Tú vas a poder con esto, papá

Mauricio se acomodó la almohada por quinta vez y cerró los ojos con fuerza, fingiendo que no escuchaba los pasos de Carmen en el pasillo. Afuera ya había sol de media mañana y un horizonte de agosto perfectamente azul se veía por la ventana. Pero él no quería abrir los ojos.

— Mauricio, ya van a ser las once. ¿Piensas quedarte ahí todo el día? —la voz de su esposa llegó desde la cocina, mezclada con el aroma a arepas recién hechas y café colombiano—. Ya te hice el desayuno y desayuné yo sola, como casi siempre ahora.

— Pues quédate con mi parte y ya —masculló él, dándose la vuelta hacia la pared del dormitorio.

Hacía siete meses que a Mauricio lo habían jubilado. Siete meses exactos desde que le entregaron la plaquita de agradecimiento en el taller de flotillas del condado de Santa Fe, le dieron un apretón de manos y le dijeron que sus treinta y dos años como mecánico jefe de mantenimiento del transporte público eran más que suficientes. Que ya era hora de descansar.

Descansar. Como si él supiera hacer eso.

Antes de que lo sentaran en esa oficina con globos y un pastel de tres leches, Mauricio se levantaba todos los días a las cuatro y cuarto de la madrugada. Sin despertador. Llevaba treinta y dos años con el cuerpo programado para ponerse el overol azul cielo, tomarse un tinto sin azúcar y salir rumbo al depósito de autobuses antes de que la ciudad empezara a moverse. Amaba ese maldito taller con cada fibra de su ser. El olor a grasa en las manos, el ruido de las llaves de impacto, el momento exacto en que un motor viejo arrancaba sin fallas después de horas de diagnóstico… eso era vida.

Ahora su vida era un sillón reclinable con la palanca un poco trabada, trescientas novelas colombianas grabadas que Carmen no se perdía por nada, y una sensación de inutilidad que se le había ido metiendo entre las costillas como una astilla fina que molesta pero no se ve.

— ¿Y si vamos al parque, Mauricio? —Carmen entró al cuarto con un plato de fruta picada y se lo puso en la mesita de noche—. Mira qué día tan lindo. Podemos caminar por el área de los patos, comernos un raspado…

— Para que me piquen los mosquitos y me duela la rodilla… no, gracias.

— Ay, pero es que tú no quieres hacer nada. Antes no había quién te callara y ahora pareces un muerto en vida.

— Pues a lo mejor ya estoy muerto y no me he dado cuenta.

Carmen soltó un suspiro tan profundo que casi apaga la veladora de la virgen en la esquina del tocador. Llevaban juntos treinta y seis años de matrimonio, habían levantado una hija y pagado una casita modesta con jardín trasero en las afueras de Albuquerque, y ella sabía perfectamente cuándo su marido estaba siendo terco por costumbre y cuándo estaba verdaderamente perdido. Y esto último era lo que le preocupaba.

Valeria, su hija, llamaba religiosamente todos los miércoles y domingos desde Houston.

— Papi, ¿cómo estás?

— Pues ahí, mijita. Sin hacer nada, como piedra en el camino.

— Papá, tienes que buscarte un pasatiempo.

— ¿Un pasatiempo? ¿Como qué, coleccionar estampillas o armar rompecabezas de gatitos? No me ofendas, Valeria.

Lo cierto era que Mauricio no quería pasatiempos. Él quería volver a tener diez autobuses con fallas distintas esperándolo en bahía, un radio de la central sonando cada quince minutos y un equipo de seis mecánicos jovencitos a los que regañar cuando no apretaban bien una tuerca. Quería sentirse necesario. Y un pasatiempo no cubría ese hueco del tamaño de un autobús articulado.

Una tarde de sábado, a finales de octubre, el timbre sonó a las cuatro de la tarde. Mauricio estaba en el sillón de siempre, viendo un reality de cocina sin prestar atención, cuando escuchó el llanto de un bebé y la voz de Valeria diciendo cosas en ese tono agudo que usaba para hablarle a los niños chiquitos.

