Marisol Fuentes cumplió treinta y cuatro semanas de embarazo un martes de agosto, en Union City, Nueva Jersey, con el aire acondicionado del apartamento roto y un ventilador de pie apuntando directo a sus tobillos hinchados. Su esposo, Héctor Ramírez, mecánico de una gomería en Bergenline Avenue, había prometido arreglarlo el fin de semana. No lo arregló. Y cuando nació la bebé —Camila, seis libras dos onzas, un jueves de septiembre en el Hospital de Jersey City— Héctor volvió al trabajo el lunes siguiente porque, según dijo, "la renta no se paga sola".
Marisol se quedó sola con la niña durante nueve horas diarias, en un tercer piso sin ascensor, con una cesárea que todavía le dolía al toser. Su madre, que vivía en Union City también, a quince cuadras, aparecía los domingos con tamales y consejos que Marisol no había pedido. "En mi época no había tanto drama con esto", le decía la señora Ofelia mientras mecía a Camila. "Vos ya deberías estar arreglada, mija. Mirá esas ojeras."
Nadie preguntaba cómo dormía Marisol. Nadie preguntaba si había comido algo más que galletas de soda paradas frente al fregadero mientras la bebé lloraba en la otra habitación. Lo que sí preguntaban, cada vez que la veían, era cuándo iba a volver a la peluquería donde trabajaba, cuándo iba a "recuperar la figura", cuándo la casa iba a estar como antes.
Héctor llegaba a las siete de la tarde, se sentaba frente al televisor con un plato de arroz con habichuelas que Marisol cocinaba con un brazo mientras cargaba a Camila con el otro, y decía cosas como: "Menos mal que yo trabajo, porque vos en todo el día no hiciste nada." Ella no respondía. Contaba los mosaicos del techo del baño mientras se duchaba en los cinco minutos que la bebé dormía.
A los dos meses, Marisol dejó de reconocerse en el espejo del pasillo. No era solo el cuerpo —la piel floja del abdomen, las estrías nuevas que cruzaban las viejas— era algo más adentro. Se sentaba en el borde de la cama a las tres de la madrugada, con Camila prendida al pecho, y pensaba en la mujer que hacía trenzas africanas y cortes de pelo en el salón de la calle 32, la que reía fuerte, la que ahorraba para un viaje a Santo Domingo que nunca hizo. Esa mujer parecía haberse quedado atrás, en algún cajón cerrado.
Un jueves de noviembre, Ofelia llegó sin avisar y encontró el apartamento con ropa sin doblar sobre el sofá, platos apilados en el fregadero, y a Marisol dormida en el sillón con Camila sobre el pecho, ambas todavía en pijama a las dos de la tarde. En vez de ofrecerse a lavar los platos, la señora sacudió a su hija por el hombro.
—Esto no puede seguir así, Marisol. Tenés que espabilarte. Una madre no anda tirada así.
Marisol cargó a la bebé instintivamente contra sí y sintió algo que llevaba semanas tragándose subirle por la garganta. No gritó. Habló bajo, con la voz cortada a la mitad de cada frase:
—Dos horas, mami. Duermo dos horas seguidas, si acaso. Y como parada, mirá —señaló el paquete de galletas de soda abierto sobre la mesada, la lata de café fría de esta mañana todavía sin tomar—. Vos entrás y me preguntas por la casa. Por mi cuerpo. Por cuándo vuelvo a ser la de antes. Y no sé si voy a volver a serlo. Necesito que alguien me pregunte a mí cómo estoy. A mí.
Ofelia se quedó parada, con las llaves todavía en la mano, sin saber qué decir. Camila empezó a llorar y esta vez no fue Marisol quien corrió a resolverlo sola: fue Ofelia quien, torpe, la levantó del sillón y la meció sin saber bien cómo.
Esa noche, cuando Héctor volvió del trabajo y dejó las llaves de la camioneta sobre la mesa con el mismo golpe de siempre, algo en Marisol ya se había movido de lugar, aunque todavía no supiera decir hacia dónde.
Al día siguiente fue al banco de la avenida Bergenline con Camila en el cochecito. Pidió el balance de la cuenta conjunta: mil seiscientos dólares. Se quedó mirando el papel un rato largo antes de pedir que le sacaran la mitad. La cajera le preguntó dos veces si estaba segura. Abrió una cuenta a su nombre en otro banco, dos cuadras más allá, y guardó la tarjeta nueva en el bolsillo interior de la cartera, donde Héctor nunca revisaba.
Con ese dinero llamó a Yudelka, una dominicana de la cuadra que cuidaba niños desde hacía once años, para preguntarle si tenía lugar tres tardes por semana. Yudelka dudó —tenía ya cuatro niños anotados, dijo, y solo podía sumar dos tardes, y solo si Marisol pagaba por adelantado—. Marisol aceptó igual.
Llamó también a Carmen, su antigua jefa del salón. "Volvería dos días, no cinco", le dijo. Carmen se quedó callada un segundo de más antes de contestar que lo iba a pensar, que las tardes de sábado ya las tenía cubiertas con otra chica, que a ver cómo se acomodaban los horarios. No fue un sí inmediato, pero tampoco un no.
Esa noche, cuando Héctor llegó y encontró la carpeta con el comprobante del banco abierta sobre la mesa —la cuenta nueva, el monto retirado, subrayado con birome—, se quedó mirándola un rato sin tocarla, como si pudiera cambiar de forma. Después miró a Marisol.
—¿Sacaste la mitad de la cuenta sin decirme nada?
—Te lo estoy diciendo ahora.
Él no levantó la voz. Cerró la carpeta de un manotazo, agarró las llaves de la camioneta que acababa de dejar sobre la mesa y salió dando un portazo que hizo temblar el cuadro del pasillo. No volvió hasta después de las once. Marisol se quedó sentada donde estaba, con la carpeta cerrada bajo la mano, escuchando a Camila respirar en la cuna.
El domingo siguiente, Ofelia llegó con tamales, como siempre, y encontró a Marisol sentada a la mesa con la misma carpeta abierta: el horario de Yudelka, el comprobante del depósito, la hoja con los dos días de la semana anotados para el salón.
—¿Y esto? —preguntó Ofelia, señalando los papeles.
Marisol no armó ningún discurso. Solo giró la carpeta para que su madre pudiera leerla de frente.
Ofelia se quedó mirando los papeles un momento largo. Dejó la fiambrera de tamales sobre la mesada, sin decir nada todavía, y se sentó en la silla de enfrente. Estiró los brazos hacia Camila, que gorjeaba en la sillita, y la cargó contra el hombro. Se quedaron así un rato, la abuela meciendo despacio, la carpeta todavía abierta entre las dos, sin que nadie la cerrara.
Marisol se levantó, entró al cuarto y cerró la puerta despacio. Del otro lado se escuchó, después de un rato, el chorro de agua abriéndose sobre los platos del fregadero.







