La esposa fea

El bullicio en la oficina era el de siempre, con esas conversaciones cotidianas que parecen no terminar nunca. De repente, entró la jefa, acompañada de una chica discreta, quizás incluso poco llamativa.

Os presento, chicas, esta es Lucía, vuestra nueva compañera. Sustituirá a Francisco, que le han promovido. Estoy segura de que os entenderéis a la perfección dijo doña Teresa Ramírez antes de desaparecer por el pasillo.

Lucía se sentó en la mesa que antes era de Francisco. Sacó una taza muy bonita y puso un pequeño portarretratos con la foto de un hombre. Se puso enseguida a trabajar, como si llevara allí años.

Sonó el timbre y, como si alguien diera la orden, el grupo salió de inmediato a comer el menú del día. Solo quedé yo, Javier, sentado, sin poder apartar la mirada del escritorio de la nueva y ese retrato, intrigado por quién sería el hombre que posaba junto a esa sonrisa de cine y dientes perfectos.

¿Será algún artista? pensé. ¿O quizá un cantante?

Fingí revisar el móvil, pero lo usé para hacer foto. Me fui a comer, donde las compañeras ya rodeaban a Lucía, escuchándola.

Con Sergio nos conocimos hace tres años en unas circunstancias que ni os imagináis comenzaba ella, con una risa sincera. Os parecerá surrealista.

¡Cuenta, cuenta! le insistieron, deseosas de detalles.

Retrocediendo a esa época, Lucía nos contó cómo trabajaba en una gran empresa en Madrid y, por culpa de un error logístico propio o ajeno, le tocó ir en persona a la oficina de su futuro marido a solucionar el lío. Si por algo destacaba siempre Lucía era por ser una gran profesional, clara y resolutiva, aunque nadie lo esperaba de su aspecto sencillo, sin pizca de maquillaje, la típica “ratona gris” que, al empezar a negociar, se convertía en una auténtica encantadora de serpientes, firme pero dulce, consiguiendo todo cuanto se proponía.

El jefe, sabiéndolo, le encargó la misión. En recepción, la joven le indicó:

Despacho 312, don Sergio Alonso.

Entró sin llamar, se presentó:

Lucía, venía de parte de nuestra empresa. Hubo un problema con el envío…

Siguieron las explicaciones. Sergio la observaba fascinado, sin creer lo que veía.

¡Si es ella! pensó. La había soñado años antes.

El movimiento de sus cabellos castaños, sus ojos verdes tan directos, voz serena y sin dobleces. Lucía, sin saberlo, se preparaba para la resistencia habitual, pero Sergio le sorprendió:

No os preocupéis, Lucía. No presentaremos reclamación. Confiamos en que no se repetirá.

Ella agradeció y se marchó. Dos días después, al salir de la oficina, Sergio la esperaba a pie de calle.

¡Lucía, hola! le dijo levantando el brazo. Hablamos el otro día, ¿recuerdas?

Claro, Sergio, buenas tardes respondió, tranquila, sin coquetería.

Tengo dos entradas para el teatro esta noche, mi madre está mal y… me gustaría que vinieras.

Sonreí para mí mismo; claramente Sergio inventaba cualquier excusa.

¿A qué hora es la obra? preguntó Lucía.

En dos horas. Si quieres, te llevo a casa para que te prepares.

Un movimiento hábil pensé. Lucía aceptó.

La recogió puntual, y frente a él apareció otra mujer: vestida de negro, con un toque de elegancia sutil, la figura perfectamente definida, tacones discretos, maquillaje delicado. Sergio apenas la reconoció, tal era la transformación. En la función, ella comentó detalles de la trama; sabía de teatro, estaba claro.

Al acabar, Sergio sugirió ir a cenar, pero ella rechazó la invitación, alegando que al día siguiente tenía una reunión complicada. Sergio la acompañó hasta casa y se despidió. El viernes volvieron a verse y salieron a pasear.

Dos meses después, la historia parecía repetirse: él la esperaba siempre que salía de trabajar.

Mi madre quiere conocerte, ¿te gustaría?

Sería un honor contestó Lucía.

En casa de Carmen, la madre de Sergio, los recibieron con cariño. Merendaron té con dulces, tarta de albaricoque y confitura de manzanas. Conversaron animadamente. Lucía contó historias de la infancia, de cómo su abuelo preparaba mermelada, de su padre desaparecido en accidente, de su madre profesora de Historia.

A la vuelta, Sergio le confesó:

A mi madre le has encantado. Estoy feliz.

Poco a poco, comenzaron a verse casi a diario y, al año, se casaron en una bonita iglesia de Toledo.

Al final del relato, las compañeras escuchaban absortas y, envidiaban. Solo Adela, una mujer muy guapa, pensaba para sí:

¿Qué le ha visto a esa “ratita gris”? ¿Por qué justamente ellas tienen suerte, cuando yo, con este tipazo y cara bonita, solo atraigo a hombres que al final buscan cama fácil o tienen novia?

Al sonar el timbre, todos volvimos al trabajo. Adela se acercó a Marta:

Fíjate, ¿ese es de verdad su marido? ¿Te lo crees? Yo no, seguro que se lo inventa. ¿Un hombre así con una como ella?

Por la tarde, al salir, Lucía bajaba la última. Un coche pitó, apareció Sergio, el mismo del retrato, saludando con la mano.

Lucía, cariño, soy yo gritó.

Adela se quedó de piedra: era el hombre de la foto.

¿De verdad es su marido? pensaba. ¿Por qué no a mí? Si soy mejor.

Y allí nos quedamos, cada cual con sus pensamientos, observando la pareja marchar.

A menudo, al ver parejas así, uno se pregunta: ¿Qué habrá encontrado él en ella? Quizás lo que buscaba. No siempre los hombres se quedan con la belleza. Pueden coquetear, sí, pero se casan con otra clase de mujer. ¿Por qué? Quizá sólo ellos lo saben…

Hoy, tras escuchar y observar todo esto, me queda claro: la verdadera conexión va más allá de las apariencias. A veces, lo esencial es lo invisible a los ojos.

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