del cuarto piso, se tapó la boca con la mano.
—Nosotras… no sabíamos, mija.
—Ya lo sé.
Se dio la vuelta hacia la parada del autobús y se fue, sin mirar atrás.
La de las bolsas empezó a llorar bajito, secándose la cara con la manga de la blusa.
Esa noche, cuando regresé a mi departamento, le conté todo a mi esposa. Se quedó callada un rato y luego solo dijo: "hay que llevarle algo para Navidad, Ramón, no flores, algo práctico, porque esa mujer seguro no tiene tiempo para nada". Mi esposa siempre piensa en lo práctico, hasta recién operada de la cadera.
Al día siguiente, cuando volvía del mercado de la calle 18 con una bolsa llena de papas, vi a la mayor de esas tres mujeres, doña Carmen, parada frente al edificio con un ramito de fresias en la mano, esperando a que Guadalupe regresara del trabajo. Cuando Guadalupe llegó, Carmen le extendió las flores.
—No sabía cuáles le gustan a tu mamá, así que traje fresias. Me costaron seis dólares, eso fue lo que llevaba. A lo mejor… a lo mejor se las llevas mañana, de parte de todas nosotras.
Guadalupe se quedó mirando las flores un buen rato antes de tomarlas.
—Le gustan las fresias —dijo bajito—. Le gustaban mucho.
Desde ese día algo cambió en nuestro edificio. No de inmediato ni del todo, pero lo suficiente para notarlo. Las señoras del banco dejaron de murmurar cuando Guadalupe bajaba por las mañanas. A veces le preguntaban: "¿cómo está tu mamá?". Una vez vi que Carmen le dejó una bolsa de manzanas frente a la puerta con una nota: "Para su mamá, a ver si le gustan".
Yo mismo, cuando ahora voy a Cicero a visitar a un compañero del trabajo, a veces paso por la florería del toldo verde y compro un ramo de fresias —no para nadie de mi familia, solo porque cuando las veo, pienso en doña Lupita.
La vi una vez por la ventana, cuando entraba al elevador de ese mismo asilo: estaba junto a la cama de su madre, le acomodaba la cobija, y después se sentó junto a la ventana con el ramo sobre las piernas y dijo bajito:
—Ya llegué, mamá. Siempre vengo.







