EL LADRÓN DE EMBUTIDO
No pudo evitar fijarse en aquel gato. Más que nada, porque robaba en su pequeño ultramarinos del barrio. Pero lo hacía de una forma tan curiosa, que resultaba imposible enfadarse, más bien al contrario.
El dueño siempre aguardaba con impaciencia el comienzo de la escena, móvil en mano para grabarlo todo. Por las noches, enseñaba el vídeo a su esposa y reían juntos. Así sucedía, día tras día.
El gato se sentaba largo rato junto a la puerta abierta, fingiendo que pasaba por allí a descansar y nada más. Miraba de un lado a otro, asegurándose de que no hubiese testigos. El dueño se escondía tras el gran frigorífico, donde podía grabar toda la operación.
El felino entraba sigilosamente y se dirigía directo al mostrador de los embutidos. Aceleraba el paso, y tras atrapar un chorizo o una salchicha, huía de inmediato, aunque…
El hambre no le permitía ir muy lejos. A los pocos metros del local, se detenía y se ponía a comer.
El dueño salía entonces, manteniendo la distancia, y preguntaba:
¿Está rico?
El gato alzaba la cabeza y maullaba en señal de acuerdo.
Pues me alegro respondía el dueño. Cuando quieras, vuelve.
Quizá os sorprenda: ¿embutidos fuera de la vitrina, no muy a la vista y, además, por piezas sueltas? Todo tiene una explicación sencilla:
El dueño, Don Sebastián Valverde, era un hombre de buen corazón. Había decidido ayudar al gato de esa manera. Cuando el felino apareció por primera vez, estaba flaco, casi desfallecido, pero se negaba rotundamente a acercarse a las personas o aceptar la comida que Sebastián le ofrecía con la mano. Así que ideó aquel truco.
Primero, puso los chorizos junto a la puerta, para que el ladrón, al que llamó Donato, pudiera sentirse como si cazara su propio alimento. Así tendría la sensación de conseguirlo por sus medios, como un legítimo hurto.
Y funcionó. Con el tiempo, el dueño fue alejando los embutidos cada vez más, hasta que acabaron sobre la estantería baja del mostrador, a ras de suelo: el punto de avituallamiento.
Donato ya podría fácilmente entrar, elegir lo que querría y marcharse, pero aquí lo importante no era el botín, sino el ritual. Lo robado siempre sabe mejor.
Después, Sebastián colocó fuera un cuenco de agua, una gran gamella con el mejor pienso y una caja de arena. Incluso instaló una pequeña caseta con una manta calentita al lado. Sin embargo, Donato seguía siendo reservado y no se dejaba tocar. Eso sí: le gustaba charlar.
Cada vez que Sebastián salía con una salchicha robada para hablarle, el gato respondía entre bocado y bocado, mirando al hombre.
Últimamente, al dueño le rondaba una pregunta inquietante. Donato ya no estaba flaco ni agotado, sino gordito y lustroso, sin necesidad de robar embutidos. Sin embargo, cada día seguía llevándose un par de salchichas, escapando alrededor de la esquina.
Sebastián intentó descubrir el destino muchas veces, pero Donato era astuto y lograba despistarse.
Así que armándose de curiosidad, el tendero colocó una camarita con buen ángulo, conectada a su ordenador en la trastienda. Y un día, por fin, desveló la verdad de Donato.
Por la pequeña ventana del sótano, tras la esquina, salió un gatito naranja que, temblando de emoción, devoró la salchicha llevada por Donato.
Mañana mismo, ¿me oyes? Mañana mismo los traes a casa le exigió esa noche su mujer, Carmen, entre sollozos y risas.
Pero aquello resultó casi imposible. Si atrapar a Donato ya era fácil (a menudo dormía en medio de la tienda), acercarse al pequeño era impensable.
Los días pasaban y Sebastián veía en la cámara como el pequeño naranjita se acercaba a beber o dormía en la caseta, pero al menor movimiento huía como una flecha.
Todo cambió aquel día. Un ruido extraño llamó la atención del dueño. El comercio estaba vacío. Saliendo de detrás del mostrador, descubrió al minino naranja en la puerta, maullando a pleno pulmón.
¿Qué te pasa, pequeño?
El gatito corrió hacia él, le miró a los ojos y se encaminó hacia la esquina del edificio. Sebastián le siguió sin dudar. Tras la casa, Donato yacía herido, quejándose. Un perro le había mordido la pata trasera derecha. Había conseguido soltarse, pero la herida era seria.
El chiquitín se frotó la cabecita contra Donato y volvió a maullar.
¡Virgen Santa! exclamó Sebastián.
Se quitó la chaqueta, envolvió a Donato dolorido y, cogió con el otro brazo al pequeño que no protestó, colocándolo en el bolsillo de la americana.
Cerrando la tienda de un portazo, condujo hasta la clínica veterinaria.
Esperaron cinco horas mientras curaban y cosían la herida de Donato. En ese tiempo, Sebastián hizo gran amistad con el pequeño, al que llamó Candela, por su color y vivacidad.
De noche, ya en casa, llevó a Donato, aún medio dormido por la anestesia, y a Candela. Su mujer estaba exultante. Y, como buena española, ¿qué hizo? Llamó emocionada a toda su cuadrilla de amigas, en una larga sesión de comentarios, cuentos y consejos.
Cuando por fin terminó, Sebastián, Donato y Candela dormían como lirones en la cama.
Vaya, qué panorama suspiró Carmen. ¿Dónde me echo yo ahora?
No tardó en encontrar hueco; Candela se apartó y se acurrucó a su lado, amasándole con las patitas.
Así encontraron su hogar.
Ahora, dos gatos grandes y perezosos no recuerdan en nada a los callejeros de antes. A veces, Donato, por costumbre, sigue lavando con esmero a Candela, que no se queja.
Justo enfrente, junto a la zapatería, se ha instalado una pequeña gata gris. La dependienta de allí va muchas veces al ultramarinos de Sebastián a comprarle alimento.
¿Será ella la próxima en encontrar un hogar?
Quizás algún día, todos los gatos callejeros tengan una familia.
¿Quién sabe? Quizá entonces, haya lista de espera para adoptar uno y cursos especiales para aprender a cuidarlos.
¿Cómo lo ves?
La lección es clara: a veces, ofrecer una oportunidad y confiar en pequeños gestos, transforma vidas y nos regala una gran familia, llena de cariño, risas y compañía.