Se levantó con desgano a abrir.

— ¡Sorpresa, papi! —Valeria estaba parada en la entrada con el cabello recogido en una coleta alta, sonriendo como cuando tenía quince años y llegaba tarde del baile de la escuela, esperando que él no se enojara.

En sus brazos cargaba una cosita peluda color caramelo que parecía una bola de algodón con ojos. Dos orejas puntiagudas que temblaban de emoción, una lengua rosada diminuta y una cola que se movía a una velocidad que la física no debería permitir.

— ¿Y ahora esto qué es? —preguntó Mauricio, retrocediendo medio paso.

— Es Bruno, papi. Mi perrito.

— ¿Tu qué?

— Mi perrito. Hace como cinco meses lo adoptamos con Alejandro. Lo encontró una compañera de trabajo abandonado en una caja afuera de un supermercado.

Bruno miró a Mauricio directamente a los ojos, ladeó la cabecita y luego emitió un ladrido tan agudo que parecía el chillido de un juguete de goma. A su cola le dio por moverse el doble de rápido.

— ¿Y por qué lo trajiste para acá? —la mandíbula de Mauricio ya empezaba a tensarse como cuando un chofer novato le rayaba un autobús recién pintado.

Valeria entró a la casa sin pedir permiso y detrás de ella apareció Alejandro, el yerno, cargando una jaula transportadora vacía y una bolsa de croquetas tamaño familiar.

— Papi, te explico rapidito —dijo Valeria, sentándose en el sofá con Bruno en el regazo—. A Alejandro lo van a transferir a una sucursal en Miami. Un ascenso, ¿entiendes? Y tenemos que irnos en dos semanas. Pero el departamento que nos van a dar allá es temporal, y luego vamos a tener que rentar algo chiquito mientras juntamos para comprar. Y los edificios de renta allá casi no aceptan perros, y los que aceptan cobran un depósito carísimo, y no queremos tener a Bruno encerrado en un estudio de treinta metros cuadrados.

Mauricio parpadeó. Las piezas del rompecabezas empezaron a encajar en su cabeza.

— Valeria… —dijo en un tono peligrosamente bajo, como el ruido de una banda de frenos a punto de romperse.

— Son solo unos meses, papi. Tres, máximo cuatro. En lo que nos acomodamos, buscamos algo grande y lo vamos a buscar.

— ¿Tú estás loca? ¡Yo nunca he tenido un perro en mi vida! Yo no sé cuidar perros. Yo sé cuidar transmisiones hidráulicas.

— Es lo mismo, papi. Paciencia y cariño.

— ¡No es lo mismo!

Bruno, ajeno por completo a la tormenta que se estaba desatando a su alrededor, dio un saltito desde el regazo de Valeria hasta el suelo. Recorrió la sala con pasitos cortitos, las uñitas haciendo clic en el piso de baldosas, y se detuvo justo al lado del pie izquierdo de Mauricio. Se sentó, alzó la vista y volvió a ladear la cabeza.

— Mira, le caíste bien —dijo Valeria.

— Eso no es que le caí bien, eso es que está calculando por dónde morderme.

— Papá. Mamá ya dijo que sí.

Mauricio giró la cabeza tan rápido que le tronaron las vértebras. Buscó a Carmen con la mirada y la encontró parada en la entrada de la cocina, secándose las manos con un trapo, con una sonrisita de esas que él conocía demasiado bien.

— Carmen… —ronroneó él en tono de advertencia.

— ¿Qué? ¿No ves qué cosita tan linda? Hace bien tener un alma nueva en la casa.

— Tú estabas de acuerdo con esto y no me dijiste nada.

— ¿Para qué? Para que te amargaras una semana antes de tiempo. Ahora ya lo tienes aquí y punto.

Dos horas después, Valeria y Alejandro se fueron. La bolsa de croquetas, una camita redonda de felpa color vinotinto, un juguete con forma de hueso que chillaba y una lista de instrucciones pegada con imán al refrigerador era todo lo que dejaban atrás. Y a Bruno, claro. A Bruno también.

