La dama de piedra

Mujer de piedra

A Dolores Fernández la trajeron en ambulancia; la encontraron tirada en la calle de Alcalá, desplomada en un charco de lluvia helada y sucia, sin fuerzas para incorporarse. Varios hombres subieron su cuerpo pesado y blando al vehículo y la llevaron a Urgencias.

Dolores era una mujer grande, fornida, con un traje de chaqueta azul marino, botas de tacón fino, discreto maquillaje que acentuaba sus ojos saltones y labios gruesos. En las orejas lucía unos pendientes enormes de amatista y en las rodillas reposaba un bolso de piel, también grande. Al entrar en el hospital, lo hizo sentada en silla de ruedas: se negó a tumbarse, y cuando recobró el ánimo, reprendió al conductor de la ambulancia porque apestaba a tabaco, al técnico porque era torpe, y al estudiante de prácticas, un chaval jovencito, le mandó directamente que no se le acercase.

¡Como si quisiera! masculló el chico, hirviendo de orgullo herido.

Ni lo intente, jovencito. Y verás tú quién acaba tocando a quién contestó Dolores, agarrándose a los reposabrazos de la silla y acomodándose a su modo, con aspecto de lechuza enfadada, echando los hombros hacia delante y mirando alrededor con gesto reprobatorio, como una inspectora inesperada, frunciendo el ceño, juntando las cejas sobre el rostro, que parecía tallado burdamente en piedra de granito. Su piel, cubierta de pequeñas ramificaciones de capilares, quedaba oculta bajo una gruesa capa de base de maquillaje, ahora apelmazada y derritiéndose por el sudor tras una inyección reciente, marcando aún más sus arrugas. Pasemos ya al fondo, aquí hay corriente y no me puedo quedar dijo ella, señalando el concurrido pasillo.

Al registrarla, la administrativa la escrutó con severidad desde detrás del mostrador, plantada en su abrigo de visón hasta los tobillos, y tras revisar los papeles que le dio el técnico, dijo que Dolores quedaba ahora bajo responsabilidad del hospital y que los chicos podían marcharse.

Crisis hipertensiva, se desmayó en la calle No se golpeó la cabeza Ahora le mido la tensión informaba el aprendiz, con uniforme azul.

Vale, Romanito. Anda, iros ya, que no cabéis más aquí respondió la enfermera, dándole una palmadita al chico que, por el parecido, debía de ser su hijo.

Ay, cómo hay que ayudar a enchufar a los parientes pensó Dolores, casi por inercia.

La cabeza le daba vueltas, los brazos se le desmayaban y caían sobre el bolso, que amenazaba con escurrirse al suelo, un bolso caro que ya no tendría fuerzas para levantar. No tenía fuerzas ni para hablar. La lengua, seca y pesada, le pegaba al paladar: tenía sed.

Denme agua, por favor dijo alta y clara, sin dirigirse a nadie.

Nadie la escuchó. Por el corredor bullía una masa de familiares empujando camillas, consolando, preguntando, sacudiendo a los que se iban. Médicos corrían sorteando esquinas de metal, documentos en mano, ordenando pacientes aquí y allá; las enfermeras, enfrascadas en sus labores, actuaban con tal diligencia como si el sufrimiento de Dolores ni existiera.

¿Quién es Fernández? ¿Fernández, dónde está? preguntó por fin una enfermera, a la que Dolores mentalmente llamaba sanitaria.

Aquí estoy respondió Dolores y, ante el silencio, lo repitió más fuerte. ¡Aquí!

Aquí tiene el botecito, el baño allí al fondo, y luego para un análisis de sangre. Quítese ese gorro de lana, por favor, que esto no es Siberia.

Dolores ni recordaba que llevaba aún el gorro peludo, al estilo de alguna heroína de “Amanece, que no es poco”. Por eso le ardía la frente con gotitas descendiendo por la sien.

Se quitó el gorro a regañadientes, buscando dónde posarlo sin que cayera, y lo metió al bolso, que ya rebosaba de papeles y documentos. Dolores no pensaba quedarse, confiaba en que mejoraría y le darían el alta; no podía perder el tiempo, que ella era directora en Ventanas al Mundo y no estaba para convalecer. Tenía obra, entregas, facturas…

La enfermera dejó el botecito sobre sus rodillas.

