El actor que aprendió a leer en otro idioma para sentarse en el piso con niños que no conocía

Marisol Fuentes-Delgado lleva doce años como coordinadora de programas comunitarios en una organización sin fines de lucro con sede en Chicago, y jura que nunca había visto algo así en un formulario de voluntariado. La casilla decía "idiomas que habla" y el hombre había escrito, a mano, con letra apretada: "inglés, un poco de la lengua de mis abuelos, y ahora estoy aprendiendo otra para leer cuentos en voz alta." No puso su nombre completo. Solo las iniciales y un número de teléfono con código de área de Los Ángeles.

—Pensé que era un chiste —cuenta Marisol, sentada en la cafetería del edificio donde trabaja, con un vaso de café ya frío que no ha tocado en veinte minutos—. Actores famosos ofrecen su nombre para una gala, para una foto, para un tuit. Muy pocos ofrecen un año de su tiempo libre para aprender un alfabeto que no necesitan para nada en su carrera.

Ella no puede dar el nombre completo —cuestiones de acuerdo de confidencialidad con la fundación que organizó el viaje—, pero confirma que se trataba de un actor reconocible, de esos que uno ha visto en carteles de cine en Times Square. Y que ese actor pasó doce meses, entre grabaciones y compromisos, estudiando un idioma eslavo con un tutor por videollamada, dos veces por semana, solo para poder sentarse frente a un grupo de niños ucranianos desplazados y leerles un cuento sin necesitar traductor.

El viaje llevó al actor y a un pequeño equipo de psicólogos y educadores —algunos desde Polonia, otros desde distintos puntos de Estados Unidos— a un pueblo cerca de Leópolis, en el oeste de Ucrania, donde una organización llamada The Campfire Project lleva meses trabajando con más de setenta menores que crecieron escuchando sirenas antiaéreas en lugar de canciones de cuna.

—Yo estuve en la llamada de planificación, por Zoom, tres semanas antes de que viajaran —dice Marisol—. Y hasta ese punto yo pensaba que él solo iba a aparecer, dar la cara para las cámaras, soltar un discurso corto. Pero cuando preguntó si podía llevar marcadores y papel para hacer teatro de sombras con los chicos, y luego preguntó cómo se decía "no tengas miedo" en su idioma, ahí entendí que esto era distinto.

Lo que Marisol no sabía entonces —y que solo confirmó después, hablando con uno de los psicólogos del equipo— es que la familia del actor tiene raíces judías en la región de Galitzia, esa franja que hoy es parte del oeste de Ucrania. Sus bisabuelos sobrevivieron la Segunda Guerra Mundial gracias a vecinos que arriesgaron todo para esconderlos. Esa historia, contada de generación en generación en una casa en algún suburbio de California, terminó convertida en un boleto de avión ochenta años después.

—Él no lo dijo con esas palabras exactas —aclara Marisol—, pero uno de los coordinadores me contó que, la primera noche en el pueblo, se quedó despierto revisando fotos viejas en su teléfono. Fotos de bisabuelos que nunca conoció, con nombres que ya casi nadie en su familia sabe pronunciar bien.

Ese detalle —el teléfono, las fotos, la noche sin dormir— no aparece en ningún comunicado de prensa. Marisol lo supo porque, dos días después de que el grupo volviera a Estados Unidos, recibió una llamada del coordinador de campo, agotado, con la voz rasposa, contándole cómo había ido todo antes de que ella tuviera que redactar el reporte oficial para los donantes.

Lo que sí trascendió, porque quedó documentado en fotos que la fundación sí autorizó a compartir, es lo que pasó en el salón comunitario del pueblo: mesas plegables cubiertas de papel kraft, témperas, un perro callejero que se coló por la puerta y que nadie se atrevió a sacar porque una niña de seis años lo había adoptado en los primeros diez minutos y no soltaba su collar improvisado de cuerda. El actor pasó tres horas sentado en el piso —no en una silla, en el piso, con las piernas cruzadas— ayudando a un grupo de niños a construir marionetas de calcetín para una obra sobre un dragón que se queda dormido cuando alguien le canta.

—Los psicólogos del equipo dicen que ese tipo de actividad, el juego dramático, ayuda a los chicos a procesar lo que vivieron sin tener que hablar directamente de eso —explica Marisol—. Nadie les pregunta "¿tuviste miedo cuando sonó la sirena?". Simplemente construyen un dragón, y el dragón tiene miedo, y ellos deciden qué hacer con ese miedo.

Al final de la tarde, cuando ya la luz entraba baja por las ventanas y varias madres esperaban afuera para llevarse a sus hijos, el actor leyó un cuento corto. En el idioma de los niños. Con acento marcado, trastabillando en un par de palabras, deteniéndose una vez para preguntarle a una nena de ocho años cómo se pronunciaba correctamente una palabra que había estudiado mal durante meses con su tutor. La nena se la repitió tres veces, con paciencia de maestra, y él la repitió después de ella hasta que le salió bien.

—Ese momento, la niña corrigiéndolo, es el que más me contaron —dice Marisol—. No hubo cámara profesional ahí. Alguien lo grabó con el celular, mal encuadrado, y esa es la única prueba que existe.

Marisol no cree que ese gesto vaya a cambiar el curso de una guerra que ya lleva años desgastando al país entero. Tampoco pretende venderlo como un acto heroico ni como una hazaña. Lo que hizo, dice, fue mucho más modesto y, a la vez, mucho más difícil de fingir: le dedicó tiempo real, medido en horas de estudio y en un año de calendario, a algo que no le iba a reportar ni un dólar ni una nominación.

Antes de despedirse, Marisol revisa su teléfono y encuentra el último mensaje que le mandó el coordinador de campo esa semana. Dice, textual: "Los chicos ya preguntan cuándo vuelve el señor que lee raro pero se esfuerza." Ella lee el mensaje dos veces, guarda el teléfono en el bolsillo del abrigo y se levanta para volver a su oficina, porque en media hora tiene otra reunión sobre logística de donaciones, y esta historia, para ella, ya terminó donde tenía que terminar: en un mensaje de texto guardado que probablemente nunca le muestre a nadie más.

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