Mauricio se quedó mirando al perro desde la puerta de la cocina. Bruno estaba explorando el jardín trasero por primera vez, saltando entre las macetas de geranios de Carmen y persiguiendo una polilla imaginaria.

— Mira, enano —dijo en voz alta, como si el perro pudiera entenderle—. Vamos a dejar unas reglas claritas desde el principio, ¿sí? Porque yo soy un hombre de orden y disciplina. En esta casa se hace lo que yo digo.

Bruno levantó la pata y orinó sobre la maceta de albahaca.

— ¡Mira nada más!

A la mañana siguiente, Mauricio se despertó a las seis y cuarto. No por voluntad propia, sino porque algo muy pequeño y muy insistente le estaba lamiendo el dedo gordo del pie que sobresalía del cobertor.

Abrió los ojos. Bruno, sentado a los pies de la cama, lo miraba fijamente, moviendo la cola como si acabara de descubrir el secreto de la eterna juventud.

— Quieres salir, ¿verdad? —masculló.

Bruno dio un saltito y corrió en círculos sobre la cama.

— Bájate de ahí, esa era la regla número uno. La cama no es para perros.

Pero la regla número uno duró exactamente dos días. La regla del sillón, ninguna. La de no pedir comida en la mesa, unas cuatro horas. Para el final de la primera semana, Mauricio ya había renunciado a gobernar aquella casa con mano firme y se limitaba a no tropezarse con el peludo inquilino que ahora parecía ser el verdadero dueño del lugar.

Y ahí afuera, en las calles de Albuquerque, fue donde empezó la cosa.

La primera semana, Mauricio sacaba a Bruno al jardín trasero y punto. Pero un día el perrito se escapó por un hueco entre la cerca y Mauricio tuvo que seguirlo tres cuadras en pantuflas, gritando "¡Bruno, ven aquí, carajo!" a las siete de la mañana, mientras los vecinos se asomaban por las ventanas.

Después comprendió que no había escapatoria: iba a tener que sacarlo a caminar en forma.

Agarró la correa retráctil que habían dejado Valeria y Alejandro, le puso el arnés a Bruno (operación que requirió ocho minutos y dos intentos fallidos) y salieron a la calle como dos condenados a cumplir una sentencia.

Pero algo raro pasó en esas caminatas.

Al principio Mauricio iba contando los minutos para regresar. Miraba el reloj, suspiraba, tiraba de la correa con suavidad cuando Bruno se detenía demasiado tiempo a oler un poste de luz. Pero poco a poco, sin darse cuenta, dejó de mirar la hora. Empezó a notar cosas que antes no veía. El ligustro del vecino de la esquina tenía un nido de colibríes. La señora del número 58 horneaba pan de elote los miércoles. En el parque del barrio, junto a la fuente de azulejos, había un banco perfecto para sentarse a ver el atardecer cuando el cielo se ponía color durazno.

Una mañana, tres meses después de la llegada de Bruno, Mauricio se puso las zapatillas de correr sin que nadie se lo pidiera, le silbó al perro y se fueron juntos hasta el parque del Río Grande. Caminaron casi cinco kilómetros ida y vuelta por el sendero de tierra junto al bosque de álamos, con las montañas de Sandía de fondo.

Cuando regresó a casa, Carmen estaba en el porche tomando una limonada.

— ¿De dónde vienes tú? —preguntó, alzando las cejas.

— De caminar.

— Ya veo. ¿Y eso desde cuándo?

— Pues desde que este enano me obliga —dijo Mauricio, señalando a Bruno con el mentón—. Pero no es que a mí me guste, ¿eh? Es que si no lo canso, luego no me deja dormir.

Carmen sonrió, pero no dijo nada. Sabía que esa caminata de casi dos horas no tenía nada que ver con el insomnio de Bruno. Tenía que ver con un hombre que había vuelto a encontrar una razón para ponerse los zapatos.

La noticia llegó una noche de febrero, durante la llamada de los domingos.

