Setenta y dos años cumplió Elena Marisol Reyes el pasado marzo, y el mismo mes en que celebró su cumpleaños firmó los papeles que le devolvieron su apellido de soltera. En Union City, Nueva Jersey, entre panaderías cubanas y el olor a café colado que sale de la bodega de la esquina, empezó de nuevo.
Durante cuarenta y un años fue la señora de Humberto Casals. Ama de casa, contadora de una tienda de repuestos en West New York, madre de tres hijos ya criados. Cuando Humberto se fue con una mujer veinte años menor —una recepcionista del gimnasio donde él iba "a cuidarse la presión"— Elena pensó que se le acababa el mundo. Firmaron el divorcio un jueves de octubre, en una oficina con vista al río Hudson, y ella salió del edificio sin saber a dónde ir.
Se subió al autobús 23 y se bajó tres paradas antes de la suya. Caminó por Bergenline Avenue sin rumbo, mirando las vitrinas: una tienda de vestidos, una zapatería, un salón de uñas con las paredes pintadas de rosa mexicano. Entró a comprar un café de cuatro dólares con cincuenta centavos —el más caro del menú, con canela y leche de almendra— solo para ver si el mundo se le caía encima por gastarlo en ella sola. No se le cayó.
Al principio, sus vecinas del edificio la miraban con lástima. La señora del segundo piso, Carmen, le llevaba sopas los domingos "para que no comiera sola", como si la soledad fuera una enfermedad que se cura con caldo de pollo. Elena agradecía la sopa y después cerraba la puerta y ponía su propia música: boleros, a veces reguetón viejo que le gustaba a escondidas, y bailaba en la sala con los pies descalzos sobre el piso de madera que crujía en la misma tabla de siempre.
Un mes después del divorcio, se cortó el pelo. Lo llevaba largo desde los treinta, porque a Humberto le gustaba así. Fue a una peluquería nueva en la avenida, pidió algo corto, casi masculino en las orillas, y cuando la peluquera dominicana le preguntó si estaba segura, Elena solo dijo: "Corte. Es mi cabeza y son mis cuarenta dólares."
Se compró un blusón con estampado de flores enormes, rojas y anaranjadas, que en cualquier otro momento de su vida hubiera llamado "ropa de loca". Se puso lentes oscuros aunque el cielo de Nueva Jersey estuviera gris como casi siempre en noviembre. Nadie le preguntó por qué. Y si alguien preguntaba, ella tenía la respuesta lista: "Porque me gusta."
Sus hijos no lo entendieron igual. Marisela, la mayor, la llamaba cada domingo con la misma preocupación en la voz: "Mami, ¿estás bien ahí sola? Vente a vivir con nosotros a Elizabeth." Elena le agradecía la oferta y la rechazaba cada vez. No porque no quisiera a sus nietos —los adoraba, los cuidaba los sábados, les hacía arroz con pollo— sino porque había descubierto algo que no pensaba soltar: el silencio de su propio apartamento a las siete de la mañana, con el sol entrando por la ventana de la cocina y nadie pidiéndole que apurara el café.
El golpe verdadero llegó en enero. Humberto se apareció un sábado sin avisar, con un ramo de rosas de gasolinera y la excusa de que "la relación nueva no funcionó como pensaba". Le pidió que hablaran, que tal vez podían intentarlo otra vez, que los cuarenta y un años juntos valían más que un error de meses. Elena lo dejó pasar hasta la sala. Le sirvió un café —el normal, el barato, el de siempre— y lo escuchó completo, sin interrumpir.
Cuando Humberto terminó, ella puso la taza en la mesa y le dijo que no. No con rabia, sin subir la voz. Le explicó que durante cuatro décadas había aprendido a preguntarle a él antes de comprarse un par de zapatos, antes de visitar a su hermana en Filadelfia, antes de decidir qué guisar un martes. Que ahora, por primera vez, se preguntaba a sí misma y le gustaba la respuesta que encontraba. Humberto se fue con las rosas todavía en la mano, porque ella no las quiso.
Esa misma tarde, Elena sacó de una caja de zapatos vieja los ahorros que había juntado sin que él supiera —trescientos dólares en billetes doblados, guardados durante años "por si acaso"— y los sumó a lo que le tocó del acuerdo de divorcio: catorce mil dólares. Con ese dinero abrió una cuenta a su nombre en el banco de la avenida, algo que nunca había tenido en cuatro décadas de matrimonio, y pagó de contado un curso de seis semanas de baile en un estudio cerca de Journal Square.
Los sábados de esta primavera, mientras Humberto sigue viviendo solo en el apartamento de Weehawken que se quedó de la separación, Elena baila salsa con un grupo de mujeres de su edad, todas viudas o divorciadas, todas con las uñas pintadas de colores distintos. Después de cada clase, se sienta en la cafetería de la esquina, pide su café de canela, se pone los lentes oscuros aunque adentro no haga falta, y mira pasar la avenida.
Carmen, la vecina del segundo piso, ya no le lleva sopa los domingos. Un día tocó la puerta y encontró a Elena vestida para salir, con el blusón de flores y los labios pintados de rojo. "¿Vas a algún lado especial?", le preguntó. Elena sonrió, agarró su cartera y contestó que no, que solo iba a caminar por la avenida a ver las vitrinas, sin prisa, sin nadie que le preguntara por qué.