Dolores Fernández. Siempre fue así, de gran tamaño: un bebé enorme, una niña descomunal, una mujer que daba conversación en las zapaterías por el número de pie. Su madre, menuda como una muñeca, contrastaba con la gene que Dolores heredó de su padre, un auténtico gigante cuyos días de fuerza terminaron pronto, consumido por un cáncer cuando Dolores tenía ocho años.

Dolores, de niña, siempre sintió vergüenza de sí misma. Era Gulliver en la guardería y allí la consideraban rara, la apartaban. Y también en la escuela. Solo brilló cuando al azar la metieron en atletismo: su madre se lió con un entrenador, y para dejar la casa libre, apuntaron a Dolores a lanzamiento. Se sintió como en casa lanzando disco y bala, sufriendo alguna que otra lesión que le dejó hombros doloridos, pero triunfando por fin en algo. Más tarde, el error de tomar por amor una simple curiosidad masculina, cometió tonterías, maduró, sepultó a su madre y, sola, se forjó como esa mujer de la que todos hablaban al pasar.

Empezó en la administración de fincas, dirigiendo reparaciones, estudiando, y cuando todo cambió con la transición, se lanzó a la empresa. En las obras, con sus chicos, la solían tomar por un hombre hasta que se daban cuenta de su error, pero nadie la soltaba. Siempre fue dura, un poco brusca, nada de fiestas, puro trabajo. Pero era de los suyos.

Nunca reía, decían que era la mujer de piedra.

Llegó su empresa, “Ventanas al Mundo”. Se convirtió en experta, la respetaban. Sin ser cariñosa, se ocupaba de su gente: les enviaba al médico, sugería sitios para celebrar, reñía para que no hicieran horas de más, organizaba reconocimientos, hacía regalos de Reyes, pero jamás se disfrazó de Mamá Noel, sería ridículo con su tamaño.

Sabía todos y cada uno de los chismes, hasta el resultado del test de embarazo que su secretaria, Toñi, aún no había comprado. Y ya buscaba la mejor clínica para Toñi, tan enfermiza.

Enterada de peleas, de niños que no lograban entrar a la universidad, de quién venía a caer a Madrid sin avisar. Pedía comida para los recién llegados, tiraba de contactos para los estudiantes. Había aprendido a protegerse y luego proteger a los suyos.

Sin amigas: así era más fácil, más seguro; no había traiciones ni motes hirientes.

No se andaba con rodeos ni falsedades, pero siempre tenía una solución. Si despedía, lo hacía buscando otra salida para el afectado. Si este la rechazaba, ella ya dormía tranquila.

Tirana no. Era un tren directo al futuro y, quien se interponga, malo. Porque ese tren lleva un vagón, su hijo, Sergio. Por él luchaba.

Quien no aguantaba, se iba, pero eran pocos en medio de un mercado laboral duro; alrededor de Dolores se formó un núcleo leal y resistente.

Con ellos contaba, ahora, desde la cama del hospital, esperando que no perdieran ningún trato con los proveedores…

¿Esto qué es? ¡No lo hago! tiró el bote al suelo Dolores. Tengo un crisis hipertensiva, a la cama tengo que ir. ¿No saben leer?

No te pongas farruca, chata saltó un hombre desaliñado de la sala, con una venda en la frente. ¿Quieres que lo haga yo por ti? Jajaja. Pero pásame la gorra. No lo hago gratis… ¡Me encantan las chicas grandes!

Ocúpate de lo tuyo le espetó Dolores, apartándose con la silla hasta la otra pared. Los reposabrazos chocaron contra el yeso, dejando dos hendiduras.

¡Señora! ¡Tenga cuidado, que acabamos de terminar la obra! protestó una auxiliar. ¿De quién es esta mujer? ¿A quién la ingresamos?

No soy de nadie, soy mía. Me voy. ¿Cuál es la dirección del hospital? Necesito pedir un taxi. El móvil A ver…

¿A dónde va corriendo? ¿Que le traigamos el taxi ahora? Espere, ya la ve el médico, descansa, y luego ya saldrá replicó con calma la auxiliar que antes la había llamado “ésta”.

