Pancho no soportaba a Rómulo. Y eso, en un zoológico de casi cuarenta hectáreas donde conviven cientos de animales sin mayor drama, ya era motivo suficiente para que los cuidadores del Zoológico de San Antonio, en Texas, empezaran a preocuparse.
Pancho era un orangután de Borneo de unos catorce años, con el pelaje rojizo apagado por el sol texano y unos brazos que, cuando los extendía, medían casi dos metros de punta a punta. Vivía en el sector de primates desde cachorro, donado por un criador de Oklahoma que ya no podía hacerse cargo de él. Los cuidadores lo conocían bien: le gustaba el mango partido a la mitad, se aburría rápido de los mismos juguetes de cuerda y, sobre todo, odiaba con toda el alma a Rómulo, el otro macho adulto del recinto vecino.
Nadie sabe bien por qué empezó la rivalidad. Pudo ser una hembra, pudo ser comida, pudo ser simplemente que dos machos grandes no caben en un mismo territorio sin que uno le declare la guerra al otro. Lo cierto es que un martes de julio, cuando el termómetro marcaba treinta y ocho grados y el zoológico estaba lleno de familias que aprovechaban las vacaciones de verano, Pancho decidió que ya estaba harto de mirar a Rómulo desde lejos.
A las once y veinte de la mañana, una señora que hacía fila para comprar un elote con mayonesa y chile en el puesto junto a la zona de primates empezó a gritar. Pancho estaba fuera de su recinto, caminando tranquilo por el sendero de concreto, entre los carritos de paletas heladas y los niños en carriola, como si fuera un visitante más que se había separado de su grupo.
No mordió a nadie. No tocó a ningún niño. Se paró frente al vidrio del recinto de los tigres, lo golpeó dos veces con la palma de la mano y siguió caminando, curioso, oliendo el aire cargado de palomitas y protector solar. Los guardias tardaron cuarenta minutos en localizarlo y devolverlo a su jaula con ayuda de un dardo tranquilizante suave, porque el jefe de veterinarios se negó a usar una dosis fuerte: "este mono no está agresivo, está de paseo", dijo por radio, y esa frase se repitió durante meses entre el personal como si fuera un chiste interno.
La segunda vez fue peor, y ahí fue cuando el zoológico entendió que tenían un problema serio entre manos. Pancho se escapó de noche, después del cierre, cuando solo quedaban dos guardias de seguridad haciendo su ronda con linternas. Lo encontraron a las tres de la madrugada frente al recinto de Rómulo, lanzando piedras del tamaño de un puño por encima del foso de contención. Rómulo chillaba, asustado, refugiado en el rincón más alejado de su cueva artificial, mientras Pancho, del otro lado, parecía disfrutar cada impacto contra la roca falsa donde Rómulo solía dormir.
"Fue como ver una venganza personal", contó después Marisol Guzmán, la bióloga a cargo del área de primates, en una entrevista para el noticiero local. "Ese animal no salía a explorar. Salía a molestar a Rómulo, específicamente a él, y a nadie más."
El zoológico reaccionó con todo lo que tenía. Subieron las paredes del recinto cuarenta centímetros. Instalaron cerca eléctrica de bajo voltaje en el borde superior. Pusieron cámaras nuevas. Incluso, en un operativo que hoy suena casi ridículo, vistieron a dos empleados de mantenimiento con gorras y camisetas de turista para que se sentaran cerca del recinto todo el día, fingiendo comer nachos, mientras en realidad vigilaban cada movimiento de Pancho.
No sirvió de nada. Tres semanas después, un sábado por la tarde, con el zoológico a reventar por el fin de semana del Día del Trabajo, Pancho volvió a salir. Y esta vez no fue de paseo ni fue directo a molestar a su rival: cruzó el sendero principal a paso rápido, casi decidido, hasta plantarse frente al foso de Rómulo con las dos manos apoyadas en el borde de concreto. Se quedó ahí, quieto, mirando fijo hacia la cueva artificial donde Rómulo ya no salía casi nunca. Un empleado que pasaba con un carrito de limpieza fue quien dio la alarma antes de que Pancho decidiera bajar.