— ¿Papi? —la voz de Valeria sonaba distinta, contenida, con ese tonito que avisa que algo grande está por decirse.

— ¿Qué pasó, hija?

— Ya conseguimos el depa definitivo en Miami. Tiene dos habitaciones, vista al canal, y… admiten mascotas. Todos los papeles están listos.

Mauricio sintió un apretón en el pecho, justo debajo del esternón. Como cuando un motor se cala justo en el arranque.

— Ah… qué bueno, mijita. Me alegro.

— Así que podemos ir por Bruno la quincena que entra. Como quedamos.

Bruno estaba echado sobre las pantuflas de Mauricio, justo encima de sus pies, con el hocico apoyado entre las patitas delanteras y los ojos cerrados. Dormía con una confianza absoluta, como si aquel rincón del universo fuese el único lugar posible para él.

— Faltaba más —dijo Mauricio con la garganta un poco más apretada de lo normal—. Es tu perro. Es lo justo.

Colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla oscura del televisor apagado. Carmen lo observaba desde el comedor mientras doblaba servilletas. No necesitó preguntarle qué había pasado. Lo supo por el modo en que él se agachó a rascarle las orejas a Bruno con una lentitud que no era la de todas las noches.

Esa semana, Mauricio se volvió todavía más apegado a la rutina. Dos paseos largos al día en lugar de uno. Premios extra de pollo cocido sin sal. Le compró a Bruno una camita nueva con memoria de espuma porque la otra "ya estaba muy aplastada".

— Mauricio, ese perro duerme más cómodo que nosotros —le dijo Carmen una noche.

— ¿Y qué tiene? Es un perro chiquito, necesita su confort.

El sábado antes de la fecha acordada, Mauricio se sentó en el escalón del porche trasero, con Bruno en su regazo. El sol se estaba metiendo detrás de los álamos y todo el jardín olía a madreselva.

— Mira, enano —le dijo en voz baja, rascándole detrás de la oreja izquierda, que era donde a Bruno le provocaba mover la patita trasera sin control—. Vas a irte a Miami. A Miami, ¿me escuchas? Con piscina y palmeras y toda la cosa. Vas a ser un perro de playa. Olvídate del desierto.

Bruno levantó la cabeza y le lamió la barbilla.

— No me hagas eso, que no estamos para sentimentalismos.

Y sin embargo, se quedaron los dos en ese escalón hasta que se encendió la luz del porche y Carmen los llamó a cenar.

El día llegó. Un sábado de marzo con el cielo limpio y un vientecito que olía a flores de naranjo. A las tres de la tarde, un auto rentado se estacionó frente a la casa y Valeria bajó con el mismo entusiasmo de aquella primera vez. Solo que ahora no traía una sorpresa en los brazos, venía a llevársela.

Mauricio abrió la puerta. Bruno corrió hacia Valeria con una alegría desbordante, girando en círculos, dando saltitos, lamiéndole las manos. Era evidente que la reconocía, que la amaba y que se acordaba perfectamente de quién lo había rescatado de una caja de supermercado.

— Hola, mi osito, hola, mi chiquito —Valeria lo alzó y lo besó en la cabeza—. ¡Cómo has crecido! Papi, está más gordito… ¿qué le has estado dando?

— Nada. Croquetas y pollo de vez en cuando —mintió Mauricio, porque en realidad Bruno comía pollo prácticamente a diario y a escondidas también probaba el picadillo y hasta el huevo revuelto del desayuno.

Alejandro entró cargando una jaula nueva, más grande y más ventilada. La puso en la sala.

— Bueno, suegro —dijo, frotándose las manos—. Muchas gracias por todo, de verdad. Valeria y yo le estamos eternamente agradecidos.

— Sí… —dijo Mauricio, con la vista fija en Bruno, que ahora correteaba alrededor de la valija de Valeria como si fuera el juguete más fascinante del mundo.

— ¿Papi? —Valeria se le acercó y le tomó el brazo—. ¿Estás bien?

— Claro, claro que estoy bien. ¿Por qué no iba a estarlo? Me quitan un estorbo de encima.