Pero Dolores ya marcaba un número.

Sergio, ponme con tu madre ordenó al teléfono, seria. Es importante. Estoy en el hospital, y mañana tengo reuniones. Necesito a Sergio.

No gritó, no le gustaban los gritos, aunque era capaz de levantar la voz de modo que cualquiera temblaría. Prefería exponer las cosas: así el oyente entendía que no era broma.

Su nuera, Beatriz (casi todos la llamaban Bea), pateó hacia el baño. Su marido, saliendo de la ducha, gritó: ¿Qué pasa?

Tu madre está en el hospital.

Vale, diez minutos y salgo dijo Sergio, cerrando la mampara y encendiendo de nuevo el agua.

¿Había oído a su esposa? Claro que sí, pero si su madre llama es porque respira y piensa, así que diez minutos no son tanto. Que espere.

Sergio había crecido esperando que su madre llegase. Ella, siempre ocupada, primero en el trabajo, luego en los negocios, y así pudieron mudarse a otra casa gracias a la empresa de ventanas. Cambiaba ventanas en todos los colegios de Sergio, ayudaba a amigos, a todo el mundo. Era una mujer influyente, con mano en todo: comida, obras, contactos. La única pez de la red de Dolores que parecía nadar en otra pecera era Sergio.

No le pegaba, ni le gritaba. Revisaba deberes, asentía si todo estaba bien o, si no, corregía ella misma y le enviaba a rehacer el ejercicio hasta alcanzar el ideal. Luego, brevemente, le explicaba por qué debía esforzarse.

Pero jamás le dijo te quiero, ni que era el mejor niño del mundo, ni que le amaba por ser su hijo. Ni una palabra. Silencio.

Así que no, no le quería, pensó Sergio a los diecinueve. Le preparó para los exámenes, le evitó trabajar y estudiar a la vez, sí Pero ¿no es esa su obligación? ¿Acaso él pidió nacer? Si le tuvo, le tocaba criarle, y ya está. ¿Un hospital ahora? Bah, zarandajas…

Dolores escuchó cómo Bea balbuceaba que Sergio llamaría en diez minutos.

¿Se encuentra bien, Dolores? preguntó la nuera. ¿Puedo ayudarla?

Dolores no contestó, colgó. Ahora, a la pregunta de la administrativa sobre de quién era, podía responder con total seguridad que de nadie. De sí misma. Su hijo llamaría cuando quisiera, su nuera, mascando chicle, rezaba para que la suegra no se convirtiera en un bulto al que atar su vida. Nadie. Y casi mejor así.

Intentó levantarse, apoyándose en la pared, pero la silla rodó y sus piernas fallaron. Cayó en peso. El botecito rodó, el bolso caro se desparramó, el gorro quedó bajo su mejilla.

¡La madre que…! rugió el vagabundo, corrió a ayudarla y, disimulando, le birló el monedero y el anillo de ámbar.

Ese tipo le era vagamente familiar pero no lograba ubicarle.

Dolores ya no sentía nada, respiraba con dificultad, oyendo internamente una voz monótona: Manténgase a la derecha, manténgase a la derecha…

Ella no conducía; siempre prefería ir en el asiento trasero resolviendo problemas o mirando por la ventana, mientras el fiel Román, su chófer, la recogía cada día a las siete y media, le abría la puerta, colocaba el abrigo, ponía música clásica y salían hacia la empresa. Román era de los suyos, como un pez más: la mujer le había conseguido medicinas, viajes, comida, premios, extras, todo. Si hacía falta un viaje exprés a Barcelona, allí estaba Román, tras despedirse de su mujer, rumbo al aeropuerto con Dolores.

Pero hoy, sin embargo, Román se quedó atascado en el portal de la casa porque un camión de la basura le destrozó el parachoques.

¡Dolores, que pido un taxi y te vas ya! se lamentaba el conductor.

No hace falta, me apaño en metro respondió. Aunque se sentía débil, no se asustó del golpe: era de piedra, las dificultades le resbalaban con dinero de por medio. Ocúpate del seguro, luego me traes los papeles, habrá que reparar.