Fue ese tercer escape, más que los anteriores, el que obligó a la gerencia a contratar a un equipo de escaladores profesionales de Austin para revisar centímetro por centímetro las paredes del recinto. Después de dos días de trabajo, encontraron la respuesta: una grieta diminuta en el concreto, apenas visible, que Pancho usaba como punto de apoyo para los dedos de los pies. Nadie del personal la había detectado en años de inspecciones rutinarias. Resanaron la grieta, alisaron toda la superficie interior con una resina especial antideslizante y añadieron un saliente curvo en la parte superior, imposible de sujetar con las manos.
Para entonces, Pancho ya no era solo "el mono problema" del zoológico de San Antonio. Era una celebridad local. Un canal de noticias de Univision le dedicó un reportaje de cinco minutos. En una tienda de recuerdos del centro empezaron a vender playeras con su cara y la leyenda "Free Pancho" en letras rojas, y se agotaron en dos semanas. Había gente que manejaba desde Laredo y desde Corpus Christi solo para verlo, con la esperanza secreta de presenciar otra fuga.
Pero la pared arreglada no resolvió nada, porque la pared nunca fue el problema de verdad.
Marisol lo entendió una tarde de septiembre, cuando entró al recinto de Rómulo para dejarle su ración de fruta y lo encontró exactamente donde lo había encontrado los últimos ocho días: pegado a la pared del fondo, de espaldas al foso, sin tocar la comida del día anterior, que seguía ahí, empezando a oscurecerse. Rómulo no se movió cuando ella entró. No buscó el mango ni el plátano. Se quedó quieto, con los brazos cruzados sobre el propio cuerpo, como si tratara de ocupar el menor espacio posible dentro de su propio recinto. Marisol se agachó junto a él, le acercó un pedazo de mango con la mano, y Rómulo ni siquiera giró la cabeza para verlo.
Ese mismo día llamó al veterinario conductual de Houston que llevaba semanas monitoreando al animal. Los números que le dio por teléfono confirmaron lo que ella ya sabía con solo haber visto la comida sin tocar: niveles de cortisol muy por encima de lo normal, un patrón de conducta compatible con estrés crónico sostenido. El problema nunca había sido una grieta en el concreto. El problema era que, mientras Rómulo y Pancho compartieran esa cerca, uno de los dos iba a terminar consumido.
La decisión le tocó a Marisol, y la tomó sola, sentada en su oficina con la carpeta de traslado abierta sobre el escritorio y el bolígrafo en la mano durante casi un minuto entero antes de firmar la primera hoja. Rómulo sería trasladado al Zoológico de Fort Worth, donde había un recinto individual disponible, sin vecinos machos adultos alrededor. Coordinó el transporte en una jaula especial, con un veterinario acompañante durante todo el viaje.
El día que el camión salió por la puerta de carga, a las seis y media de la mañana, antes de que abrieran al público, Pancho estaba despierto en su recinto renovado, con la pared lisa y el saliente curvo todavía brillando por la resina de la noche anterior. Se acercó al vidrio y se quedó ahí, viendo pasar el camión, sin lanzar ninguna piedra, sin golpear el cristal, sin hacer ningún sonido.
Marisol se quedó un rato frente al recinto vecino, ahora vacío, con la ración de fruta de Rómulo todavía en la mano porque nadie le había avisado a tiempo para dejar de prepararla. Pancho, del otro lado del pasillo, tenía por fin todo el territorio para él solo: la cerca eléctrica, el foso, la cueva artificial, el sendero entero. Y sin nadie a quien vigilar desde el borde del muro, se sentó en medio de su recinto y no se movió de ahí por el resto de la mañana.







