Verónica no conseguía encontrar la felicidad. Pronto cumpliría los cuarenta y seguía completamente sola. Y eso que Dios le había dado de todo: inteligencia, belleza, un buen trabajo y un sueldo alto… pero la dicha de ser mujer seguía sin llegar.

Verónica llevaba años buscando la felicidad, sin lograr hallarla. Pronto cumpliría los cuarenta y seguía sola, una soledad que pesaba más cada día. No es que le faltara nada: era inteligente, hermosa, con un buen trabajo en una consultora en Madrid y un sueldo más que respetable, más de tres mil euros al mes. Pero el felicidad femenina como decían sus padres, eso no llegaba nunca.

Sus padres, Ana Fernández y Iván Márquez, eran de Segovia, gente sencilla, que la querían con todo su corazón y sufrían viéndola tan aislada. Su apoyo era mayormente moral, porque a esas alturas, Verónica ya podía ayudarles incluso ella a ellos económicamente, aunque siempre lo rechazaban.

Quédate a vivir con nosotros, hija, que esta casa es enorme le decía Ana, haciendo sonar el cuchillo sobre la tabla de madera en la cocina. Ese dinerillo te vendrá bien, ya lo verás, cuando encuentres tu felicidad.

Y cada día la esperaban al volver, cansada, arrastrando los pies después de una jornada eterna.

Nadie te cuida, pobrecita, más que nosotros, tu padre y yo suspiraba su madre mientras dejaba la sopera en la mesa.

El día que no estemos, te será duro. ¡Ni siquiera tendrás a quién quejarte! Tienes que buscar tu felicidad, hija le insistía el padre, con voz recia y tierna a la vez.

Se sentaban los tres, noche tras noche, frente a la tele, perdiendo los años entre tertulias y partidos del Real Madrid. Y así, de lunes a domingo, año tras año. El hastío era tan denso que casi se podía cortar; hasta bostezar daba pereza.

Resultaba extraño escuchar a su padre hablar de cuando ya no estemos, porque ni siquiera eran tan mayores. Verónica fue hija de un amor juvenil; sus padres se casaron al cumplir los 19, de cabeza y con más ganas que dinero Era prematuro, casi gracioso, pensar en ausencias definitivas.

En la universidad, Verónica conoció a un chico, un tal Valerio. Grande, torpe y divertidísimo. Siempre estaba chocando con algo, derramando café sobre los apuntes, rompiendo tazas; un desastre de hombre, pero con un encanto curioso. Ana, su madre, le había apodado Valerio-Rompetazas, y su padre imitaba su peculiar forma de caminar, haciendo reír a toda la familia.

No, hija, ese chico es un gafe, una calamidad con patas. Todo lo que toca lo rompe no es tu felicidad le decían con dulzura los padres, acomodándole la idea en la cabeza.

A fuerza de repetirlo, Verónica acabó viéndolo como un auténtico fracasado, aunque con el tiempo se demostró lo contrario: Valerio terminó la carrera, montó un despacho de abogados y se casó con una mujer que adoraba su torpeza. Se mudaron a un chalé en el campo cerca de Ávila, porque a Valerio le hacía falta espacio para romper cosas sin peligro.

La felicidad de Verónica sigue ahí fuera, ya aparecerá se consolaban Ana e Iván, convencidos de que todo llega.

En verdad la familia era unida y, aunque a su manera, feliz. Hacía un par de meses habían disfrutado juntos de un viaje a Tenerife. Por las noches volvían a ver las fotosel Teide, las playas, las paellas, hasta el pulpo a la gallega del restaurante en Los Cristianos. ¡Unas vacaciones de envidia!

Allí mismo, Verónica conoció a un hombre llamado Román, un bielorruso de voz profunda, que sabía muchísimo sobre las constelaciones. Pasearon por la playa bajo las estrellas; él le señalaba Orión y Casiopea, y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que se abría otra posibilidad. Román le pidió el número de teléfono, y ella se lo dio, avisando a sus padres entre la risa y el nerviosismo.

¡Mira tú, ahora lo que nos faltaba! ¡Un romance de resort con un bielorruso! ironizó Ana.

Iván, divertido, se metió un cojín bajo la camiseta y desfiló por la habitación, imitando al gordo de Román.

A Verónica aquello le dolió. No era cierto que Román fuese gordo, sólo era corpulento y, sobre todo, interesante. Siguieron hablando tras las vacaciones, pero cuando Ana se enteró, lanzó su sentencia:

Todo romance de verano acaba mal. No traen nada bueno.

Da igual que ni Verónica ni Román tuviesen compromisos: para Ana, un amor nacido bajo el sol canario no podía conducir a ningún sitio.

Busca tu felicidad, cariño, aquí te apoyamos siempre. Puedes confiar en nosotros, hija le aseguró Iván.

En verano, los tres solían ir al chalé de La Granja de San Ildefonso. Río, campo, meriendas bajo el manzano, barbacoas junto a la pérgola Tomates, melones y ciruelas de la finca, y vecinos que venían a charlar y jugar a las cartas. Un día, al vecino le vino a visitar su hijo Denis con un niño de cinco años, Antón. Los dos rubios, con pecas y ojos celestes, y unas orejas diminutas, igualitas.

Contaron luego que la mujer de Denis lo había dejado por un empresario. Al tipo no le valía tener de hijastro a un niño tan parecido al padre; si se hubiese parecido a la madre, bueno, pero no fue el caso, así que Denis terminó criando solo al pequeño.

Aquella tarde, Verónica sintió algo por los dos, padre e hijo. Había una ternura en la mirada de Denis, y Antón se le pegaba como si la conociera de siempre. Saltó una chispa imposible de ignorar.