Valeria parpadeó. Lo conocía de sobra. Lo había visto llorar una sola vez en treinta años, el día del funeral de su propio padre, y solo por diez segundos. Decir que Mauricio era "estoico" era poco. Pero ahora sus ojos tenían un brillo raro, como de vidrio empañado, y no miraba a su hija a la cara.

— Papi… —Valeria bajó la voz—. ¿Tú quieres que Bruno se quede?

— ¿Que yo qué? No, no. Es tu perro. Tú lo adoptaste. Además, un perro es una responsabilidad muy grande, yo ya estoy viejo para estas cosas…

— Papá.

— …y este enano se mea en la albahaca y se come mis pantuflas y me despierta a las seis de la mañana. No, no, de verdad. Que se vaya a Miami.

Pero mientras decía aquello, Bruno se había acercado y se había sentado justo al lado de su pie derecho, exactamente como aquella primera tarde. Ladeó la cabeza y soltó un suspiro canino, uno de esos que parecen decir "aquí estoy, y aquí me quedo".

Valeria miró a su madre. Carmen asintió despacio, con los ojos también un poco aguados, y luego señaló con la cabeza a su marido. Las dos se entendieron sin decir una palabra.

— Papá —dijo Valeria, tomando aire—. Es tuyo.

— ¿Qué?

— Bruno ya no es mi perro. Es tuyo.

Mauricio abrió la boca y la cerró. La abrió de nuevo. Por un instante pareció un pescado fuera del agua.

— ¿De qué estás hablando?

— Papá, nosotros nos vamos a Miami, pero vamos a estar en un departamento al que apenas nos estamos mudando, con trabajos nuevos, horarios de locura. Y Bruno… desde el primer día hizo clic contigo. Mi compañera me mandó la foto que tomó la vecina, la del parque junto al río. Tú sentado en el banco con Bruno en las piernas, mirando las montañas. Nunca te había visto con esa cara de paz.

— Valeria, eso es un disparate. Ustedes lo rescataron, es su responsabilidad…

— Y yo lo estoy poniendo en manos de alguien que lo quiere tanto como nosotros. Más, tal vez.

Mauricio sintió que la astilla que tenía entre las costillas desde hacía siete meses, y que había empezado a aflojarse con los paseos y los lametones, terminaba de desprenderse del todo. Inhaló, exhaló y se agachó. Agarró a Bruno con las dos manos y lo alzó hasta su pecho. El perrito se acomodó en el hueco de su brazo y lamió el cuello de su camisa.

— Es un perro necio y caprichoso —dijo Mauricio, con la voz ronca—. No obedece ninguna regla.

— Como su dueño —apuntó Carmen desde la cocina.

Valeria se rio con lágrimas en los ojos. Alejandro, sin decir mucho, empezó a desarmar la jaula nueva para guardarla otra vez en el auto. La visita, que iba a ser de despedida, se convirtió en cena familiar. Y la bolsa de croquetas tamaño familiar que habían traído tres meses atrás permaneció en su rincón de la lavandería, junto al juguete con forma de hueso que chillaba.

Esa noche, cuando Valeria y Alejandro ya se habían ido, Mauricio se sentó en el sillón reclinable, el mismo donde se había pasado seis meses viendo sin ver, y se quedó contemplando el jardín por la ventana. Bruno dormía enrollado en su regazo, el lomo subiendo y bajando con una respiración rítmica que sonaba como un pequeño motor en ralentí.

Carmen se acercó por detrás y le puso las manos en los hombros.

— ¿Viste, Mauricio? Te dije que la vida nueva no era tan mala.

— No es una vida nueva —dijo él, sin apartar la vista de las montañas recortadas contra la última luz violeta del día—. Es la misma de siempre. Nada más que ahora alguien necesita que le abra la puerta.

Y se quedaron así un rato largo, en silencio, los tres. Con el runrún suave de Bruno y el segundero del reloj de pared marcando la hora más tranquila que había vivido esa casa en mucho, mucho tiempo.

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MagistrUm
Tú vas a poder con esto, papá