Y se fue a la estación, paseando su figura imponente por la acera: los transeúntes cedían el paso, temerosos de su presencia monumental. Podría haber sido una actriz de cine épico.

En el metro, con aquel bullicio y un calor húmedo que la asfixiaba, avanzó entre flujos de gente, oyendo: Manténgase a la derecha, y se pegó a la pared, no fuera que los estudiantes corriendo la arrollasen. El día empezaba para todos.

Y ahora, ya anochecido, tras las prisas del hospital, los chequeos, las inyecciones, los pitidos de monitores, la llevaron a una habitación, donde la arropó una sábana. Medio aturdida, seguía oyendo, en su mente: Aguanta en el lado correcto….

La habitación era oscura, olía a perfume, a medicamentos, a grano cocido y a bizcochos de vainilla, frescos. Dolores los adoraba, pero apenas los comía.

El cuarto, en la tercera planta, apenas daba a la Gran Vía, iluminada como una guirnalda de Navidad. Recordó entonces cuando compró una guirnalda en El Corte Inglés, una tarde recogiendo a Sergio de la guardería. El niño estaba solo en el banco del vestíbulo y la cuidadora ya se ponía el abrigo.

¡Ves, Sergio, te lo dije! ¡Ya ha llegado tu madre! exclamó animada la cuidadora.

Sergio se levantó, disimuló las lágrimas, se puso el mono rojo con franjas reflectantes, que fingía detestar solo para fastidiar a su madre. Siempre deseaba vengarse de ella por todo. Porque no tenía padre, porque las otras madres llegaban alegres y cariñosas, les ayudaban a vestirse, les besaban.

La madre de Sergio esperaba de pie, como un bloque de granito.

¿Qué llevas en la caja? preguntó el niño apresurándose.

¡Ay, hijo! ¡Una guirnalda preciosa para el árbol! respondió por fin animada, y Sergio se sorprendió: ¡su madre podía sonar así de cálida!

Todo el camino, el niño soñó con las lucecitas encendidas, reflejadas en sus bolas de cristal. Se las contaría a todos los compañeros…

Pero al llegar a casa, la guirnalda no funcionó y la madre, al ver su decepción, guardó todo, recogió los cables y lo dejó en la caja.

Vamos a cenar, tengo que planchar dijo.

Dos días después arregló la guirnalda, pero Sergio ya estaba enfermo y nunca pudo presumir de su árbol…

Ahora algún desconocido encendía una guirnalda por toda la ciudad, conectada a los corazones, y las bombillas parpadeaban. La bombilla de Dolores, sin embargo, parecía fundida, necesitaba arreglo

Abrió la puerta una mujer de uniforme rosa, bajita y delgada.

No abra los ojos, voy a quitarle el rímel con cuidado. No, no, no los abra aún

Dolores, debilitada, se dejó hacer.

¡Qué agradable! ¡Dios, qué reconfortante! El algodón frío apenas rozaba la piel y la enfermera murmuraba.

Dolores recordó a su madre. Sepultada hacía años, la visitó en septiembre, pagó a unos hombres para que pintaran la verja, enderezaran la lápida, sembró nomeolvides, aunque no supo si la época era buena. No esperó a ver si crecían.

Cuando de niña Dolores enfermaba, su madre le limpiaba la cara con una toalla húmeda y perfumada.

No, no hace falta musitó Dolores apartando la cara. Ya me lavaré yo, cuando me reponga.

Shh, descanse, recupere fuerzas. Así… Ya está, los ojos limpios. Y el pelo, vamos a soltarlo, que respire.

La enfermera le soltó el moño.

Le pago intentó buscar el monedero en la mesilla. La cartera No la encuentro No está

Dolores sollozó.

Era la segunda vez que la robaban. La primera en el metro; un hombre se le apretaba por detrás y, al salir, notó la cartera rajada, faltando el monedero, la foto de Sergio, una moneda de un céntimo traída por un colega, y la lista de compras.

Lloró como una cría, sentada en un banco. Una mole de mujer, llorando. Lamentaba la bolsa, recién comprada y elegante, y la cartera azul de piel.

