El sótano de la lavandería en Paterson, Nueva Jersey

Ramiro Osorio tiene cuarenta y un años y todavía se acuerda del ruido exacto que hacía la lavadora industrial cuando se quedaba solo en el sótano del local, apretando la espalda contra la pared de bloques de cemento, esperando a que se le pasara el temblor de las manos.

El negocio era de su tío Beto, una lavandería de monedas en la Market Street de Paterson, con seis secadoras que nunca se apagaban del todo y un olor a suavizante que se le pegaba a la ropa hasta el día siguiente. Ramiro trabajaba ahí desde los veintitrés años, cobrando en efectivo, cambiando billetes de veinte por rollos de cuartos. Y desde los veintiséis, escondía botellas de vodka barato detrás de los bidones de detergente a granel.

—Un litro y medio, a veces dos —cuenta, sentado en la cocina de su departamento de dos cuartos en la avenida 21, con una taza de café que ya se le enfrió por tercera vez—. Eso era solo para arrancar el día. Después seguía.

No fue una sola cosa la que lo llevó ahí. Fue la suma: el divorcio de sus padres cuando él tenía catorce años, un accidente en la fábrica de textiles donde trabajó antes de la lavandería —se lastimó la muñeca izquierda y todavía se le nota una cicatriz fina, como una costura— y la soledad de vivir solo en un país donde, según dice, "uno aprende rápido que nadie te va a estar preguntando cómo estás, así que mejor no lo cuentes tampoco".

El peor tramo duró casi cuatro años. Ramiro llegaba a tomar hasta tres botellas de las chicas en un solo día, repartidas: una escondida en el tanque del inodoro de su casa, otra en la cajuela del Honda Civic del 2009 que todavía maneja, otra en el cajón de las herramientas de la lavandería, debajo de un destornillador que nunca usaba para nada más que taparla.

—Mi hermana Yolanda fue la que me encontró la botella de la cajuela —dice, y ahí sí hace una pausa larga, se frota los nudillos—. Yo la había llevado al Costco de Route 46 a comprar cosas para el cumpleaños de mi sobrino. Se le cayó una bolsa, se agachó a levantarla, y ahí estaba. No dijo nada en el momento. Nada. Eso fue lo peor.

Yolanda no lo denunció a la familia esa misma tarde. Esperó nueve días. Y cuando habló, no fue con gritos: llegó una noche a su departamento con una carpeta de plástico con los folletos que había conseguido en el Passaic County Alcohol and Drug Abuse Program, se sentó en el sillón —el mismo sillón de pana verde que Ramiro todavía tiene— y le dijo una frase que él repite palabra por palabra:

—Me dijo: "No te voy a rogar. Te voy a esperar. Pero mientras esperes, vas a ir a ver a alguien, aunque sea una vez".

Esa "una vez" se convirtió en programa de desintoxicación de veintiocho días en un centro de tratamiento en Sussex County, financiado en parte por Medicaid y en parte con un préstamo de cuatro mil trescientos dólares que le prestó su primo Nestor, un préstamo que Ramiro terminó de pagar hace ocho meses, en cuotas de cien dólares que depositaba todos los primeros de mes en la cuenta de Chase de su primo.

Hoy hace tres años, dos meses y once días que Ramiro no toma ni una gota. Lleva la cuenta en una libreta de espiral que guarda en la guantera del Civic, junto con el ticket del primer día que salió del centro de tratamiento.

Sigue trabajando en la lavandería de su tío, que ahora es suya —Beto se la traspasó el año pasado, cuando se jubiló y se mudó a Kissimmee, Florida—. Ramiro cambió las seis secadoras viejas por unas nuevas, LG de carga frontal, y hay un cartel pegado en la caja registradora, escrito a mano, que dice: "Si necesitás hablar, yo escucho. — R."

Dos veces por semana va a una reunión de Alcohólicos Anónimos en el sótano de la iglesia St. John's, en la calle Grand, los martes y los sábados a las siete de la tarde. Los sábados, después, pasa por la casa de Yolanda en Clifton y se queda a cenar con ella y con su sobrino, que ya tiene doce años y le pregunta cosas sobre carros porque quiere aprender a manejar el Civic algún día.

La cicatriz de la muñeca sigue ahí. Ramiro dice que ya no le molesta mirarla.

—Antes la tapaba con la manga aunque hiciera calor. Ahora la dejo así. Total, ya sé lo que significa: que sobreviví a la fábrica y sobreviví a lo otro también. Las dos cosas casi me matan y las dos veces seguí acá.

La libreta de espiral, con los números escritos día por día, sigue en la guantera. Ramiro dice que cuando llegue a los mil días exactos —le faltan poco más de trescientos— va a comprarle a Yolanda esa cafetera Keurig que ella siempre mira en el Target de Route 4 y nunca se compra porque dice que es un gasto innecesario.

—Se lo debo —dice, y cierra la libreta—. Nueve días esperó para hablarme. Yo llevo tres años esperando para devolverle algo.

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