Ana volvió a reírse de la situación:

Denis se ha zampado todas las zanahorias y ha dejado solo una. Hija, ¡seguro que sus padres le han traído aposta para conocerte! ¿Para qué quieres un hombre con equipaje?

No es más que otro fracasado. ¿Qué mujer deja a un buen marido, y más con un niño pequeño? añadió el padre.

Por primera vez, Verónica le contestó:

Papá, quizá una mujer sólo deja a un buen hombre si sabe que aunque se quede solo, no se pierde ni se hunde. Que sabe cuidar de su hijo.

No, hija, ese no es tu destino. Nosotros queremos nietos nuestros, no de otra intentó zanjar Iván, con la voz llena de nostalgia. Queremos sentir sus manitas y oír los pasitos por la casa

A partir de entonces, se cerraron en banda. Rompieron relaciones con los vecinos, diciendo de todo, y se acabaron los encuentros nocturnos en el jardín.

Sin embargo, Verónica sentía que se enamoraba cada día más de Denis y Antón. Y, al mismo tiempo, quería como nunca a sus padres, incapaz de causarles daño alguno, culpable por amar a un hombre que no era quien ellos deseaban. Aguantó en silencio todo el final de la temporada de verano, yéndose los tres juntos, una vez más, al piso en Madrid.

El otoño llegó, húmedo y frío. NADIE mencionaba a Denis ni a Antón, ni para bien ni para mofarse.

Un día, de regreso a casa, Verónica vio en la calle a un diminuto gatito pelirrojo, empapado bajo un coche, maullando de puro desamparo. No tenía madre, ni nadie; le recordó a Antón. Tiritando, podía ser aplastado en cualquier momento. Sin pensarlo, Verónica lo cogió, lo envolvió en su abrigo y marchó a casa. No le importó ni la suciedad ni el mal olor: sólo quería darle calor.

Le secó y le dio leche. Sentada en el suelo de la cocina, vio al gatito lamer el plato velozmente, la lengua moviéndose como una pala con motor.

¡Qué hambre tenía el pobrecito! pensó.

Por la puerta asomaron Iván y Ana, contrariados. No mostraban ni dulzura ni compasión, sólo nerviosismo.

¿Y ahora qué haremos con esto? murmuró Ana, angustiada.

El gatito, satisfecho, bostezó y orinó en el primer rincón que encontró.

Antes de que Verónica sacara una servilleta, su madre chilló:

¡Saca ese bicho de aquí, ahora! ¡Nos va a destrozar la casa, los muebles, las paredes! Iván, díselo tú. ¡Nuestra casa no es refugio de pulgueros!

Y olerá a gato que nadie querrá entrar añadió el hombre, agitando el periódico.

¡Mamá, papá, es solo un bebé! Compramos rascador, lo enseñamos a usar el arenero ¡Mirad qué mono! suplicó Verónica. No comprendía cómo aquellos metros cuadrados no bastaban también para un alma pequeña.

¡No, no y no! ¡No necesitamos más problemas! Ana estaba fuera de sí.

Te entiendo, hija, pero llévalo a una protectora. Si no lo aceptan, amenázales con salir en El País se exasperó Iván.

Verónica recogió en silencio al gatito y le dio la espalda, cerrando la puerta tras de sí, explotando en lágrimas amargas. ¿Cómo era posible llegar a los cuarenta años sin nada propio? Ni hijos, ni marido, ¡ni un techo que de verdad fuera suyo! ¿Ni tan siquiera un gatito podía tener?

En vez de ir a la protectora, Verónica entró en la primera inmobiliaria que vio abierta en Goya. Encontró rápido un estudio modesto: admitían mascotas. Por primera vez se sintió dueña de algo. Compró de inmediato todo lo necesario y un veterinario le confirmó que era gata, de unos dos meses. La llamó Pecas.

De pronto, un pequeño atisbo de alegría empezó a florecer en su corazón, sobre todo cuando Pecas le recordaba a Antón y a Denis…

Y, de repente, sonó el teléfono. Verónica no esperaba oír esa voz: era Denis. Aunque sus padres se hubieran distanciado de los vecinos, él la llamó como si tal cosa.

Hola, ¿cómo estás? Antón quiere decirte algo

La voz infantil sonó vibrante:

¡Nika! ¡Te echamos de menos! ¿Puedes venir a vernos? Papá y yo te esperamos.

Claro, pero no vendré sola ¿Puedo llevar una gatita? preguntó con una sonrisa pese a las lágrimas.

Denis contestó riendo:

¡Tráete hasta a toda la compañía de Circo Price si quieres! Te pasamos a recoger, dime tu dirección.

Así fue como Verónica encontró su felicidad, pese a todo. Con Denis, con Antón y con la pequeña Pecas. Ahora, incluso, Antón iba a tener un hermano o una hermana, y poco le importaba ya la diferencia.

No olvidó a sus padres; nunca dejó de quererlos. Les llamaba a menudo, solo para contarles que era feliz, aunque su felicidad no fuera la que ellos imaginaban.

Quizá, algún día, Iván y Ana puedan entenderlo. Y entonces, por fin, acunen en sus manos unas pequeñísimas manitas y escuchen el tamborileo de pies diminutos por el pasillo, y sientan que su hija, a su manera, sí ha encontrado la felicidad.

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MagistrUm
Verónica no conseguía encontrar la felicidad. Pronto cumpliría los cuarenta y seguía completamente sola. Y eso que Dios le había dado de todo: inteligencia, belleza, un buen trabajo y un sueldo alto… pero la dicha de ser mujer seguía sin llegar.