Nunca juzgues un libro por su portada ni a una persona por su ropa. Lo que sucedió aquel día en un exclusivo concesionario de Madrid te hará pensar dos veces sobre las apariencias.
En el salón principal, bañado por la luz que refleja en los deportivos de lujo, un hombre permanecía quieto. Vestía una sencilla sudadera gris y unos vaqueros desgastados. Reposaba levemente sobre un flamante descapotable, recorriéndolo con la mirada atenta. De repente, acercándose con paso decidido, apareció una joven asesora. Su conjunto de americana y pantalón impoluto evidenciaba el esmero, y una media sonrisa de desprecio asomaba en su rostro.
Se detuvo a menos de un metro de él y, sin ocultar el asco, señaló con el dedo hacia la puerta:
*La parada del autobús está por ahí, guapo. Aparta de ese coche, estás dejando marcas en una pintura por la que ni podrías soñar pagar*.
El hombre ni se inmutó. Mantuvo una calma absoluta, se limitó a echar un vistazo rápido a su reloj. Entonces, las puertas de la oficina principal se abrieron de golpe y el director general salió disparado. Llevaba la corbata torcida y se abrochaba la americana a toda prisa, el pánico en la mirada.
Pasó por delante de la asesora, completamente petrificada, sin dedicarle ni un segundo. Se detuvo ante el hombre de la sudadera y realizó una inclinación reverencial:
*¡Bienvenido, don Alfonso! Perdón por la espera, nadie nos avisó de que el propietario de toda la franquicia llegaría tan pronto*.
El color se esfumó de la cara de la joven. La seguridad se le escapó de los labios y se quedó sin habla. El hombre de la sudadera se giró lentamente hacia ella. En sus ojos no había cólera, solo un brillo de gélida decepción. Se acercó hasta quedar a un palmo y murmuró en voz baja:
*Venía para firmar en persona tu ascenso, pero lo que acabo de presenciar me ha ayudado a tomar una decisión mucho más sencilla*.
Ella abrió la boca, buscando una respuesta, pero las palabras se le ahogaron dentro.
Finalmente, el hombre miró al director y sentenció, seco:
*No quiero gente en mi empresa que valore a los demás por el grosor de su cartera. Entréguele la liquidación hoy mismo. Y prepare las llaves de este vehículo: me lo llevo ahora*.
De la sudadera sacó una tarjeta corriente, aparentemente sin importancia, pero en realidad era una negra exclusiva sin límites. Se la entregó al director y dio media vuelta. La joven asesora quedó plantada en medio del salón, contemplando, con la vida derrumbada en un minuto, a quien acababa de decidir su destino por atreverse a pensar que una sudadera no merece respeto.
*Moraleja*: El dinero puede comprar cualquier coche pero jamás la educación. Respeta siempre a quien tienes delante; nunca sabes quién es en realidad.