Ahora, otra vez, la misma sensación. Le habían robado de nuevo, probablemente ese hombre de urgencias.

No hace falta el dinero. Quédese quieta, voy por el tensiómetro

La enfermera salió y volvió, le midió la tensión, mientras Dolores se dormía en un sopor cálido y dulce como miel

Sergio, al salir de la ducha, se olvidó de su madre. Beatriz insistió varias veces, pero Dolores no contestaba.

Algo habrá pasado, Sergio. Llama tú al trabajo dijo ella, sentándose frente al marido, que no le hizo caso.

Todo está controlado, Bea. Hasta la UVI tendrá reservada, seguro dijo él, y se concentró en el partido de fútbol, lanzando cacahuetes a la boca.

Beatriz volvió a llamar a la suegra; solo consiguió que le contestara una enfermera, que le pidió que fuera a visitarla, que llevara ropa cómoda y algo de abrigo para Dolores.

La pobre está agotada. Traiga una chaqueta, que hace fresco en las habitaciones

Bea, inquieta, se fue con las llaves de la casa de Dolores sin decir nada a su marido.

Dolores amaneció temprano al día siguiente. Por las otras camas ya se escuchaban tazas tintinear. Alguien estornudó.

¿Fernández? ¿Es usted? preguntaba una enfermera.

Dolores, incapaz apenas de recogerse el pelo, contestó:

Sí, soy yo.

Vestía aún la blusa y el pantalón del traje. Su abrigo y gorro estaban en una bolsa en el suelo, sus botas de tacón debajo de la cama.

Se le transparentaba la blusa, dejando entrever la ropa interior de encaje: en su talla apenas encontraba modelos, muchos por encargo.

La señora de la cama de al lado miraba a Dolores con curiosidad, y Dolores se tapó tímidamente con la sábana.

Vamos, Fernández, sangre ordenó la enfermera, encontrando la vena de un pinchazo.

El móvil, incansable, sonó.

Perdón, es del trabajo explicó Dolores, saliendo al pasillo con todas sus fuerzas a sentarse.

Otra vez preguntas, propuestas, presupuestos, pedidos Como si no estuviera ingresada. Finalmente se hartó, avisó que estaba enferma y que todo lo gestionara su segundo.

Colgó, agotada, la espalda encorvada, la figura desmoronada, de piedra a masa caída.

Le dieron el camisón y bata reglamentarios. Dolores se miró en el espejo: las ojeras marcadas por el maquillaje, el pelo sucio enmarañado.

Se dio cuenta de que al caer el día anterior se rompió tres uñas, que ahora se enganchaban en la tela.

Por favor, vuelva a la sala, viene la ronda médica y después el desayuno le recordó una auxiliar, la misma de la noche anterior. Nos ha llamado su hija, viene hoy. Bea. Ánimo, pronto mejorará. Déselo todo al reposo.

¿Por qué hacen esto? preguntó Dolores, incorporándose, enorme. Bea no es mi hija, es mi nuera. Y dudo que

Sí, que vendrá. Oye, ¿no te acuerdas de mí? susurró la auxiliar, mirándola. Soy Catalina Pérez. Coincidimos en el hospital, ¿te acuerdas? Tú tú tras Bueno, el niño…

Dolores sintió el golpe, se sentó. Catalina, entonces, era la única que sabía que la gran Dolores, objeto de risas toda su infancia, estaba embarazada y pensó en interrumpirlo. El padre solo había jugado con sus ilusiones. Se fue. Dolores abortó, y Catalina la consoló.

No te reconocí, Catalina. ¿Trabajas aquí? Qué bien, te salió como querías esbozó una sonrisa.

Sí. ¿Tienes un hijo? Me alegro. Yo tengo dos niñas, charlatanas. Me han hecho abuela ¿Y marido?

Catalina calló, arrepentida por la pregunta.

No, nunca lo tuve. Da igual… Me las arreglé sola. Mi hijo… Pensé que me cuidaría, pero no me necesita. Siempre me he defendido sola

Catalina quería replicar, pero los médicos empezaron la ronda. Dolores se tumbó y su amiga se marchó a descansar.

