Recuerdo perfectamente aquella noche en la que mi vecino llamó a la puerta a las diez, sujetando en la mano una llave ajena. Yo estaba sola en la cocina, lavando los platos, deseando tan solo un poco de silencio tras un día eterno. Al abrirle, se quedó parado en el umbral, observándome con una expresión extraña.
¿No es esta tu llave? me preguntó.
Miré el trozo de metal en su mano. Era idéntico al mío.
No contesté, la mía está aquí.
Y se la mostré.
Frunció el ceño.
Entonces, ¿por qué esta abre tu puerta?
Por un instante creí que bromeaba, pero su rostro permanecía serio.
¿Cómo que abre?
Hace media hora dijo, vi a una mujer entrar. Pensé que eras tú, pero luego te vi en el balcón.
Mi corazón dio un vuelco.
Hace dos años que vivo sola en Madrid, desde el divorcio. No más hábitos ajenos, ni ruidos de otros, ni llaves que no fueran las mías.
¿Cómo era esa mujer? pregunté.
Pelo oscuro… alrededor de cuarenta años, llevaba bolso.
Sentí el escalofrío recorrerme la espalda. Nadie más tenía llave a mi piso.
Nadie, excepto una persona.
Mi exmarido.
Pero él se marchó hace dos años. La llave que le di, me la devolvió. O eso dijo.
¿Estás seguro de que entró aquí? insistí.
La vi perfectamente respondió el vecino. Giró el pomo y entró.
Me volví hacia la puerta tras de mí. Dentro, todo en absoluto silencio.
Demasiado silencio.
Espera aquí le pedí.
Pero negó con la cabeza.
Ni hablar, no te dejo sola.
Entramos despacio. El salón estaba igual que antes. Luces encendidas, como las había dejado.
Pero en la mesa había algo nuevo.
Un vaso.
Mi vaso.
Con agua dentro.
Me detuve.
Yo no he bebido agua susurré.
El vecino se acercó, tocó el vaso.
Está templado.
Entonces, desde el pasillo, llegó un suave crujido, como si alguien moviese algo.
Nos quedamos petrificados.
¿Hay alguien ahí? alzó la voz el vecino.
Silencio.
Siguió adelante, yo tras él. El dormitorio tenía la puerta entreabierta.
Mi corazón palpitaba con fuerza.
Abrió la puerta de golpe.
La habitación estaba vacía.
Pero el armario, abierto.
Mis ropas, descolocadas.
Y en la cama, algo pequeño: un sobre.
Me acerqué y lo cogí. Solo tenía un nombre escrito.
El mío.
Lo abrí con las manos temblorosas.
Dentro, una nota.
Solo una frase:
«Cuando estés lista para hablar, sabes dónde encontrarme».
Reconocí la letra al instante.
Era él.
El vecino me miró.
¿Tiene él una llave?
Negué despacio.
No debería tenerla.
Me senté en la cama, intentando ordenar mis ideas. La última vez que le vi fue en los juzgados, sereno, demasiado quizá.
Entonces incluso me dijo:
Algún día volveremos a hablar.
Pensé que era solo palabrería.
Pero ahora… alguien había entrado.
Se había sentado en mi mesa.
Había bebido de mi vaso.
Y había hurgado en mi armario.
El vecino se quedó en la puerta, mirando la nota.
Esto no es normal.
Lo sé.
De pronto recordé algo. Fui al aparador junto a la puerta de entrada y lo abrí.
Allí guardaba la llave de repuesto.
Y no estaba.
Lo comprendí de inmediato, y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
No había hecho copia.
Jamás me la devolvió.
Y yo había confiado.
El vecino murmuró:
Va siendo hora de cambiar la cerradura.
Miré la nota una vez más.
Después la rompí en dos.
No dije, creo que ha llegado el momento de cambiar otra cosa.
Cuando mi vecino llamó a la puerta a las diez de la noche, sostenía en la mano una llave ajena.