El desayuno pasó rápido y Dolores se fue adaptando. Sus compañeras eran tranquilas, todas de cierta edad, leían o cuchicheaban. Zinaida, junto a la ventana, no cesaba de masticar.

¿Son bizcochos? adivinó Dolores. Los de vainilla. Pero seco hace daño, ¡debe beber agua o té!

Son los nervios. Disculpe, trato de hacerlo en silencio. Mi marido está arriba, tuvo un ictus Mastico por no llorar. El té no, es mucho…

¡Nunca es mucho! Disculpe, ¿dónde se sirve el té? entonces Dolores, imponente y cansada, entró en la sala del desayuno.

La observó todo: el linóleo levantado, la cocina anticuada, las ventanas (que necesitaban arreglo: a eso se dedicaba ella y tenía al técnico adecuado).

Volvió entonces al cuarto con una taza de té caliente.

Tome, Zina. No sé cómo lo toma, pero hay que beber le animó.

Zina asintió, bebiendo con avidez.

Usted es muy buena señaló Zinaida. Allí está una chica, le hace señales.

Dolores miró y vio a Bea, torpe con su bata desechable azul y las calzas en los zapatos.

Hola, llamo y llamo, no voy a gritar. Estoy con Dolores Fernández anunció Bea, dejando las bolsas junto a las zapatillas de su suegra.

Bea, no hacía falta balbuceó Dolores.

¡Ay, perdona! Anda, arréglate. Traigo pijama, batín, chaqueta. Aquí lo de aseo. Cosas ricas, de tus tiendas favoritas. Té, café. Ropa de cama no me cabía más en las manos…

Dolores, enorme, temblaba, y su flequillo arrugado vibraba de emoción.

Ay, tía Dolores, ¿qué le pasa? ¡Venga, cámbiese, que yo voy al médico!

Y se fue corriendo, y Dolores se quedó mirando las bolsas, el batín.

La vida de Dolores comenzaba a pegarse, a reconstruirse, después de obligarla tanto tiempo a caminar sobre vidrios rotos, por el miedo a que su propia monumental sombra pisase a los demás.

Nunca dejó acercarse a nadie, ni a su nuera. Y sin embargo, allí estaba Bea, preocupada, y eso por más que una parte de sí sospechase intenciones económicas le reconfortó.

Sergio llamó un par de veces, y Dolores no contestó. No sabía qué decirle.

Bea volvió sonriente, jugueteando con el anillo de casada. No le contaría aún que pensaba divorciarse. Mejor no inquietar a Dolores

Esa noche, Dolores lloró, sin muy bien saber por qué.

Al día siguiente le devolvieron la cartera y el anillo.

Era el hombre que la robó en Urgencias. Ya no sigue con nosotros. Infarto. Se llamaba Nicolás Cebrián le informaron.

Dolores recordó quién era, descubrió a quién se parecía. Nicolás, antiguo campeón de la sección de atletismo, el que le juró que era la más bella del mundo. Mintió. Murió. Ella aún vivía.

Y no era de piedra, sólo había olvidado cómo respirar libre.

Pero todo cambiaría. Ahora tenía a Catalina, a Zinaida, a Bea, la ingenua y dulce nuera, tenía el trabajo, la primavera por llegar y nomeolvides que sembrar, mil preocupaciones diarias que solo ella podía resolver. Y pronto vería a su nieto, la más pequeña de las perlas. En la eco le vió.

Tú, Bea, no esperes nada de él. Pero quiérelo y díselo siempre. Yo nunca lo hice y me duele le confesó Dolores. Una mujer necesita querer a alguien, si no, se vuelve de piedra.

Bea asintió. No, Dolores no era de piedra. Era dulce y frágil, enorme y fuerte por fuera, pero moría de ganas de abrazar el mundo. Fue niña y lloró de bienvenida a la vida, lanzando su grito rotundo en alguna madrugada de Madrid.

Y yo, al escribir esto, he aprendido que a veces, para protegernos, nos envolvemos de durezas pero basta una mano, una taza de té, un recuerdo, para que las grietas se abran y pase la luz.

Rate article
MagistrUm
La dama de piedra